Opinión
Nuestros cuerpos no son el debate

Hay una violencia política de la que se habla poco, pero que muchas mujeres conocemos demasiado bien: la que convierte nuestro cuerpo en argumento. Da igual cuánto trabajemos, qué defendamos o qué propongamos. Antes de discutir nuestras ideas, demasiadas veces alguien decide opinar sobre nuestro aspecto.
Gordofobia acción
Acción contra la gordofobia y el premio Príncipe de Asturias a Ozempic.

Diputada de las Cortes de Aragón por Chunta Aragonesista

Coportavoz Federal del Partido Verde

Coordinadora de l’Espai Feminista de Més Compromís

10 may 2026 06:00

En política, las mujeres no solo somos evaluadas por lo que decimos. También se nos mira la cara, el pelo, la ropa, la edad, el peso, la voz o el gesto. Si estamos serias, somos antipáticas. Si sonreímos, frívolas. Si nos arreglamos, queremos llamar la atención. Si no lo hacemos, nos hemos dejado. Y si no encajamos en el canon, el castigo es todavía mayor.

Lo vemos cada día en redes: “gorda”, “foca”, “ballena”, “ponte a dieta”, “menos comer y más trabajar”, “qué asco”, “así no se puede representar a nadie”, “con ese cuerpo qué va a gestionar”. Insultos escritos con una facilidad brutal, como si el cuerpo de una mujer fuera terreno libre. Como si cualquiera pudiera señalarlo, medirlo y humillarlo.

Esto no es una anécdota ni “el barro de las redes”. Es machismo. Y muchas veces, además, es gordofobia. Porque cuando una mujer no normativa ocupa espacio público, incomoda. Incomoda a quienes creen que el poder tiene una estética concreta. Entonces el cuerpo se utiliza para cuestionar la inteligencia, la autoridad o la capacidad. Como si una talla dijera algo sobre una propuesta. Como si el peso invalidara una idea.

También habría que detenerse en otra acusación recurrente que reciben muchas mujeres en política cuyos cuerpos no encajan en el canon normativo: la idea de que su mera presencia constituye una “apología de la obesidad”. Es decir, se nos acusa de hacer apología de la obesidad simplemente por el hecho de existir. El argumento resulta profundamente absurdo, porque parte de considerar que ciertos cuerpos necesitan justificarse políticamente para poder ocupar el espacio público. Sería tan ridículo como afirmar que una mujer rubia hace “apología de la rubiedad” o que una persona alta hace “apología de la altitud”. Ningún cuerpo dominante es interpretado como un manifiesto ideológico; sólo los cuerpos que se salen de la norma son leídos como una provocación, una reivindicación o incluso una amenaza. Y ahí aparece de nuevo la violencia política: no basta con cuestionar las ideas de determinadas mujeres, también se pone en cuestión su derecho mismo a ocupar espacio, a ser visibles y a ejercer poder sin pedir perdón por su apariencia física.

La presión estética en política no es superficial. Sirve para recordarnos que el espacio público nunca fue pensado para nosotras sin condiciones. Se nos permite estar, sí, pero vigiladas. Se nos exige presencia, pero no demasiada. Firmeza, pero no tanta. Belleza, pero sin parecer vanidosas. Juventud, delgadez y contención como requisitos invisibles para que nos tomen en serio.

Duele que una intervención política acabe rodeada de comentarios sobre tu físico. Duele que una foto de campaña se convierta en excusa para opinar sobre tu ropa, tus piernas, tu barriga o tu cara

Y duele. Duele que una intervención política acabe rodeada de comentarios sobre tu físico. Duele que una foto de campaña se convierta en excusa para opinar sobre tu ropa, tus piernas, tu barriga o tu cara. Duele que muchas compañeras revisen una imagen antes de publicarla pensando no solo en si comunica bien, sino en cuánta violencia va a desatar.

Pero además de doler, cansa. Cansa tener que repetir que nuestro cuerpo no es el debate. Cansa tener que hacernos fuertes frente a insultos que nunca deberían formar parte de la conversación democrática. Cansa que otros puedan hacer política sin que su apariencia sea convertida en un juicio diario.

También cansa que la supuesta preocupación por la salud aparezca siempre en la boca de quien insulta. “Te lo digo por tu bien”, “deberías cuidarte”, “no das buena imagen”. Mentira. No hablan de salud: hablan de control. Hablan de quién puede estar, de quién puede salir en una foto, de quién puede levantar la voz sin pedir perdón por el cuerpo que tiene.

La cuestión no es cómo somos. La cuestión es por qué se sigue midiendo el valor político de una mujer contra un canon. Por qué un cuerpo que cambia, que pesa, que envejece, que ocupa o que simplemente no encaja se convierte en burla, sospecha o noticia. Por qué se nos exige representar a la ciudadanía, pero se nos castiga cuando nuestros cuerpos se parecen demasiado a la ciudadanía real.

Nuestro cuerpo no es un programa electoral. No es una invitación al comentario. No es una deuda ni un argumento en contra. Es el lugar desde el que vivimos, hablamos, peleamos y hacemos política.

Y ya va siendo hora de que quienes no soportan vernos ocupar espacio entiendan que no hemos venido a encogernos.

Gordofobia
“Es más peligroso para la salud una cirugía de reducción de estómago que ser una persona gorda”
Lara Gil (Madrid, 1988) es antropóloga y activista antigordofobia. Ha escrito un libro, 'Manual para romper un cuerpo', en el que cuenta como una cirugía bariátrica ha destrozado su cuerpo. Denuncia que nadie habla sobre las consecuencias de mutilar el estómago cuando está sano.
Opinión
Ser y hacer
No se trata de violencia estética, ni de quererse a une misme. Ninguna solución individual puede atajar lo estructural. La lucha antigordofobia cuestiona radicalmente el mundo tal y como lo conocemos.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra na túa conta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...