Historia
Dagmar Herzog: “Estamos presenciando el auge agresivo de una nueva eugenesia”
El tiempo entre dos guerras y la primera experiencia de la democracia en Alemania, la República de Weimar, entre 1919-1933, constituyó un periodo de incertidumbre para la población que salía de la gran guerra. La leyenda de la Dolchstoßlegende (puñalada por la espalda) encauzó un proyecto de manipulación histórica destinada a aportar “verdades” sencillas de entender y asimilar frente a la verdad cambiante y compleja de la derrota en los campos de batalla y en la posguerra.
Esa leyenda de la puñalada por la espalda, que exprimieron los ideólogos del III Reich, se dirigió contra socialistas, comunistas y judíos, a menudo confundidos en una mezcolanza tan disparatada como útil para los artífices de esa confusión. Pero la derrota de Alemania en los campos de batalla encontró otro chivo expiatorio, tal y como explica la historiadora Dagmar Herzog: ”Se desarrolló un segundo argumento traicionero, que comenzó inmediatamente en 1919 y se fue elaborando cada vez más durante los años de Weimar: que había demasiados alemanes mediocres, enfermos e imperfectos, y que una Alemania derrotada simplemente ‘ya no podía permitirse’ cargar con ese peso. Y que, debido a tanta imperfección, ya no era posible sentirse orgulloso de ser alemán”.
Como detalla Herzog, circulaban fantasías, de que hasta un tercio de los conciudadanos eran tan deficientes que debían ser esterilizados y no se les debía permitir reproducirse: “Y Hitler argumentaba, literalmente, que si nacía un millón de niños cada año, potencialmente hasta 700.000 u 800.000 de los más débiles debían ser asesinados, y con ello la nación volvería a fortalecerse”.
Esa dualidad entre los cuerpos a marginar, esterilizar y, en última instancia, exterminar, y los cuerpos jóvenes que el nazismo quería atraer a su proyecto generó dos expresiones de supremacismo que Herzog (Carolina del Norte, EEUU, 1961), profesora de Historia y catedrática, ensambla en su último libro El nuevo cuerpo fascista (Levanta fuego, 2026) para establecer paralelismos con la época contemporánea.
Sin la combinación de ambas no se comprende lo que entendemos como raza aria: por un lado, una sublimación del cuerpo alemán “puro” por medio de la sexualidad y el erotismo, por otro, una abominación y llamamientos a la eliminación de los cuerpos impuros.
En el primero de esos aspectos Herzog revela una historia poco contada en análisis del nazismo: la invitación a la lujuria, siempre heterosexual, que desplegaron los ideólogos del régimen. Una lujuria entendida tanto en un plano positivo, como reconocimiento de las ansias de cuerpos de muchas y muchos jóvenes, como en el sentido perverso: a través del sostenimiento de una literatura pornográfica antisemita, en la que se detallaban con pelos y señales supuestos episodios reales de fornicación por parte de “bestias humanas”, algo en la línea de lo que Gonzalo Queipo de Llano hizo desde Radio Sevilla durante la Guerra Civil.
Esa apuesta por una visión política de la sexualidad desde la extrema derecha xenófoba encuentra su continuidad hoy en el discurso de Alternativa por Alemania, el partido que encabeza las encuestas de intención de voto en ese país. Dicha organización no duda en explotar hoy el homonacionalismo, esto es, la defensa aparente de las libertades del colectivo LGBTIQ+ como ariete contra otras civilizaciones, el pánico sexual y las pinceladas de erotismo en su discurso, para aglutinar el voto y los apoyos de las masas a las que se dirige.
El goce sexual entendido como un factor de atracción para la perpetuación de la raza y su reverso, el terror sexual asociado a los pueblos “otros” que amenazan a esa misma raza, son dos expresiones entrelazadas de un uso instrumental de los cuerpos y las almas para la propaganda fascista. Siguiendo el libreto establecido hace un siglo por los ideólogos nazis, AfD también introduce un discurso eugenésico y llamamientos a la segregación contra población extranjera a la que acusa de reducir el cociente intelectual de los alemanes de pura cepa.
La tesis de El nuevo cuerpo fascista es que sexo y eugenesia aparecen ensambladas en el discurso de la extrema derecha con naturalidad, a través de la reproducción y las prácticas que quieren incentivarla (entre individuos considerados de la “raza”), limitarla o impedirla (entre personas ajenas a esa raza). Herzog responde por email a las preguntas de El Salto sobre este ensayo.
El libro analiza este nuevo cuerpo fascista desde dos perspectivas distintas: por un lado, la relación supremacista con el sexo —lo que Alberto Toscano denomina “racismo sexy” en su prólogo— y, por otro, la hostilidad hacia las formas de discapacidad y la diversidad intelectual. ¿Qué le llevó a entrelazar estas dos expresiones de una ideología corporal fascista? ¿Cuál es el vínculo entre ellas
Históricamente, están íntimamente entrelazados, ya desde el nacimiento de la eugenesia alemana en la década de 1890. Políticamente se unen en la actualidad a través de la imaginería y las estrategias de comunicación del partido Alternativa para Alemania (AfD). En lo que respecta a los nazis, es muy importante comprender que no solo les movía el odio racial (contra los judíos), sino también el miedo racial (ante la imperfección de los no judíos) entre la supuesta “raza superior”, los llamados “arios”. De este modo, existía repulsión contra cualquiera que se percibiera como débil, vulnerable o dependiente del apoyo de otros. Todo giraba en torno a hacer que el pueblo alemán (no judío) fuera fuerte, sano, bello e inteligente. Pero eso no era más que una fantasía, que se llevaría a cabo mediante la brutalidad. Mediante la esterilización de aquellos con discapacidades moderadas y el asesinato de aquellos con discapacidades graves.
¿Cuál es la conexión con lo sexual?
Existen diversas variantes del fenómeno del “racismo sexy”. Algunas son simpáticas y divertidas, otras son terriblemente racistas. En el lado simpático, están los carteles de AfD con chicas guapas en diminutos trajes de baño, y el lema antimusulmán que dice: “¿Burkas? Preferimos bikinis”. En el lado más perturbador, hay imágenes de mujeres hermosas, semidesnudas o completamente desnudas, siendo amenazadas por hombres “mediterráneos” o “árabes” (en carteles de AfD) o por un hombre negro (en un cartel neofascista de Forza Nuova en Italia); y hay fuertes paralelismos visuales con las imágenes nazis antisemitas que muestran a una hermosa mujer desnuda siendo amenazada por hombres judíos feos o por serpientes con nombres judíos. En resumen: las imágenes son al mismo tiempo sexys y racistas.
Todo este alarmismo racista funciona tan bien porque el sexo no solo es excitante y una distracción, sino que también es un ámbito de la vida humana en el que las personas se sienten vulnerables
Uno de los aspectos que conecta el fascismo del siglo XX con las nuevas expresiones que vemos en el siglo XXI es lo que usted describe como obtener “placer de la capacidad de infligir dolor” ¿Cómo cree que se expresa hoy este placer al administrar dolor a otros?
El principal regalo que los movimientos de extrema derecha ofrecen a sus seguidores es un sentimiento de superioridad: la capacidad de menospreciar a los más vulnerables o de sentirse con derecho a excluirlos de la sociedad. Se percibe una clara oleada de entusiasmo y fanfarronería en los anuncios que afirman que la “remigración” será despiadada y violenta. Y se puede ver el vídeo de AfD “Remigration Hit”, donde azafatas sensuales se contonean mientras pilotos de aspecto “ario” suben a cientos de hombres negros y morenos, marginados y deprimidos, a aviones y los llevan volando hacia el cielo azul; todo termina con una fiesta de baile solo para blancos. Si se analiza el mensaje de AfD sobre la discapacidad —y lamentablemente los demócrata-cristianos han empezado a sumarse a ellos, lo cual es muy preocupante—, se observa que comunican descaradamente estigmatización y condescendencia hacia las personas con discapacidad, y halagan a quienes no la tienen diciéndoles que alcanzarán grandes logros.
El sexo acompaña el auge de la extrema derecha actual. Desde expertos en seducción hasta incels, existe una sexualidad en la que el erotismo pasa a un segundo plano frente a la posición de poder. En este sentido, ¿cree que se ha producido un cambio desde la propaganda “picante” del Tercer Reich hasta la omnipresencia del sexo hoy en día como una forma de capital erótico, como algo que tiene mucho más que ver con el poder que con el cuerpo?
Esa es una pregunta realmente interesante. Se me ocurren dos cosas al respecto. Una es que, aunque a la AfD le encanta confundir a la gente siendo deliberadamente contradictoria en su política sexual, por ejemplo, en torno a los derechos LGBT —por un lado se anuncian ante el público gay como la mejor protección contra la “homofobia musulmana” y tienen a una lesbiana como una de las líderes prominentes del partido, como, por otro, se unen a otros grupos de extrema derecha en ataques feroces contra la “mierda arcoíris y la locura de género”—, y están oficialmente en contra del aborto y a favor de los “valores familiares” y las madres que se quedan en casa, el partido en realidad no está haciendo campaña para controlar las decisiones sexuales privadas de sus votantes. Lo que realmente están haciendo es usar imágenes con carga erótica para promover su racismo. También está surgiendo todo un nuevo fenómeno de mujeres jóvenes —algunas reales, otras generadas por IA— que ofrecen entretenimiento pornográfico para hombres jóvenes mientras celebran a la AfD. Por otro lado, mi segunda reacción es señalar que, si bien es cierto que el “capital erótico” se ofrece ahora de forma generalizada, en realidad se trata de poder, más que de intensidad o placer sexual. El sexo se instrumentaliza: un medio para un fin, no un fin en sí mismo. Esto puede resultar bastante vacío para mucha gente. Quizás mis dos puntos sean, en realidad, lo mismo. Todo es un tanto triste y desagradable, incluso cuando pretende ser prestigioso y atractivo.
Otro tema actual, que también nos remonta a las décadas de 1920 y 1930, es la idea de una identidad extraña, extraordinariamente voraz en términos sexuales. Antes eran los judíos; ahora, en gran medida, los musulmanes.
Tienes razón. Y, por supuesto, también existe una versión anti-negra de esto, especialmente en Estados Unidos. Es un racismo indignante, pero una táctica común: proyectar los propios deseos en una minoría que no gusta para avivar un odio e indignación supuestamente moralmente justificados contra el grupo minoritario, y en especial contra sus hombres. Es el truco más viejo del mundo. Se remonta a la época del colonialismo europeo en África, Asia y Latinoamérica, y a la esclavitud en Estados Unidos. Los hombres blancos tenían acceso libre a las mujeres de color, pero los hombres de color no se atrevían a tocar a las mujeres blancas. Sin embargo, todo este alarmismo racista funciona tan bien porque el sexo no solo es excitante y una distracción, sino que también es un ámbito de la vida humana en el que las personas se sienten vulnerables, un lugar en el que se pueden abordar y manipular sus ansiedades más profundas.
¿Qué efectos políticos tiene esta evocación casi pornográfica de la idea de un otro salvaje?
Tiene efectos terribles porque la construcción de la imagen de los hombres pertenecientes a minorías como un peligro sexual para las mujeres blancas –repetida sin cesar incluso por partidos del centro político– justifica entonces la violencia.
Me horroriza la reacción en contra de la política ecologista y el enorme esfuerzo que se está dedicando a convencer a los jóvenes de que la crueldad hacia los más débiles los hará libres.
Mencionas a W.E.B. Du Bois y el “salario psicológico de la blanquitud”, lo que me lleva a preguntarme si sentirse víctima (de la corrección política, de la cultura woke, del feminismo, de personas con mayor potencia sexual) no es simplemente otra forma de recibir ese salario. ¿Cree que hay placer en sentirse víctima? Si es así, ¿por qué ocurre?
No sé si se trata de un placer al sentirse víctima, sino más bien de una sensación de derecho agraviado, como si te arrebataran un estatus superior que antes dabas por sentado. Creo que el placer proviene del permiso que la ultraderecha otorga a la gente para reclamar los privilegios que sienten que les han sido robados.
En el libro, usted analiza la presión actual por ser autosuficiente, competitivo e invulnerable. ¿Cómo conduce esto a una desvinculación de la responsabilidad colectiva por los cuerpos?
Sin duda, está surgiendo un nuevo darwinismo social, un intento de rejerarquización del valor humano, una insistencia en la competitividad y la dureza. Cumple múltiples propósitos. Es un ataque a la democracia, porque crea excusas para no tratar a las personas como iguales ante la ley. Es una distracción de la distribución tremendamente desigual de la riqueza, que se dirige hacia arriba, alejándola de la gente común y concentrándola en los que ya son superricos. Y es un ataque al contrato social, a la idea de que todos somos responsables los unos de los otros. El resurgimiento de la idea de que, de alguna manera, simplemente “ya no podemos permitirnos” apoyar a las personas que no pueden trabajar debido a discapacidades importantes o que requieren apoyos costosos para poder participar en la vida pública y laboral. Es una especie de “caballo de Troya”, un intento de preparar a la ciudadanía para más recortes en los servicios sociales. Enfrenta a los ancianos, los enfermos, las personas con discapacidad, las madres solteras, los refugiados, a todos aquellos que necesitan ayuda, en lugar de recordar a la gente que la economía del cuidado es una parte enorme de la economía de cualquier nación y que los trabajos de cuidado se encuentran entre los trabajos más importantes que los seres humanos pueden realizar, y que una tributación justa de las corporaciones es también la forma en que pagamos por todas las demás cosas que hacen de una buena sociedad, desde hospitales y escuelas hasta transporte y cultura.
El miedo al contagio es otro elemento clave en tu estudio sobre las escuelas y los mecanismos de discriminación propuestos por la extrema derecha. ¿Qué temores subyacen a esta denuncia de posibles infecciones?
Es totalmente absurdo y descabellado que un político de AfD compare a un niño con síndrome de Down con un paciente de una enfermedad altamente infecciosa. Pero, obviamente, es una forma de generar repugnancia hacia la discapacidad y así adormecer la conciencia pública. Sucede lo mismo con la, igualmente absurda, afirmación de AfD de que las familias de refugiados (¡supuestamente!) tienen más hijos con discapacidad cognitiva debido a sus (¡supuestamente!) mayores tasas de matrimonios “incestuosos” entre parientes consanguíneos. Estas provocaciones llaman la atención. Y, aunque son ridículas, alimentan la inquietud ante la perspectiva de la cercanía con la discapacidad.
¿Cómo se expresa la supremacía blanca en esta campaña contra la educación inclusiva?
Utilizan una interesante —y perturbadora— combinación de técnicas. Ahora que los demócrata-cristianos se han unido a la AfD para promover el desprecio y la incomodidad ante la idea de la inclusión de niños con discapacidades intelectuales o conductuales en las aulas regulares —aunque el derecho a dicha inclusión está contemplado en la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (CDPD), ¡así que en realidad estamos hablando de una guerra contra la propia CDPD!—, han experimentado con diferentes tácticas que combinan racismo y discriminación por discapacidad.
¿Cuáles son esas tácticas?
A veces, agrupan a los niños refugiados (de diferentes razas, ya sean ucranianos blancos, afganos morenos o cameruneses negros, por ejemplo) con niños con discapacidades de cualquier raza, y afirman que todos necesitan una instrucción preescolar más sólida en alemán antes de poder integrarse en las aulas regulares. Otras veces, destacan el hecho (estadísticamente cierto) de que más niños refugiados e inmigrantes terminan necesitando apoyo educativo especial (la verdadera razón, además del bilingüismo o el trauma del desplazamiento, es la fuerte superposición entre discapacidad y pobreza, y los refugiados e inmigrantes tienden a terminar en barrios más pobres), y luego describen a los niños refugiados con dificultades de aprendizaje como “problemáticos”. Y otras veces, simplemente dicen sin rodeos que quieren relegar a todos los niños con discapacidades o con dificultades a entornos segregados, para que dejen de ser visibles. La AfD sigue prometiendo que esto ayudará a que los niños sin discapacidades se conviertan en los “alumnos de alto rendimiento” del futuro. Rechazan la idea de que la diversidad de orígenes culturales y capacidades nacionales sea, en realidad, un enriquecimiento para todos. Simplemente hay que organizar la escuela de forma diferente.
Hoy en día, observamos un tímido resurgimiento de la eugenesia a través de conceptos como el transhumanismo, la edición genética de embriones, etc. En un momento del libro, usted escribe que “el sueño de ser fuerte, sano, bello e inteligente siempre fue una mera fábula de superioridad”. ¿Cree que nos enfrentamos a un posible resurgimiento de las ideas eugenésicas, incluso en sus formas más extremas, como las prácticas de esterilización forzada?
No lo veo como algo “tímido”. En Estados Unidos, estamos presenciando el auge agresivo de una nueva eugenesia y una creciente tendencia de las élites ultrarricas a tratar a poblaciones cada vez más numerosas como totalmente prescindibles, como basura. Curtis Yarvin, uno de los autoproclamados gurús de la nueva ultraderecha e influenciado por el vicepresidente J.D. Vance, ha argumentado que las personas “improductivas” podrían convertirse en “biodiésel”. “Ah, era solo una broma”, añade. “Podríamos, en cambio, encerrarlas en prisiones y mantenerlas calladas con realidad virtual”. Mientras tanto, estas élites también están acelerando la destrucción del planeta con sus centros de datos de IA y el regreso a la quema de la mayor cantidad posible de combustibles fósiles. Esto no es transhumanismo, es antihumanismo. Y al recortar los servicios sociales, la sanidad y la educación, están empujando a cada vez más seres humanos a la pobreza y la enfermedad. Sin mencionar las guerras interminables, que generan aún más muerte y miseria. ¡Todo esto es tan nihilista! cuando en realidad no sería tan difícil organizar las sociedades de manera más razonable y justa. Me horroriza la reacción en contra de la política ecologista y el enorme esfuerzo que se está dedicando a convencer a los jóvenes de que la crueldad hacia los más débiles los hará libres.
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