Julius Streicher nazi
Julius Streicher, editor del periódico antisemita Der Stürmer, durante el juicio de Nuremberg.

Julius Streicher, el propagandista nazi a la sombra de Goebbels

El nazismo se apoyó también en la propaganda chabacana a través del periódico Der Stürmer. Su director, Julius Streicher, fue uno de los dirigentes condenados a muerte en Núremberg.

Núremberg (James Vanderbilt, 2025) ha tenido una crítica dispar, pero su estreno ha servido al menos para volver a despertar el interés en un proceso judicial clave en el desarrollo del derecho penal internacional. Aunque la película se centra en la relación entre el psicólogo estadounidense Douglas Kelly (Rami Malek) y Hermann Göring (Russell Crowe), sería un error que como consecuencia de ello quedasen eclipsados para el espectador el resto de procesados, cuya responsabilidad en los crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad cometidos durante el nazismo no fue menor. Uno de ellos fue Julius Streicher (1885-1946), a quien se le dedica una parte importante del metraje de Núremberg, pero sin entrar en profundidad en su historia y motivaciones, quizás porque, como propagandista del régimen nazi, se lo ha considerado una figura de segundo orden frente al mucho más hábil Joseph Goebbels.

Con todo, el caso de Streicher —de quien este año se cumplen en octubre los 80 de su ejecución tras su condena en Núremberg— y su trayectoria política como el editor de Der Stürmer, el tabloide de los nacionalsocialistas, merece una renovada atención a la luz del auge de la extrema derecha a nivel global, la construcción de su discurso y las técnicas empleadas para difundir sus mensajes a través de nuevos canales de comunicación. En los Juicios de Nuremberg Streicher fue condenado por crímenes contra la humanidad por haber tenido un papel determinante en la creación de un clima de opinión favorable al Holocausto, una condena que fue –compartida con otro propagandista, Hans Fritzsche– la primera de la historia por incitación al genocidio.

Un maestro de Baviera

Nacido en 1885 en Fleinhausen, un pequeño municipio bávaro, Julius Streicher siguió los pasos de su padre y se formó como maestro. En su carrera profesional, que el historiador estadounidense Dennis E. Showalter estudió a fondo en la década de los ochenta, no hay nada destacable: su primer trabajo fue realizando sustituciones en la región antes de ser promovido a profesor ayudante, y, tras aprobar los exámenes correspondientes, a una plaza fija en Mindelheim tras cumplir un año de servicio militar voluntario.

Streicher, escribe Showalter, era un profesional de la educación valorado “como un maestro prometedor”, que no escatimaba energías ni esfuerzos en sus alumnos –con frecuencia procedentes de entornos muy humildes–, “un hombre que podía inspirar a sus clases”, y gracias a ello encontró un empleo en las nuevas escuelas públicas que no segregaban a sus alumnos por su religión, protestante o conservadora. Aunque Streicher se crió en una familia católica, sus inclinaciones políticas prebélicas eran, según Showalter, “convencionales”.

El estallido de la Primera Guerra Mundial –en la que obtuvo el grado de teniente y fue galardonado con la Cruz de Hierro– apartó temporalmente a Streicher de la enseñanza, a la que regresó con un nuevo destino: una escuela en uno de los distritos más pobres de Núremberg, en el que vivía un elevado número de veteranos. Fueron los encuentros con estos otros veteranos de la guerra –un grupo social clave en el ascenso del fascismo en Italia y el nacionalsocialismo en Alemania– los que radicalizaron a Streicher y lo introdujeron a los textos racistas y antisemitas de autores como Theodor Fritzsch.

A partir de aquí la carrera política de Streicher se acelera: afiliación a la Federación Nacionalista Alemana de Protección y Defensa (Deutschvölkischer Schutz- und Trutzbund) en 1919 y al Partido Socialista Alemán (Deutschsozialistische Partei) ese mismo año, cuya línea política le satisfizo tan poco que se llevó a sus seguidores a la organización Comunidad de Trabajo Alemana (Deutsche Werkgemeinschaft) en noviembre de 1921 antes de confluir definitivamente en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) en 1922, en el que obtuvo el número de carnet 17.

Showalter atribuye el éxito del nazismo a su capacidad de articular las quejas de la población y canalizarlas hacia el Tratado de Versalles o, más en general, a una conspiración judía

Lo chocante, como señala Showalter, es que durante todo este tiempo las autoridades bávaras no iniciasen un proceso para apartar de su función pública –en la educación de menores, nada menos– a alguien que profesaba tan abiertamente ideas racistas y antidemocráticas, hacía proselitismo político entre sus colegas y alumnos, y entraba a clase con el saludo de “Heil!” popularizado entre los círculos nacionalistas. La razón fue una concatenación fatal de motivos culturales y burocráticos que describe con detalle este historiador y que constituyen un toque de atención para las democracias que hayan de enfrentarse a este tipo de casos.

Como escribe Showalter, el antisemitismo no era, desde un punto de vista estrictamente legal, un crimen, y el periodista que relató varios incidentes de Streicher relacionados en prensa tuvo que retirar sus acusaciones cuando éste presentó una demanda judicial contra él por calumnias –en 1924 sería el alcalde de Núremberg, Heinrich Luppe, del liberal Partido Democrático Alemán (DDP), quien llevase a Streicher a los tribunales por calumnias–. Además, Streicher contaba con un buen expediente en su trabajo, sus ideas políticas pertenecían, al menos técnicamente, al ámbito privado, y por si fuera poco era un veterano de guerra condecorado. Como quiera que otros veteranos expresaban ideas similares o excéntricas, sus superiores decidieron que se trataba de un comportamiento temporal, y optaron por esperar a que Streicher se moderase antes que iniciar el complicado proceso administrativo para su remoción. Por lo demás, juzgaron que, de haber apartado a Streicher de su actividad profesional ello únicamente hubiese llevado a que nadie pudiese vigilar de cerca su evolución política, y, de ese modo, actuar para corregirla.

Su comportamiento, empero, no solamente no mejoró, sino que empeoró tras su afiliación al NSDAP en 1922 y la aparición en abril de 1923 de Der Stürmer, un periódico sensacionalista repleto de ataques a la comunidad judía y a la República de Weimar del que Streicher era editor. Cuando el 8 de noviembre Streicher abandonó su puesto para participar en el putsch de la cervecería, su conducta profesional era ya una cuestión ineludible, y, antes de recibir una notificación, y previendo sin duda su llegada, solicitó un mes de permiso, del que se le concedieron dos semanas. El 8 de diciembre fue llamado a declarar ante un tribunal académico –otro tribunal se encargaba en paralelo de juzgar su responsabilidad en el fallido golpe de estado, que no era competencia de éste–, y, dos días después, fue suspendido, su salario fue reducido en una tercera parte y sus beneficios, congelados.

La defensa de Streicher fue más o menos predecible: su presencia en el golpe de estado se explicaba no porque lo apoyase, sino porque intentaba mediar para evitar un derramamiento de sangre; “Heil!” era un saludo sin connotaciones políticas, empleado por muchos coétanos desde el fin de la Gran Guerra para evitar expresiones foráneas que comenzaban a abrirse paso en la sociedad alemana; sus comentarios antisemitas no debían interpretarse como ataques a personas concretas, sino como una crítica general; sus reiteradas llamadas a eliminar “la influencia judía” de la vida pública alemana habían de verse como una cuestión que se llevaría a cabo, llegado el caso, mediante métodos estrictamente administrativos y legales; y así sucesivamente. Además de solicitar que se levantase su suspensión, Streicher respondió con una ofensiva: reclamando una compensación por las estrecheces padecidas durante ese período.

Como escribe Showalter, en circunstancias normales la suspensión a Streicher hubiese significado, en el contexto alemán de aquella época, su desgracia personal y profesional, tanto por la rectitud e imagen pública esperada de los funcionarios como por la rebaja salarial. Pero Streicher ya era una de las figuras más destacadas del nazismo y las cifras de lectores de Der Stürmer iban al alza.Streicher había encontrado su profesión.

Der Stürmer

Showalter atribuye el éxito del nazismo, entre otros motivos, a su capacidad de articular las quejas de la población y canalizarlas hacia el Tratado de Versalles, el sistema político y legal de la República de Weimar o, más en general, hacia una conspiración judía, mientras se presentaban a un mismo tiempo como un movimiento que escuchaba y recogía las preocupaciones del ciudadano alemán a pie de calle. Este discurso funcionaba hasta cierto punto, pero el NSDAP tenía no obstante problemas a la hora de consolidarlo.

“Los votantes nazis”, escribe Showalter, “tendían a ser lábiles, más dispuestos a cambiar o abandonar su apoyo de lo que los dirigentes nazis estaban dispuestos a admitir.” Aunque la propaganda nazi cumplía su cometido y electrizaba a los participantes de esta nueva liturgia política gracias a la oratoria, la simbología y la escenificación desplegadas, una vez el mítin, la reunión o el discurso terminaban, incluso los más convencidos se enfrentaban a algo parecido al período de bajada de un consumidor habitual de drogas o psicofármacos.

Aunque despreciasen públicamente a los bolcheviques, los nazis copiaron como es sabido sus fórmulas de agitación y propaganda, pervirtiendo su objetivo original de ilustración de las masas y dirigiéndolo hacia su manipulación y su control. Así, para los dirigentes nazis, escribe Showalter, el periódico “no era un instrumento de conversión, sino un medio de continuar la educación política comenzada en otro lugar, en reuniones de masas o en las esquinas: su tarea era a un mismo tiempo alarmar y tranquilizar, engatusar y prometer; un vínculo continuo entre el movimiento y sus partidarios, un elemento que no era espectacular, pero que era necesario en el ascenso del nacionalsocialismo al poder”.

El periódico de Julius Streicher era muy leído porque su contenido era accesible a una base amplia y su lectura no requería un particular esfuerzo

Der Stürmer fue uno de esos periódicos y sin duda el más estridente de todos ellos –otros, como el Völkischer Beobachter, aspiraban a representar la voluntad de respetabilidad del régimen con una edición más cuidada–, incluso para los propios estándares del nazismo, que mantuvo oficialmente las distancias respecto a la cabecera, por lo que no se convirtió en una publicación oficial y se la privaba de ese modo de lucir la cruz gamada en portada. Con una periodicidad semanal, en su contenido, groseramente antisemita –su lema, una frase de Heinrich von Treitschke, e impreso en el faldón de todos los números, era “Los judíos son nuestra desgracia” (Die Jüden sind unsere Unglück)–, y en su forma, con sus groseras caricaturas en portada –reproduciendo todos los estereotipos físicos sobre los judíos– y titulares imperativos –“No vayas ni a médicos ni a abogados judíos”, “Quien compra a un judío es un traidor del pueblo”– impresos en chillona tinta roja, Der Stürmer estaba diseñado para llamar la atención. La impresión en octavo abarataba los costes y facilitaba su difusión. No por excesiva esta demagogia carecía de método: Streicher, que ya había pisado con anterioridad los tribunales, llevaba sus contenidos hasta los límites de lo publicable para evitar demandas judiciales, y, ante la ausencia de una legislación sobre delitos de odio, se amparaba en la libertad de expresión para justificar ante las autoridades los contenidos de Der Stürmer.

Las cifras de circulación prueban el éxito de esta fórmula: en 1927 Der Stürmer alcanzó los 27.000 copias semanales, con muchos más lectores gracias a la construcción de casetas (Stürmerkästen) en vía pública en las que se colgaba la edición impresa página a página, como una suerte periódico mural, para quien no pudiese permitirse adquirir un ejemplar. Allí podían leer reportajes sobre la “degeneración de la raza nórdica-germánica” y supuestas noticias sobre judíos que seducían, prostituían o violaban a mujeres alemanas, y en ocasiones también a hombres jóvenes –sin escatimar los detalles de las prácticas, lo que lleva a dudar de su declarada voluntad de denuncia y más bien a pensar en la intención de satisfacer los deseos pornográficos de una parte no desdeñable de sus lectores–, que ofrecían comida en mal estado o envenenada en sus restaurantes, estaban detrás del desempleo, la inflación y las crisis económicas, financiaban el comunismo, las fuerzas republicanas, la pornografía –con el fin de debilitar a la raza aria, desviándola de la reproducción mientras se la empujaba a la masturbación–, el narcotráfico, el tráfico de personas y la cultura, o cometían toda suerte de crímenes rituales y sacrificios que se remontaban al medioevo y más allá.


Estas casetas fueron desmontadas discretamente en 1936 con motivo de los Juegos Olímpicos de Berlín por la presencia de vistantes internacionales y vueltas a montar después. En 1937 y en 1939 se recogen, entre los documentos conservados del periódico, unas 700 casetas nuevas de este tipo, por lo que la cifra real debió de ser muy superior, y lo mismo su alcance, que desde 1933 contó con el apoyo del régimen nazi y una distribución nacional asegurada a través de las organizaciones que encuadraban el trabajo –como el Frente Alemán del Trabajo (DAF)– o el ocio de la población alemana.

El judío se convertía, de este modo, “en un símbolo y en un chivo expiatorio” de todo tipo de problemas, reales o percibidos

El periódico de Julius Streicher era muy leído no a pesarde todo lo anterior, sino debido a ello. Su contenido era accesible a una base amplia y su lectura no requería un particular esfuerzo. A pesar de los roces de Streicher con otros dirigentes nazis, de manera especial con Göring –al que acusó de impotencia y de concebir a su hija Edda mediante inseminación artificial; Göring prohibió en respuesta a sus trabajadores leer Der Stürmer– y Joseph Goebbels –a quien irritaba la vulgaridad de la propaganda de Streicher e intentó llegar a prohibir la publicación de su periódico, sin éxito, en 1938, siendo ministro de Propaganda del Reich–, Der Stürmer contó con el beneplácito de Adolf Hitler, consciente de su papel en el engranaje de la maquinaria propagandística del régimen, y su tirada pasó a los 700.000 ejemplares entre 1935 y 1937, según la estimación del Tribunal Militar Internacional (TMI), que se elevaba hasta los dos millones en el caso de los números especiales. Se siguió publicando, incluso a pesar de la escasez creciente de papel debido a la guerra, hasta febrero de 1945.

Durante este período de tiempo Streicher compaginó sus actividad como editor –que también incluía la publicación de libros infantiles antisemitas– con su puesto de Gauleiter de Franconia (1929-1940), desde el que coordinó ataques contra la comunidad judía o la destrucción de la Gran Sinagoga de Núremberg. Aborrecido por otros nazis por su personalidad, sus aventuras extramatrimoniales o su inconteniencia en los ataques a otros funcionarios del régimen, Streicher fue juzgado por el Tribunal Supremo del NSDAP y apartado del cargo de Gauleiter, aunque se le permitió mantener el título y seguir editando Der Stürmer. Hitler valoraba la lealtad de Streicher, uno de los primeros afiliados a su partido, y, por descontado, su contribución al auge del nazismo a través de su periódico.

“Estimado Der Stürmer...

En los medios de comunicación y las industrias culturales se ha cimentado la imagen del nazismo como un movimiento de masas de base obrera. Aunque, huelga decirlo, sin la participación de sectores de la clase trabajadora alemana el nazismo no hubiese llegado al poder, los historiadores protestan como es lógico contra esta explicación sociológica muy parcial y poco ajustada a la realidad y destacan el papel jugado por los soldados desmovilizados, los estudiantes universitarios y sectores de las clases medias. Como recuerda Showalter, “la movilidad social frustrada fue un elemento importante a la hora de alentar el compromiso estable con el nazismo.” Este historiador señala por ejemplo cómo una elevada proporción de los Gauleiter, por ejemplo, “eran hombres con posiciones seguras que se habían elevado por encima del estatus social de sus padres o que lo habían mantenido aún percibiéndose merecedores de algo mejor”. Estos hombres, continúa, “sintiéndose bloqueados o no reconocidos por los sectores más tradicionales de la sociedad de Weimar podían encontrar un confort psicológico en la emergente sociedad alternativa del NSDAP”, y, por descontado, posibilidades de ascenso y reconocimiento social. Julius Streicher fue uno de ellos.

En otra de sus investigaciones, realizada en 1983, Showalter indagó en el archivo de cartas a los lectores enviadas a Der Stürmer y publicadas bajo el epígrafe de “Estimado Der Stürmer...”. Lo que llamó la atención a este historiador es que entre estos papeles, en los que no faltaban lectores despotricando sin freno ni sentido sobre los judíos o señalando a comercios regentados o supuestamente regentados por judíos para propiciar ataques contra ellos, abundaban “las expresiones de necesidad aparentemente legítimas”, que combinaban con frecuencia “amargura y sinceridad”, y en las que el antisemitismo ofrecía una explicación política rápida y fácil. Showalter cita, entre otros ejemplos, numerosas peticiones de ayuda para obtener un empleo, o la llamada de auxilio de una madre sin dinero que necesitaba dinero para su hijo de cuatro años, víctima de malnutrición, y a la que los servicios públicos de Núremberg habían denegado las ayudas sociales.

El judío se convertía, de este modo, “en un símbolo y en un chivo expiatorio” de todo tipo de problemas, reales o percibidos: desde quienes se veían forzados a abandonar la sastrería para comprar la ropa confeccionada en masa en los grandes almacenes –propiedad de “judíos” y en los que vendedores “judíos” intentaban engañar a los clientes– hasta las dificultades, en los tiempos de mayor crisis de la República de Weimar, para acceder a las ayudas y prestaciones públicas –de las que, según los lectores, eran desproporcionadamente beneficiarios los socialdemócratas y los judíos por el sesgo ideológico de la burocracia–. La cuestión judía, explica Showalter, era “más instrumental que central” para la mayoría de los lectores que acudían a la pluma y el papel –no siempre cuartillas: en los archivos se han conservado cartas en papel de estraza, reversos de otras publicaciones y hojas arrancadas de cuadernos– y que buscaban “ayuda” y “expresar quejas”, “ser escuchados”. “Si acudieron a los nazis fue porque los nazis expresaron simpatía por sus problemas y daban a entender la posibilidad de soluciones en el marco de un nuevo orden”, valora Showalter. “Uno podía ser incapaz de llevarse bien con su vecino, gestionar con eficacia un asunto con los funcionarios o tener éxito con el sexo opuesto: la propaganda nazi al menos ofrecía una explicación para el fracaso de estas relaciones humanas implicando en ellas a los judíos”, sentencia este historiador.

Otro grupo de cartas, según la ordenación de Showalter, la componían las misivas que “expresaban hostilidad hacia las normas de comportamiento de la sociedad de Weimar”, más abiertas que “los patrones tradicionales de conducta”, cada vez “más difíciles de aplicar” en una sociedad dinámica como la de la Alemania de entreguerras. “Alguien que se comportase de maneras que encontrasen inapropiadas tenía que ser”, escribe Showalter a propósito de estas cartas, “por definición moral un judío”.


Otro grupo más lo formaban –en parte, sin duda, animados por las propias publicaciones del periódico– las denuncias sobre el carácter indecente y la promiscuidad de los judíos, y “reflejaban una tendencia en la cultura popular y la pornografía de Alemania a conceder al judío, y más específicamente al hombre judío, un rol sexual similar al que frecuentemente se asigna al hombre negro en los Estados Unidos”, presentado como el poseedor de “unos genitales descomunales, apetitos insaciables y al que es virtualmente imposible resistirse”, además de propagador de enfermedades de transmisión sexual. La visión patriarcal y patrimonial de las (“nuestras”) mujeres que mantenían relaciones con judíos –atribuidas invariablemente a las malas artes de seducción del perpetrador y a la flaqueza natural del “sexo débil”, objeto y víctima de la seducción, desprovista de agencia– es general en todas las cartas analizadas. Las mujeres judías, por el contrario, aparecían retratadas y descritas como poco atractivas.

Por descontado, los autores de estas cartas de denuncia rara vez, si alguna, se tomaban la molestia de comprobar la identidad de los protagonistas de los hechos relatados –suponiendo que fuesen ciertos–, y, como escribe Showalter, es extremadamente improbable que fuesen judíos. Lo que importa, no obstante, “es el hecho de que quienes redactaban estas cartas creían que los embaucadores, los mentirosos, la gente vulgar y, en general, todos estos personajes de dudosa reputación eran judíos.” En este sentido, continúa, “las cartas a Der Stürmer reflejan y contribuyen a un mismo tiempo al mito binario principal del nacionalsocialismo: una división del universo psicológico en blanco y negro, entre ‘ellos’ y ‘nosotros’, y, por encima de todo, entre alemanes y judíos”. El hecho de que la comunidad judía en Alemania no fuese tan numerosa como lo era en Europa oriental –con una mayor presencia de comunidades ortodoxas y una segregación urbana heredada de regímenes anteriores– y fuese, por lo general, mucho más liberal y estuviese, por tanto, más integrada en la sociedad alemana –era, en efecto, imposible distinguir a un judío de alguien que no lo fuese–, reforzaba, paradójicamente, las ideas paranoides de infiltración y de la existencia de una conspiración a la sombra con la meta de parasitar, primero, y destruir a la sociedad desde dentro, después. Por otra parte, estas cartas “sugieren claramente la desintegración en la Alemania de Weimar de las zonas neutrales, áreas de interacción en las que primaba el civismo y los antecedentes culturales o religiosos pasaban a un segundo plano si no eran ignorados por completo.”

Llegados a este punto, subrayar las similitudes y paralelismos de la propaganda de la ultraderecha contemporánea en los medios de comunicación y las redes sociales con algunos de los mecanismos expuestos por Showalter habría de ser, creo, prácticamente innecesario para la mayoría de los lectores, y el riesgo de incurrir en una reductio ad hitlerum, irrelevante. De fabula te narratur, supongo. 

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