El estrecho de Ormuz, la ruta fósil de un sistema agroalimentario global cada vez más vulnerable

El cierre de esta ruta, de la que provienen un tercio de los fertilizantes del planeta, puede poner en jaque la agroalimentación europea. Voces del sector llaman a apostar por una agroecología que los países no fomentan por miedo a las protestas.
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3.200 buques han quedado atrapados en el interior del golfo Pérsico con el cierre de Ormuz.
7 mar 2026 06:00

Los precios de la cesta de la compra aumentarán en las próximas semanas de forma generalizada. En los pasillos del ministerio de Economía, Comercio y Empresa, que lidera Carlos Cuerpo, saben que el escenario es inevitable, que la guerra desatada por Donald Trump en Oriente Próximo impactará en el bolsillo de los españoles. El Ejecutivo ya tiene el reflejo de lo que ocurrió tras la invasión de Rusia a Ucrania, cuando el cierre del grifo fósil por parte de Vladimir Putin se tradujo en un fuerte y sostenido encarecimiento de los alimentos.

Algunos analistas estiman que los precios en los supermercados podrían subir entre 3% y un 5% en los próximos días. Cuerpo ha reconocido que la eliminación temporalmente del IVA en los alimentos de primera necesidad (leche, huevos, pan o frutas) es una de las tantas medidas que el Gobierno volvería a poner en práctica para amortiguar la inflación. La magnitud del impacto —el techo de la escalada de los precios, su duración— es lo que más preocupa en Moncloa.

Nunca antes el estrecho de Ormuz, paso estratégico de la navegación internacional, estuvo cerrado. La situación es de una gravedad sin precedentes: más de 3.200 barcos —el 10% de la flota mundial de este tipo de buques—, permanecen atrapados. Por esta ruta transitan el gas, el petróleo y los fertilizantes que sustentan el modelo agroalimentario global.

Para David González Sánchez, licenciado en Ciencias Químicas, máster en Ciencias Agroambientales, máster en Energías Renovables y especialista en la regeneración de suelos, el panorama es mucho “más grave y preocupante” que en febrero de 2022, cuando el cierre del garfio del crudo ruso visibilizó la vulnerabilidad y fragilidad del sistema del que dependemos para comer.

González explica que la importancia del estrecho de Ormuz va mucho más allá del tránsito del gas y del petróleo. Es también “un cuello de botella de la química agrícola mundial

González describe una “tormenta perfecta” que puede poner en jaque a la agroalimentación europea. La parálisis de la cadena de suministros ocurre cuando todo el hemisferio norte se prepara para la siembra de primavera y cuando el stock de fertilizantes está a niveles mínimos por el rechazo de los agricultores a pagar un certificado de carbono que desde enero, por normativa de la UE, es obligatorio.

Las importaciones de estos fertilizantes se han desplomado un 80% en el primer mes del año: de 1,18 millones de toneladas a menos de 180.000. Los precios son ya un 25% más altos que en 2024, y las existencias apenas cubren la mitad de lo que se necesita para la campaña de 2026.

Mientras tanto, a finales de febrero, drones con explosivos alcanzaron la planta de fertilizantes de Dorogobuzh, en la región rusa de Smolensk, una instalación clave para la producción europea. “Más tensión, más incertidumbre y más subidas de precios a nuestro sistema agroalimentario”, describe este experto.

“Lo más preocupante es que nos vuelve a pillar una situación de este tipo sin hacer los deberes. Pandemia, guerra en Ucrania y ahora esta guerra en Oriente Próximo. Señales de alertas por todos lados y la respuesta ha sido seguir intensificando un sistema construido sobre la química fósil, la hiperespecialización y la distancia. No hemos apostado por la relocalización de la producción, no hemos apostado por la reducción de la utilización de fertilizantes y no hemos dado ningún paso firme en la impostergable transición agroecológica. La vulnerabilidad es gigantesca”, advierte.

Un cuello de botella de la química agrícola mundial

González explica que la importancia del estrecho de Ormuz va mucho más allá del tránsito del gas y del petróleo. Es también “un cuello de botella de la química agrícola mundial”. Un tercio del comercio mundial de fertilizantes transita por esta vía.

La lista incluye el azufre, la urea, el amoníaco y los fósforos procesados. Es decir, gran parte de la materia prima que se utiliza en casi todos los campos del planeta. “Sin fertilizantes, la cosecha de este año será peor. Y si la cosecha es peor, el año que viene habrá menos producto y más caro; y más dependencia de importaciones; y más presión sobre los agricultores, que ya tienen los márgenes justos; y más riesgo de que muchas explotaciones pequeñas desaparezcan. Es una espiral”, advierte.

En la actualidad, los gobiernos destinan más de un billón de dólares anuales a subvencionar combustibles fósiles y 540.000 millones a una agricultura industrial que depende de ellos

El problema añadido es que el 99% de los fertilizantes y pesticidas sintéticos se fabrican a partir de petróleo o gas. Por tanto, la ecuación es bastante simple: combustibles fósiles caros es igual a alimentos caros. “Hay que entender que los combustibles fósiles penetran toda la cadena: producción de semillas, fertilizantes, maquinaria pesada, la energía necesaria para activar los sistemas de regadío, para transformar las materias primas y por último la logística y distribución, ya sea de forma terrestre, en barcos o en aviones”, enumera González.

Se estima que se necesitan hasta 13 unidades de energía fósil por cada unidad de energía alimentaria producida. Como bien aclara este experto, no es solo un problema de oferta. También de poder. Cuatro empresas controlan el 70% del comercio mundial de grano (Cargill, ADM, Bunge, Louis Dreyfus). Un puñado de corporaciones dominan las patentes de semillas y agroquímicos.

“Mientras eso no cambie, cualquier solución será parcial. Para que este modelo agroalimentario funcione necesitamos combustibles fósiles abundantes y baratos. El estrecho de Ormuz no es la causa de esta crisis. Es un espejo. Nos devuelve la imagen de nuestra propia fragilidad. Ahora que el mundo se vuelve incierto, descubrimos la vulnerabilidad de nuestro sistema alimentario y nuestras ciudades”, sintetiza este especialista en técnicas agroecológicas.

No hay atajos tecnológicos

Este elefante en la habitación —el sistema alimentario industrial es además responsable de un tercio de las emisiones globales— no se resuelve con “soluciones mágicas”, ni con “más tecnología”, aclara González.

El informe Del combustible a la mesa, publicado por IPES-Food en junio de 2025 y elaborado por un panel de 25 expertos internacionales, deja en claro que no hay “atajos tecnológicos” (fertilizantes verdes, plásticos biodegradables, IA) que puedan resolver esta crisis estructural. Son herramientas útiles que sin un cambio de modelo “solo perpetúan la dependencia”.

“La buena noticia es que la alternativa existe. Es un cuerpo de conocimiento acumulado durante décadas, con ejemplos documentados en todo el mundo. Se llama agroecología”, señala González. Hay muchas técnicas —remarca— que mejoran la fertilidad del suelo de manera natural: rotaciones, cultivos de cobertura, trabajar la red trófica del suelo, leguminosas que fijan nitrógeno e integración de cultivos y ganadería.

“Las soluciones existen. No son perfectas, no son rápidas, no son cómodas, pero están probadas. La agroecología, la relocalización, la democratización, son hojas de ruta basadas en la evidencia”, señala González

En paralelo, urge desarrollar estrategias a nivel europeo que permitan la relocalización de la producción y la activación de circuitos cortos locales. Los expertos en agroecología proponen seis políticas concretas.

La primera es la contratación pública agroecológica: que escuelas, hospitales y administraciones compren a productores locales y ecológicos, creando mercado estable y reduciendo la dependencia de cadenas largas. Le siguen las redes alimentarias de proximidad, que impulsan canales cortos de comercialización y consumo local para reducir la dependencia logística. La tercera iniciativa sería fomentar una producción menos insumodependiente: revalorizar la fertilidad del suelo, los biofertilizantes locales, las semillas adaptadas y el conocimiento campesino.

Asimismo, estas voces abogan por una reterritorialización de la alimentación que fomente la planificación alimentaria regional con políticas públicas que prioricen la soberanía alimentaria. También apuestan por promover las biofábricas y las cooperativas rurales con el fin de producir insumos orgánicos o compost a escala comarcal. En este orden se enmarcarían las cooperativas de producción y venta agroecológica. Por último, plantean la necesidad de proteger el suelo agrícola y frenar la urbanización de tierras fértiles, así como apoyar el relevo generacional. En definitiva, una ordenación del territorio

Reorientar las subvenciones

Para González, la punta del ovillo son las subvenciones. En la actualidad, los gobiernos destinan más de un billón de dólares anuales a subvencionar combustibles fósiles y 540.000 millones a una agricultura industrial que depende de ellos. En Europa, esta reorientación debe pasar por una “reforma profunda” de la Política Agraria Común (PAC).

“Esta es la primera discusión a poner sobre la mesa. Si tenemos que seguir gastando dinero europeo, dinero público, en una PAC que lo único que hace es agravar el problema, o si una parte de la PAC debería destinarse exclusivamente a la transición agroecológica”, explica.

“Echa por tierra ese falso argumento de que con la agricultura regenerativa no se puede producir a gran escala. Siempre lo refutamos, pero hoy tenemos la validación científica”, explica Javier Retana

Se trata de una “medida fundamental” que nadie en Bruselas se anima a pronunciar por el temor a las protestas del sector. “En España tenemos un Ministerio de Agricultura que lo único que hace es coger el dinero de la PAC y transferirlo a las comunidades autónomas. No hay una sola política de transición en marcha”, se queja González.

Hay que entender, concluye, que la transición agroalimentaria necesita planificación, recursos y acompañamiento. No alcanza con las restricciones —Pacto Verde—, hay que desplegar muchas ayudas para que los agricultores, que en muchos casos advierten de esta insostenibilidad, se animen a transitar hacia un nuevo modelo. “Repito. Las soluciones existen. No son perfectas, no son rápidas, no son cómodas, pero están probadas. La agroecología, la relocalización, la democratización, son hojas de ruta basadas en la evidencia. Lo que falta es voluntad política y presión ciudadana para hacerlo realidad”.

El respaldo científico

Semanas atrás, el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) y la Asociación Española de Agricultura Regenerativa Ibérica dieron a conocer los resultados del primer estudio científico, Regenera.cat, que, durante dos años, comparó en un mismo territorio (Catalunya) parcelas regenerativas con convencionales.

Una de las principales conclusiones de esta investigación es que las primeras fincas —después de un periodo de transición y una vez se recupera la salud del suelo— producen la misma cantidad de alimentos que el sistema tradicional y lo hacen con un coste similar o incluso inferior. “Esto es importante porque echa por tierra ese falso argumento de que con la agricultura regenerativa no se puede producir a gran escala. Siempre lo refutamos, pero hoy tenemos la validación científica”, explica Javier Retana, catedrático de Ecología de la Universitat Autònoma de Barcelona, investigador del CREAF y coordinador de este proyecto.

Entre los resultados del estudio —realizado entre enero de 2024 y enero de 2026—, el equipo científico destaca que los productos obtenidos por técnicas regenerativas incrementan la concentración de algunos nutrientes y son, por tanto, más saludables. Además, la concentración de carbono en el suelo regenerativo es de al menos un 35% mayor en las parcelas regenerativas en comparación con las convencionales. Otro dato clave es la retención de agua, un 9% más alta en las parcelas regenerativas “Esto supone que pueden absorber más agua en caso de inundación y tener más reservas en caso de sequía”, explica Sara Marañón, investigadora del CREAF, quien también forma parte del proyecto. También se ha observado mucha más biodiversidad de bacterias, hongos y microartrópodos en el suelo de las fincas que ya han hecho la transición hacia la agricultura regenerativa.

Dar este paso en solitario, no es nada sencillo, reconoce Ana Digón, presidente de esta asociación. Coincide con González: hace falta valentía y decisión política para dotar de recursos a este nuevo modelo. Al cabo, los sistemas alimentarios resilientes, locales y justos dejaron de ser una opción. Son una necesidad.


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