Del burka al hiyab: el debate que invisibiliza a las mujeres musulmanas

La ola prohibicionista del burka en Europa como parte central de la agenda de las derechas confluye con miradas que desde el feminismo legitiman el control del cuerpo de las mujeres por parte del Estado.
Tres feministas musulmanas.
Daniel Rodríguez Tres feministas musulmanas en la manifestación de Soria del 8 de marzo de 2018.
7 mar 2026 08:11

El pasado 17 de febrero Vox presentaba ante el Congreso un proyecto de ley para prohibir el burka y el niqab, velos que cubren el rostro, en el espacio público. La diputada de Vox, Blanca Armario, fue la encargada de defender la iniciativa ante la cámara, abundado en la idea de defender tanto a la identidad de la nación, como a las mujeres, ante una prenda que calificó de “mazmorra textil y móvil”, mientras alertaba de los peligros del “multiculturalismo”, e incluía en su pack discursivo la amenaza de “la invasión migratoria masiva”. Pese a contar con los votos del Partido Popular, la proposición de ley no prosperó al no sumar Junts sus votos, por una divergencia que tenía que ver más con el enfoque, que con el fondo. En su intervención ante el Congreso, Armario pronunció una frase especialmente significativa: “No es una cuestión de racismo, no tenemos problema con el color de la piel, sino con lo que traen algunos en su cabeza”. 

La preocupación por qué cubre las cabezas de las mujeres musulmanas, o qué traen en la cabeza las personas que practican el Islam, se ha convertido en uno de los temas centrales de la política europea. El pasado octubre, el partido de Giorgia Meloni, Fratelli d’Italia, presentaba una ley para prohibir burka y niqab, además de regular la relación con las mezquitas. En ese mismo mes, el partido de extrema derecha portugués, Chega, conseguía la aprobación en el Parlamento de la prohibición del velo integral. En Alemania, el pasado febrero, era la Unión Democrática Cristiana, partido del canciller Friedrich Merz, la formación política que apostaba en su conferencia nacional por impulsar la prohibición de esta vestimenta.  

En un artículo titulado “La nueva prohibición del burka en Europa: déjà vu en la sala del tribunal de la neutralidad”, la experta en justicia internacional y derechos humanos Merna Aboul-Ezz, analiza esta onda prohibicionista en el continente apuntando que el hecho articular motivos religiosos y de género: “permite a los legisladores reivindicar la legitimidad feminista, protegiendo a las mujeres de la coacción, al tiempo que penaliza a esas mismas mujeres si deciden llevar velo”, lo que convierte al Estado en un actor a la vez “salvador y disciplinario”, en un marco en el que los hombres musulmanes encarnarían un “patriarcado opresivo único”, frente a mujeres musulmanas a las que se presupone más oprimidas que a las europeas. “Dentro de este guión, los cuerpos de las mujeres se convierten en la frontera simbólica de la nación”, afirma. 

La doctora en Estudios Árabes e Islámicos por la Universidad Autónoma de Madrid, Fátima Tahiri, coincide en gran medida con la reflexión de Aboul-Ezz, pues considera que esta ola prohibicionista que en España encabeza Vox, pero a la que se suman otros partidos, “responde al racismo e islamofobia existente y a que ven a la mujer musulmana con velo como máxima representante de todos los prejuicios relacionados con el islam”. La investigadora destaca este doble rol de la mujer musulmana con velo que “es víctima de una religión opresora pero a la vez es el símbolo de ella en nuestras tierras”.  

En este marco, Tahiri considera que apelar a la prohibición del burka, con todas las imágenes de mujeres afganas reprimidas por el régimen talibán en la memoria colectiva, tiene una funcionalidad política: “la retórica de salvación de las mujeres, ha sido algo que ha quedado muy anclado en el imaginario común. Todo se entrelaza con considerar al islam y sus practicantes inferiores culturalmente. Por ello han pasado desapercibidos vocablos como ‘salvajada’ ‘animalada’ hacia este tipo de prendas”. Para esta investigadora, más allá de lo insignificante de la presencia de velos integrales en países como España, apuntar a prohibirlos “significa llevar a cabo el primer paso para poder ir legislando sobre el cuerpo de la mujer musulmana en nombre de la libertad, la democracia y el feminismo”, un discurso que, considera, trasciende las diferencias entre derecha e izquierda.

“Todo se entrelaza con considerar al islam y sus practicantes inferiores culturalmente. Por ello han pasado desapercibidos vocablos como ‘salvajada’ ‘animalada’ hacia este tipo de prendas”

La frontera del velo

Más allá de la ola prohibicionista en Europa y su traslación en España con Vox logrando la prohibición del velo integral en Castilla y León y diversos municipios de la península, la intención de regular la vestimenta de las mujeres musulmanas ha sido una constante en las últimas décadas. Uno de los principales espacios de disputa ha sido la pretensión de algunos centros educativos de prohibir el uso del velo en virtud de su reglamento interno. El pasado junio, el marco de agitación frente a la “invasión musulmana” y la sucesión en las semanas anteriores de varios casos de vetos del hiyab en institutos de la localidad madrileña de Parla, motivó la publicación de un manifiesto de feministas contra la islamofobia. 

“La idea partió de un grupo de amigas, compañeras feministas, que pensamos que uno de los problemas fundamentales del feminismo es la división respecto a este tema”, explica la antropóloga Ángeles Ramírez, referente en la investigación sobre género e Islam. Ramírez aclara que, con división, no se refiere a un sector del feminismo que abraza abiertamente tesis prohibicionistas, como el que se manifestará durante el 8 de marzo contra “todas las formas del velado de las mujeres”, sino que lo que le preocupa es que la división también se dé con feminismos con los que se comparte una amplia agenda de luchas. 

A esta antropóloga le llama la atención que mientras se respeta y se aprecian otras prácticas culturales y religiosas provenientes de orígenes diversos, cuando entra en juego el género y el islam, se activan otros mecanismos: “Parece que hay una gran resistencia a aceptar que usar el hiyab pueda ser una práctica que corresponda a una autodeterminación por parte de las mujeres”. Ramírez no niega que el uso del velo pueda ser producto de coacción por parte de un Estado o del entorno, pero cuestiona que entre filas feministas se dé siempre por hecho que el velo “responde a la opresión, a la obligación, a la explotación”. El manifiesto, rubricado por feministas y colectivos diversos, responde también a la avanzada del prohibicionismo amparado por una “relegitimación feminista”.

Para la antropóloga, más allá de la sobreactuación de la extrema derecha y sus tesis reemplacistas, el recelo de feministas y personas de izquierdas, muestra hasta qué punto “el tema del hiyab es un tema frontera”, es algo que detecta fácilmente en los centros educativos: “Te encuentras a profes muy entregados y entregadas a las cuestiones de la desigualdad y el apoyo a estudiantes, etcétera, que sin embargo, mantienen la posición de la prohibición de manera absolutamente innegociable”. 

Ramírez reflexiona sobre una posible conexión entre el rechazo al velo desde posiciones feministas, con la construcción de feminismo en España, en gran medida, en contra de una Iglesia Católica con un largo historial represor. Esto, considera, tiene consecuencias en los espacios de militancia, donde las compañeras musulmanas que llevan velo —y no solo ellas— muchas veces se sienten incómodas en cuanto que se las presupone oprimidas, por lo que al final generan sus propios espacios. 

Negar la agencia

Tahiri, quien es también firmante del manifiesto, considera que el esencialismo que reduce a las mujeres musulmanas al velo y la religión, les niega el “derecho a personalidad o agencia propia. Es una mujer oprimida por una religión patriarcal y hombres machistas por lo que hay que salvarla”. Un esencialismo que también afecta a las mujeres musulmanas que no llevan velo, a las que se lee como “buena musulmana”: en cuanto que se las presupone asimiladas o no religiosas, una conclusión que no tiene en cuenta que no llevar velo no implica no ser religiosa.  

“Hablar del velo es un espejismo que nos impide centrarnos en lo importante, y es que a día de hoy seguimos utilizando el cuerpo de las mujeres como indicador cultural de progreso, retroceso o como sentimiento patriótico”, una esencialización que se complementa con la que representación de los varones migrantes como una amenaza en el ámbito de la violencia sexual. A lo que se apunta así, explica Tahiri, es a afianzar la supremacía blanca, perpetuando un imaginario de la cultura de “los otros” inferior, para poder negarles sus derechos. “Los otros’ no somos más que el primer estadio para blanquear recortes de derechos y libertades al resto de la población. Por eso es tan importante hacer política desde el antirracismo y la lucha contra la islamofobia”, enfatiza la investigadora. 

Nadia Jaity forma parte de la Mesa contra la Islamofobia y trabaja en la asociación Cazalla Intercultural de Lorca. Para esta joven activista antirracista, poner en el centro el niqab y el burka, absolutamente minoritarios frente al uso del hiyab, es funcional a limitar el acceso al espacio público de una comunidad como la musulmana. Recuerda que hay precedentes en otros países donde la “presión contra el velo hace que muchas jóvenes tengan que decidir entre llevar su vestimenta islámica acorde a su identidad religiosa o asistir a espacios públicos educativos”. Esta obstinación con el velo, en la percepción de Jaity, empuja a que los movimientos “pierdan diversidad y perspectiva interseccional”. 

Para Jaity, la islamofobia no solo opera a nivel institucional como “un tipo de racismo estructural y sistemático por discriminación étnico/religiosa”, sino que atraviesa a las personas generándoles “un conflicto de identidad” y empujándolas a internalizar la opresión. Se trataría en definitiva de un mecanismo que “mantiene unas estructuras de poder que en general posicionan a las mujeres musulmanas en el punto de mira, y perpetúan una relación jerárquica entre el Norte Global y el Sur Global”.

En el punto de mira

Ante la imposibilidad de llevar la prohibición del burka a la legislación estatal, Vox ha continuado su campaña promoviendo su avanzada prohibicionista en distintas administraciones. “Lo que no podemos permitir, bajo ningún concepto, es que la ultraderecha maneje a su antojo la agenda de los temas de interés”, explica Fátima Hamed Hossein, líder del partido ceutí Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía. 

Hamed, abogada que fue la primera mujer musulmana al frente de un partido político, lamenta que la ultraderecha, junto al PP, haya conseguido  aprobar la prohibición del burka a nivel local en ayuntamientos como el de Burgos, Granada o Níjar, y piensa que es también desde la política local que se puede contestar a este marco y “actuar con firmeza ante discursos de odio que erosionan gravemente los valores de la convivencia”, por ello reivindica la iniciativa de su partido, que ha conseguido que  “las formaciones democráticas de la Asamblea de Ceuta se posicionaran en contra de los discursos de odio”.

“No hay día que no entre en la red social X y me encuentre con un mensaje de ‘vete a tu país’”

De estar en el punto de mira y recibir discursos de odio, Hamed sabe demasiado. “No hay día que no entre en la red social X y me encuentre con un mensaje de ‘vete a tu país’”, apunta, preguntándose a qué país se supone que debería irse si es española. “Por el simple hecho de ser mujer con velo y que al lado de la fotografía de perfil aparezca un emoticono de la bandera de España, me han llegado a decir ‘roja, cerda, mora del carajo’ o ‘hay una catapulta con tu nombre’”, apunta, mencionando también el caso de otra política, la diputada de Más Madrid Tesh Sidi, quien ha denunciado recientemente la violencia que recibe en las redes. Así, Hamed considera, que más allá de llevar o no llevar velo, “la lucha feminista será antirracista o no será”. 

Frente al discurso que esencializa a las mujeres musulmanas, también cuando se ostentan cargos políticos, como si el islam fuera lo único que los definiera, Hamed reivindica la agenda de su partido, como una agenda centrada en la política local: “precisamente nuestro motor de cambio es el localismo porque los partidos de implantación nacional no atienden las reivindicaciones de la ciudad autónoma. Empleo, vivienda, educación, sanidad…”, señala la diputada, quien destaca la demanda de una unidad de radioterapia en Ceuta, para que los pacientes oncológicos no tengan que desplazarse a la península, como la prioridad actual de su partido, mientras otras formaciones políticas recorren los municipios del país intentando legislar sobre el cuerpo de las mujeres musulmanas. Mientras en Europa se incrementan los incidentes islamófobos, especialmente las agresiones cometidas contra mujeres musulmanas.

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