Italia
“Sin casa, sin futuro”: movilizaciones universitarias por la vivienda y el derecho al estudio en Italia

Una estudiante de 23 años del Politécnico de Milán decidió plantar una tienda de campaña en medio del campus. Desde entonces, ha crecido la protesta que, aunque no es masiva, ya ha generado un debate y una propuesta que, dicen sus críticos, solo aumentará la especulación inmobiliaria.
Protesta Airbnb Italia
La protesta de estudiantes por los altos precios de la vivienda comenzó en Milán.

La emergencia habitacional en Italia es un hecho en expansión. Inflación acelerada (+8,2% en el mes de abril), aumento desproporcionado de las facturas del gas y la luz y unos salarios que, a diferencia de todos los demás países europeos, desde 1990 hasta hoy no solo no han aumentado —ni siquiera el 6,2% del Estado español—, sino que se han reducido. Todos ellos ingredientes que, en mayor o menor medida, son comunes a todos los países del sur de Europa, donde aumenta cada día el número de familias bajo el umbral de la pobreza, los desahucios y las listas de quienes esperan recibir una vivienda protegida.

La reivindicación fundamental de la protesta era clara: más alojamientos para estudiantes en las cercanías de las universidades y a precios asequibles

A pesar de esto, demostrando que unas mismas condiciones materiales no provocan necesariamente los mismos efectos sociales en todos los tiempos y lugares, en Italia la emergencia habitacional ha desencadenado la respuesta de un sector muy concreto de la sociedad: el estudiantado universitario. No se trata de una completa sorpresa: en los últimos diez años, especialmente en Roma pero no solo, han nacido numerosas “residencias” de estudiantes ocupadas y autogestionadas, precisamente como respuesta a un problema que es estructural.

Combustión espontánea

La chispa que encendió la actual movilización fue la acción de una estudiante de 23 años del Politécnico de Milán que decidió plantar, el pasado 4 de mayo, una tienda de campaña en medio del campus. “Los precios de Milán no permiten a estudiantes con familias normales a sus espaldas alquilar una habitación […] Encontraba solo habitaciones individuales a 700 euros al mes, no podía permitírmelo”. El testimonio no exagera: un reciente informe indica que la capital lombarda está en cabeza en este demencial ránking, con un precio medio de 810 euros al mes por una habitación individual, seguida por Roma (630 euros), Venecia (580), Florencia (570) y Bolonia (530).

El gesto no cayó en saco roto: la solitaria tienda del Politécnico de Milán se transformó en un pequeño campamento, y la acción fue rápidamente imitada en varias universidades de Roma y Bolonia. La reivindicación fundamental de la protesta era clara: más alojamientos para estudiantes en las cercanías de las universidades y a precios asequibles. Un requisito ineludible para dar la posibilidad a cualquier persona de poder estudiar en la universidad, independientemente de su capacidad para alquilar una habitación en un mercado cada vez más desatado.

Actualmente en Italia la oferta pública ofrece habitaciones en residencias únicamente al 5% de aquellos estudiantes obligados a mudarse de ciudad para estudiar (mientras que en el Estado español es de aproximadamente el 10% y la media europea alcanza el 17%). Así, el derecho al estudio en el país transalpino es altamente dependiente de la familia de proveniencia, de forma que una amplia mayoría de los estudiantes están obligados a vivir con sus padres (un 68%, frente a una media europea del 34%).

Desde el primer momento, los medios se han interesado por las protestas, abriéndose así un debate público-mediático. Desde el establishment, la respuesta más sincera hasta el momento ha sido probablemente la de Luigi Brugnaro, alcalde de Venecia y fundador en 2021 de Coraggio Italia, partido con dos parlamentarios que apoya sin fisuras al gobierno de Giorgia Meloni. El además propietario de una de las mayores ETTs del país respondía así a un estudiante que se quejaba del precio de los alquileres: “Tú no te mereces graduarte, porque si dejas que te estafen 700 euros por una habitación, no mereces convertirte en clase dirigente. Yo trabajaba cuando iba a la universidad. Si quieres pasarte la vida estudiando y yendo a beber spritz, yo digo que, si te lo puedes permitir, adelante […] Intento ver los aspectos positivos de esta protesta, pero les pregunto a los chavales si esto es lo que realmente quieren, o si prefieren tener autonomía. Porque la autonomía consiste también en basarse en el propio trabajo”.

En distintos lugares los estudiantes están pidiendo que se abran mesas de negociación en todos los municipios universitarios

Declaraciones provocadoras a las que respondió sin ambages el colectivo Novemetriquadri de la Universidad Ca' Foscari: “Si la clase dirigente es la que representa Brugnaro, sin duda no aspiramos a formar parte de ella. Una clase dirigente que nos propone un mundo al que no pertenecemos, un mundo elitario, extractivista y que plantea un modelo educativo clasista, punitivo y represivo. A esa visión del mundo, nosotras oponemos la reivindicación de una sociedad que ponga los cuidados en el centro, como principio organizador del mundo, como proceso colectivo”.

La expansión de la protesta y la respuesta del gobierno

Resulta evidente que la protesta ha tocado una fibra sensible entre la población estudiantil de toda la Península y las Islas: Génova, Bari, Parma, Nápoles, Pavía, Cagliari, Aquila, Padua, Florencia, Palermo, Perugia. De Norte a Sur, de Este a Oeste, las movilizaciones han alcanzado en un par de semanas prácticamente todas las regiones italianas. En las universidades meridionales, los estudiantes han remarcado que, si bien el aumento de los alquileres es menor que en las ciudades del norte, el contexto económico del estudiantado universitario es cada vez más desolador: “Tenemos sueldos muy por debajo de la media nacional, además de costes y problemas en los servicios de transportes que no son comparables con el resto de la Península […] Además, el fenómeno de los alquileres breves para turistas obliga a cientos de estudiantes a dejar sus viviendas cuando llega el verano, para dejar sitio a una clientela dispuesta a pagar, por pocos días, lo mismo que ellos pagan mensualmente”.

Las reivindicaciones resuenan al mismo tiempo en todas las acampadas: aumento de habitaciones en las residencias universitarias ya existentes y a precios reducidos, techo a los alquileres en los apartamentos privados “para estudiantes” (por los que los propietarios reciben ya una exención de impuestos), recuperación del patrimonio inmobiliario público abandonado y apoyo a los costes del alquiler para estudiantes y jóvenes trabajadores. Para alcanzar estos objetivos, en distintos lugares los estudiantes están pidiendo que se abran mesas de negociación en todos los municipios universitarios que incluyan a ayuntamientos, sindicatos de inquilinos y organizaciones estudiantiles.

La semana pasada, pocos días después del inicio de la protesta, el gobierno encabezado por Giorgia Meloni declaraba que movilizaría “inmediatamente” 660 millones de euros de los fondos Next Generation para “nuevos alojamientos en residencias o apartamentos” dedicados al estudiantado universitario. “El problema es que los decretos […] no han fijado una cuota de alojamientos reservados para estudiantes con bajo poder adquisitivo”, explica al medio digital Valigia Blu Federica Laudisa, investigadora en el ámbito del derecho al estudio en Piamonte. Por su parte, la parlamentaria de Alianza Verde e Izquierda Elisabetta Piccolotti ha denunciado que “los 660 millones acabarán, exentos de impuestos, en los bolsillos de empresas inmobiliarias y grandes propietarios […] Los alojamientos los pagará el Estado casi a precio de mercado, con una reducción de solo el 15%, y frente a ese mínimo descuento, los propietarios se beneficiarán durante muchos años de importantes reducciones fiscales”.

En pocas palabras, los fondos prometidos por el gobierno para aplacar la emergencia habitacional de los estudiantes no se destinarán a construir residencias públicas a precios reducidos, sino que serán entregados a empresas como The Social Hub (en sus orígenes “The Student Hotel”), pionera en la explotación del mercado del student housing, que desde 2012 ha construido residencias de lujo en un total de 15 ciudades europeas, muchas de ellas italianas. Un traspaso de recursos públicos al sector privado que continúa la senda marcada por los predecesores del actual gobierno postfascista, siendo Mario Draghi su mejor representante.

El movimiento en perspectiva

En los últimos días la presión de las protestas ha ido más allá de los rectorados, habiéndose trasladado varias acampadas a las sedes de los gobiernos regionales, así como al Ministerio de Universidades e Investigación, con sede en Roma. A pesar de que no se puede hablar (aún) de una protesta masiva, el desarrollo del movimiento es claramente creciente.

Quien sabe si las respuestas “democráticas” de las instituciones son sinceras o si se trata, en cambio, de una mera fachada para evitar que el movimiento se haga masivo. La última vez que se generalizaron protestas estudiantiles en Italia fue en el lejano otoño del 2008, durante la llamada Onda Anómala —u “Onda” a secas—, un movimiento de oposición a las reformas y los recortes del último gobierno encabezado por Silvio Berlusconi.

Hemeroteca Diagonal
Italia La ‘Onda Anómala’ continúa con sus movilizaciones
Tras un otoño marcado por las protestas de toda la comunidad estudiantil, ahora la Onda se centra en salvar el silencio mediático para continuar con el debate.


En aquel momento, mientras las protestas crecían en institutos y universidades de todo el país transalpino, Francesco Cossiga —autoritario ministro de Interior en lo más duro de los años 70 y posteriormente presidente del gobierno y de la República— propuso al gobierno de entonces, en una entrevista pública al Quotidiano Nazionale, una solución tajante para contener la Onda. La idea de Cossiga consistía en no mandar a la policía, en un primer momento, a reprimir al movimiento, y en su lugar infiltrar agentes provocadores. Una vez se hubieran producido los previsibles disturbios, “las fuerzas de seguridad del Estado no deberían tener piedad y mandarles a todos al hospital […] Sobre todo a los docentes instigadores […] No exagero, creo de verdad que el terrorismo volverá a llenar de sangre las calles de este país. Y no querría que se olvidase que las Brigadas Rojas no nacieron en las fábricas, sino en la universidad”. No está claro cuánto caso le hizo el gobierno de Berlusconi a Cossiga, aunque en las crónicas de los meses posteriores no faltaron episodios de disturbios y de violencia represiva por parte de los funcionarios estatales.

Desde los días del 68, en Italia se han sucedido distintos movimientos estudiantiles de grandes dimensiones, algunos de ellos específicos del país transalpino, como el movimiento del 77 y la llamada “Pantera”, que tuvo lugar a caballo entre 1989 y 1990. Esta por ver si el incipiente “movimiento de las tiendas” consigue romper algún molde y generar cambios significativos en la vida del estudiantado precarizado.

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