Opinión
Cacamelon
Encontrar al fantasma del teatro fue una tarea más sencilla de lo que creíamos al principio, aunque nos sorprendió la forma que tuvo de delatarse. Dimos por sentado que tendría forma de persona, de hombre adulto, y, que para disimular su condición de fantasma, tendría las mismas pintas que suelen tener los participantes del concurso que presenta el Sarria.
Al final, resultó que tenía forma humana, pero no la que esperábamos, aunque tampoco ahora eso viene al caso. Lo que sí es pertinente es lo que nos hizo sospechar de su condición de fantasma: ¡que no llevaba el móvil entre las manos, ni colgado al cuello, ni enganchado a los ojos! Por lo visto, el uso del móvil es un hábito de humanos (de todas las edades, etnias, ideologías, etc.), por lo menos en el contexto andaluz.
Jamás pensé yo que vería a mi madre haciendo scroll a media mañana. Pero no estoy aquí hoy para lamentar el tiempo perdido en la pantalla, alimentando frustraciones y patrocinando deseos y necesidades, sino más bien a evocar un oasis sin wifi al alcance aún de la memoria.
Bismilá, ¿Qué se hacía antes de que el wifi nos esposara las manos?
Como cada verano, Alándalus, Iberia, Sefarad o Tartessos arde en incendios fortuitos o provocados. Además, en el centro del cosmos (aka. Andalucía) tenemos las carnes abiertas entre el acuerdo de Gobierno de la Junta y el fin del plazo para la presentación de los papeles para la regularización extraordinaria, que solo ha pospuesto un poquillo la agonía; pues el empadronamiento sigue costando 500 € y, sin el padrón, es difícil conseguir una cuenta bancaria, un número de la Seguridad Social o la matriculación obligatoria de menores de edad en centros públicos. Sin el empadronamiento es complicado hasta acceder a la regularización extraordinaria. Racismo estructural.
Entre tanto quebranto quiero traer a colación un puñado atávico (brainstorming) de aquello en lo que invertíamos el tiempo antes de que la atención cumpliera condena en la cárcel de la luz led.
Bismilá, ¿Qué se hacía antes de que el wifi nos esposara las manos?
Consumir información con mesura, interés y algo de criterio. Esperar a que llegara al correo postal Mundo Obrero; entrar, años más tarde, en la web del partido; después, en el blog del sindicato (en la evolución natural del comunismo al anarquismo, XD); discutir sin inmediatez en los foros del pueblo. Leer más de cinco páginas de un libro sin necesidad de consultar nada.
Escuchar discos grabados en los que confluían El Cabrero, Paulina Rubio y Mónica Naranjo. Seleccionar las canciones, pasarlas de la cinta al CD... Pero, sobre todo, recuerdo escuchar con el placer de esperar la canción que sabía que llegaría, sin el ansia de buscar lo que parece que más apetece sin llegar a disfrutar de nada plenamente.
Hojear diccionarios, mirar las imágenes de las enciclopedias, garabatear en cuadernos, rebuscar en los cajones, organizar los tesoros. Antes de tener la posibilidad de hacer fotos de todo, recuerdo traer detalles de las experiencias que vivía con mis amigas o mi familia: la servilleta del restaurante, el envoltorio del chicle, el tique de la primera falda hippy que me compré en El Candil «con mis dineros», la chapa de la Coca-Cola que me bebí en el Eshavira el día que conocí a Enrique Morente y no lo reconocí porque no le ponía cara (solo voz).
Visitar sin avisar, no sé si hemos dejado de hacerlo por la incrustación del wifi en la mano o por habernos convertido en Europa.
Ordenar todos estos tesoros en cajitas. Reorganizar el cajón de las bragas. Hacía esto a menudo y sin necesidad de mirar mil veces ninguna pantalla.
Mantener los relojes con pilas, esperar la hora de una cita y acudir a la cita sin avisar de cada paso, sin cancelar. Salir a merendar a la pocilla del barranco donde ataba mi agüelo el burro, sin fotografiar la experiencia. Hacer visitas sin llamar antes ni concertar una cita, como si de un especialista médico se tratara. Esto último, visitar sin avisar, no sé si hemos dejado de hacerlo por la incrustación del wifi en la mano o por habernos convertido en Europa.
Las sesiones vespertinas de masturbación frente al espejo del armario escuchando a Los Chikos del Maíz. Los soliloquios reguladores de las mareas internas. Las mismas stories que ahora subo a redes sociales antes las tenía conmigo misma, sin feedback ni likes de recompensa. La resolución de las curiosidades con los propios recursos. ¿Cómo se llamaba el dios griego del fuego? No me acuerdo, pero tampoco lo buscaba automáticamente en internet, sino que dejaba al cerebro trabajando en segundo o tercer plano, hasta que a las horas o los días descendía la respuesta.
Antes de la oferta infinita e inmediata de todo, veíamos algo en la publicidad que nos camelaba, pero nunca llegábamos a comprarlo, pues la necesidad de tenerlo se acababa en un par de horas.
¡Qué tiempos aquellos de salir a comprar a las tiendas! Ir a mirar, hablar con el personal del comercio, incluso ir a casa del amigo de tu vecina a ver el producto que él había comprado para ver si encajaba en tus expectativas. Hablando de la tele, recuerdo quedar para ver programas, series o películas a la hora que la cadena dispusiera. Recuerdo la palabra zapping.
El hecho de que fuera una palabra en inglés debería habernos hecho barruntar que evolucionaría en algo tan dañino como el scroll, sino que le pregunten a Aza Raskin. Esperar el autobús contemplando la vida, buscando en el MP3 la banda sonora de aquel tiempo que nos pertenecía. Jugar partidas de cartas intergeneracionales, sacar todos los juguetes, montar mundos, negociar quien recogía. Recuerdo ver a mis mayores frente a la lumbre, al fresco, en la cocina, en la sala con la tele apagada, sin móvil, en la íntima compañía del silencio como si la propia existencia bastara y a las criaturas no hubiera que darle el móvil para que se callen.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!