Universidad
Del Valhalla académico al mito de Sísifo: repensar qué hacemos y cómo lo hacemos
Las granjas de papers (artículos, en el argot académico) no es un fenómeno nuevo. Podríamos resumirlo como universidades y académicos que ‘cumplen’ con indicadores pero no hacen investigación real. Es el resultado aberrante de un sistema donde las instituciones académicas luchan por situarse en los primeros puestos de un ranking y en captar la mayor cantidad de recursos. Mientras, el profesorado y el personal investigador viven atados al baremo de promoción, y se levantan cada día con el objetivo de sumar puntos para llegar al Valhalla académico. No olvidemos que el Valhalla es el salón de los muertos. Gloria y honor, sí, pero tras la muerte. Esta es la pobre visión a largo plazo. El nivel siempre creciente de exigencia en los criterios de valoración produce sensación de rutina, agotamiento y falta de progreso a pesar del esfuerzo diario. Resuena la metáfora de la rueda de hámster.
La cuestión es que mientras el ecosistema de las ‘granjas de papers’ impide hacer investigación real, el actual Mundo Feliz que reina en la universidad pública española impide el cuestionamiento ético y político de lo que hacemos y cómo lo hacemos. En este contexto, la recién publicada CARTA DESDE LA ACADEMIA de la Red Universitaria por Palestina (RUxP) cobra un sentido necesario y urgente. En especial la parte propositiva, que puede servirnos de palanca para revisar el actual marco de pensamiento. Aunque la metáfora de la rueda de hámster nos invita a cambiar las prioridades y a dejar la rutina, parece que el mito de Sísifo (de Albert Camus) pesa más en la academia, por lo que resulta más fácil y llevadero reconocer el absurdo y vivir plenamente en el Mundo Feliz.
Tal y como se explica en la CARTA, «la burocratización de la academia le permite esconder su responsabilidad en la producción de víctimas». Estatutos, procedimientos y reglamentos ocultan la falta de un compromiso real con los principios éticos. Los consejos de departamento, escuela y facultad se vacían de debate sobre cuestiones políticas, dejan de ser espacios para imaginar y construir sociedades compatibles con la libertad de expresión, la justicia social y otros fines políticos clave, y se orientan exclusivamente a su ‘encargo’ (impartir docencia, gestionar planes de estudio, etc.). Todo ello con una visión fordista: minifundismo disciplinar en el conocimiento, fragmentación de las tareas, atomización en la carrera profesional, docencia organizada en procesos estandarizados, cuantofrenia desenfrenada, eficiencia y productividad.
Aunque el rearme europeo y el consiguiente aumento del gasto militar en Europa suponen para muchas personas de la academia una oportunidad ineludible para conseguir fondos de investigación, es socialmente injusto porque promueve la desigualdad económica mundial y las tensiones geopolíticas, provoca migraciones forzadas, genocidios, hambrunas, así como el incumplimiento sistemático de los derechos humanos. Es injusto porque las principales prioridades sociales quedan desplazadas: pobreza global, efectos del cambio climático, acceso a recursos y bienes básicos (educación, salud, agua, vivienda). Así es como nos encontramos hoy con una universidad pública que es solo eso, pública, en la medida en que ‘pertenece’, ‘se gestiona’ y ‘está abierta’ a la sociedad en su conjunto pero muestra una evidente desconexión con los problemas reales de su entorno más cercano.
Pensamos que por lucir la etiqueta de ‘pública’ contaremos con el apoyo mayoritario de la sociedad cuando tengamos que reivindicar mejores condiciones de trabajo o, simplemente, más autonomía universitaria, pero no es así. Muchas de las personas que formamos parte de la academia tenemos ya asumido que cualquiera de nuestras reclamaciones contará con el recelo, incluso con la total ignorancia, de los movimientos sociales. Como institución, la universidad pública lleva tiempo llegando tarde o ni siquiera acercándose a las luchas por los derechos sociales básicos en España. Perdió hace tiempo la integridad y el liderazgo moral. Recientemente, la tibia y tardía respuesta institucional en apoyo a las manifestaciones y huelgas del sector educativo pre-universitario confirman su desvinculación cívica. La no inclusión del problema de la vivienda o del colapso ecosocial en la agenda urgente de las universidades confirma que las señales se ignoran sistemática y deliberadamente.
Aunque estamos acostumbrados a los discursos y a las declaraciones institucionales sobre el bien común que representa la universidad pública, el problema es la ausencia de un proyecto ‘de lo común’, entendido como aquello que la comunidad comparte, utiliza, cuida y gestiona colectivamente. Haciendo un símil con las ‘granjas de papers’, podríamos resumirlo como universidades y académicos que desarrollan su labor en una institución pública, pero no trabajan para las personas ni se comprometen con la justicia global y la paz.
Siguiendo con el mito de Sísifo que nos propone Camus, investigadores y profesores vivimos en el absurdo de la esperanza en el mañana, en la obtención de una cátedra o en el reconocimiento y prestigio en nuestro respectivo campo. Parece que nada más importa, solo alcanzar el Valhalla académico: ¡gloria eterna para los guerreros muertos!
Muchas personas en la academia son actualmente héroes absurdos condenados a una tarea inútil: transportar una gran roca hasta lo alto de una montaña, verla caer y bajar para volver a cargar con ella eternamente. Camus presta atención al momento en que Sísifo desciende sin carga física, pero con el peso emocional de ser un miserable. Y aunque Sísifo es feliz asumiendo su condición, desde aquí creemos que se debe promover las condiciones para que la academia abandone su deriva asocial. Es urgente y necesario. Apostamos por personas que vivan la vida académica como un compromiso ético y cívico, que rechacen tanto la gloria y la muerte intelectual que reina en el Valhalla como el conformismo de Sísifo.
Pensamos honestamente que en la universidad somos mayoría las personas que apostamos por este proyecto renovador, desde la Red Universitaria por Palestina (RUxP) o desde otros colectivos, pero falta unidad de acción en un ecosistema que promueve la desmovilización y el debate transversal, ese que nos debería permitir comprender que muchos de los problemas importantes se entrelazan, ese debate que debería impulsar a trabajar en 'lo común’, construyendo y compartiendo conjuntamente, no solo ‘por el bien común’. Una sociedad más justa y vivible debe ser construida por todos y todas. La Universidad debe contribuir como una pieza más, rechazando el academicentrismo. Los colectivos sociales y sus luchas legítimas nos están esperando. Sin ellos la Universidad, como proyecto de compromiso ético, tiene los días contados.
Para acabar: no somos ingenuos. Sabemos que significarse hoy en la lucha social y cívica dentro de la academia supone pagar un alto precio. Sin embargo, hay que celebrar las buenas prácticas. Un ejemplo valiente lo tenemos recientemente en un consorcio internacional de centros de investigación y organizaciones de la sociedad civil de 16 países, que ha decidido retirar su proyecto de investigación COST Action debido a que la UE obliga a aceptar a los participantes israelíes que quieran sumarse al proyecto.
También la Universidad del País Vasco (EHU), a través de su Consejo de Gobierno, ha decidido estos días no renovar el convenio de colaboración con la empresa CAF por su vinculación con Israel, lo que conllevará en términos prácticos el cierre del aula universidad-empresa correspondiente y pondrá fin a unas relaciones iniciadas en 2022. Por todo ello, nuestro llamamiento se dirige hoy especialmente a quienes ostentan una posición más afianzada (catedráticos y catedráticas), para que transiten desde ese Valhalla de héroes políticamente muertos hacia el espacio de compromiso y educación crítica que debería ser la universidad pública.
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