Sionismo en la universidad. Defender lo indefendible, nombrar lo innombrable

Quizás podamos despojarnos del miedo y empezar a hablar abiertamente: difundir cualquier idea (también la justificación del crimen) no amplía la democracia, sino que abre la puerta al fascismo, y en la universidad convivimos con el fascismo.
Mesa de Universidades del TPCGP-25.
Red Universitaria por Palestina Mesa 1 (Ciencia, Universidades y Educación) del TPCGP-25.
Nodo UNED de la RUxP
19 ene 2026 07:00

Octubre de 2024, una junta de facultad cualquiera de una universidad pública española cualquiera. A petición de miembros de la Red Universitaria por Palestina (RUxP) en dicha facultad, su órgano de gobierno vota, por primera vez, una serie de mociones de apoyo al pueblo palestino. La primera de ellas es muy básica: solo pide que la Facultad se pronuncie ante el genocidio, que condene los ataques sistemáticos a las universidades gazatíes (ya completamente destruidas) y muestre así su apoyo simbólico a una comunidad educativa devastada. Es octubre de 2024, recordemos: los bombardeos masivos y perfectamente planificados llevan un año produciéndose sobre toda la población de Gaza y el informe de la relatora Francesca Albanese Anatomía de un genocidio (entre otros tantos) lleva meses disponible para quien lo quiera leer. La moción sale adelante, pero lo hace con la oposición de un grupo minoritario, pero significativo, de personas (aproximadamente el 15 por 100 de este subecosistema universitario) para las que no hay nada que condenar, ni siquiera por triste corporativismo, en la destrucción, una a una y con brutal ostentación, de todas las universidades de un pueblo. Nada se decía, en esta moción, de las causas políticas e históricas de estos ataques, ni tampoco se solicitaba apoyo material para Gaza. Tan solo se pedía expresar una miserable (por tardía) condena colectiva. Pero se llegó a decir, incluso, que no teníamos el derecho de presentarla.

Si Gaza es un espejo en el que salimos todas y todos, nos guste o no, las mociones de condena descafeinadas y meramente simbólicas han sido una lente de aumento que nos ha mostrado desnudos como el rey a los claustros universitarios y a sus excelsos pobladores, y lo que hemos visto asusta. Porque es necesario decirlo claro: desconocer la historia es ignorancia, pero estar presenciando un holocausto en directo, con cientos de miles de niñas y niños sufriendo lo inimaginable (mutilaciones, orfandad, frío, infecciones, hambre inducida) ante nuestros ojos, y negarse a condenarlo a través de un voto anónimo, y además afear que se solicite ese voto, es algo bien distinto, y mucho más peligroso. No hablamos de la indolencia, la cobardía o la apatía política que lleva a muchas académicas/os a evitar cualquier implicación política que pueda arañar mínimamente su currículum: hablamos de algo que va bastante más allá. Pónganle el nombre que quieran, pero no hay muchas opciones.

“¿Qué importan los números? ¿Es que estamos hablando de números de muertos?”

“Resulta sorprendente que se quiera presentar la cuestión de Gaza como una cuestión de Derechos Humanos.”

“¿Qué importan los números, es que estamos hablando de números de muertos? ¿Son menos víctimas los israelíes por tener menos bajas?”

“No es un genocidio porque si quisieran aniquilar al pueblo palestino, Israel no se habría centrado en Gaza, sino que estarían bombardeando Cisjordania.”

“Resulta penosa esa actitud de superioridad moral de muchos ciudadanos, manifestándose indignados, que han olvidado lo que hicieron los abuelos.”

La verdad solo toma una forma, las mentiras toman formas infinitas. Una vez agotado, por razones evidentes, el mantra del “derecho a la defensa” de Israel, la panoplia de argumentos para tratar de deslegitimar cualquier acción en defensa del pueblo palestino (es decir, de justificar a Israel) se diversifica hasta el absurdo. Los anteriores son solo cuatro ejemplos, textuales o casi textuales, de cómo compañeros/as académicos han respondido, en público o en privado, a las acciones en favor de Palestina dentro o fuera de la universidad. El último de ellos lo defendió el filósofo Reyes Mate a toda página en El País: ante lo que hace Israel, solo podemos limitarnos a “ver, oír y callar”, purgando así la pena de, al parecer, contar con antepasados que cometieron atrocidades contra el pueblo  judío. Si tratamos de tomarnos en serio el argumento, nos preguntaremos en primer lugar cuál es exactamente la extensión histórica y material (¿nuestra familia? ¿España? ¿la Península Ibérica?) de esa responsabilidad que debemos asumir como individuos y nos obliga a poner a raya nuestra propia “indignación” (que es mucha, por cierto: tanta como hospitales, niños y escuelas destrozadas hemos visto en la pantalla). Lo terrible es que tal disparate, por venir de quien viene y decirse desde donde se dice, adquirirá condición de verdad para todas las personas que, por el principio de autoridad, confíen automáticamente más en la boutade del catedrático de turno en El País que en su propio sentido común. Afortunadamente, no es el caso de esa parte del pueblo, mujeres y hombres de todas las edades, que, durante la vuelta ciclista, pronunciaron un rotundo “se acabó” con las armas a su alcance y pese a las multas, al intento de descrédito y a los insultos; esas personas anónimas con quienes estaremos en deuda de por vida. No, señor catedrático: usted no tiene nada que decir ni sobre la rabia que sienten ni sobre lo que hacen con ella.

Israel o muerte. El problema que sí tiene nombre.

A muchos de estos intelectuales y aspirantes a intelectuales se les ha ofrecido el atril mediático para que cuestionen las acciones contra el genocidio, ¡pero no pronuncian la menor palabra de condena sobre el genocidio mismo! No podemos dejar de preguntarnos cuál es realmente la causa superior que defienden estas personas, por qué se sienten llamadas a deslegitimar la protesta contra un genocidio en cuanto tienen ocasión sin decir nada sobre lo verdaderamente importante (que nos estamos jugando la humanidad en Palestina), y nos resistimos a pensar que, exceptuando los casos de psicopatía, el genocidio pueda ser en sí mismo una causa para tanta gente. Así que podemos aventurarnos a conjeturar que la causa no es otra que Israel, la defensa del estado de Israel erigida en valor moral. Y es comprensible que así sea, pues un estado que basa su supervivencia en la comisión sistemática de crímenes no necesita apoyo externo para sobrevivir: necesita fervor. Sacralidad. Incondicionalidad. El silogismo es absurdo porque es puramente emocional: del sufrimiento que causaron las cámaras de gas, a la impunidad absoluta de Israel. Cuestionar a Israel (no digamos condenar) parece ser percibido como una traición a las víctimas, antepasados quizás de personas a quienes se aprecia. La mera hipótesis de tener que hacerlo genera un nerviosismo perceptible. También en las universidades españolas hay pasión por Israel; la hemos visto y la hemos sufrido: una especie de neurosis, entre la agresividad y el victimismo, que salta como un resorte cuando se escucha o lee la palabra Palestina. ¿Cómo podemos denominar a este estado mental que es la antítesis de la lucidez intelectual?  Lo dejaremos en fanatismo.

Lo cierto es que el fanático o la fanática quizás puedan dedicarse a analizar tablas de Excel, pero en ninguna circunstancia pueden aspirar a ser una figura con autoridad intelectual o moral dentro de una sociedad. La verdadera intelectual, el verdadero intelectual, no pueden sino defender causas universales, y situarse para ello detrás de ese “velo de la ignorancia” que según John Rawls es la base de la justicia porque nos impide otorgarnos privilegios a nosotros mismos o a aquellos a quienes queremos, solo porque los queremos. Así lo expresó Edward Said: “la universalidad implica el riesgo de traspasar las cómodas certezas que nos ofrece el entorno inmediato en el que nos movemos”. Quienes apoyamos la causa palestina no lo hacemos porque hayamos mitificado a ningún pueblo, credo o bandera: lo hacemos sobre todo porque entendemos que lo que le ocurre al pueblo palestino no le debería ocurrir a nadie, nunca, en ningún lugar. La causa palestina es la causa de la humanidad porque Palestina encarna hoy (como en la historia lo han hecho otros grupos humanos) valores y derechos universales, como el derecho a la autodeterminación de los pueblos colonizados, a la resistencia frente a la opresión, o a la vida misma; valores que estamos obligadas a defender hasta la extenuación si nos queremos seguir considerando humanas.

Sostiene la antropóloga Rita Segato que no contamos ya con palabras para hablar de lo que está ocurriendo en Gaza y a causa de Gaza: que el lenguaje ya no sirve para describir este embrutecimiento colectivo, esta aniquilación de las conciencias. “El lenguaje para formularlo parece muerto”, dice el también antropólogo Didier Fassin. Pero ¿ha muerto verdaderamente el lenguaje? En realidad, sí existen las palabras para nombrar lo que ocurre en Palestina porque la historia no hace sino vestir de otra manera los hechos de siempre: deshumanización del otro, colonialismo, ocupación, opresión…pero también sadismo, violencia extrema, enajenación colectiva, fanatismo. Complicidad. Fascismo. Las palabras no han muerto: lo que quizás ocurra, como continúa diciendo Fassin, es que las estamos “haciendo morir” para evitar la persecución y la censura, o, quizás, también, porque pronunciarlas es mirar de frente el espejo que Gaza nos ha puesto delante, y no queremos hacerlo. Pero quizás podamos despojarnos del miedo y empezar a hablar abiertamente: difundir cualquier idea (también la justificación del crimen) no amplía la democracia, sino que abre la puerta al fascismo, y en la universidad convivimos con el fascismo diariamente. En épocas de emergencia del fascismo toca, como dijo Bertolt Brecht, “defender lo obvio”. Desde la RUxP seguiremos defendiendo lo obvio, buscando las palabras precisas para describir la realidad con tanta objetividad como nos sea posible, e insistiendo, como hacemos a través del Tribunal de los Pueblos sobre la Complicidad con el Genocidio Palestino, en que los crímenes se están cometiendo porque muchas personas callan y unas pocas los defienden abiertamente.

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