Laboral
Trabajar bajo el sol: cómo el calor extremo está cambiando el campo
Son las 6.40 de la mañana en Santenay, en el corazón de la Borgoña francesa y ya se ven las primeras furgonetas descargando a los temporeros. Algunos apuran el último trago de café para despertarse y otros bebemos el primer trago de agua para afrontar los 23 grados que ya marca el termómetro. Se está acabando la temporada y quedan las últimas fincas por hacer el accolage: enderezamos y sujetamos los brotes de la vid entre los alambres para ordenar la planta y acompañar su crecimiento. Si bien la vendimia, la recogida de la uva, empieza en agosto, hay todo un trabajo previo durante la temporada. Esta arranca a principios de año, con la poda de invierno y continúa durante la primavera y el verano con distintas tareas donde se prepara y cuida la planta.
Cuando llegué a Chagny, a finales de junio, el calor ya marcaba el ritmo de las jornadas. Francia llevaba cinco días inmersa en una ola de calor que se prolongaría durante dos semanas de temperaturas extremas. Junio acabaría siendo el mes de junio más caluroso registrado en Francia, con una temperatura casi 4ºC por encima de la media del periodo 1991-2020. La ola de calor llegó a situar a 72 departamentos del país en alerta roja, algo inédito desde la creación del sistema de vigilancia de canícula en 2004. Saône-et-Loire, donde se encuentra Chagny, estuvo entre los citados departamentos. En la viña, aquellos números tenían una traducción mucho más sencilla: dejamos de trabajar a las dos de la tarde y pasamos a terminar a mediodía: a partir de las once, el calor hacía imposible mantener el ritmo de trabajo.
Para esta campaña, se prevé “una vendimia súper precoz, probablemente la más precoz de la historia para la zona y globalmente muy anticipada en todas las regiones vitícolas en Europa”
Las temperaturas extremas, sin embargo, no solo cambian los horarios de quienes trabajamos en la viña. También está alterando los ritmos de la propia planta. Cuando llegamos al verano, la viña lleva meses de trabajo a sus espaldas empezando el ciclo en invierno. “Todo ha cambiado”, explica Pablo Bosch, ingeniero agrónomo y enólogo valenciano que lleva siete años trabajando en Chagny. Desde las fechas del desborre —el momento en que la vid comienza a brotar— hasta la vendimia, dice, los ciclos se han ido adelantando. En 2020 empezaron a vendimiar el 18 de agosto, cuando lo habitual habría sido comenzar en la segunda semana de septiembre. Este año prevén hacerlo en esta semana, la del 17 de agosto. “Hace diez años empezábamos más de un mes más tarde”, cuenta a El Salto. Para esta campaña, Bosch prevé “una vendimia súper precoz, probablemente la más precoz de la historia para la zona y globalmente muy anticipada en todas las regiones vitícolas en Europa”.
Calor extremo para las plantas: priorizar la supervivencia frente al desarrollo
Las altas temperaturas aceleran el ciclo vegetativo y hacen que la uva alcance antes determinados niveles de maduración. Pero el calor extremo puede tener el efecto contrario sobre una planta que ya no dispone de suficiente agua. “Los viñedos están sufriendo”, explica Bosch. Junto a las temperaturas elevadas y la falta de lluvia se genera el estrés hídrico: la planta reduce su actividad fotosintética y entra, en sus palabras, en una especie de “modo bajo consumo” en el que prioriza su supervivencia frente a su desarrollo.
Esto que está ocurriendo forma parte de un problema más amplio. El Instituto Nacional de Investigación para la Agricultura, la Alimentación y el Medio Ambiente de Francia (INRAE), lleva años estudiando cómo el aumento de las temperaturas está obligando al sector vitivinícola francés a adaptar sus prácticas. Cambiar las fechas y técnicas de poda, gestionar de otra manera el suelo y el agua o modificar determinadas prácticas de cultivo son algunas de las estrategias que se plantean para mantener la producción en un clima cada vez más cálido y seco.
En el campo, esas adaptaciones no siempre tienen la forma de una nueva técnica agrícola, a veces consisten en cambiar una herramienta por otra. Algunos días de trabajo en la viña nos tocó quitar los cardos que crecían. En otras circunstancias, en algunas zonas, una desbrozadora habría permitido avanzar mucho más rápido, pero el riesgo de incendio por las altas temperaturas no permite utilizar maquinaria con combustible. Durante kilómetros, el trabajo se hace de manera manual: pico en mano, agacharse, arrancar, avanzar unos metros y repetir.
Antes, las olas de calor podían durar una semana y que, aunque las temperaturas subían durante el día, las noches daban un respiro. Este año, dice, el calor se ha prolongado durante casi cuatro semanas
Pablo cuenta cómo han tenido que modificar prácticas que durante años formaron parte de la rutina: retrasar la poda cuando las condiciones lo permiten, ajustar la carga de las cepas para evitar fatigarlas, trabajar el suelo de otra manera para reducir la pérdida de agua y adaptar los tratamientos a las temperaturas. También los trabajadores forman parte de esa adaptación, ya que hay que protegerlos frente a las olas de calor. Garantizar la hidratación, realizar más pausas o adelantar los horarios son ya decisiones que forman parte de la planificación de cada temporada.
Juan Gil, lleva cinco temporadas en la viña. En una entrevista con El Salto, recuerda que antes, las olas de calor podían durar una semana y que, aunque las temperaturas subían durante el día, las noches daban un respiro. Este año, dice, el calor se ha prolongado durante casi cuatro semanas. “Después de trabajar ocho horas al sol tampoco se puede luego descansar en casa”, cuenta. Una madrugada, a las cuatro y media de la madrugada, salió a pasear a sus perros y los vio jadeando por el calor como si fueran las tres de la tarde.
El campo resiste el calor, pero son las manos de quienes la trabajan las que terminan absorbiendo el impacto
Para él, el problema no termina cuando acaba la jornada, “el calor me anula”, explica. Desde hace casi dos meses duerme unas cuatro horas porque por la noche la temperatura apenas baja, a pesar de que una de las razones por las que se trasladó a Borgoña, fue precisamente buscando unas condiciones de vida más llevaderas frente a las altas temperaturas. Este año también ha visto cambiar los ritmos de trabajo, incluso respecto ala temporada de trabajadores temporales, que habitualmente terminaba a finales de junio o principios de julio. Este año se ha alargado como nunca había sucedido antes.
Trabajar en el campo durante uno de los veranos más calurosos registrados nos enfrenta a una nueva realidad: el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una condición diaria que redefine el ritmo del trabajo y la vida. Detrás de esta adaptación están las personas que lo sostienen : temporeros, como yo, que llegamos desde otros oficios —soy periodista y, al igual que muchos, encadeno empleos para completar ingresos—. El campo resiste el calor, pero son las manos de quienes la trabajan las que terminan absorbiendo el impacto. El cambio climático no se mide solo en grados o en cosechas adelantadas, sino en el esfuerzo adicional que requiere mantener la productividad bajo condiciones cada vez más extremas donde el precio del trabajo de campo ahora se paga con la propia resistencia física.
En busca de nuevas oportunidades y salarios dignos
Entre las personas con las que he convivido y trabajado estas semanas hay varios valencianos. Lázaro Abascal lleva cinco temporadas trabajando en diferentes regiones de Francia, aunque esta es la primera vez que lo hace en Borgoña. Antes trabajó en la recogida de la aceituna en Valencia y también llegó a trabajar haciendo sacos de compost en Alicante por cuatro euros la hora. Este año ha cruzado de nuevo la frontera para trabajar en el campo francés y piensa en seguir haciéndolo, como Rafael Garés, que también ha llegado este año por primera vez. Toda su vida había trabajado en el campo con su padre, entre naranjos, hasta que una amiga le habló de la posibilidad de ir a Francia. Aquí el trabajo agrícola está mejor pagado y no descarta convertir las temporadas en una forma de vida. Si vuelve el próximo año, dice, se llevará a su perrita.
Pero no todos los trabajadores en las viñas de Borgoña parten de Europa. Sol Milla es ingeniera agrónoma chilena y llegó a Francia buscando una oportunidad laboral que no encontraba en su país. “En Chile la situación está muy mal”, cuenta. Allí, explica, un trabajador puede cobrar alrededor de 20 euros al día. Sol ya había trabajado previamente en Chile, aunque su experiencia profesional había estado principalmente ligada al trabajo en bodegas. A pesar de su grado universitario, en la viña trabaja como una más.
Se ocupa de la poda, la quema de sarmientos y lleva a cabo las mismas tareas que sus compañeros “A fin de cuentas aún trabajando como jornalera, gano más de lo que gana un ingeniero en Chile”, explica. Hay, sin embargo, una diferencia en la manera en que mira las filas. Su formación le hace fijarse en cosas que van más allá de la tarea que tiene delante: el diseño del paisaje, el comportamiento del suelo, la gestión del agua, las denominaciones de origen. Le interesa entender por qué en Borgoña no se riega, cómo responden los suelos y cómo las condiciones del terreno terminan determinando la producción de vino.
En Francia, y antes de llegar a la viña en la que trabaja ahora, Sol ha tenido que hacer frente a numerosas dificultades. En el pasado ha tenido problemas con sus superiores. Habla de acoso laboral y misoginia, pero también de cómo su condición de migrante, el color de su piel y no dominar todavía la lengua francesa la colocan en una posición de vulnerabilidad. Su anterior jefe se burlaba de ella, imitaba su forma de caminar y cuestionaba constantemente su trabajo. Ahora en su nueva finca de trabajo, puede concentrarse en aprender. Llegó a Francia sin hablar francés y, meses después, ya mantiene una comunicación básica. También por eso decidió quedarse. “Lo que encontraba en Francia que no encontraba en Chile era un salario digno, dignidad”, concluye.
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