Literatura
Mariana Enríquez: “La disolución de los lazos sociales que se plantea en las distopías ya existe”

La autora argentina Mariana Enríquez ha publicado un nuevo libro de relatos. Los vampiros dan paso a los fantasmas, en una evolución que deja intacta su capacidad para aterrorizar al público lector.
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Mariana Enríquez posa durante la promoción de "Un lugar soleado para gente sombría" Elvira Megías

Buena parte de los personajes del último libro de relatos de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) están cansados, arrastran precariedades y malestares físicos que preceden a la llegada del horror y lo inesperado. Como reconoce esta escritora argentina, ese puede ser un cambio en su literatura reciente, que mantiene no obstante las constantes que la han convertido en una referente de la literatura argentina y del género de terror. Su novela Nuestra parte de noche (Anagrama, 2019) tuvo un impacto superlativo que desbordó a la comunidad de seguidores de las novelas de miedo y se ha extendido a todo tipo de públicos. La historia de la misteriosa “orden” y de la rebelión contra esa secta ha trascendido los límites de Nuestra parte de noche y dado lugar a una explosión de fan art que se recogerá en una exposición de dibujos y materiales relacionados con la novela el próximo otoño.

Enríquez estuvo en marzo en Madrid para presentar Un lugar soleado para gente sombría, publicado también por Anagrama. Esta es otra muestra de un trabajo literario que indaga en el terror de los pobres o el terror para pobres. Sus historias, alejadas de los grandes desastres y plagas planteados por otros autores del género fantástico, entienden el miedo como un accidente dentro de un contexto político determinado, de disolución de las comunidades, enfrentamiento entre clases y una profunda distancia emocional entre generaciones.

Cuando te entrevistamos hace cuatro años, en plena pandemia, nos contaste que te estaba costando escribir por la situación. A eso se sumaba el éxito de Nuestra parte de noche. ¿Cómo ha sido retomar la escritura? 
Pude empezar a escribir en la pandemia con El año de la rata, un libro que hice con mi amigo el ilustrador Dr. Alderete. Estuvo bueno porque fue como salir de mí, son textos de ciencia ficción que no se parecen en nada a lo que hago. Después escribí un ensayo autobiográfico sobre ser fan de Suede, lo publiqué solamente en Chile y en Argentina [Porque demasiado no es suficiente, ed. Montacerdos]. Venía con ideas de algunos cuentos y en el verano de 2023 escribí todo. Fue volver lentamente a la ficción después de la pandemia. Bueno, no sé si muy lento: normal. Estoy un poco cansada de la idea de que hay que producir, escribir todos los días y sacar un libro por año. 

¿Notaste algún cambio en la manera de acercarte a la ficción? 
Creo que un escritor tiene un mundo bastante acotado, con muchas obsesiones que se manifiestan de diferentes maneras. Lo que sí noté fue un narrador menos intenso. Las cosas que pasan están dentro del terror y de lo sobrenatural, pero el tono es más apacible. Quizá es más horrible lo que pasa, pero está narrado de una manera más apacible, como si estuviese más integrado a la realidad. No sé por qué salió eso, pero es una evolución, un cambio, digamos, sutil. 

Otra de las cosas que están muy presentes en tu literatura es el cuerpo. En los relatos de Un lugar soleado para gente sombría hay cuerpos que enferman, que envejecen, que se degradan... ¿Es  una reinterpretación de tus obsesiones? 
El cuerpo es un tema que siempre fue muy cercano. Incluso en Nuestra parte de noche el personaje principal está enfermo todo el tiempo, el centro de la narración es un cuerpo enfermo. Creo que, en realidad, el cuerpo enfermo es el cuerpo más normal. Hay una especie de ficción del cuerpo sano, que como tal no existe. En la vida, el tiempo que el cuerpo está sano y el tiempo que está enfermo es casi el mismo. Y para alguna gente el cuerpo está siempre enfermo, o con algún problema.

¿Cómo lo llevas a la literatura?
Me interesa hacer una especie de contraste entre usar esos cuerpos para lo sobrenatural, como si eso que ocurre en el cuerpo fuese algo anormal. En el cuento “Metamorfosis”, es como si la operación de quitarse el útero y después ponerse un mioma en la espalda fuese una cosa un poco ciberpunk. Y en realidad es un procedimiento [la histerectomía] que se hace casi el 60% de las mujeres. Es como desnaturalizar lo que en realidad sucede: todos los cuerpos envejecen. Desnaturalizar para, de alguna manera, ver cómo socialmente le tenemos tanto miedo al cuerpo enfermo que damos por hecho que el cuerpo está sano. Y no. 

Ahora me interesa un poco más el pasado que la irrupción. Da miedo también, obviamente, pero es otro miedo, y más cercano a la muerte

En las lecturas que se hacen de tu obra se habla de Foucault y de la cuestión del biopoder, así como ejercer el poder sobre el cuerpo a través de la tortura. Pero también el cuerpo aparece como momento de goce y disfrute, algo que te ha convertido en una autora de referencia para la comunidad LGTBI. La pregunta es, entonces: ¿es el cuerpo el gran tema de tus narraciones?
Es uno de los grandes temas. También me gusta mucho escribir sobre sexo, que no creo que sea la contracara; creo que es toda la experiencia sensorial del cuerpo. Lo que más me interesa es que el cuerpo no es nuestro. Una de las discusiones que tengo es [con la afirmación] “mi cuerpo es mío”. No, el cuerpo es social. Y, en general, el cuerpo está controlado por las instituciones. El empoderamiento del cuerpo existe, pero tiene un límite. Para mí, el empoderamiento tiene que ver con el placer. El placer puede ser desde el placer sexual o el placer de poder estar cómodo con tu cuerpo y aceptarlo, que es mucho más difícil que el placer sexual. Es muy loco eso, porque buen sexo tiene cualquiera, pero ponerse un pantalón y estar contento con cómo te queda no lo hace cualquiera.

De todas esas intervenciones sobre el cuerpo la que más me interesa es la medicina. Por varios motivos. Primero, porque mi madre es médica, hay un léxico que heredé, que es mi idioma materno. Es un idioma totalmente esotérico, un montón de palabras que no sabés lo que significan y que conviven en tu vida para siempre. Luego, me interesan mucho los dispositivos que se usan para intervenir el cuerpo. Pienso en El exorcista [William Friedkin, 1973].

¿De qué manera? 
La primera parte de la película da más miedo por los tratamientos a los que someten al cuerpo de la criatura que por la posesión en sí. O la posesión es un sufrimiento más. La película es muy inteligente, porque dice que el cuerpo se interviene de muchísimas maneras. 

El cuerpo de la mujer madura y climatérica me interesaba a la hora de escribir porque es el cuerpo que estoy transitando

También por parte del Estado.
Yo crecí toda la vida con un control muy claro sobre mi cuerpo desde las instituciones, que es la ilegalidad del aborto. Toda tu vida es el miedo a quedar embarazada, cómo hacer para no quedar y, en una persona como yo, que no quiere tener hijos, la necesidad de intervenir tu cuerpo hormonalmente, juntar el dinero para hacer un procedimiento que es ilegal. En mi adolescencia eso iba acompañado con el VIH, el miedo, la sensación de vulnerabilidad del cuerpo. Con amigos que se morían, que se podían enfermar, porque en ese primer momento eran hombres gay los primeros que se morían. Era muy terrorífico. Yo tenía un recuerdo muy claro de la pandemia del VIH por el ambiente en el que me movía. Luego, cuando viene la pandemia del covid, se ve cómo aparece nuevamente ese idioma de ciencia dura que es la medicina. Era lo mismo con el VIH, había esa numerología, la saturación de la sangre y la saturación de la nueva información.

En este libro de relatos, el cuerpo que más aparece es el de mujeres maduras. 
Yo tenía ganas de hablar del cambio físico y del cambio de cómo te ven los demás, que es una mezcla. Porque al mismo tiempo, también esta época de la vida viene acompañada con que ya no te importa nada, es muy libre. El primer cuento es de una mujer adulta de protagonista, de 60 años, y el cuerpo de la mujer madura y climatérica me interesaba porque es el cuerpo que estoy transitando. Hablar del cuerpo que habitas es muy interesante porque es la experiencia más cercana. 

Tu literatura ha ido cambiando con el tiempo, al principio había figuras terroríficas como los vampiros o la casa encantada, que están más vinculadas con la juventud o la infancia, y ahora hay muchos fantasmas. ¿Tiene que ver con el paso del tiempo?
Sí. El fantasma es un ser que da miedo, pero es mucho más apacible, mucho menos violento. Es mucho menos disruptivo, repite siempre lo mismo. Es una expresión del trauma, eso es casi un lugar común. Pero también es la memoria, el pasado. El fantasma también se usa en otras terminologías que no tienen que ver con lo literario: lo fantasmagórico, lo siniestro. Ahora me interesa un poco más el pasado que la irrupción. Da miedo también, obviamente, pero es otro miedo, y más cercano a la muerte. 

Es la sensación que da, porque también está más presente la enfermedad, el cáncer... 
Supongo que estoy un poco hipocondriaca, como todo viejo, pero también hay algo que tiene que ver con la pandemia. En la literatura, sobre todo en la de terror, salen un montón de cuestiones inconscientes. El tiempo durante la pandemia se volvió fantasmal, elástico, para algunos muy corto, para algunos muy largo. Sobre todo en un momento en el que la muerte estaba presente todo el tiempo, en el miedo, en las ciudades vacías, en el conteo de muertos diarios. Había una sensación de muerte excepcional, de muerte como algo culposo. También tiene que ver con esa imagen del muerto que muere en su cama y uno lo toma de la mano.

El acompañamiento.
Era una fantasía que no tenía nada que ver con la realidad, que era la de un cuerpo híper intervenido. El cuerpo industrializado de la terapia intensiva versus la fantasía de la gente de tomarle la mano y que se vaya, con toda la familia alrededor, como en una pintura del siglo XIX. Dudo que entonces se muriesen así, debían morirse a los gritos, porque no tenían anestesia ni antibiótico, ¡aquello debía ser una locura absoluta! Pero había una romantización mezclada con esta idea casi industrial del cuerpo y la enfermedad. Fue muy fantasmagórico y creo que eso salió en la ficción de alguna manera.

La periodista Begoña Gómez Urzáiz dice que “el listón de exigencia de intimidad para las mujeres que escriben es mucho más alto que para los hombres”, tanto en su narrativa como en las entrevistas que hacen. ¿Sientes esa presión?
Creo que no solo es presión, sino que es algo que muchas escritoras hicieron o hacen conscientemente, y con gusto de hacerlo. Por otro lado, si vos escribís un libro sobre tu vida, te van a preguntar sobre tu vida. Yo lo viví cuando era muy joven y publiqué por primera vez. Todo el tiempo me preguntaban por qué sabía tanto de sexo gay, por qué sabía tanto de drogas... Pero a nadie interesaba el libro. 

Brenda Navarro decía que ella no quería escribir solo de su propia experiencia.
La autoficción, tal y como está planteada, tampoco me interesa demasiado. Lo cual no quiere decir que no lo vaya a hacer, pero no creo que sea la escritura femenina per sé. Me acuerdo cuando salió Nuestra parte de noche que me preguntaban mucho, “¿por qué un nombre como protagonista?”. ¿Por qué no? ¿Por qué tengo que escribir mujeres? Lo que se delata en eso es cierto prejuicio, también de parte de las escritoras en muchos casos, de meterse de lleno en la literatura. A lo mejor es porque no les interesa. 

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La escritora argentina Mariana Enríquez durante su entrevista con El Salto Elvira Megías


Te queríamos preguntar por el fenómeno de Milei. ¿Crees que hay una obsesión por la seguridad en la sociedad argentina y que esto puede dar lugar a este tipo de fenómeno político? 
Tiene mucho que ver con la seguridad de la vida cotidiana, con la seguridad económica. Milei es un fenómeno económico. Argentina no es un país especialmente violento o con una alta criminalidad. No tanto como otros países de la región. Y creo que la gente podría tolerar mucha más inseguridad si no tuviese una inflación del 30%, y cinco tipos de dólar, que no haya crédito para vivienda, que haya inseguridad alimentaria, que haya comedores sociales porque la gente no puede comprar comida... Creo que eso es lo que llevó a una opción maximalista de derecha libertaria al poder, mucho más que la seguridad. Pero sí, laobsesión por la seguridad existe, y en gran parte es algo comparativo. La gente ve lo que pasa en Brasil, en México, en Colombia, y tiene miedo que eso se replique en Argentina. Hay pequeños bolsones de narcotráfico y otras cuestiones, pero no tienen esa dimensión y de ninguna manera esa característica teatral de las violencias de esos países. Lo que pasa es que la paranoia es proporcional a tu expectativa de lo que puede pasar. 

¿En qué sentido?
Lo hablaba en Madrid con una amiga, su padre tiene miedo de que le ocupen la casa. ¿Quién le va a ocupar la casa? Es desproporcionado. En Argentina pasa eso, es una desproporción. A lo mejor una persona que vive en un país donde hay mucha más violencia urbana lo tiene más naturalizado. Tiene menos miedo que una persona de clase media argentina que no está acostumbrada a ese tipo de violencia urbana. Pero lo que explica el fenómeno anarco libertario, de derecha, etc., es la crisis económica continuada. Porque es lo que te hace sentir todo el tiempo es que estás en arenas movedizas o te están corriendo la alfombra debajo de los pies. Es terrorífico. 

En el primer cuento de Un lugar soleado…, casi más terrorífico que los fantasmas que deambulan por el barrio es el ambiente social. 
Lo que narra el cuento pasó en un barrio bastante peligroso a las tres de la mañana: alguien golpea la puerta y puede que sea un ladrón fingiendo. Aunque eso en realidad nunca pasó, que alguien golpee la puerta y finja ser un ladrón. Es una cosa de un terror fabricado, por eso es fácil trabajarlo en la ficción. Lo tomé como ejemplo: una extrema paranoia por algo que no es del todo así, pero que se mezcla con otras cosas, en este caso con el miedo de ser como la villa. Es una isla de barrio de clase media entre otros barrios que tienen un deterioro social muy importante. La gente que vive ahí está muy paranoica porque se siente rodeada, no tanto por el peligro de esa gente, sino por el miedo de terminar así, que es muy real. 

Me gusta ver qué está pasando en el mundo para que estas neoderechas no solo ganen elecciones, sino que de alguna manera tengan una estética dominante

¿Hasta qué punto La idea de “me tengo que posicionar”, “me van a preguntar” te entorpece a la hora de de narrar?
A la hora de narrar, cero. Viví el gobierno de Carlos Menem, que fue un delirio. Hizo volar la fábrica de armamentos de Río Tercero a propósito, para borrar pruebas de contrabando de armas que había hecho para la guerra de los Balcanes en los 90 y para Ecuador. Y mató gente en ese pueblo. Carlos Menem, que por su intervención en la guerra de Iraq, en ese momento recibió dos atentados terroristas en la embajada de Israel y la AMIA [Asociación Mutual Israelita Argentina], en el centro de Buenos Aires [en 1992 y 1994, respectivamente]. La gente encontraba restos de cuerpos días después. Viví a [Raúl] Alfonsín con una hiperinflación del mil por ciento por mes, más dos asonadas militares, en una de las cuales, La Tablada, la gente que intentaba tomar tomar un cuartel del ejército terminaron todos asesinados. Eran cuerpos por todos lados. Cuando esto pasaba con Carlos Menem yo escribía y no sentía que tenía que hacer nada. Después llegó la crisis del 2001, un presidente absolutamente absurdo como De la Rúa, que terminó yéndose en helicóptero con una masacre de gente. Y no me sentí condicionada de tener que escribir sobre eso. La literatura no tiene que dar respuestas. Toma de la realidad, pero metaforizando.

Y ahora Milei.
Tanto en Argentina como en todos los países latinoamericanos, presidentes extravagantes hubo un montón. Esto no quiere decir que yo esté de acuerdo con su gobierno, que me guste, o que lo haya votado. Es un fenómeno particular, pero es bastante mundial también. Es Trump, es el presidente de Países Bajos, es Boris Johnson… Es la derecha un poco caricaturesca que empieza a aparecer en un montón de lugares. Creo que es caricaturesca para gente de cierta edad, porque esta relación con ciertos íconos y símbolos, que en cada país es diferente, tienen mucho que ver con gente más joven.

Mariana Enríquez - 3
La escritora argentina Mariana Enríquez durante su entrevista con El Salto Elvira Megías


Hay gente que lo ha relacionado todo este fenómeno con la película del Joker [Todd Phillips, 2019]
Tiene una mezcla con el pop, con las redes, que hace que sea un fenómeno nuevo. Pero el uso de redes de Milei es muy parecido al de Trump. Milei es una persona de la que, si hablas mal y lo registra —porque puede no registrarlo, hay mucha gente que habla mal o bien de él—, reacciona en Twitter, te retuitea, te responde. Hay una falta de noción de que él es el presidente y no puede atacar a un ciudadano de esa manera, porque es muy desproporcionada la relación de poder. Yo obviamente me posiciono como una persona que no lo votó y no lo votaría. Por más cambios que haya que hacer, a mí me hubiese gustado que lo hiciera una persona más estable en cuanto a su personalidad, a su gobierno, a sus equipos de gobierno. Al revés de lo que siente mucha gente, creo que, desde que está en el gobierno, está todo muy a la deriva porque no consigue que ninguna ley salga. Está muy trabado y lo que hay es un grandísimo espectáculo. Pero en términos de gobernabilidad no veo tan claro que esté gobernando de alguna manera, ni bien ni mal. 

¿Y con relación a la izquierda?
Lo que provocan estos fenómenos es una encerrona. Cuando todo es discursivo, cuando todo es casuístico (en el sentido de las causas), “mi causa es tal cosa”, pero no hay un programa, no hay pensamiento más allá de eso. Todo se convierte en consignas vacías. Es como decir: “estoy a favor de la paz”. Bueno, está bien, pero por ahí querés hacer alguna cosa. Y sobre todo, creo que vale la pena pensar el fenómeno en vez de horrorizarse. ¿A mí me gusta? No, para nada. Pero me gusta pensar el fenómeno. Me gusta ver qué está pasando en el mundo para que estas neoderechas no solo ganen elecciones, sino que de alguna manera tengan una estética dominante.

Hay un boom en la literatura de las creaciones artísticas distópicas. Aunque linda un poco con el género fantástico en el que te manejas, normalmente tus narraciones suelen estar más arraigadas en el barrio, en villas o en pequeños pueblos. ¿Te influyen de alguna manera esas tendencias? 
Son las historias que me vienen, que me nacen. Disfruto consumiendo las narraciones distópicas, tanto en literatura como en series… algunas, otras me empiezan a parecer muy similares. En este momento no es un género que me entusiasme. Quizá alguna vez lo haga, cuando sea un fin del mundo sin armas, más precario y, sobre todo, sin tropos que se repiten todo el tiempo: la gente peleando por el agua, por la comida. Llega un momento que dices, “ya sé que se van a pelear por la comida”. Y si no se pelean por la comida, ¿qué pasa? ¿Y si se organizan? La disolución de los lazos sociales que se plantea en las distopías para mí ya existe. Llega un momento que, si es llevarlo a un extremo, es divertido, es una reflexión sobre el momento, pero me pregunto si no hay otra manera de contarlo. 

El escritor Isaac Rosa decía que lo fácil es imaginar futuros distópicos. Lo difícil, en cambio, en una narración, es imaginar un futuro que pueda ser más esperanzador. 
Incluso en el desastre. Úrsula K. Le Guin hacía eso muy bien. Y eran mundos horribles, pero la gente se relacionaba de otra manera. Stephen King en Apocalipsis, por ejemplo, plantea las dos cosas. Tiene una comunidad que se relaciona súper bien y otras súper mal. Me parece una distopía más interesante que otras. Son muy individualistas, y eso es lo que tiene que ver con el mundo contemporáneo. The last of us me encanta, la pasé rebien, lloré. Pero es él solo con la niña, nosotros dos y todos los demás. Incluso el final es absolutamente egoísta, él toma una decisión en contra del grupo. En ese sentido sí me interesan porque son muy sintomáticas de la época, no tanto de plantear la muerte de la Tierra, sino el triunfo del individuo sobre el colectivo.

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