Medio ambiente
El coste oculto del langostino barato: manglares destruidos, precariedad laboral y sufrimiento animal
En las pescaderías y los lineales refrigerados de los supermercados españoles el langostino se ha convertido desde hace años en un producto cotidiano. Ya no es un alimento reservado para las comidas navideñas o las celebraciones. Esto es así gracias a las importaciones masivas procedentes de Ecuador, que han contribuido a abaratar su precio considerablemente. Sin embargo, esta fuerte demanda y esta nueva forma de producir tiene consecuencias. Así lo registra el informe Cheap Shrimp, High Costs (Gambas baratas, costes altos), elaborado por la organización Foodrise para el Observatorio de Bienestar Animal (OBA), que explica que España ocupa un lugar central en ese proceso de impactos.
Según los datos recogidos, es el país que más langostino de acuicultura intensiva procedente de Ecuador importa, superior a todo el volumen que se pesca o se cría conjuntamente en la Unión Europea. Además, en el conjunto del continente europeo se consume tres veces más langostino de granja ecuatoriano que langostino salvaje capturado por las flotas pesqueras comunitarias. La dimensión económica del fenómeno ayuda a entender el crecimiento de esta industria.
Ecuador ha pasado de producir unas 40.000 toneladas de langostino en el año 2000 a cerca de 1,2 millones en la actualidad. Solo en 2025 las exportaciones alcanzaron un valor récord de 8.400 millones de dólares, hasta el punto de superar por primera vez al petróleo como principal producto de exportación del país. Un crecimiento que, según el informe, se concentra además en un reducido número de grandes compañías exportadoras, mientras la expansión de las explotaciones acuícolas continúa transformando profundamente el litoral ecuatoriano.
Para comprender ese impacto basta con mirar a los manglares. Estos bosques costeros tropicales constituyen uno de los ecosistemas más valiosos del planeta: almacenan grandes cantidades de carbono, protegen las costas frente a la erosión y los temporales, sirven como vivero para numerosas especies marinas y sostienen desde hace generaciones la economía de comunidades dedicadas a la pesca artesanal y a la recolección de cangrejos y moluscos. Sin embargo, la expansión de la acuicultura industrial ha sustituido buena parte de esos bosques por enormes piscinas de cría de langostinos.
“El resultado es la pérdida histórica del 57% de los manglares del país, en algunos estuarios llega al 90% de colapso”, explica Miriam Martínez, directora de Bienestar Animal del Observatorio de Bienestar Animal
Según el informe, las granjas ocupan ya alrededor de 220.000 hectáreas de suelo costero. El resultado ha sido la pérdida histórica del 57% de la superficie de manglar en Ecuador. En algunos estuarios del Golfo de Guayaquil, una de las zonas de mayor biodiversidad del país, la destrucción alcanza el 90%. “Los manglares son uno de los ecosistemas más valiosos del planeta: capturan carbono de forma extraordinariamente eficiente, protegen las costas de la erosión, son el hogar de cientos de especies marinas y el sustento histórico de comunidades que llevan generaciones viviendo de ellos”, explica a El Salto Miriam Martínez, veterinaria y directora de Bienestar Animal del Observatorio de Bienestar Animal.
“En Ecuador —indica Martínez— la expansión de los estanques de langostino ha reemplazado sistemáticamente estos bosques costeros durante décadas. El resultado es la pérdida histórica del 57% de los manglares del país, que en algunos estuarios críticos del Golfo de Guayaquil llega al 90% de colapso. Para hacerse una idea de la escala, estamos hablando de una superficie equivalente a más de 300.000 campos de fútbol destruidos”.
“Esa destrucción obtiene producto que es casi en su totalidad para exportar, porque hay una demanda europea exagerada”, explican desde la ONG
La directora de Bienestar Animal del Observatorio subraya además que esa transformación responde fundamentalmente a la demanda internacional. "Y esa destrucción obtiene producto que es casi en su totalidad para exportar, porque hay una demanda europea —y también china y estadounidense— exagerada. Un modelo destructivo creado para que los supermercados puedan ofrecer langostino barato sin información alguna sobre estas consecuencias”, denuncia.
La desaparición de estos ecosistemas tiene consecuencias que van mucho más allá del paisaje. Los manglares constituyen algunos de los sumideros naturales de carbono más eficaces del planeta y desempeñan un papel fundamental para amortiguar los efectos del cambio climático y proteger las costas frente a tormentas e inundaciones. Su degradación también afecta a numerosas especies marinas que dependen de ellos para completar su ciclo vital y a las comunidades que históricamente han encontrado en estos bosques una fuente de alimento y de ingresos.
Pero la huella ambiental del langostino industrial no termina en la ocupación del litoral. El informe sostiene que alrededor del 80% de su impacto climático procede de la fabricación de los piensos utilizados para alimentar a los animales, elaborados principalmente con soja y harinas de pescado. Una cadena de suministro que, además de depender de la pesca industrial, incorpora procesos asociados a la deforestación y al transporte internacional.
Los autores del estudio calculan que una porción de 100 gramos de langostino de cultivo genera alrededor de 18 kilos de dióxido de carbono equivalente, una cifra que supera incluso la del vacuno lechero medio. El langostino de acuicultura se sitúa así, según el informe, entre los sistemas alimentarios con mayor huella climática del mundo. A ello se suma la contaminación de las aguas costeras. Por cada tonelada de langostino producida, el sistema genera más de 51 kilos de residuos nitrogenados, de los cuales más de la mitad —unos 26 kilos— acaban vertiéndose directamente a ríos y costas.
Comunidades desmanteladas y sufrimiento animal
La expansión de la industria camaronera no solo ha transformado el paisaje de la costa ecuatoriana. Según el informe de Foodrise, el crecimiento de las explotaciones acuícolas también ha alterado la economía de numerosas comunidades que históricamente vivían de la pesca artesanal, la agricultura o la captura de cangrejo en los manglares. A ello se suma, según los datos recopilados junto a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), una elevada precariedad laboral: el 63% de las personas trabajadoras del sector carecen de contrato formal.
“Las granjas de langostinos han destrozado el tejido social de Ecuador al destruir puestos de trabajo en la agricultura, la pesca y la captura del cangrejo”, comenta Pieter Roden, investigador y responsable de campañas sobre acuicultura industrial en Foodrise. “El empleo que ofrecen es una mala alternativa. Las granjas son espacios socialmente aislados y de alta seguridad que ofrecen contratos precarios con escasa seguridad económica para los trabajadores. Existe una necesidad real de aumentar la supervisión del sector para convertirlo en una industria más justa y libre de explotación laboral", detalla.
“La acuicultura intensiva es el equivalente acuático de la ganadería industrial: animales hacinados en estanques artificiales”, explica la veterinaria
El impacto del modelo no termina en los ecosistemas ni en las comunidades. El informe dedica un apartado específico al bienestar animal, un aspecto todavía escasamente regulado pese a que la evidencia científica sobre los crustáceos ha avanzado de forma significativa en los últimos años. “La acuicultura intensiva es el equivalente acuático de la ganadería industrial: animales hacinados en estanques artificiales, con densidades de población muy altas, alimentados con piensos industriales y sometidos a ciclos de producción acelerados que su biología no está diseñada para soportar”, explica Miriam Martínez.
La veterinaria añade que “en el caso del langostino, hablamos de un grupo de animales que la ciencia reconoce como sintientes, capaces de experimentar dolor y estrés, y que son sometidos a condiciones que generan mortalidades masivas, uso sistemático de antibióticos para contener enfermedades derivadas del hacinamiento, y prácticas como la ablación del pedúnculo ocular donde se le mutila sin anestesia uno de sus ojos para forzar y acelerar la reproducción”. Miriam Martínez añade que “el impacto ambiental es igualmente severo” al generar cada tonelada de langostino producida 26 kilos de nitrógeno que son directamente vertidos en ríos y costas. “Y la cadena de suministro de piensos, basada en soja y harinas de pescado, arrastra una huella de carbono que supera a la de la industria lechera, pues para producirlo hay que recurrir a la pesca y de nuevo a la deforestación”, indica.
Una práctica documentada en Indonesia
La denuncia del Observatorio de Bienestar Animal no se limita a Ecuador. Coincidiendo con la publicación del informe, la organización difundió una investigación audiovisual realizada por We Animals en instalaciones de reproducción de Indonesia, otro de los grandes productores mundiales de langostino. Las imágenes muestran la ablación del pedúnculo ocular, una práctica utilizada para acelerar la reproducción de las hembras reproductoras mediante la extirpación o aplastamiento de uno de sus ojos, una manipulación que se realiza sin anestesia. Para el Observatorio, el material documenta una realidad poco conocida por las personas consumidoras y pone rostro a un modelo de producción que abastece también al mercado europeo.
El informe reclama que tanto las administraciones como las empresas distribuidoras adopten estándares específicos de bienestar para los crustáceos, mejoren la trazabilidad de la cadena de suministro e informen de forma transparente sobre el origen y las condiciones de producción de los langostinos que comercializan. Porque, concluyen sus autores, el verdadero precio del langostino barato no desaparece: simplemente cambia de lugar. Se traslada a los manglares que desaparecen para dejar paso a piscinas de acuicultura, a las comunidades que pierden su forma de vida y a millones de animales sometidos a un sistema diseñado para producir cada vez más al menor coste posible, mientras todo ello permanece oculto tras una etiqueta en el lineal de un supermercado.
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