Medio ambiente
Solastalgia, la emoción que sufren muchas pero aún no saben nombrar: “Te vas descolocando en tu propia tierra”
A principios de siglo, un filósofo acuñó un neologismo con la esperanza de que algún día —cuanto antes— quedase en desuso. Quería dar a la gente un recurso para describir un tipo de melancolía, de tristeza, que no dejaba de observar. De esa forma, al poder nombrar este dolor, las personas podrían reconocer que “no se trata de un sentimiento individual, sino compartido”. Dos décadas más tarde, sin embargo, el término está a la orden del día, algo que a Glenn Albrecht (Australia, 1953) le parece “deprimente”. “Sigue siendo increíblemente útil para un mundo que se está volviendo peor que la solastalgia”, dice.
Todo comenzó cuando Albrecht observó cómo la región de Hunter Valley, al norte de Sidney (Australia), pasó de ser un enclave de pasto verde, animales y cielo despejado a una zona “de sacrificio”, industrial, ruidosa, contaminada, debido a la minería de carbón. “Las personas que vivían allí seguían en casa, mirando por las ventanas, pero lo que habían disfrutado de su entorno familiar se había deteriorado. Ya no les brindaba consuelo”, rememora en su libro Las emociones de la Tierra. Nuevas palabras para un nuevo mundo (MRA Ediciones, 2020).
Al presenciar algo así, fusionó sōlācium (en latín, consuelo, alivio) y -algia (en griego, dolor, sufrimiento). El resultado fue solastalgia. “A veces lo resumo como la nostalgia que sientes cuando sigues en casa, pero notas que tu hogar te abandona”, explica el filósofo a este periódico. Desde ese momento, los testimonios ‘solastálgicos’ no han cesado en su buzón de correo electrónico.
Los factores que causan solastalgia pueden ser tanto naturales como artificiales. Eventos como las sequías, los incendios, las inundaciones, la guerra, el terrorismo o la gentrificación pueden provocarla. Albrecht lo compara con la nostalgia tradicional, que a menudo se siente cuando uno está lejos de casa y desea regresar. El remedio en ese caso es, por tanto, volver. Pero con la solastalgia no hay sitio al que regresar, porque uno nunca se ha marchado. Sin embargo, su entorno ha cambiado, ya no es el mismo, lo que deja una terrible sensación de impotencia. Pese a que este estado emocional sí tiene “cura”, ésta no se logra con terapia.
No es solo fuego
En España, como en el resto del planeta, hay ahora mismo un sinfín de territorios experimentando esta desolación por fuerzas climáticas, corporativas o políticas que escapan a su control. Es el caso del fuego, que no es solo fuego.
“Si la tierra se quema, yo sufro con ella. A mí se me quemaba la vida aquí también”, señala Rochi Novòa, natural de Sobradelo (Galicia)
“No es solo fuego: es una herida abierta en el pecho de quienes aman estos pueblos. Cada llama lleva consigo el recuerdo de un bosque, el canto de un río, el arrullo de las voces que nos dieron la vida”, escribió Rochi Novòa, gallega de 51 años, durante los históricos incendios forestales del verano pasado, que fueron especialmente virulentos por factores como el cambio climático y que redujeron a cenizas una superficie equivalente a seis veces la ciudad de Madrid. Galicia, Castilla y León y otras regiones del interior fueron las más afectadas.
“Para mí, Sobradelo —aldea situada en la comarca gallega de Valdeorras— ha sido siempre mi cordón umbilical. Vivo tan enamorada de mi tierra que puedo hacer todos los días el mismo trayecto y un día me enamora el corzo que está cruzando, otro día lo que me gusta es cómo sale el sol porque esa luz no la vi antes, o la horrorosa lluvia porque hay un día que viene distinta. Y, si la tierra se quema, yo sufro con ella. A mí se me quemaba la vida aquí también”, asevera Novòa.
Pero la solastalgia aparece, especialmente, cuando ese cambio biofísico se vuelve algo crónico, como ocurre una vez las llamas se han extinguido. “Es como un duelo que no acabas de pasar nunca, porque la tierra no regenera a esa velocidad. El verde que puede nacer ahora es verde hierba, que no tiene nada que ver con el verde castaño, con nuestro roble. Esos bosques milenarios y centenarios eran parte de nuestra identidad, y sí, se han ido para no volver. Yo estos últimos años me siento impotente y agotada emocionalmente, porque, si no son los incendios, es la macrocelulosa que nos querían poner”, lamenta la escritora, visiblemente exhausta.
El impacto de la gentrificación en el paisaje
Hay veces, como en el caso de Rochi, que la solastalgia llega a la vida de uno como lo haría un meteorito. No obstante, en otras ocasiones se va colando despacio, serpenteante. Como le pasó a Carla Henríquez, canaria de 40 años: “Lo primero en lo que sentí el cambio fue a nivel paisajístico. Cuando yo regresé a Tenerife tras un par de años en Australia, empecé a notar que a la montaña que yo miraba cuando era pequeña ya no le quedaba casi verde y que cada vez estaba más llena de casas”.
Los tinerfeños, cuenta, lo siguieron percibiendo en detalles como que cada vez había menos variedad de peces cuando iban a bucear, o en que ya no tenían libertad para desplazarse debido a que el tráfico empezaba a estar imposible, o en tener miedo a que en la casa donde antes vivía una amiga algún día pusieran un Airbnb, o en sentir que sus costumbres eran cada vez más una “mera atracción turística”.
“Poco a poco nos vamos yendo de los barrios de las ciudades hacia lo alto, aislados entre nosotros”, dice la canaria Carla Henríquez
Esta enfermedad del alma se ha adherido a todas las áreas de su vida: “Piensas: ‘Esto que era mi faro. Mi identidad, el quién soy, lo estoy perdiendo. Te vas descolocando en tu propia tierra. También pierdes capital social y sensación de comunidad. Porque, si tú no te puedes pagar un taxi al aeropuerto, te lleva tu amiga, pero no te va a llevar la turista del Airbnb. Poco a poco nos vamos yendo de los barrios de las ciudades hacia lo alto, aislados entre nosotros, porque no nos podemos permitir otra cosa”.
En 2025 España batió un nuevo récord histórico de turismo internacional. El país recibió aproximadamente 96,8 millones de turistas internacionales, de los cuales 15,69 millones se concentraron en Canarias (también cifra récord para la región). La población residente ha aumentado en las islas un 56% desde que Carla nació. Ahora es la tercera comunidad autónoma del país con mayor densidad de población. Además, concentra la mitad de las especies en peligro crítico de extinción de España debido, entre otros factores, al turismo masivo y al aumento de los asentamientos poblacionales.
La solastalgia que siente Carla también ha sido reflejada en canciones o poemas de los lugareños. “No quiero ese hotel, quiero que me devuelvas mi playa [...]. Solo quiero volver a mi infancia”, reza el músico Fran Baraja en el tema Ese Hotel. Los versos de Teresa Gubern, recogidos en la antología Brega en verso: voces poéticas de resistencia, también describen ese dolor: “Levantaré las baldosas que cubren este piso / quitaré el cemento que asfixia / escarbaré hasta llegar a la tierra mojada / para enterrar mi cuerpo en esta geografía”.
El desconsuelo que uno siente en terreno inundable
Los valencianos también han procurado dejar tejida para siempre la catástrofe de la dana en sus piezas artísticas. Una huella que, como señala Samuel Romero, residente de Aldaia (Valencia), “no se va a ir nunca” de sus vidas: “Ahora estamos pendientes de cuestiones que antes ignorábamos, como cuántos litros a la hora van a caer por metro cuadrado, o si va a caer en este barranco o en el otro. Eso es algo nuevo que ha llegado a nuestra vida y que creo que no se va a ir”.
Una de las palabras que Albrecht usó de inspiración para su neologismo fue la alemana unheimlich. Se usa para referirse a algo amenazante que se percibe dentro del hogar
Así lo constantan Feliu Ventura, La Maria, Pep Botifarra, Noèlia Titana, Miquel Gil y Vicent Torrent en su canción “Quan el cel es tornà negre”, cuyo estribillo advierte que ni la lluvia logrará deshacer el barro en el que quedó escrita su historia. De hecho, Samuel explica que un conocido suyo se ha visto obligado a mudarse de casa, bajo recomendación terapéutica, porque “su hija no ha sido capaz de superar el shock”. “Mientras siguieran viviendo allí, iba a ser muy complicado que pasase página”, cuenta.
Precisamente, una de las palabras que Albrecht usó de inspiración para su neologismo fue la alemana unheimlich. Se usa para referirse a algo amenazante que se percibe dentro del hogar. Lo que debería ser una fuente de consuelo se transforma en una fuente de inquietud, en algo siniestro.
Como ingeniero de caminos, considera que las medidas de adaptación que se están planteando en la zona son insuficientes: “Y me hierve la sangre cuando veo que parece que no se ha aprendido nada, porque el ayuntamiento ha aprobado el proyecto de un gran polígono industrial de muchísimas hectáreas en una zona de huerta que, por ser entonces terreno permeable, logró absorber parte del agua de la riada. No se entiende”. En España, a día de hoy, 2,7 millones de personas viven en territorio inundable.
Explotaciones ganaderas que se imponen en los pueblos
También el hogar de Rodrigo (nombre ficticio para preservar su anonimato) se ha vuelto algo marcadamente siniestro. Como refleja el relato Viaje al país de las moscas, de José Miguel Díaz, miembro del movimiento vecinal Salvemos el Arabí, en la comarca del Campo de Cartagena (Región de Murcia), duelen todos los sentidos: “Solamente atravesé la mitad del camino y ya me dolían todos los sentidos. Escuchaba animales hacinados y zumbar de moscas. Veía el orden de las construcciones asépticas con reminiscencias de campos de concentración. Respiraba el caliente hedor de las heces. Perdí todo el sabor, que se convirtió en repugnancia, y mis manos estaban vacías de impotencia“.
Es así como empieza a verse la vida cuando a uno le ponen una macrogranja —o dos, o tres— al lado de su casa, algo cada vez menos anecdótico en España, pues se ha consolidado como el país con mayor número de macrogranjas de toda Europa, con alrededor de 3.963 en todo el territorio.
Pero el caso de Murcia es especial, ya que es la tercera provincia del país con mayor número de macrogranjas por municipios, después de Huesca y Lleida. Dos de sus pueblos, Lorca y Fuente Álamo de Murcia, se encuentran en el top 5 de las localidades con mayor número de este tipo de explotaciones ganaderas. En Lorca hay alrededor de 50. En Fuente Álamo alrededor de 30. Se estima, además, que en torno a 220.000 personas en nuestro país no tienen agua potable por la presencia de nitratos procedentes de la agricultura y la ganadería intensiva.
“Es el tema de los olores, que hace insoportable el estar; el chillido de los animales sufriendo, que te evoca inevitablemente su imagen; el no parar de los tractores llenos de depósitos de purines, que crean un trasiego continuo hasta el punto de que parece esto la M-30. Es todo”, relata Rodrigo. Yendo en coche, hay tramos en los que se pueden ver estas construcciones —cuya estética es tan discreta, tan estándar, que parecen enormes piezas incoloras salidas del Monopoly— cada dos minutos.
Rodrigo ya no reconoce su propio territorio y solo siente consuelo, ‘solace’, dentro de su propia parcela
Además, asegura, se ha creado en la comarca un clima social igualmente irrespirable. “Hay mucho miedo. Solo hay que ver lo que pasó en Lorca” —hace cuatro años un grupo organizado asaltó el Ayuntamiento cuando se estaba debatiendo si aprobar o no una normativa municipal para prohibir la construcción de estas explotaciones a menos de 1.500 metros de núcleos urbanos o de centros médicos y escolares—.
Entre los recuerdos que atesora Rodrigo de su infancia —cuando podía sentirse libre por la zona— y la situación presente hay un mundo. Ya no reconoce su propio territorio y solo siente consuelo, solace, dentro de su propia parcela. “Hay que vivir aquí para entenderlo”, asegura. Al igual que la zona minera que inspiró a Albrecht, el Campo de Cartagena es a día de hoy una “tierra de sacrificio”. “Este tipo de proyectos se imponen a los lugareños. No tienen opción”, afirma el filósofo en su libro.
La solifilia, la “cura” de la solastalgia
En un mundo cada vez más ‘solastálgico’, Albrecht sostiene que la única “cura” real es que, colectivamente (a nivel internacional, nacional, regional, local y personal), “comencemos a abordar las causas de estos problemas y a implicarnos en la rehabilitación del daño”. Afirma que, a medida que los seres humanos sanan los lugares dañados, también se sanan a sí mismos. Y en esto entra en juego otro nuevo vocablo: la solifilia.
Albrecht sostiene que, a medida que los seres humanos sanan los lugares dañados, también se sanan a sí mismos
“La solifilia es el amor por nuestra relación con ese lugar que sentimos como hogar, así como la disposición a aceptar la responsabilidad de proteger y conservar dicho vínculo a todas las escalas. Esto se puede lograr generando alianzas que contribuyan a superar la alienación y el desempoderamiento derivados de las decisiones político-corporativas que han causado el daño”, explica.
Pero hay contextos más o menos favorables para dar ese paso. Para Rochi y Rodrigo, es complicado. Se sienten solos e impotentes. “Aquí la manera de llevar el duelo es el mutismo, y esto te hace sentir peor. Si no me moviese en los círculos en los que me muevo, me moriría de pena”, afirma ella, que lleva años encarnando, tenaz, la solifilia. Rodrigo, por su propia seguridad, no puede ni plantearse sacar el tema en su territorio.
“Podría irme a otra zona que no fuese inundable, pero creo que, cuando creas un arraigo, un lazo, es para lo bueno y para lo malo”, sostiene Samuel Romero, residente de Aldaia
Samuel y Carla, por su parte, sienten que tienen un poco más de agencia. “Podría irme a otra zona que no fuese inundable, pero creo que, cuando creas un arraigo, un lazo, es para lo bueno y para lo malo. Entonces yo, como ingeniero, hago cosas como colaborar con asociaciones de vecinos intentando hacerles formación sobre cómo podríamos adaptar nuestro municipio al nuevo escenario climático. No obstante, soy consciente de que la respuesta social a situaciones caóticas suele tardar tiempo. Con la crisis que vivimos en el 2008 se reaccionó en 2015”, dice él.
Carla, por su parte, sí se siente acompañada. En su región el movimiento Canarias tiene un límite está dando pasos decididos para lograr precisamente lo que implica la solifilia: crear alianzas para exigir un cambio a todos los niveles. “Nuestro problema es, por una parte, que tenemos una orografía compleja que no nos permite expandirnos así como así y, por otro, que todo el mundo quiere venir a Canarias, pero eso no es posible. Necesitamos límites”, asegura.
Glenn Albrecht, a sus 73 años, sueña con el día en el que el mundo se incline con firmeza hacia la solifilia, pues está seguro de que el ser humano es ampliamente capaz de relacionarse de manera simbiótica con la tierra. Su trabajo está ahora orientado a imaginarlo. En ese ansiado futuro, explica, la solastalgia se convirtiría en un recuerdo lejano y él, como padre, padrastro, y abuelo, podría removerse, muy satisfecho, en su tumba bien compostada.
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