Emilio Silva: “50 años de libertad, ¿para quién? Nosotros todavía nos encontramos el miedo en muchos sitios”

El fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, pionero en la exhumación e identificación de desaparecidos por la represión franquista, presenta Nébeda (Alkibla, 2025), una novela que recupera las raíces de su incansable búsqueda para desenterrar silencios.
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Emilio Silva posa para El Salto. Álvaro Minguito ©

Nébeda tiene aroma a infancia. Nébeda tiene aroma a raíz. Nébeda tiene aroma a pueblo. Pero Nébeda tiene también aroma a final. El sociólogo, periodista y activista por la recuperación de la Memoria Histórica Emilio Silva Barrera ha elegido ese nombre, que se corresponde con una planta silvestre abundante en Pereje (León), el pueblo originario de su familia paterna, para titular su primera novela. Y no es casual: en sus páginas, publicadas por la editorial Alkibla, recoge los ingredientes que componen la historia de su abuelo, el primer republicano desaparecido por la represión franquista que fue exhumado y reconocido mediante prueba genética.

El 16 de octubre de 1936 un grupo de republicanos fueron capturados en la zona de El Bierzo y fusilados en Priaranza del Bierzo. Hasta el año 2000 no se consiguió abrir la fosa para recuperar el cuerpo de Emilio Silva abuelo y los otros doce civiles que se amontonaban en un tajo del terreno. Daba así el pistoletazo de salida de la actividad de Silva nieto, fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Una frenética actividad con la que ya han conseguido exhumar unas 200 fosas.

Al mismo tiempo, fraguaba este libro, que llevaba ya mucho tiempo escrito pero que no había visto aún la luz. El aroma del silencio es pesado como una losa y en ocasiones cuesta subir las rejas. Y juntando todas las fuerzas para levantar el telón, el autor ha construido una historia con ritmo lento y cálido que se desparrama por las hojas con ánimo pictórico, de la mano de un naturalismo descriptivo que regala una experiencia para los cinco sentidos. Una novela que se mastica, que se sufre, que se huele. Una novela de la que a Silva le cuesta hablar. El autor huye por los huecos que las presentaciones del libro le dejan libres, pero cae en las redes de las preguntas de El Salto mientras da vueltas al anillo de su abuelo, la señal de despedida que le regaló a uno de sus hijos en la última ocasión en la que un familiar le vio con vida. Una despedida que dejó un rastro de vacío, solo recuperado por la tenacidad de su nieto.

Dices que empezaste el libro hace mucho tiempo en tu cabeza. Creo que comenzó cuando abristeis la primera fosa.
De hecho, yo antes de esto escribí otro proyecto de novela que se llamaba Txc. Era como el nombre de una ciudad sin ciudad y tenía que ver con esta historia. Franco iba a Ferrol y en el camino le sorprendía una tormenta muy bestia. Tenía que parar a dormir en un pueblo de El Bierzo, el pueblo de mis abuelos. Entonces un hijo de un asesinado y desaparecido le hacía una pintada llamándole asesino. Le pillaban, se escapaba. Iba hacia Madrid. Y la novela terminaba con él detenido en un pueblo de Ávila por la Policía Militar. Y cuando se despierta en un furgón policial está oyendo el discurso de inauguración de Franco del Valle de los Caídos. Y ahí acabé la historia. 

Antes de encontrar a mi abuelo, dejé mi trabajo en un grupo de revistas, tuve una crisis laboral, había sido padre y me propuse hacer algo o me comía la responsabilidad. Empecé a ir a El Bierzo y a preguntar a gente mayor en el pueblo de mi abuelo. Así fue como Marco, que es amigo de mi padre, me abrió a la verdad. Su hermano mayor era el mejor amigo de uno que escapó del camión donde llevaron a mi abuelo a fusilar. Me llevó un día al lugar. En ese momento me cambió la vida. Entonces vivían mi padre y sus cinco hermanos. Hablé con mi padre sobre la posibilidad de intentar exhumar el cuerpo de mi abuelo y nos pusimos a averiguar cómo se podía hacer. Fue la primera exhumación científica aquí. Luego me metí en el lío de crear la asociación. Mientras, empecé esta novela y ahí se quedó esperando.

No la has publicado hasta ahora. ¿Qué ha cambiado en este tiempo?
Por un lado, no vive ninguno de los hijos de mi abuelo. Ya no puedo hablar con ellos, no puedo conversar con ellos. Es casi como una terapia. Yo publiqué un libro contando la historia de mi abuelo con un lenguaje periodístico hace 20 años. Era una herramienta que usaba para trabajar y eso no me dio problema. Pero aquí hay muchas más emociones. Ha sido un pacto con mi terapeuta.

Tres años después de la exhumación de mi abuelo nos dieron el premio Sabino Arana en el País Vasco y yo estaba allí, pero no salí a recogerlo. He tenido que hacer mi propio proceso para dar la cara. Empecé haciendo cosas sin dar la cara. Y este libro es parte de eso. En el fondo, ahí hay muchas emociones mías, es una radiografía de mis emociones. Y luego hay cosas, por ejemplo, que yo no me di cuenta que hacía, que me he dado cuenta cuando lo he leído impreso. Por ejemplo, hay dos personajes que son la misma persona que es un tío mío que era esquizofrénico y sus dos formas de comportarse.

Se podría esperar la historia de tu familia en el libro, pero no es tanto así. O al menos coges prestado los detalles y haces una macedonia, ¿cierto?
Es la historia del pueblo, Pereje, que es un pueblecito, que no tenía ni 17 habitantes empadronados. Yo nací en Navarra, todos los veranos iba a Pereje y me pasaba un mes por sus calles viendo a personajes que aparecen en el libro y con curiosidad porque sabía que tenía un abuelo muerto. Mi padre nos decía que estaba por ahí por un trigal.

En la casa de mi abuela había un desván donde guardaban algunas cosas de la tienda de mi abuelo. Una báscula romana, algunos papeles, una especie de oficina de comercio. Y claro, a mí me ha despertado mucha curiosidad eso. Con el libro es como si yo me hubiera ido al Pereje del 36, hubiera perforado una pared y me hubiera metido a vivir lo que le pasó a mi abuelo. Es la historia de cómo nació ese silencio.

Y luego hay un ajuste de cuentas familiar que es el personaje de Camilo Santín, que es con el que él negocia y que cree que le puede salvar. Ese era un primo de mi abuela de Falange. 

Pero a los personajes sí que los has cambiado. ¿No?
Sí, pero a algunos los he respetado. Como el Cuco, que era un hombre que todos los años, cuando iba en verano, me contaba la misma historia de que casi estuvo en Madrid en la guerra. En el fondo yo también he revivido mi infancia. Una infancia libre en la que ayudaba a mi abuela en las labores del campo e iba de aquí para allá. Para mí era como un paraíso. 

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Emilio Silva, periodista, sociólogo e impulsor de la ARMH. Álvaro Minguito ©

Hay una idea que recorre el libro y es la idea de la venganza. ¿Por qué?
Igual es una forma de buscar justicia cuando no hay justicia. Alguien me dijo que mi libro era ficción, pero hay cosas que no lo son tanto.

Hay un pueblo cerca de Pereje que se llama Dragonte. Cuando fue el golpe del 36, había un cura que tenía una relación con una mujer casada, el marido de esa mujer era republicano. El cura lo denunció, lo llevaron a juzgar a Lugo y lo condenaron a muerte. Y cuando lo estaban llevando al sitio donde lo iban a fusilar, se escapó. Unos meses después estaba el cura oficiando misa y aparecieron tres tíos en la iglesia. Le explicaron a los feligreses por qué lo iban a asesinar y allí se lo cargaron. 

Eso ocurrió allí. Allí cerca. Esa es una historia conocida de El Bierzo. Osea, las historias que aparecen en el libro no están tan alejadas de la realidad. 

El libro es un ajuste de cuentas, ya que no pudo haber uno en la realidad. Mi libro es un ajuste de cuentos, ya que no pudo haber uno de cuentas

Algunos de los personajes de tu libro tienen un carácter un poco amargo. ¿Has intentado huir del maniqueísmo y de la figura de la víctima perfecta?
Sí, en el fondo reflejo dos personalidades mías, es decir, uno más miedoso que se arrepiente y otro más decidido, más contundente, más rabioso, que es el que ha tirado. Cuando uno de los personajes, Avelino, se va de Argentina y vuelve a España, hace un ajuste de cuentas con la transición española. No quería que esto quedara muy panfletario, pero me interesaba esa rabia de alguien que ha estado esperando que pasaran unas cosas que nunca han pasado. Y vuelve aquí con esa rabia de haber visto cómo quienes le podían haber representado políticamente, se han dedicado a otras cosas, se han dado la mano con franquistas, han hecho una política de reconciliación inútil. El libro es un ajuste de cuentas, ya que no pudo haber uno en la realidad. Mi libro es un ajuste de cuentos, ya que no pudo haber uno de cuentas.

Hay un personaje que a mí me interesa mucho y que me deja con ganas de saber más y es el de la tía Pilar. La tía Pilar es una persona con problemas de salud mental y que es internada intuyo que ya en la transición con las monjas, en un sitio donde no iba a volver a salir; no eran sitios de sanación, si no que estaba prisionera.
Pues mira, como te decía Pilar es una parte de mi tío. Mi tío está en dos personajes. Yo no me di cuenta, no fui consciente, que así lo plasmé.

Tuve un tío, el último familiar que vio con vida a mi abuelo, que fue diagnosticado de esquizofrenia. Mi tío era un hombre súper culto. Estudiaba y se pegaba las lecciones plastificadas en los postes de casa. Iba paseando y estudiando y cuando se las aprendía, las cambiaba. Mi tío escribía un panfleto con contenido generalmente en contra de la Iglesia católica. Venía a Madrid, hacía mil fotocopias, las repartía en la Puerta del Sol y se volvía al pueblo. 

El personaje de Pilar es como alguien que grita lo que todas callan. Cuando las verdades las grita un loco en una sociedad, pues hay que ver quién es el que tiene el problema. Pero yo no me di cuenta de que ella, porque además era otro género, era la representación de mi tío cuando se alteraba y se iba a Madrid a repartir panfletos. De hecho no he tenido una tía así.

Mi tío no creo que tuviera una esquizofrenia, sí tenía un trastorno adaptativo y otra cosa que es el sufrimiento. Una de las teorías es que podría ser alguien que tuvo una vida muy traumatizada que construyó una personalidad refugio donde podía migrar. Eso es un poco la tía Pilar.

Algo que reflejas en el libro y que me parece que lo diferencia de otras obras literarias o culturales sobre las personas represaliadas, es la represión que sufrieron las mujeres. Una represión específica por ser mujer. Creo que eso todavía no está muy retratado y creo que tú no lo has olvidado.
La primera vez que llegué a Villafranca del Bierzo, después de encontrar la fosa de mi abuelo, encontré a un hombre muy mayor. Tenía 80 y pico años. Me empezó a hablar de las mujeres que habían sido rapadas, que vivían cerca de mis abuelos, que yo ya había oído hablar de ellas. En la guerra civil, cuando llegó la columna de militares que venía desde Galicia, alguien les estaba esperando para entrar al pueblo y les iba señalando en qué casas tenían que sacar gente. De hecho, a mi abuelo lo sacaron y lo salvó una vecina. A esas dos mujeres las sacaron, las raparon el pelo y las pasearon con un tambor por todo el pueblo. El tambor era para que llamaran la atención y la gente saliera a mirar y así hubiera una humillación de verdad. 

Una vez haciendo el Camino de Santiago, en un pueblo de León, hablamos con una mujer mayor que nos acabó invitando a merendar a su casa. Empezamos a hablar de la guerra. Y ella me contó cómo un soldado franquista, mientras ella estaba cogiendo alfalfa para conejos a las afueras del pueblo, la cogió, se la llevó detrás de una especie de corral. Entonces la tiró al suelo, él se empieza a desabrochar el cinturón y ella, según su relato, en ese momento cierra los ojos, se pone a rezar y cuando abre los ojos, ese hombre ya no está ahí. Seguramente la violó. Para mí eso también fue una metáfora de lo que hizo España en la transición, que es cerrar los ojos y como si por algo mágico, un rezo, hubiéramos invocado la reconciliación. 

Ya no sirve la idea de la reconciliación, pero ahí hay unas élites que quieren seguir restaurando el discurso de que la transición fue ejemplar

Ellas sufrieron la represión por la actividad política de sus maridos, por la actividad política propia y de una manera específica por ser mujeres, que no la sufrieron los hombres. Justo hoy que estamos hablando, el Gobierno está entregando reconocimientos a las víctimas del Patronato de Protección a la Mujer ¿Cómo se está celebrando este 50 aniversario de la muerte de Franco?
Pues a ver, ya no se puede hablar de reconciliación porque es evidente que no la hubo. Es un discurso que se podía vender políticamente mientras las víctimas se callaban, los libros de historia no contaban, los medios no investigaban. Cuando se producen las elecciones del 77, en la serie de Victoria Prego hay un paneo en la primera reunión que tiene el Parlamento, recorriendo todos los escaños con la Cámara y ella dice: “Por fin todas las ideas llegaron al Congreso”. Pero luego están las experiencias personales. Mi padre militaba en el Partido Republicano en Pamplona, donde yo viví hasta el 79. Al partido de mi padre no lo legalizaron. El ministro Rodolfo Martín Villa firmó un documento diciendo que no podía legalizar a los partidos republicanos por ser contrarios a la forma de Estado. Entonces, en ese Parlamento no estaban quienes no habían renunciado a la República. Esquerra Republicana de Catalunya, por ejemplo, para esas elecciones se quitó la “R” y fue Esquerra de Catalunya. Y luego Acción Republicana Democrática de España, Izquierda Republicana y todos los partidos de lo que era, digamos, la izquierda del PCE, que no habían renunciado a la República, no tuvieron papeleta. Fue una transición truncada, estaba sesgado el Parlamento que iba a elaborar la Constitución. Y luego se instaló ese discurso político de la reconciliación.

Cuando nosotros empezamos a exhumar las fosas, lo estábamos haciendo como un asunto personal, pero estábamos haciendo más cosas, estábamos rompiendo algo que alguien había decidido esconder. Cuando uno ve esos cuerpos ya no puede hablar de transición. En el año 2002 puse la primera denuncia en un juzgado de Villablino, en León. Entré temblando, ¿quién soy yo para denunciar a la dictadura franquista? Habíamos encontrado una fosa y yo con una resolución de la ONU entre a decirle a una jueza: “Creo que usted debería investigar esto”. Y abrió diligencias. Era una mujer muy joven. No sabíamos quiénes eran los asesinos, pero los hubiera llamado al juzgado. 

Ya no sirve la idea de la reconciliación, pero ahí hay unas élites que quieren seguir restaurando el discurso ejemplar de la Transición. Hay un eslogan que estaba en la serie de Televisión Española con motivo del 50 aniversario de la muerte de Franco, que es “la dictadura que murió en la calle”. Creo que lo que se está haciendo es construir otro mito. Ahora, en un país que ya hay bastante gente que tiene miles de desaparecidos, cosas bestiales como el Patronato de Protección a la Mujer, gente torturada, campos de concentración para homosexuales… donde ya se ha despertado mucha información y los golpistas se han ido todos de rositas, ya no puedes hablar de reconciliación. Pero alguien quiere reconstruir un mito de esa transición. Entonces lo que se ha intentado restablecer es ese discurso de que la dictadura murió en la calle y que la democracia solo la ha conocido la sociedad española a partir del 77, obviando la República. Mientras, hasta el 79 hubo homosexuales en la cárcel, hasta el 85 existió el Patronato de Protección a la Mujer. Quiero decir, celebramos 50 años de libertad, ¿para quién? Nosotros todavía nos encontramos el miedo en muchos sitios. 

Es interesante ver en las series del CIS cómo ha ido cambiando la percepción de la transición en los últimos años y eso tiene que ver con el conocimiento de lo que fue la dictadura y lo que se dejó de hacer en la transición. Ha ido bajando la percepción de esa transición ejemplar, ha ido perdiendo fuelle. Yo creo que este 50 aniversario es una forma de darle fuelle. Si la dictadura murió en la calle, los partidos de izquierdas no tienen que dar explicaciones por todo lo que se hizo mal.

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Emilio Silva, periodista, sociólogo e impulsor de la ARMH. Álvaro Minguito ©

Más allá de dar un mensaje con poso pesimista, creo que algo se mueve, ¿no? Volviendo al ejemplo del Patronato, hace cinco años nadie hablaba de esta institución y ahora está todos los días en los medios.
Yo no paro de aprender cosas. Mira, yo la primera vez que oí hablar del Patronato fue en 2013. Y es una historia bestial que además se dejó hasta el 85. Hay muchas cosas que no vamos a saber, pero también hay muchas que sí vamos a saber. 

Y luego tenemos una cosa, el Estado mantiene unas leyes, como la de secretos oficiales, redactada por Franco en el año 68. Ahora mismo hay una campaña de historiadores contra la política de archivos del Ministerio del Interior. En Interior hay un agujero oscuro donde no sabemos lo que hay. A mí en el año 2009 una persona me llamó a tomar un café y me entregó una fotocopia del único documento que se conoce donde el Estado franquista reconoce el asesinato de Federico García Lorca. Me dijo: “Cuando yo te avise vas con esta fotocopia al Ministerio y pides una copia con el sello del Ministerio”. Me contactó seis años después. Cuántas cosas tendrán guardadas… Yo necesité años para conseguir la documentación sobre los partidos que no fueron legalizados en el 77. Entonces, no paramos de aprender.

Yo hablo bastante de eso en los colegios, en los institutos. Antes de la pandemia nosotros nos ofrecíamos y no nos llamaban. Con la pandemia como podíamos entrar virtualmente, y no teníamos que ir, empezaron a llamarnos. Y ahora con el ascenso de Vox hay muchos profesores que están viviendo la desinhibición de sus alumnos en el aula. Y vamos a las aulas, luego me tomo un café con ellos y ellas y es casi una terapia. 

Vamos a hablar de fosas, porque tú comenzaste con la memoria histórica a raíz de exhumar la primera fosa con identificación científica. No sé si lleváis el conteo de todas las fosas que habéis exhumado.
Nosotros hemos exhumado cerca de 200 fosas.

Tú dices que las fosas son como bocas que se abren, ¿por qué?
Ahora ya hay menos tensión, pero hace 20 años, cuando llegábamos a un pueblo que sabía lo que íbamos a hacer, los pueblos todos saben su historia. De repente, llegábamos al bar de la plaza unos arqueólogos, unos voluntarios… y era como el salón del oeste, entrabas ahí y todos se callaban. Ahora, creo que la sociedad ya sabe que hemos exhumado fosas y no ha pasado nada. Ahora hay políticas de memoria. España es el único país del mundo donde se ha decidido hacer una política de subvenciones para buscar desaparecidos, donde constantemente —a mí es una cosa que me horroriza— el gobierno está hablando de cantidades de dinero. Esto no es exhumar, esto es buscar desaparecidos, se trata de identificar los hechos. 

Nosotros pedimos por transparencia la lista de todas las personas que habían sido identificadas por el Gobierno. La respuesta que nos dio el Gobierno es que no nos podían dar la información de las identificaciones porque esa información se encontraba en un formato de difícil acceso. Entonces nosotros empezamos a tuitear al ministerio y en octubre del año pasado el ministro de Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, después de un Consejo de Ministros, soltó la cifra. Habían exhumado casi a 9.000 personas y habían identificado a 70. Es una vergüenza. Nosotros hemos identificado a más gente que el Gobierno de España y somos una asociación que no recibe el incentivo de ningún organismo público, ni los queremos.

Las exhumaciones que hacéis vosotros. ¿Cómo se subvencionan?
Con nuestros recursos, nuestros socios. Tenemos algunos donantes y luego tenemos el forense voluntario, que ahora mismo nos está ayudando en el laboratorio. Luego tenemos cuatro personas contratadas en la asociación porque es que atendemos a familias para muchas cosas, no solo para exhumar.

El Gobierno tuvo que reconocer que solo había identificado a 70 personas. Pero si tienen hasta la Policía para buscar familiares. Tienen todas las herramientas del mundo. Si nosotros podemos encontrarlos, ¿cómo no van a poder ellos? 

La política que le interesa al Gobierno es aumentar el número de exhumaciones. Pero no se trata de exhumar, se trata de buscar, de identificar y de darle una identidad a esa persona

Las políticas de Memoria para la búsqueda de desaparecidos, ¿no van por el buen camino?
La política que le interesa al Gobierno, en cierto modo, es aumentar el número de exhumaciones. Pero no se trata de exhumar, se trata de buscar, de identificar y de darle una identidad a esa persona. Dar subvenciones es hacer competir a los familiares a ver quién la coge y quién no. Y eso es una vergüenza. Esto es un derecho. En el año 2022 no hace falta ninguna ley. No hace falta. No se ha echado en falta una ley para mandar forenses españoles a Ucrania, a 4.000 kilómetros. Es una decisión política. Un ministro puede enviar a 30 forenses a identificar desaparecidos de la dictadura ahora mismo. No hace falta discutirlo en un Parlamento.

Hay una perversión en la política de memoria que tiene que ver con su uso electoral. En los tres Gobiernos que ha tenido Pedro Sánchez, en el primero, las políticas de memoria estuvieron en Justicia porque tenían que contestar a los informes de Naciones Unidas muy potentes del año 2014. Cambia el Gobierno. Se lo lleva a Presidencia porque van a hacer una ley nacional y tienen que disputar la ley con la derecha en el Parlamento. Pasan las elecciones generales del 2023. Ya se ha aprobado la ley del 2022. ¿Y ahora cuál es el ciclo electoral? El autonómico. Se llevan las políticas de memoria a Política Territorial ¿Para qué? Para discutir con los gobiernos del PP con el apoyo de Vox. Aquí en este país hay un organismo que atiende a las víctimas del terrorismo. Siempre está en el mismo sitio. No va saltando dependiendo del calendario electoral. Está incrustado en el Ministerio de Interior y nadie ha planteado tocarlo. ¿Dónde está el criterio? Bueno, pues el criterio no está en el interés de las familias. 

La nueva Ley de Memoria Democrática nace como un paso adelante con una Fiscalía específica creada para juzgar los crímenes del franquismo. Han pasado tres años, creo que no se ha materializado todavía su importancia o que esa Fiscalía haya actuado de una manera contundente, aunque se estén dando pequeños pasos. Y luego los juzgados se siguen amparando en la ley de amnistía que no ha sido aún derogada.
Dijeron que era el fin de la impunidad. Hay un artículo que dice que los tratados internacionales son legislación española, eso es el artículo 96 de la Constitución española. Imagino que los jueces españoles lo saben. Pero es que resulta que tienen una Ley de Amnistía del 77 que dice que estos crímenes no se juzgan. Claro, aquí hay un debate muy interesante que nunca se ha acabado en el Poder Judicial español, que es la Ley de Amnistía que dice en su articulado que quedan amnistiados los delitos cometidos del 18 de julio del 36 a diciembre del 76. Cuando lo llevan a diciembre del 76 es para no juzgar los delitos de la Transición, como los asesinatos de Vitoria del 3 de marzo. Pero en el caso de los desaparecidos, la desaparición es un delito permanente según el derecho internacional y España ha ratificado la Convención contra las desapariciones forzadas. Las desapariciones no están en el marco de la Ley de Amnistía porque ese delito va más allá del 76. Según el derecho internacional, un delito de desaparición forzada empieza a prescribir a partir de 20 años de la identificación de un desaparecido. Pues ahí hay una contradicción que el Poder Judicial español nunca ha querido asumir. 

Nosotros cuando encontramos una fosa y vamos al juzgado o al cuartelillo que esté más cerca a denunciar que hemos encontrado restos humanos, pues normalmente los juzgados no hacen nada. La Ley de Enjuiciamiento Criminal que dicta el trabajo de los jueces dice que tienen que ir a la fosa y luego tienen que tomar una decisión si es un crimen prescrito o no. Cuando llevábamos 45 denuncias y nadie se había presentado envié una copia al Consejo General del Poder Judicial y la respuesta del Consejo General del Poder Judicial fue “este organismo no influye en la interpretación que hacen los jueces de las leyes”. Y era una trampa, porque ir no es interpretable, ir tienen que ir a la fosa, y luego que decidan. Pero es que ni van.

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