México
De Cárdenas a Cortés: la batalla por el relato español en México
La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México llegó en un momento delicado de las relaciones entre España y México, cuando ambos gobiernos trataban de reconstruir una relación erosionada durante años por el choque diplomático abierto tras la exigencia de disculpas por la Conquista formulada en 2019 por López Obrador.
En este contexto, mientras el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, viajaba apenas unos días antes a México para homenajear a Lázaro Cárdenas y reivindicar la memoria del exilio republicano español, Ayuso desembarcó en el país envuelta en homenajes a Hernán Cortés y discursos sobre la colonización y el mestizaje. Dos viajes, dos figuras y dos maneras radicalmente distintas de entender la relación entre España y México.
En los últimos meses, tanto el Gobierno de Pedro Sánchez como la Casa Real habían comenzado a ensayar un acercamiento basado en el reconocimiento de los agravios históricos y la voluntad de reconstruir una relación estratégica entre ambos países. Precisamente por eso, la gira de la presidenta madrileña había sido interpretada como una manera deliberada de dinamitar la estrategia diplomática, olvidando que la política exterior debería situarse por encima de intereses partidistas.
No fue casual que Felipe VI reconociera el pasado marzo, durante la inauguración de la exposición La mujer en el México indígena en Madrid, que durante la conquista de América hubo “mucho abuso y controversias éticas”. Tampoco lo fue la invitación de Claudia Sheinbaum a la Cumbre en Defensa de la Democracia celebrada en Barcelona el pasado abril.
La reciente visita de Albares a México se enmarca precisamente en esa estrategia. Un viaje cargado de simbolismo orientado a rebajar las tensiones y consolidar el deshielo diplomático entre ambos gobiernos. Mientras Ayuso reivindicaba a Hernán Cortés, Albares optó por homenajear a Lázaro Cárdenas, una de las figuras mexicanas más respetadas en la memoria colectiva de ambos países por haber acogido a miles de republicanos exiliados tras la Guerra Civil española y por sus profundas reformas sociales.
El viaje oficial
Durante su visita, Albares puso en valor en el Consulado español la Ley de Memoria Democrática, conocida como Ley de nietos, gracias a la cual más de 2,4 millones de personas han solicitado la nacionalidad española. Solo en México se han registrado 117.226 solicitudes. “Hacemos justicia a quienes tuvieron que abandonar España obligados por la represión”, aseguró el ministro.
Más tarde se reunió con Claudia Sheinbaum en el Palacio Nacional para entregarle personalmente, en nombre del Rey, la invitación para la próxima Cumbre Iberoamericana. Posteriormente firmó junto al secretario de Relaciones Exteriores, Roberto Velasco, el Acta de la Comisión Binacional España-México, donde ambas partes escenificaron el acercamiento diplomático y acordaron construir una nueva narrativa compartida de la historia común. “La solidaridad entre nuestros pueblos es más fuerte que cualquier adversidad”, afirmó el canciller mexicano.
La visita estuvo marcada por una idea clara: reivindicar los episodios de la historia compartida que unen a ambos países en lugar de reabrir las heridas que todavía siguen presentes en parte de la sociedad mexicana. Por eso Albares visitó el Templo Mayor y el Museo Nacional de Antropología, símbolo del legado de las culturas prehispánicas. Además, defendió en el Anfiteatro Simón Bolívar junto al rector de UNAM, el carácter humanista de la política exterior española y la necesidad de estrechar nuestros vínculos “forjados por una hermandad histórica”.
“El exilio republicano español en México es uno de sus capítulos más sobresalientes, y un ejemplo de solidaridad y cercanía que sigue vivo en las familias y memorias de ambos lados del Atlántico”: Jose Manuel Albares
Sin embargo, el gesto más significativo llegó con la ofrenda floral al mausoleo de Lázaro Cárdenas en el Monumento a la Revolución. Allí España volvió a reconocer a la figura que convirtió a México en refugio y hogar para miles de exiliados republicanos que huían del franquismo. “El exilio republicano español en México es uno de sus capítulos más sobresalientes, y un ejemplo de solidaridad y cercanía que sigue vivo en las familias y memorias de ambos lados del Atlántico”, aseguró el canciller mexicano.
Velasco también recordó que “cuando el presidente Lázaro Cárdenas abrió las puertas de este país para miles de niñas, niños, hombres y mujeres, encontraron aquí no solo refugio, sino una nueva patria, se quedaron, echaron raíces y enriquecieron a México de maneras que todavía hoy seguimos dimensionando”. El mensaje era evidente: las relaciones entre España y México también pueden construirse desde una memoria compartida basada en la herencia del exilio y los vínculos culturales mutuos.
El viaje no oficial
A principios de semana, la presidenta madrileña aterrizó en México con una estrategia política completamente distinta. Antes incluso de iniciar su gira ya había elevado el tono al calificar a México como un “narcoestado” en un vídeo grabado desde Mar-a-Lago, la residencia de Donald Trump. Después llegaron otros gestos cargados de simbolismo, como referirse al país como “Méjico”, una grafía ya desaconsejada por la RAE y sensible para la sociedad mexicana que considera la “X” un elemento identitario ligado a las raíces del idioma náhuatl.
Pero el plato fuerte de la visita iba a producirse con el homenaje a Hernán Cortés organizado en la Catedral Metropolitana de Ciudad de México. Un acto que, desde días antes, había provocado enorme expectación mediática y un profundo rechazo entre organizaciones indígenas y los sectores progresistas mexicanos. La protesta convocada frente a la Catedral terminó condicionando el homenaje, finalmente cancelado oficialmente porque el productor Nacho Cano, autor de la idea del acto, no contaba con los permisos necesarios para grabar en el interior del templo.
La protesta, sin embargo, continuó en el exterior. En un comunicado conjunto, representantes de organizaciones indígenas como José Manuel Sánchez, de la comunidad tzotzil de Chiapas, denunciaron públicamente el acto y pidieron a Ayuso “que se adhiera a la justa reacción del presidente de España y del rey Felipe VI” poniendo en valor el reconocimiento que el monarca hizo unos meses atrás.
Mario de Jesús Pascual, representante del pueblo mazahua y consejero del Consejo Nacional de Pueblos Indígenas, explicaba en una entrevista que “no puede ser que vengan a hacer una ceremonia precisamente en el corazón de México, donde destruyeron nuestros recintos ancestrales como el Templo Mayor”. Aunque reconoció la necesidad de armonizar las relaciones entre ambos países, insistió en que primero hay que “resarcir los agravios que hubo”. En términos parecidos se expresó Adriana Marcos, integrante de la comunidad purépecha: “Lo pueden hacer en su país con todo gusto, no nos importa, pero creemos que hacerlo aquí es una falta de respeto”.
Los insultos al pueblo mexicano
Esa misma tarde, la presidenta madrileña participó en el evento 'Celebración por la Evangelización y el Mestizaje en México' en el Frontón México, espacio donde se representa Malinche, el musical de Nacho Cano que desde hace tiempo arrastra polémica por su visión romantizada de la Conquista. Junto a ellos participaron el escritor y divulgador Juan Miguel Zunzunegui y la alcaldesa de la delegación Cuauhtémoc Alessandra Rojo de la Vega, de tinte político conservador.
Ayuso defendió que la colonización fue “una historia de cinco siglos de amor” y aseguró que “el mestizaje es el lenguaje de la esperanza y de la alegría”.
En el acto, Ayuso defendió que la colonización fue “una historia de cinco siglos de amor” y aseguró que “el mestizaje es el lenguaje de la esperanza y de la alegría”. Nacho Cano, por su parte, afirmó que “Sin Cristo no habría cristianismo. Sin Cortés, no habría México, eso es así”. Pero más allá de las declaraciones, Ayuso no estaba hablando al conjunto de la sociedad mexicana, sino a determinados sectores conservadores, empresariales y opositores al actual Gobierno mexicano con los que busca alinearse políticamente.
Algo que se terminó de escenificar al día siguiente con su visita a la Universidad de la Libertad, propiedad Ricardo Salinas Pliego —empresario condenado a pagar una deuda milmillonaria al Estado mexicano por no pagar impuestos durante años—, donde tuvo tiempo para poner la vista en España y hablar de memoria democrática: “El ‘guerracivilismo’ es el buscar el agravio en los pueblos, es el mirar el pasado con las gafas del presente y de esa manera buscar culpables en una supuesta memoria hecha ley” dijo Ayuso.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum le respondió durante una de sus conferencias mañaneras asegurando que “quienes buscan reivindicar a Hernán Cortés y sus atrocidades están destinados a la derrota” y cuestionó “el poco conocimiento de la historia de España” por parte de Ayuso. La presidenta madrileña, por su parte, acusó a Sheinbaum de intentar “utilizar” su presencia “para dividir y enfrentar” y defendió que “no vamos a renegar de todo lo que hizo España”.
Después de un par de días sin actos en la agenda de Díaz Ayuso, la tarde de este viernes (mañana en México, por la diferencia horaria), un comunicado de la Comunidad de Madrid anunciaba la cancelación del viaje de la presidenta madrileña y su vuelta a Madrid. El equipo de prensa de Ayuso alegó en el texto presiones por parte del Gobierno de Sheinbaum, mientras que la prensa mexicana daba a conocer que le había sido retirada la invitación a asistir a la gala de los premios Platino de este fin de semana, en Cancún. El grupo Xcaret, conglomerado que organiza la gala, admitió que el retiro de la invitación a la presidenta de la Comunidad de Madrid se debió a sus “desafortunadas declaraciones”, y para que no se convirtiera su presencia en un acto político, no por presiones del Gobierno mexicano.
Entre dos visiones
Detrás de Cárdenas y Cortés hay mucho más que dos figuras históricas: hay dos maneras de entender la relación entre España y México. Ayuso ha optado deliberadamente por símbolos asociados a la confrontación cultural y al uso de la provocación ideológica, utilizando la Conquista como elemento de batalla política, del mismo modo que López Obrador hizo en su día para alimentar su propio relato interno. Una discusión superada en gran medida por el pueblo mexicano pero que los grupos de derecha insisten en polemizar.
Mientras incluso colectivos indígenas han elogiado las palabras de Felipe VI y los gestos de acercamiento diplomático, la presidenta madrileña parece instalada en una lógica de confrontación permanente: contra el Gobierno, contra la diplomacia de su país y contra cualquier intento de reconstruir una relación basada en la memoria compartida y los vínculos históricos que sí siguen uniendo a España y México.
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