Opinión
Ediciones ERA, fundada por el exilio español en México, entra en pausa al no poder vivir de vender sus libros
Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Granada.
El pasado 5 de agosto se hizo público el anuncio de que Ediciones ERA reducirá al mínimo sus operaciones tras un periodo donde el mercado del libro está siendo monopolizado por las grandes casas editoriales. 66 años después de la publicación de su primer libro, la editorial sostiene en su comunicado que se ve en la necesidad de “reconocer que el mercado del libro ha cambiado tanto” que ya pueden vivir de las ventas de sus libros. “La red de librerías que existía antes de la pandemia y que garantizaba nuestra subsistencia desapareció, al punto de que las ventas se desplomaron hasta ser apenas del 25% de lo que eran antes”, afirman en el anuncio.
Las siglas ERA responden a las iniciales de los apellidos de sus fundadores: los hermanos Neus, Quico y Jordi Espresate, el diseñador Vicente Rojo y el impresor José Hernández Azorín. Todos ellos integrantes de la segunda generación del exilio español en México. Ediciones ERA respondió como otras editoriales del exilio, Ruedo Ibérico en Francia o la también conocida Joaquín Mortiz en México, a una cadena transmisión de conocimiento entre una generación del exilio que estaba preocupada por los acontecimientos de su tiempo.
Ediciones ERA nace en el año 1960, un año después del éxito de la Revolución Cubana, el mismo en que España se inserta en la economía global con la imagen del dictador Francisco Franco recibiendo al presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, en la base militar de Torrejón de Ardoz (Madrid). Mientras tanto, el aparato franquista recrudecía la represión contra los ciudadanos con la Ley de Orden Público de 1959 y la Ley Contra el Bandidaje y Terrorismo de 1960 que, en palabras del historiador Tuñón de Lara (España bajo la dictadura franquista, Labor, 1987) fue una tarea más para el lavado de cerebro de los españoles, acallando todo tipo de voces disidentes.
“Nuestro afán no era hacer libros para enriquecernos. Todo aquello que nosotros considerábamos de aquella manera, lo publicábamos. Sin pensar si nos daría beneficios, si se vendería o no”
ERA no solo marcó a una generación del exilio español en México sino que fue un referente cultural en Latinoamérica con la edición de libros que hablaban de problemáticas que venían de otras partes del mundo. Jordi Espresate lo explica así en una entrevista que pude hacerle hace unos años: “Nuestro afán no era hacer libros para enriquecernos. Nuestro afán era tener una editorial seria, honesta, sincera. Éramos capaces de publicar libros en castellano que ya existían en inglés y francés, de izquierdas, que no se editaban en castellano. Nosotros creíamos que a los intelectuales les hacía falta poder seguir desarrollando la izquierda, los estudios y las cosas. Todo aquello que nosotros considerábamos de aquella manera, lo publicábamos. Sin pensar si nos daría beneficios, si se vendería o no”.
Son 66 años en los que publicaron a autores como Adolfo Sánchez Vázquez, Elena Poniatowska, José Revueltas, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Elsa Cross, Juan Villoro o Augusto Monterroso, entre otros consagrados. Muchos de ellos autores perseguidos y exiliados en México. Jordi, que se mudó a La Habana para ser ingeniero tras la Revolución, recuerda celebrar con su hermana que, tras el golpe de Estado a Allende en Chile, el régimen de Pinochet quemaba los libros que editaban: “Neus venía (a la Habana) y me contaba, me mandaba los libros que iban sacando y esas cosas. Y cuando ya por fin los militares chilenos los queman le digo ‘vas muy bien, Neus’. Y en Cuba los pirateaban y me decía ‘vas bien’”.
El contexto actual es otro. Las editoriales independientes, las librerías, los autores y todo el mundo del libro está sufriendo la dictadura de un capitalismo que les lleva a la bancarrota. Un modelo impuesto por el mercado del libro con best sellers, autores-tiburón y números, que hacen que se homogenice el pensamiento hegemónico y que las personas, al fin y a cabo, lo tengan más difícil para sobrevivir. Todo ello acompañado de una destrucción de libros antiguos que son digitalizados y triturados por empresas norteamericanas de Inteligencia Artificial con el pretexto de preservar los libros de la humanidad. Seguramente sea el tiempo de prestarle atención a las editoriales pequeñas e independientes, a las bibliotecas autogestionadas, a los autores críticos o directamente acallados y formar una conciencia independiente.
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