Opinión
El ‘tsunami himalayo’ es un delito climático
Activista por la justicia climática de Solukhumbu, Nepal. Coordinadora del Grupo de Trabajo de Incidencia de la Coalición de Jóvenes por Pérdidas y Daños.
Tras las catastróficas inundaciones y deslizamientos de tierra que azotaron el norte de Nepal la mañana del 26 de agosto, lo que queda son familias que lloran a quienes no volverán, esfuerzos desesperados de rescate y ayuda humanitaria, hospitales abarrotados. Hasta la tarde del 28 de agosto, se han confirmado 538 fallecidos. Se ha rescatado a 3.742 personas. Otras 977 personas siguen desaparecidas, entre ellas muchos turistas y peregrinos que se dirigían al lago Gosainkunda, en Rasuwa. Al menos doce empresas hidroeléctricas han sufrido daños masivos, mientras que más de 30 puentes han quedado arrasados.
Las inundaciones ocurrieron antes de las festividades de Janai Purnima, que marca el final de la temporada de siembra del arroz, y Raksha Bandhan, cuando las hermanas atan una pulsera protectora a la muñeca de sus hermanos, deseándoles una vida larga y saludable. Pero este año falta el espíritu festivo. Solemos citar el poema del poeta nacional Madhav Prasad Ghimire: “¿Cómo se elevará nuestra estatura si el propio Himalaya deja de existir?”
Nepal es un país montañoso, sin salida al mar. Pero sufrió lo que parecía un tsunami himalayo. Los estudios iniciales han concluido que una avalancha de roca y hielo en la cara norte del Langtang Himal (7.245 metros) fue tan violenta que provocó un terremoto de magnitud 4,4. Luego, una masa de roca y hielo se precipitó río abajo, con una fuerza y una velocidad sin precedentes.
La ciencia ha advertido, una y otra vez que, a medida que nos acercamos a los puntos de inflexión del planeta, los fenómenos extremos serán cada vez más frecuentes y graves
La causa subyacente es clara: el aumento de las temperaturas ha acelerado el retroceso de los glaciares y el deshielo del permafrost, lo que ha provocado la desestabilización de las mismas montañas que nos sustentan y protegen. Lamentablemente, estos desastres no son inesperados. La ciencia ha advertido, una y otra vez que, a medida que nos acercamos a los puntos de inflexión del planeta, los fenómenos extremos serán cada vez más frecuentes y graves.
El año pasado, 18 personas perdieron la vida en una inundación provocada por el desbordamiento de un lago glaciar en el río Bhotekoshi, el mismo lugar donde se originaron las inundaciones en esta ocasión. En 2021, la inundación de Melamchi se cobró la vida de al menos 17 personas y destruyó el proyecto de abastecimiento de agua de Melamchi. Las familias que lo perdieron todo, incluido su hogar, siguen esperando una indemnización. Cuando viajé a Melamchi el año pasado, la zona todavía parecía como si las inundaciones hubieran ocurrido una semana antes. Los distritos más afectados, Rasuwa y Nuwakot, se encuentran además entre aquellos en los que se tardan décadas solo en construir colegios, hospitales, puentes y carreteras. Cada desastre de este tipo echa por tierra décadas de progreso y desarrollo.
Nosotros no provocamos el incendio de la emergencia climática que nos ha envuelto. No podemos seguir pagando por ello con nuestras vidas, nuestros hogares y nuestras esperanzas
Nepal ha emprendido esfuerzos incansables para fomentar la adaptación y la resiliencia climática. Más del 45 % de la superficie del país está cubierta de bosques. Hemos logrado una electrificación casi universal gracias a la generación de energía hidroeléctrica limpia. Se han implantado sistemas de alerta temprana en muchas comunidades ribereñas, donde la población recibe avisos durante las lluvias intensas y las inundaciones previstas.
A pesar de ello, nos vemos repetidamente sacudidos por una devastación inimaginable. Es una injusticia. Nosotros no provocamos el incendio de la emergencia climática que nos ha envuelto. No podemos seguir pagando por ello con nuestras vidas, nuestros hogares y nuestras esperanzas.
Para empeorar esto, la financiación climática se recibe en forma de préstamos con intereses de mercado, lo que no hace sino agravar la crisis de la deuda. Los países más vulnerables, incluido el nuestro, llevan más de tres décadas exigiendo una financiación nueva, accesible, y basada en subvenciones para evitar, minimizar y hacer frente a las pérdidas y daños. El Fondo de Pérdidas y Daños, creado en 2023, cuenta con menos de 1 000 millones de dólares estadounidenses. Se prevé que la necesidad real sea de 400.000 millones de dólares al año.
Quienes más han contribuido a esta crisis y quienes cuentan con mayores recursos no pueden mirar hacia otro lado. Los contaminadores deben pagar por el caos que nos han infligido
La justicia climática para nosotros y para muchas otras comunidades afectadas de todo el mundo significa afrontar quién ha creado esta crisis y quién se ve obligado a pagar por ella. Los países y las empresas que se han beneficiado enormemente de siglos de crecimiento impulsado por los combustibles fósiles no pueden seguir trasladando esta carga a las comunidades.
Quienes se encuentran en primera línea de la crisis climática no pueden esperar otro año, otra COP u otra década para obtener financiamiento. Lo que exigimos no es ayuda, donaciones ni caridad, sino justicia y compensación. Quienes más han contribuido a esta crisis y quienes cuentan con mayores recursos no pueden mirar hacia otro lado. Destinen dinero al Fondo de Pérdidas y Daños ahora mismo. Los contaminadores deben pagar por el caos que nos han infligido.
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