Taty Almeida, la madre que nunca dejó de buscar a su hijo

Taty Almeida murió a los 95 años sin encontrar a Alejandro, su hijo desaparecido en 1975. Referente histórica de las Madres de Plaza de Mayo, dedicó medio siglo a convertir su búsqueda en una causa colectiva.
Taty Almeida
Taty Almeida en 2013. Foto: FPV Tandil
16 jun 2026 05:55

“Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, 
porque para vos los tres seguimos en él,
si me sorprende lejos de tus caricias
que tanto me hacen falta,
si la muerte me abrazara fuerte
como recompensa por haber querido la libertad,
y tus abrazos entonces sólo envuelven recuerdos,
llantos y consejos que no quise seguir,
quisiera decirte mamá que parte de lo que fui
lo vas a encontrar en mis compañeros.

La cita de control, la última, se la llevaron ellos,
los caídos, nuestros caídos,
mi control, nuestro control está en el cielo,
y nos está esperando.
Si la muerte me sorprende
de esta forma tan amarga, pero honesta,
si no me da tiempo a un último grito
desesperado y sincero,
dejaré el aliento, el último aliento,
para decir te quiero.”

Alejandro Almeida

“Este poema es una despedida”, dijo muchas veces Taty Almeida. Lo repetía cada vez que hablaba de su hijo Alejandro, secuestrado y desaparecido el 17 de junio de 1975. Lo repetía con la certeza de quien lleva medio siglo leyendo y releyendo las mismas palabras. Taty falleció este 14 de junio en Buenos Aires, tenía 95 años y seguía buscando a Alejandro. Se llamaba Lidia Stella Mercedes Muy Uranga, pero casi nadie la conoció con este nombre. Para los argentinos era Taty. Para sus nietos era “Highlander”. Para los amigos era “la madre con patines”. Durante décadas fue una de las caras más visibles de la lucha por la memoria, verdad y justicia en el país. 

Taty era madre de tres hijos: Jorge, Maria Fabiana y Alejandro. Alejandro tenía 20 años, trabajaba en la agencia de noticias Télam y estudiaba Medicina. La mañana del 17 de junio de 1975 le dijo a su madre: “Esperame, ya vengo”. Salió a la calle y nunca regresó.

A diferencia de miles de desapariciones ocurridas tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el secuestro de Alejandro se produjo meses antes, lo desapareció la Alianza Anticomunista Argentina (la Triple A), la organización parapolicial que ya perseguía, secuestraba y asesinaba a militantes políticos, sindicales y estudiantiles, antes de que la dictadura tomara el poder.


Durante años Taty buscó sola. Golpeó puertas, preguntó, insistió, recurrió incluso a personas de su entorno vinculadas a las Fuerzas Armadas. Ella había crecido en una familia conservadora y antiperonista y le costaba aceptar que quienes ocupaban espacios de poder pudieran ser también responsables de aquel horror que estaba viviendo. Mucho tiempo después reconocería su ingenuidad. 

Cuando finalmente se acercó a la sede de Madres de Plaza de Mayo, vio una pared cubierta de fotografías.

“Bueno”, pensó. “No soy la única”.

En el año 2023 entrevisté a Taty en el salón de su casa para un proyecto sobre la última dictadura militar en Argentina. Cuando le pregunté cómo se acercó por primera vez a la sede de las Madres me dijo: “Ellas no preguntaban nada, ni quién eras, ni de dónde venías, ni qué pensabas. Tampoco les interesaba tu religión, ni tu contexto socioeconómico. La única pregunta que te hacían era: “¿Quién te falta?”.

A Taty le abrió la puerta María Adela Gard de Antokoletz, otra madre que buscaba a su hijo desaparecido. Esa tarde lloró y le confesó que se sentía culpable por no haber llegado antes. María le respondió algo que terminaría acompañándola toda la vida: “Cada madre llega cuando puede”.

La primera vez que Taty apareció en público fue durante el Mundial de fútbol de 1978. Un equipo de la televisión holandesa recorría Buenos Aires buscando testimonios sobre el campeonato. El periodista caminaba por la Plaza de Mayo hasta que se encontró con un grupo de mujeres caminando en círculo con pañuelos blancos en la cabeza. El periodista preguntó por el Mundial. Ellas respondieron otra cosa. Reclamaban a sus hijos: “Nosotras, que somos argentinas y estamos en la Argentina, les podemos asegurar que hay miles y miles de hogares sufriendo dolor y tristeza porque no nos dicen dónde están nuestros hijos. No sabemos si están vivos o muertos, si tienen frío, si están enfermos, si tienen hambre, estamos desesperadas”. Ese testimonio aún se escucha de forma recurrente en los medios de comunicación en el país. 

Taty entendió que la historia de Alejandro ya no le pertenecía solamente a ella, sino que pertenecía a una memoria social construida a través de manifestaciones, juicios, denuncias y resistencia

Taty no solo caminaba junto a las madres y recorría con ellas las comisarías, también buscaba a sus amigos y hablaba con los vecinos. En esas conversaciones descubrió aspectos de Alejandro que desconocía. Supo de su militancia en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Encontró una libreta con sus poemas, y se enteró que gracias a su silencio y lealtad muchos compañeros y compañeras lograron salir del país y salvar sus vidas. Así reconstruía la vida de su hijo. Recuperaba recuerdos. Reunía anécdotas y siguió las pistas hasta el final. 


En 2025, al cumplirse cincuenta años de la desaparición publicó un libro que reúne sus poemas llamado “Alejandro por siempre... amor”. Durante décadas creyó que esos poemas eran algo íntimo, casi doméstico. Después entendió que la historia de Alejandro ya no le pertenecía solamente a ella, sino que pertenecía a una memoria social construida a través de manifestaciones, juicios, denuncias y resistencia.

Hoy la muerte de Taty obliga a preguntarse qué ocurre cuando empieza a faltar la generación que sostuvo esa memoria con el cuerpo y con la presencia física. En sus últimas entrevistas ella insistía en un mensaje dirigido especialmente a los jóvenes. Ella decía que no había que tener miedo a la palabra militancia. Que no había que callarse frente a quienes niegan los vuelos de la muerte, el robo de bebés o el terrorismo de Estado. Invitaba a que los jóvenes no bajen los brazos, que sigan luchando, que miren a las Madres, que ellas les habían pasado la posta. 


Sus palabras hoy tienen un significado especial en una Argentina atravesada por el crecimiento de discursos negacionistas y por los ataques a las políticas públicas de memoria, verdad y justicia. Porque la principal herencia de las Madres nunca fue la nostalgia y la quietud, sino la acción y la búsqueda de respuestas. “La única lucha que se pierde es la que se abandona”, repetía en sus discursos.

Taty buscó a Alejandro hasta el último día de su vida y repetía una consigna: “nunca retroceder”. Las Madres de Plaza de Mayo fueron llamadas locas. Ellas respondían que sí: locas de dolor, de rabia, de impotencia. Hace casi cincuenta años, la dictadura intentó aislarlas, silenciarlas y menospreciarlas. Sin embargo, construyeron comunidad y transformaron el dolor en una causa colectiva. Convirtieron esa “locura” en una lucha pacífica y persistente que hoy debe continuar.

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