Opinión
La gran mentira del resort en Gaza

Ni Trump ni el trumpismo tienen ningún plan económico ni de desarrollo en Gaza; por infinitas razones: ni tiene edad ni tiempo para ver los resultados de una obra así, ni le importa un bledo lo que allí ocurra, ni tiene nada que ganar.
Invierno en Gaza inundaciones  - 2
©Unicef Estado actual de la plaza de Gaza, donde supuestamente Israel y Estados Unidos pretenden levantar un resort.

Hace unas semanas asistimos a un obsceno ejercicio de prestidigitación. Un espectáculo de ilusionismo representado como escarnio a las decenas de miles de muertos víctimas del genocidio perpetrado por Israel. Porque esto, y no otra cosa, es el llamado “Plan Maestro para Gaza”. Un power point que podría hacer un niño de la ESO con uno de esos programas gratuitos de diseño de jardines en el que el yerno de Trump mostraba cuadrados y otras formas poligonales de sugerentes títulos como “500.000 personas” o “complejos industriales”. Con buen criterio arquitectónico, cada uso estaba definido por un colorín porque, ¿cómo si no íbamos a distinguir el cuadradito de las 100.000 casas del cuadradito de las 2.000 industrias? Por no aparecer, no aparecía ni la escala. 

Pero a pesar de sus innegables virtudes cromáticas, el Plan Maestro dejaba sin explicar algunos detallitos, quizá por considerarlos menores o simples minucias. Como, por ejemplo, que según las Naciones Unidas, las tareas de desescombro —si es que empiezan— se extenderán un intervalo de entre siete y diez años al menos. Una estimación probablemente bastante optimista si consideramos que desescombrar el área de las Torres Gemelas, con toda la potencia, maquinaria e infraestructura de EEUU, consumió nueve meses y los escombros de Gaza están calculados en una cifra 35 veces superior: concretamente 70 millones de toneladas de hormigón. Eso, por no hablar de los más de diez mil cadáveres que sigue aún aplastados entre las ruinas. 

Según las Naciones Unidas, las tareas de desescombro —si es que empiezan— se extenderán un intervalo de entre siete y diez años al menos. Hasta entonces no podría colocarse en Gaza ni la primera baldosa para una acera

O, lo que es lo mismo, hasta dentro de una década en el mejor de los casos, no podría colocarse en Gaza ni la primera baldosa para una acera. Pero esto no pareció preocupar a los autores del Plan Maestro. De hecho, preguntado Jared Kushner acerca de las tareas de desescombro, dijo que iban “muy bien”. Tan bien, que se estima que se acercan al 0,2% del total. 

En todo el norte del Mediterráneo hay ahora mismo en marcha varios macroproyectos turísticos y habitacionales. Algunos, como el llamado Ras El Hekma, en Egipto, está auspiciado por la agencia ONU-Habitat que promueve ciudades más justas, habitables y sostenibles. Pero aún con las ventajas evidentes del apoyo estatal, de no tener que retirar durante años toneladas de escombros, incontables bombas y miles de cadáveres en un territorio robado, se estima que Ras El Hekma no finalizará hasta 2045. Cuesta trabajo creer que Gaza, un territorio asolado por la destrucción, podría  ser apetecible para que el gran capital se embarcase en una inversión tan incierta y a largo plazo cuando puede optar por las diversas posibilidades que le ofrece ahora la costa norteafricana.

¿Cómo será el Mediterráneo entonces? ¿Un destino de sol y playa muy deseable? El resto de países de su costa cuenta con un enorme patrimonio histórico, arquitectónico y monumental que diversifica su oferta. ¿Pero dónde están las ruinas romanas de Gaza? ¿Dónde sus pirámides y esclusas? ¿Por qué unos fondos privados, ávidos de rápido beneficio, iban a considerar ese lugar como privilegiado para sus negocios? Y, exactamente, ¿cuán apetecible sería para el turista un destino construido sobre un campo de dolor y genocidio a expensas de los muertos y los vivos?

¿Cómo se ventilaría el asuntillo de la propiedad? ¿Con expropiaciones masivas? ¿Y qué organismo sería el responsable de llevarlas a cabo y proporcionar seguridad jurídica a los nuevos propietarios?

Pero, dejemos a un lado la moralidad y sigamos con las cuestiones prácticas, ¿cómo se ventilaría el enojoso asuntillo de la propiedad de los terrenos? ¿Con expropiaciones masivas? ¿Y qué organismo sería el responsable de llevarlas a cabo y proporcionar seguridad jurídica a los nuevos propietarios? ¿Alguien imagina siquiera el infierno burocrático de examinar los títulos de propiedad —vertical, horizontal, de vivos, muertos y herederos— en ese infierno de escombros? ¿Y qué otra alternativa hay? Solo una: la usurpación a la brava. ¿Y qué empresas o cadenas hoteleras apostarían a tan largo plazo por asentarse en un terreno detraído de ese modo? No es que confíe en la decencia de esos emporios, pero al gran capital le suele gustar una mínima seguridad jurídica. ¿Qué les garantizaría que dentro de diez años los tiempos fueran otros y las reclamaciones también? ¿A qué paz social podrían aspirar? 

Gaza no cuenta con suministro de agua más allá de su acuífero, sobreexplotado, contaminado y que ya no es suficiente para la población actual. ¿De dónde iba a salir el agua para las infraestructuras, para aeropuertos, puertos y centros de datos, para industrias, gigantes hoteleros, cientos de miles de viviendas, hospitales, escuelas y centros de ocio? En Israel y los países del golfo se utilizan macrodesaladoras, que tienen una demanda de energía descomunal. Quizá el consumo energético sea irrelevante en los países de las monarquías arábigas con una capacidad de producción energética casi infinita. Incluso Israel obtiene el 70% de la suya de sus campos de explotación de gas natural.

¿Pero dónde está el gas natural de Gaza y sus yacimientos de petróleo? ¿De dónde saldría la energía para ese Gaza Resort en un lugar donde malamente se puede encender más de una bombilla? Y, otra pregunta igualmente pertinente: ¿por qué iba a Israel a desear que existiese un macroproyecto turístico y comercial, virtualmente pegado a su costa de playa, compitiendo ventajosamente con su propio sector? Exactamente, ¿en qué le beneficia? Antes dijimos que no hay pirámides en Gaza, pero no es del todo exacto: está el turismo a los Santos Lugares que ahora en su totalidad explota Israel. ¿Por qué iba a desear repartir el negocio con otros hasta el punto de aplaudir esta idea con entusiasmo?

¿De dónde iba a salir el agua para las infraestructuras, para aeropuertos, puertos y centros de datos, para industrias, gigantes hoteleros, cientos de miles de viviendas, hospitales, escuelas y centros de ocio?

¿Y esas industrias que ocuparían los flamantes polígonos? ¿De qué sombrero de mago iban a salir? ¿Qué materias primas iban a procesar? ¿Qué especialistas iban a ocupar? ¿Qué conocimiento agregado iban a exportar? Y podríamos seguir, pero lo cierto es que desmenuzar cada uno de los impedimentos del Plan deja sobre todo una sensación de rabia y honda tristeza. Porque su imposibilidad real proviene, sobre todo, de la fosa de destrucción y empobrecimiento con que se ha aniquilado a ese pueblo y que vuelve virtualmente inimaginable cualquier proyecto de reconstrucción. 

De hecho, si asumimos que toda la idea es inverosímil, deberíamos quizá desplazar nuestra indignación. Lo realmente malo no es un proyecto de una ciudad enfocada al turismo. Esto incluso podría ser defendible según en qué términos: lo realmente malo es que no se podría hacer ni aunque existiese esa voluntad. Lo realmente odioso es que, quienes la plantean, conscientes como son de su impracticabilidad, están disfrutando con una burla atroz. A mi juicio, lo inmoral y ofensivo no está en el proyecto, sino en presentarlo a sabiendas de que es inviable, en la farsa despiadada que se refocila en hurgar en el abismo de muerte, privaciones y espantosos padecimientos oponiendo un quimérico futuro de colores brillantes. 

Una farsa tan obscenamente despectiva que ni siquiera hace esfuerzos de simulación. Así, la puesta en escena del Plan Maestro es tan cutre y desaliñada, y su documento troncal tan ridículo que le resultaría evidentemente falsaria a cualquier jugador de juegos de estrategia de construcción. Sin embargo, nosotros, superados por el aborrecimiento, la aceptamos como verdadera. Como si la capa freática de nuestra indignación moral no soportase ya nuevos flujos y estuviese siempre presta a rebosar. Pero de esta manera, tengo la sensación de que acabamos moviéndonos al son que nos tocan, y que nuestro justo y comprensible espanto ante una realidad diaria insoportable nos ciega de tal modo que empezamos a no distinguir la realidad del trampantojo. 

Lo realmente odioso es que, quienes plantean este plan, están disfrutando con una burla atroz. Lo inmoral y ofensivo no está en el proyecto, sino en presentarlo a sabiendas de que es inviable

Es verdad que al oponernos a esta realidad horrible recuperamos un cierto sentido de comunidad. Incluso de identidad: yo soy el que combato esto. ¿Pero qué ocurre si ese “esto” es una ilusión, una argucia? ¿No vuelve de alguna forma nuestra oposición también irreal? ¿No podemos vernos como personajes de una representación dirigida por otros?

Aún así, nuestras posiciones éticas podrían parecer muy pertinentes siquiera solo sirviesen como advertencia, en el sentido de que, aún reconociéndolo como irrealizable, ese proyecto podría parecernos igualmente inmoral. Y, si fuese realizable, pues con más razón. Nuestra indignación supondría algo así como una barricada defensiva. 

Pero sospecho que esta simplicidad nos aleja de cuestiones más complicadas, como por ejemplo, ¿qué distinto futuro alternativo podrían tener Gaza y sus habitantes? Solo pensarlo lleva a la desesperación. ¿Existe ese futuro? La destrucción y el crimen han sido de tales proporciones que ¿seríamos capaces de concebir, incluso de un modo inespecífico y a largo plazo, las condiciones en que la vida en ese territorio fuese viable? ¿Y se cambiarían esos gazatíes por los habitantes de los macroproyectos de Túnez, Marruecos o Egipto? ¿Se puede hablar de desarrollo o reconstrucción obviando la lógica del capital? Y, si es posible, ¿cómo se hace? O, sin ir más lejos, ¿por qué es insoportable en Gaza lo que es soportable en Benidorm? 

No soy tan necio como para no saber la respuesta: porque en Benidorm no han asesinado a 72.000 personas, porque Benidorm no está construida sobre un cementerio y un crimen contra la humanidad. Pero lo que quiero decir es que quizá nuestros juicios morales deberían ir acompañados de meter los codos en la desagradable realidad y sus alternativas realizables, algo muchas veces ausente. 

Podemos estar de acuerdo: el Gaza Resort es repulsivo. Pero no basta: hay que contribuir a imaginar —con las víctimas— otro futuro distinto y mejor. No puede ser que solo nos coloquemos en la negación. Nosotros, los que nos oponemos, somos quienes debemos llevar la iniciativa en la construcción de la esperanza. No basta con impugnar, hay que proponer, aceptar la realidad con su negrura y buscar grietas que permitan iluminarla, aún tenuemente. No basta con gritar en la oscuridad: hay que traer luz.

Gaza no tiene interés económico para el gran capital al que le sobran espacios infinitamente más rentables, menos problemáticos y más sencillos de explotar

Lo que yo sospecho es que esta absurda y descarada mentira no es más que una cortina de humo para alejar nuestra crítica del verdadero Plan Maestro que permanece oculto. De hecho, de varias cosas estoy bastante seguro: a) Ni Trump ni el trumpismo tienen ningún plan económico ni de desarrollo en Gaza; por infinitas razones: ni tiene edad ni tiempo para ver los resultados de una obra así, ni le importa un bledo lo que allí ocurra, ni tiene nada que ganar. b) Gaza no tiene interés económico para el gran capital al que le sobran espacios infinitamente más rentables, menos problemáticos y más sencillos de explotar. c) Aunque Netanyahu le ríe la gracia a Trump, él sí tiene un Plan Maestro que con toda certeza es incomparablemente peor, sádico, criminal e inhumano. Y me temo que su idea no pasa por ninguna moderna, amable y sostenible ciudad de vacaciones, sino, por todo lo contrario, por volver allí la vida tan intolerable que hasta el último de los gazatíes se vea obligado a abandonar su tierra. Hay que entender una cosa: el proyecto de Israel es a largo plazo. A su modo de ver llevan milenios esperando y no les preocupan unos años más. No buscan la paz ni la convivencia, sino su expansión definitiva. Si Gaza tiene que estar entre ruinas durante décadas les da igual siempre que se continúen dando pasos hacia su aniquilación. 

Esto es algo evidente y, cuando juzgamos su historia en los últimos 70 años, podemos ver como las acciones de su actual Gobierno, aún siendo más crueles, no difieren en tanto con los de sus predecesores. Todo está encaminado hacia el mismo fin. Israel lleva décadas impidiendo la viabilidad de Gaza. Mucho antes de esta ofensiva destruyó su aeropuerto, plantas de electricidad, de saneamiento, hospitales, pequeñas industrias, el puerto... ¿Por qué iba a cambiar?  De hecho, si este proyecto de Trump fuera realmente verdad, Israel no solo no lo aplaudiría sino que estaría radicalmente en contra, lo que, por otra parte, sería una razón más para su imposibilidad y quizá nos invitaría, aún por mera astucia, a verlo con otros ojos. Entre tanto, por qué a la indignidad del genocidio se le suma la indignidad de esta patraña es la pregunta que todos tenemos que tratar de contestar. 

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