Opinión
Cuando la migración desordena el mapa: por qué no me reconozco en la diáspora venezolana

No identificarme con la diáspora venezolana que se reunió el sábado en Madrid ante el llamado de María Corina Machado no es negar mi origen. Tampoco es despreciar a quienes sí encuentran allí un espacio de comunidad. Es simplemente reivindicar el derecho a una identidad migrante no nacionalista, compleja, situada y en constante transformación.
Bandera de venezuela
Productora y gestora cultural afincada en la Línea de la Concepción, Cádiz.
20 abr 2026 12:00 | Actualizado: 20 abr 2026 20:22

Migrar no me convirtió en parte de la diáspora venezolana. Lo afirmo sin dramatismo pero tampoco se trata de una declaración de distancia emocional, simplemente lo hago como un acto de precisión. Mi desplazamiento no se inscribe en la narrativa colectiva que se ha consolidado en los últimos años: la del exilio que se reconoce en la nostalgia, en la épica del desarraigo o en la reconstrucción de una comunidad nacional en el exterior. Mi experiencia migratoria no se articula desde ahí, y durante mucho tiempo me costó entender por qué.

Quizás la clave estaba en mi propia historia familiar. Mi padre nació en Donosti en 1936, en plena guerra. Migró a Venezuela en los años cincuenta, como tantos españoles que buscaban un horizonte posible en la posguerra. Crecí con un padre que nunca perdió su acento, pero que nunca cultivó en mí la nostalgia del retorno. No viví en un hogar donde España fuera un lugar idealizado, ni un país al que había que volver para cerrar un ciclo. Jamás me transmitió la idea de que la identidad se ancla en un territorio de origen que debe recuperarse. Su vida - y por extensión, la mía - se organizaba desde otro lugar: la posibilidad de habitar un territorio con el deber de no convertirlo en mito.

Por eso, cuando migré a España, no lo hice huyendo de nada. Y, sin embargo, al llegar a esta tierra sentí que en mí se activaba algo inesperado: una necesidad de reconectar y restituir una parte de mi propia historia, una capa silenciosa que habitaba en mi ADN y en mi subconsciente. No era nostalgia ni retorno. Parecía más bien algo que había estado dormido y que solo encontró su forma al pisar por primera vez las calles de Madrid.

Todo eso ya me situaba en un lugar distinto al de la diáspora venezolana, que suele organizarse alrededor de la memoria compartida, la comunidad nacional en el exterior y la narrativa del retorno, aunque sea simbólico.

La diáspora venezolana en España ha generado un campo propio, en ocasiones reproduce imaginarios conservadores, meritocráticos o despolitizados que chocan con mi forma de entender el mundo

Eso que llaman “diáspora” es una categoría política y cultural que implica prácticas de cohesión, rituales identitarios, instituciones que reproducen la idea de comunidad nacional más allá de las fronteras y también un relato común, una nostalgia compartida, una forma de nombrarse en plural. Y yo no me reconozco en esos códigos. No participo de los rituales que cohesionan a la diáspora venezolana. No organizo mi vida alrededor de la identidad nacional, ni siento que mi pertenencia dependa de mantener vivo un origen. No me mueve la nostalgia, ni la épica del desarraigo, ni la necesidad de reconstruir Venezuela en otro país.

Mi identidad migrante no quiere articularse desde la pérdida, sino desde la transformación

Pero además, también hay una distancia política. La diáspora venezolana en España ha generado un campo propio, con discursos, estéticas y prácticas que no necesariamente me representan. En ocasiones reproduce imaginarios conservadores, meritocráticos o despolitizados que chocan con mi forma de entender el mundo. Otras veces (muchas, la verdad) se convierte en un dispositivo mediático que simplifica la complejidad venezolana en relatos de anecdotario individual o tragedia colectiva.

Personalmente no rechazo a quienes encuentran allí un espacio de pertenencia. Pero no es el mío. No me siento interpelada por esa identidad, ni por sus instituciones, ni por sus narrativas. Y no quiero ocupar un lugar que no elegí. Porque mi vida en España - en Andalucía, específicamente - se ha construido desde otros ejes: mi trabajo cultural y feminista en el cine, mis redes profesionales y afectivas, mi inserción en un territorio que no me exige performar una identidad nacional para pertenecer. Mi identidad actual no necesita anclarse en la nación de origen para ser legítima.

Si tuviera que autoimponerme una etiqueta, podría decir que habito una identidad posmigrante: una que no se define por el origen, sino por las relaciones, los proyectos y los territorios que voy construyendo. Una identidad que se mueve, que se reconfigura, que no necesita la nostalgia para sostenerse.

No identificarme con la diáspora venezolana no es negar mi origen. Tampoco es despreciar a quienes sí encuentran allí un espacio de comunidad. Es simplemente reivindicar el derecho a una identidad migrante no nacionalista, compleja, situada y en constante transformación.

Es, quizás, la herencia más profunda de mi padre: la posibilidad de migrar sin convertir el origen en un altar para conquistar la libertad de construir una vida sin que la identidad esté atada a un territorio perdido. La certeza de que pertenecer no es volver, sino habitar.

Cuando el privilegio no te protege: migración, racialización e invisibilización

Migrar desde Venezuela a España significó, para mí, un desplazamiento que no solo fue geográfico, sino también estructural. En mi país de origen ocupaba sin duda posiciones de privilegio: mujer blanca, con ciudadanía de origen, formada académicamente, con trayectoria en el sector privado - dirigiendo mi propia productora audiovisual - y con experiencia en cargos públicos de relevancia, como la Secretaría de Cultura de Caracas y la dirección de la Cinemateca Nacional. Mi identidad profesional estaba consolidada, y mi autoridad en el campo cultural no era cuestionada.

Pero al llegar a España, ese capital simbólico, profesional y social no solo dejó de tener valor: se volvió invisible. De pronto, mi biografía dejó de importar. Mi experiencia dejó de ser legible. Lo que se impuso fue una categoría que no elegí: mujer migrante latinoamericana de más de 45 años. Y esa categoría, en el imaginario social español, arrastra prejuicios, jerarquías y sospechas que operan incluso cuando tienes DNI español, incluso cuando eres blanca, estás formada y tienes décadas de experiencia.

En España fui racializada como “latinoamericana” (aunque sé que esto puede ser difícil de entender). No desde el color de piel sino desde la posición social que se asigna a las personas migrantes latinoamericanas: mano de obra barata, poca cualificación, escaso valor profesional, disponibilidad infinita y gratitud obligatoria.

En España no importaba mi trayectoria, ni mis cargos previos. No importaba mi formación. Lo único que importaba era la categoría que se me había asignado: mujer migrante latinoamericana

Esa racialización no me colocó en el estereotipo clásico de la migrante vulnerable, sino en uno muy perverso: la migrante “privilegiada” que no tiene derecho a quejarse. Como soy blanca, tengo DNI y hablo con solvencia, mis vulnerabilidades fueron sistemáticamente negadas. Y esa negación abrió la puerta a una forma de violencia devastadora: la violencia laboral.

En el mercado laboral español, especialmente en el sector audiovisual, me encontré con un trato que jamás había experimentado: infantilización, desconfianza, cuestionamiento permanente, explotación, precarización, y una sospecha constante sobre mi capacidad profesional.

No importaba mi trayectoria ni mis cargos previos. No importaba mi formación. Lo único que importaba era la categoría que se me había asignado: migrante latinoamericana. Y esa categoría, en un país que se piensa a sí mismo como “no racista”, opera como un filtro que determina quién merece oportunidades, quién debe demostrar el triple, quién es considerado competente y quién debe agradecer cualquier migaja.

El antirracismo no puede limitarse a denunciar violencias explícitas. Porque el racismo no siempre grita. A veces susurra. A veces administra. A veces contrata. A veces decide quién merece ser escuchada

Lo más doloroso no fue perder el reconocimiento profesional. Fue que nadie reconociera que lo había perdido. Mi vulnerabilidad era invisible porque, desde fuera, yo no encajaba en la imagen de la migrante precarizada. Mi blancura, mi acento, mi DNI, mi formación… todo eso funcionaba como una máscara que impedía ver la violencia que estaba viviendo.

La paradoja es brutal: fui lo suficientemente “blanca” para que mi vulnerabilidad no fuera vista, pero lo suficientemente “latinoamericana” para ser tratada como si no valiera nada.

Una alerta urgente sobre estereotipos, migración y antirracismo

Mi historia no es excepcional. Es más común de lo que pensamos. Y por eso quiero cerrar con un llamado:

Debemos estar extremadamente atentas a los estereotipos que operan sobre las personas migrantes, incluso —y especialmente— cuando esos estereotipos se disfrazan de neutralidad. El antirracismo no puede limitarse a denunciar violencias explícitas. También debe señalar las violencias silenciosas: la deslegitimación profesional, la infantilización, la sospecha, la invisibilización de las vulnerabilidades, y la racialización que no se reconoce como tal.

Porque el racismo no siempre grita. A veces susurra. A veces administra. A veces contrata. A veces decide quién merece ser escuchada.

Y es ahí en lo cotidiano, en lo institucional, en lo laboral, donde debemos mantenernos más alertas.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

Cargando valoraciones...
Ver comentarios 1
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra na túa conta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios 1

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...