Opinión
La izquierda ante la oportunidad de resignificar la patria
¿Eres patriota? Sí. No. Depende. En un contexto histórico donde los significantes nacionalistas resurgen con fuerza y las consignas patriotas arrastran casi por inercia atávica a miles de ciudadanos a unos marcos ideológicos ajenos a sus verdaderos intereses de clase, es posible que en la respuesta a esta clásica pregunta se encuentre buena parte del éxito electoral de las fuerzas en liza de las elecciones por venir. Y aquí la izquierda, consciente o no, tiene un potencial enorme para ganar terreno en un campo de batalla que hasta hace bien poco se presentaba hegemónico e indiscutible para la derecha.
El patriotismo es un campo de disputa donde la ultraderecha emplea a la nostalgia y la identidad para ocultar conflictos entre clases. La guerra contra Irán ha abierto una brecha que la izquierda puede aprovechar para resignificar la patria en clave de derechos, justicia social y soberanía popular.
El patriotismo como estrategia de la ultraderecha: nostalgia, identidad y ocultación del conflicto de clase
Si hay algún nexo a destacar entre las ultraderechas nacionalistas que componen la internacional fascista liderada por el presidente estadounidense Donald Trump ese es el de la instrumentalización del patriotismo que emplean hasta el paroxismo para lograr sus fines electorales: banderas, muchas y cuanto más grandes mejor; himnos, si puede ser en bucle y en las escuelas; histriónicos actos patrióticos envueltos en tradición anunciados a bombo y platillo y, por supuesto, financiados con fondos públicos; exaltación del supuesto pasado glorioso, ese que es imperial, inmortal, eterno. De este modo, mediante el uso de una sofocante simbología y parafernalia, se logra agitar con notable eficacia las emociones y proyectar la idea de un futuro que puede ser mejor; un futuro que, sin embargo, solo resulta concebible a través de la nostalgia, es decir, mediante la recuperación de unos supuestos valores puros y tradicionales que se han perdido o han sido mancillados por el progreso, lo que, a su vez, se presenta como explicación válida del incomprensible y caótico presente.
Así pues, frente a un hoy beligerante y sin un futuro esperanzador de mejoras concretas, la promesa de volver a un pasado revestido de idealismo se presenta como una opción factible, alcanzable, pero, sobre todo, deseable: para que el pasado a través de la nostalgia pueda ser evocado con efectividad, primero se tiene que haber perdido la fe en el futuro. Si, además, tenemos en cuenta la desmemoria histórica fomentada —que arrincona el pasado y lo hace susceptible de ser deformado a placer en las redes sociales de consumo masivo—, el resultado es un terreno fértil para que el fascismo vuelva a germinar y sus postulados se presenten como una opción política normalizada más con capacidad real de hacerse de nuevo con el poder.
Así sucede que, una vez despedazados los lazos comunitarios tras el avance de las políticas neoliberales durante las últimas décadas con sus consiguientes crisis económicas, el sentimiento nativista se ha convertido en el último reducto individualista en el que intervienen emociones y sentimientos de pertenencia a un grupo social que se identifica con unos símbolos patrios y que con éxito siembra y prepara el terreno sociológico para la beneficiosa confrontación desclasada entre un nosotros y un ellos representada como amenaza existencial para el grupo en cuestión. Aquí convendría analizar el origen de esta necesidad que se extiende entre la población, con especial afección entre los más jóvenes, entre los hombres.
Crisis social, juventud y construcción de un nosotros excluyente: el terreno fértil del nuevo nacionalismo
Son los jóvenes los que sufren las consecuencias del futuro negado, los que tienen un presente privatizado sin prácticamente poder de emancipación y los que viven su día a día bajo una ansiedad permanente por el día de mañana. El sálvese quien pueda neoliberal se hace aún más presente en aquellos que no gozan de las estructuras de la red de seguridad más básica, aquellas que proporcionan una vivienda digna, un trabajo bien remunerado y acceso a una alimentación saludable, pero también las que permiten el placer de un ocio asequible. De nuevo, el rol de las redes sociales y la falseada realidad de vidas irrealizables de ricos e hiperconsumo que proyectan acaban ejerciendo una brutal presión sobre la psique ciudadana y, en particular, contra sus mayores usuarios: los jóvenes.
Bajo este marco, la ultraderecha mundial, producto de la clase privilegiada y al servicio de sus intereses, actúa como instrumento que diluye la responsabilidad de los mecanismos capitalistas de acumulación por desposesión en la ruptura de esas redes de seguridad comunitarias e institucionales tratando así de ocultar los conflictos de clase. Pero, ¿cómo hacen para que cualquier ciudadano de clase trabajadora pueda acabar defendiendo los intereses del mayor empresario del país? Sencillamente evocando a la patria y dotándola de significados que se ajusten a sus intereses. El patriotismo sirve aquí como catalizador de un proceso de victimización inmanente a la ultraderecha que hace más poroso un argumentario cargado de odio y que se materializa a través de la culpabilización del inmigrante, del socialista, de la feminista, de un enemigo ya sea interno o externo, de un ellos frentea un nosotros, es decir, sirve para señalar culpables y dotar de explicaciones sencillas una realidad que se presenta angustiosa, indignante, pero que, sobre todo, sirve para ocultar las diferencias entre clases y enmascarar el proceso inherente al capitalismo de concentración de la riqueza en pocas manos a costa del empobrecimiento de las mayorías.
Aquellos que incrementan sus rentas año tras año y que, en muchos casos, son también los que cubren las espaldas de los partidos ultras, acaban perdiendo el miedo ante la falta de amenazas a sus privilegios
Si algo está tratando de conseguir la ultraderecha mundial es convertir los enemigos de las clases privilegiadas en los enemigos de la patria. Este mecanismo opera a partir de una concepción restringida y excluyente de la identidad. De este modo, sin conciencia de clase, sin el elemento de clase en la concepción de la política, aquellos que incrementan sus rentas año tras año y que, en muchos casos, son también los que cubren las espaldas de los partidos ultras, acaban perdiendo el miedo ante la falta de amenazas a sus privilegios y se frotan las manos ante la perspectiva de ampliar su poder y riquezas a costa de la privatización y destrucción de lo público. Ahora bien, ¿cómo se puede dar batalla en un terreno que está prácticamente monopolizado por los términos que marca la ultraderecha? Tal vez todo caiga por el propio peso de la evidencia: a través de sus contradicciones.
Una oportunidad para la izquierda: resignificar la patria en clave de derechos y soberanía
En estos días en los que Israel amenaza a España por denunciar el genocidio en Gaza y en el Líbano y en los que Estados Unidos pide vasallaje resignado frente a sus crímenes de guerra, la respuesta de la izquierda y del PSOE gobernante han mostrado una forma diferente de ejercer el patriotismo que puede ser concebido desde otros prismas a los meramente retóricos y reducidos al exclusivismo nativista y, por ello, con un potencial enorme para ser resignificado en términos completamente distintos, es decir, este inesperado momentum habilita a las izquierdas disputar la concepción de la patria y con ello la posibilidad de atraer parte del histórico bastión electoral de la derecha que supone el significante hacia posiciones que beneficien a los postulados de la izquierda.
A raíz de los continuos exabruptos de Trump hacia España tras la negación del gobierno al aumento del PIB para gastos militares a través de la OTAN y por su firme oposición a la Guerra contra Irán, muchos han podido comprobar cómo, al ponerse de rodillas frente a las amenazas extranjeras y a los designios de Trump, las débiles costuras patrióticas de las derechas se han resquebrajado mientras que la izquierda se ha visto sorpresivamente reforzada tomando sin esfuerzo la bandera del patriotismo en una oportunidad histórica que deja en evidencia las limitadas estrategias del nacionalismo ultraderechista. No es casual que los recientes pactos del Partido Popular y Vox en Extremadura y Aragón se hayan realizado bajo el reinventado lema Prioridad nacional en un intento de recuperar el impulso perdido apostando de nuevo a la estrategia identitaria y nativista como único motor electoral del que disponen.
En este contexto, la constatación de una derecha cipaya y servil parece haber hecho mella en la estrategia central de su discurso y, con ello, se han visto erosionadas sus habituales herramientas para inocular su odio. Es por ello que sus representantes han estado semanas perdidos y confusos vagando entre frases contradictorias, sin una dirección clara y sin saber todavía muy bien cómo recuperar el impulso en las encuestas que han empezado a mostrar un ligero declive en un momento electoral crucial. Tal vez alinearse con Trump empiece a ser notablemente contraproducente para todos los acólitos vástagos del trumpismo que pululan en buena parte del mundo y convenga ya empezar a pensar a futuro, es decir, antes o después habrá que matar al padre.
Como es sabido, la apropiación del patriotismo por parte de la derecha como arma electoral viene de lejos y, en el caso español la demonización de una anti-España enemiga de la patria, es decir, aquella España antifranquista y antifascista, acabó por interiorizar un sentimiento patriota amargo en tanto que negado y, en muchos casos y como consecuencia directa, incluso de rechazo frontal. Pero, a decir verdad, ¿acaso hay algo más patriota que ser de izquierdas? Una política que apuesta por la defensa de unos servicios públicos universales y de calidad frente a los privilegios de unos pocos parece a ojos de cualquiera una posición suficientemente patriótica, sin necesidad de actos vacíos como envolverse en banderas o lanzar vivas al aire instrumentalizando los símbolos como herramientas de confrontación política y exclusión.
Es evidente que Vox, Partido Popular y Junts no priorizan a los españoles y catalanes al dejar caer la prórroga de los alquileres, sino que anteponen los beneficios de los fondos buitre y de las oligarquías internacionales a los intereses de muchos de sus votantes, que también sufren la especulación con un bien básico como es la vivienda. Y sí, el problema tiene muchas aristas, y una parte principal radica en la falta de voluntad política para atajarlo de raíz: no se puede pretender defender ninguna patria si no se lucha con valentía y con todas las fuerzas posibles por dar una solución definitiva al principal problema que desvertebra el país. Así pues, toda esta sobrevenida oportunidad puede acabar en agua de borrajas si las proclamas no se traducen en políticas consumadas que corroboren esa forma de sentir; una forma diferente de generar identidad, esto es, mediante el orgullo de apoyar y sentirse parte de una alternativa política socialmente justa que ofrece un horizonte humano y empático frente al día a día de este capitalismo intransigente y salvaje.
Con todo, la defensa de la patria en el plano de los significantes siempre ha resultado compleja para la izquierda en tanto que su significado siempre ha estado definido y hegemonizado por la derecha. No es un debate nuevo, pero sí lo es esta oportunidad de impulsar su resignificación en clave de derechos, justicia social y soberanía popular, especialmente para una generación que ya no entiende su relación con la patria desde los marcos heredados de las experiencias del siglo XX. Lo relevante es que desde la izquierda la identidad trasciende las fronteras, en tanto que internacionalista. Por eso y, aunque pueda sorprender, partidos independentistas de izquierda que son partidos políticos que representan intereses de sus propios territorios, defienden una patria internacional e inclusiva evidente en sus hechos cuando votan a favor de aprobar leyes que benefician al común de los españoles, como cuando aprueban subidas de salarios o ampliación de derechos frente a aquellos partidos que se autodenominan patriotas y se adueñan de los símbolos pero que sistemáticamente votan a favor de ensanchar los privilegios de unos pocos y se posicionan en contra de toda mejora y avance social para las mayorías.
De esta manera, el patriotismo como significante vivo y en disputa permite reformular su sentido y habilita poder empezar a hablar de patria para referirse a un país que no se amilana y planta cara a los poderosos, es decir que, a diferencia de la ultraderecha, es fuerte con los fuertes. A la hora de la verdad, se ha visto como el patriotismo de la ultraderecha es una simple carcasa retórica hueca cuyo proyecto de país se reduce al vasallaje de intereses extranjeros. Para corroborarlo, el lector puede realizar un sencillo ejercicio tratando de responder a este escenario hipotético: en caso de que se diera una intervención de Estados Unidos o Israel en territorio español, ¿qué fuerzas políticas y desde qué espacio ideológico creéis que serían las primeras en defender la soberanía nacional sin ambigüedades, y cuáles, por el contrario, optarían por justificar, matizar o incluso respaldar dicha injerencia en nombre de intereses geopolíticos o afinidades ideológicas?
La construcción discursiva de la patria no es ajena a la izquierda, nunca lo ha sido, es más, allá donde se han producido experiencias políticas gobernadas por la izquierda la patria ha supuesto la centralidad desde la que se articula la dirección política en tanto que ésta solo puede ser entendida desde el prisma de la fraternidad que se hace presente en la lucha por la igualdad y la justicia social. El orgullo patrio se halla también en una sociedad que sale masivamente a la calle a reclamar una sanidad y educación públicas y de calidad, una sociedad que hace valer sus derechos y que lucha por ampliarlos, que se indigna ante el genocidio sionista y que aspira a un mundo más justo y digno para todos donde poder convivir con la seguridad de tener todas las necesidades básicas cubiertas y donde se protegen, los unos a los otros, como sociedad de libres e iguales. La patria está en el otro, es el Partido de Olmo en Novecento de Bertolucci: está en todos, en todas las acciones que trascienden el individualismo desde la alteridad y redefine la política dando prioridad a las necesidades colectivas.
El patriotismo no se mide por cuántas veces se nomina la nación, sino por los hechos que la definen. ¿Quién es más patriota, el que garantiza que cualquier ciudadano, independientemente de su origen, capacidad económica o dificultades personales, pueda acceder a todos los servicios públicos o el que, en nombre de los valores patrios, recorta esos mismos servicios, debilitando las condiciones materiales que hacen posible una vida digna para la mayoría? Cuando toque elegir quien nos gobierna, conviene fijarse en quién se limita a nombrarla en consignas gaseosas, tales como Prioridad nacional, y quién protege a sus ciudadanos con políticas sociales y con hechos tangibles. Sea como sea, parece claro que el éxito electoral en esta difícil coyuntura histórica vendrá fuertemente determinado por aquellas fuerzas que mejor sepan disputarse el significado de la respuesta a la pregunta que abría este texto y que, en último término, se articula en torno a una cuestión fundamental sobre lo que sociopolíticamente entendemos por ser patriota.
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