Ceuta 060 - 2
Una persona sentada mira hacia Loma Colmenar (Ceuta), una de las zonas de mayor afluencia. Al fondo la frontera de España con Marruecos. Jaime Cinca
30 sep 2026 07:10

Esta semana el marco ha sido Maricarmen. Una mujer de 87 años a la que han querido sacar de la casa donde ha vivido durante décadas. Su casa no es solo un techo: es su memoria, su intimidad, el lugar donde todavía reconoce su vida. Para que creyéramos su dolor, hemos entrado en su salón, en su dormitorio, en sus recuerdos. Hemos visto sus fotografías, sus muebles, sus lágrimas. La hemos desnudado ante todo un país. Y eso tampoco debería ser necesario para que alguien tenga derecho a conservar su hogar.

Pero, al menos, alrededor de esa exposición ha habido amor. Maricarmen tiene nombre, rostro, vecinos y una comunidad capaz de reconocerse en ella. Ha recibido abrazos, concentraciones, manifestaciones y una acampada levantada para protegerla. Su vulnerabilidad no ha despertado rechazo, sino cuidado.

Yo no sé mirar una imagen sin que otras se me mezclen dentro. Y mientras miro a Maricarmen, también estoy viendo Ceuta.

Allí hay otras personas vulnerables esperando. Menores, jóvenes, mujeres y hombres, muchos marroquíes, atrapados entre la intemperie, el miedo y un debate público que habla sin descanso de ellos, pero casi nunca con ellos.

También han sido desnudados ante nosotros, aunque de otra manera. Los hemos visto mojados, agotados, durmiendo en el suelo. Hemos visto sus cuerpos, pero apenas conocemos sus nombres. Los hemos expuesto sin biografía, sin intimidad y, demasiadas veces, sin compasión. Como si mostrar su sufrimiento bastara, aunque nadie se detuviera a escuchar su historia.

La pregunta es inevitable: ¿por qué unas vidas despiertan ternura y otras despiertan miedo?

Y entonces las dos imágenes se acercan solas.

Por Maricarmen, la gente sale a la calle para impedir que la expulsen de su casa. Por las personas de Ceuta, hay gente que sale a la calle para exigir que se marchen. Hoy mismo, mientras escribo, vuelve a celebrarse una concentración para pedir su expulsión.

Una mujer vulnerable rodeada de personas que quieren protegerla. Otras personas vulnerables rodeadas de quienes quieren expulsarlas. No son la misma historia. Pero la pregunta es inevitable: ¿por qué unas vidas despiertan ternura y otras despiertan miedo?

Quizá la diferencia empiece en algo tan sencillo como un nombre. Maricarmen tiene uno. Sabemos dónde duerme, qué puede perder y por qué esa pérdida sería insoportable. En Ceuta hablamos de “avalancha”, “invasión”, “menas” o “problema”. Se enseña el grupo y se borra a cada persona. Y cuando alguien deja de tener nombre, resulta mucho más fácil convertirlo en amenaza.

Aquí existen responsabilidades. Determinados representantes políticos han convertido el miedo en estrategia. Algunos activistas e influencers denuncian unas violencias mientras justifican o silencian otras. Y demasiados medios han hablado durante horas sobre los marroquíes sin contar con voces marroquíes. No se trata de culpar a Marruecos ni de sustituir una deshumanización por otra. Se trata de mirar lo que estamos construyendo aquí.

Porque las palabras nunca se quedan solo en las palabras. En Ceuta se han producido insultos, amenazas y agresiones contra personas percibidas como marroquíes. Y esta semana, en Tavernes, Mohamed fue golpeado mientras se escuchaba “a Marruecos”. Pocos minutos antes y en el mismo municipio, un joven nacido en España, de familia senegalesa, sufrió otra agresión que le fracturó la mandíbula. Los hechos se investigan y habrá que esclarecer su posible motivación racista. Pero no podemos fingir que el clima de odio no deja huella en la calle.

Aun así, entre todas estas imágenes aparece una posibilidad de esperanza.

Ver a tantas personas movilizarse por Maricarmen y por el derecho a la vivienda demuestra que todavía sabemos reconocer una injusticia y organizarnos frente a ella. Ojalá esa acampada crezca. La vivienda también atraviesa a las personas migrantes y racializadas, que además encuentran puertas cerradas por su apellido, su color de piel o su origen.

Pero esa esperanza será incompleta si no ensanchamos el “nosotros”. Podemos gritar contra el fascismo y conservar prejuicios racistas. Podemos considerarnos antifascistas y no reconocer la morofobia que también atraviesa nuestros espacios. El antirracismo y la lucha contra la morofobia y la islamofobia no vienen incluidos automáticamente: hay que nombrarlos, escucharlos y colocarlos en el centro.

Quiero que las personas de Ceuta dejen de ser una multitud sin rostro. Que conozcamos sus nombres y sus historias. Que reciban cariño, respeto, derechos y oportunidades

No basta con que las personas migrantes y racializadas estemos presentes en esos espacios. Nuestras voces y nuestras reivindicaciones deben formar parte de ellos desde el principio. Tal vez esa sea la oportunidad que nace ahora: conseguir que la solidaridad que ha abrazado a Maricarmen aprenda a no preguntar primero el origen, el apellido o la nacionalidad de quien necesita protección.

Quiero que Maricarmen conserve su casa. Y quiero que las personas de Ceuta dejen de ser una multitud sin rostro. Que conozcamos sus nombres y sus historias. Que reciban cariño, respeto, derechos y oportunidades. Que ninguna persona tenga que desnudar toda su vida para demostrar que merece nuestra empatía.

Maricarmen tiene nombre. Las personas de Ceuta también tienen uno, aunque demasiadas veces ni siquiera nos hayamos detenido a preguntárselo. Porque el dolor no tiene nacionalidad. Y la dignidad tampoco.

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Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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