Opinión
Moreno pero no verde
No hace tanto tiempo, la marca Andalucía estaba tan íntimamente ligada al PSOE como hoy parece estarlo al PP. Sin embargo, lo que al Partido Socialista le llevó décadas construir, los populares lo han conseguido, aparentemente, en apenas dos legislaturas. Y digo “aparentemente” porque vivimos en un tiempo mucho más volátil que el de antaño: los factores internos y externos irrumpen con una capacidad de perturbación que puede dar un vuelco a cualquier previsión en cuestión de semanas.
Moreno Bonilla no ha llevado a cabo ninguna transformación excepcional ni ha dejado un legado claramente identificable. Más allá de una bajada de impuestos regresiva, simplemente se ha limitado a minimizar errores y caer bien. Y ojo, porque esto último es clave en política. Votar a alguien afable, tranquilo y simpático es más apetecible que votar a una persona enfadada con el mundo.
El modelo de privatización continuará avanzando bajo eufemismos como “colaboración público-privada” o “conciertos”, siempre envuelto en una narrativa amable, comunicada con una sonrisa.
Es cierto que Andalucía ha mejorado algunos indicadores, como el empleo o el PIB, incluso por encima de la media nacional. Pero lo ha hecho a costa de mantener debilidades estructurales: baja productividad, rentas inferiores y una posición persistente en la cola económica del país. No se están cerrando brechas históricas de manera significativa. Y en ámbitos clave como la sanidad, los datos siguen situándonos entre los peores del Estado. Tampoco hay señales claras de que esta tendencia vaya a revertirse. Al contrario: el modelo de privatización continuará avanzando bajo eufemismos como “colaboración público-privada” o “conciertos”, siempre envuelto en una narrativa amable, comunicada con una sonrisa.
Entonces, ¿Qué está pasando?
Hay varias razones que ayudan a entenderlo. En primer lugar, la escasa conciencia ciudadana sobre la importancia de unas elecciones autonómicas, algo que se refleja con claridad en los niveles de participación, siempre inferiores a los de unas generales. En segundo lugar, la gestión comunicativa de los episodios desestabilizadores.
No existe la percepción de que un cambio político vaya a traducirse en una mejora sustancial.
Parece que la grave crisis del cribado del cáncer de mama no ha sido capaz de erosionar su figura de forma tan directa como lo ocurrido con su compañero Mazón en Valencia (o en el Ventorro). La ciudadanía e instituciones andaluzas no han acompañado y apoyado a las mujeres afectadas en su lucha excepto en contadas ocasiones. En las situaciones delicadas, como la tragedia ferroviaria de Adamuz, la gestión ha reforzado su perfil: discreto, sin estridencias, aparentemente solvente.
En tercer lugar, no existe la percepción de que un cambio político vaya a traducirse en una mejora sustancial. El ejemplo más evidente es la vivienda: ni siquiera desde el Gobierno central se ha conseguido demostrar —o hacer creíble— que una alternativa progresista pueda alterar una situación que ya es límite. En ese contexto, el PSOE no genera ilusión.
Por Andalucía tampoco ha logrado consolidarse como una opción atractiva tras cuatro años marcados por tensiones internas y falta de proyecto reconocible. Adelante Andalucía podría ser una excepción parcial: su desempeño parlamentario y comunicativo ha sido sólido, y eso probablemente le permita crecer, veremos cuánto; su implantación territorial es desigual y su identidad ideológica sigue limitando su capacidad de expansión.
Por su parte, VOX, potencial socio del PP, llega debilitado por cuestiones bastante llamativas: problemas internos, escasa producción política y liderazgos poco relevantes más allá de sus consignas habituales.
El problema de la izquierda andaluza no es, fundamentalmente, el sistema de reparto de escaños —aunque influya—. Es un problema de liderazgo y, sobre todo, de movilización. Ese “clic” no se ha producido. Es lo que Pedro Sánchez intenta reactivar a nivel estatal y lo que sigue faltando en el sur si se quiere romper con las inercias que arrastramos desde hace décadas.
Quizá ese elemento aglutinador pueda venir de lo verde, como ya ocurre en otros lugares de Europa. Ese verde que muestra orgullosa nuestra bandera. Pero no entendido únicamente como ecología. Hablamos de un verde más amplio: laboral, económico, social y democrático. Un verde que reivindique la gestión justa y eficiente de lo común. Que ponga en el centro los cuidados y la justicia social sobre una bonificación al impuesto de sucesiones.
Eso —y no otra cosa— es lo que hay que ser capaz de explicar. Y, sobre todo, de hacer creíble.
Junta de Andalucía
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