Opinión
Proteccionismo para mí, liberalismo para ti, el miedo al tomate marroquí: cuando el liberalismo tiene frontera

Quieren libre mercado cuando tienen poder dentro del mercado. Quieren proteccionismo cuando se enfrentan a competencia más débil.
Invernaderos Cabo - 5
Un invernadero en Almería Álvaro Minguito

Vox en Almería quiere hablarnos del “relevo generacional” en la agricultura. Dice que nuestros productores están ahogados por la regulación. Que las normas laborales y fitosanitarias son demasiadas. Que Marruecos compite de forma desleal porque allí todo vale: salarios bajísimos, menos controles, precariedad total.

Los números dicen algo diferente: en 2024-2025, Almería exportó 375.000 toneladas de tomate, un 5,4% más que el año anterior, por 621 millones de euros—casi 10% más que la campaña anterior. El sector crece. Bajo regulación. Exactamente bajo esa regulación que Vox presenta como un yugo insoportable.

¿Entonces qué pasa realmente? Aquí es donde hay que entender bien de qué acuerdo hablamos.

Lo que nadie quiere explicar del acuerdo

El Tratado de Asociación UE-Marruecos lleva desde 1996 vigente. El conflicto se intensificó después de que el Tribunal de Justicia de la UE anulase en octubre de 2024 los acuerdos agrícolas y pesqueros entre la UE y Marruecos aplicados al Sáhara Occidental por no contar con el consentimiento del pueblo saharaui. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ya lo había dicho antes: esto es ilegal sin consentimiento del pueblo saharaui. Marruecos y territorio saharaui son, según la sentencia de octubre de 2024, “territorios separados y distintos”.

Porque el liberalismo de Vox no es un principio. Es un arma. Quieren libre mercado cuando tienen poder dentro del mercado. Quieren proteccionismo cuando se enfrentan a competencia más débil

La UE ha intentado preservar su asociación estratégica con Marruecos pese a las sentencias. Los productores españoles tienen razón en algo: ese acuerdo que incluye tomates del Sáhara como marroquíes es un problema. No porque los tomates marroquíes compitan, sino porque estamos blanqueando ocupación territorial.

Pero aquí es donde Vox da media vuelta: en lugar de decir “exijamos que Bruselas cumpla con las sentencias del tribunal”, dicen “bajemos nuestras regulaciones para competir”. Eso no es una solución. Es invertir el problema.

El doble rasero liberal

En su programa electoral, Vox promete “bajada radical de impuestos y reducción de la burocracia” y que “nuestros agricultores puedan producir como saben hacerlo, sin burócratas dictando cada paso”. Menos regulación, más libertad para que empresarios ganen dinero. Este es el argumento que usan dentro de España.

Cuando se trata del exterior, sin embargo, de repente todo cambia. Dicen que Marruecos compite “deslealmente porque no tiene nuestras normas”. Aquí está el problema.  Si realmente creen que menos regulación es mejor para la economía—como dice su programa cuando habla de Almería—¿por qué se quejan de que otros países tengan menos regulación?

Porque el liberalismo de Vox no es un principio. Es un arma. Quieren libre mercado cuando tienen poder dentro del mercado. Quieren proteccionismo cuando se enfrentan a competencia más débil.

Lo vergonzoso es algo más profundo. En Almería trabajan migrantes en condiciones precarias. Vox los describe como aquellos que “vienen a vivir del esfuerzo de los demás”—pero la realidad es distinta: muchos huyen de situaciones peores en sus países. La lógica es perversa pero clara: estos trabajadores tienen menos derechos laborales que un español, sí, pero más de los que tenían en origen. Eso es suficiente justificación. Trabajan sin garantías, sin protección sindical, sin poder negociar. Es lo que llamamos informalidad: trabajo por fuera del sistema legal, sin registro, sin derechos. Y el sistema ha encontrado en esto una razón moral para aceptarla: si ganan más que en casa, ¿de qué se quejan?

Su estrategia es clara: mantener a los migrantes en la precariedad es políticamente rentable. La informalidad los vuelve vulnerables, controlables, baratos.

Este es el corazón del doble rasero. Vox quiere preservar exactamente eso: la posibilidad de tener trabajadores sin derechos completos dentro de Almería. No porque le preocupe que Marruecos tenga malas condiciones laborales. Le preocupa que esa precariedad no le permita abaratar costes en España. Si los marroquíes ganan aún menos, o si Almería pudiera bajar sus propios costes laborales, sus márgenes de ganancia serían mayores. Eso es lo que le importa: la competencia de precios, no la dignidad.

Vemos esto claramente en la reciente polémica sobre regularización de inmigrantes. Mientras una encuesta de 40dB publicada por El País mostró que el 37,6% de españoles apoyan la regularización extraordinaria y el 33% se opone, Vox anunció que llevaría la cuestión al Supremo, asociando la regularización con una “invasión e islamización de la sociedad”. Su estrategia es clara: mantener a los migrantes en la precariedad es políticamente rentable. La informalidad los vuelve vulnerables, controlables, baratos. Una vez regularizados, tendrían derechos que reclamar, poder de negociación, visibilidad legal. Eso es lo que Vox quiere evitar.

Eso revela el verdadero problema. No es la regulación en sí. Es a quién le interesa que haya regulación y a quién no. Y cómo se usa la desigualdad global—la informalidad de los migrantes aquí, la falta de derechos en Marruecos—para justificar aceptar desigualdad local.

El verdadero argumento

La pregunta que nadie quiere hacer es esta: ¿por qué nosotros nos imponemos regulación si realmente creemos que mata la economía?

Porque sabemos que funciona. Que funciona para tener trabajadores dignos, sociedades menos desiguales. Si eso es verdad—y todo indica que lo es—entonces el argumento no debería ser “quitémosle regulación a Almería”. Debería ser “exijamos que esta regulación sea universal”.

Vox ofrece algo diferente. En su programa promete “bajada radical de impuestos y reducción de la burocracia” para Almería, pero pide “exigir la suspensión inmediata del acuerdo agrícola entre la UE y Marruecos”. No quiere que Marruecos cumpla nuestras normas. Quiere cerrar comercio. Es una salida fácil: culpar al marroquí en lugar de cuestionarse por qué competimos bajando derechos aquí. Pedir menos acuerdos en lugar de exigir que se cumplan estándares universales. Es la lógica de la carrera hacia el fondo.

La otra opción—más difícil, más justa—es decir: Almería puede crecer bajo regulación. Ha crecido. Lo que necesita es que eso sea verdad también en Marruecos. Que los acuerdos comerciales no se basen en permanecer ciegos ante explotación.

Eso es lo que alguien debería estar diciendo a los agricultores asustados de Almería. Pero no lo dice. Porque exige más que miedo. Exige principios.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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