Maya Wind: “La campaña por el boicot académico a Israel es una batalla por la desmilitarización”

En 'Torres de acero y marfil: Cómo las universidades israelíes destruyen la libertad palestina', la investigadora y activista nacida en Jerusalén analiza la complicidad institucional con el colonialismo de poblamiento y la producción de conocimiento opresivo contra los palestinos.
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La antropóloga israelí Maya Wind posa delante de Anti Liburudenda, donde presentó 'Torres de marfil y acero'. Adur Galdos
26 may 2026 05:00

Maya Wind, investigadora israelí crecida en Jerusalén, se sabe privilegiada y considera que su deber es responder a la llamada de Palestina. Desde que, recién cumplida la mayoría de edad, se declaró insumisa al ejército de su país (un gesto que le valió ser nombrada presa de conciencia por Amnistía Internacional), su aportación al boicot del Estado genocida israelí ha discurrido por dos vías: la investigación académica y el activismo.

Nunca ha viajado a Bilbao. Por la mañana se reúne con profesores y alumnos de la EHU que militan contra el genocidio sobre Palestina y por la tarde presenta su libro en Anti Liburudenda, 'Torres de acero y marfil: Cómo las universidades israelíes destruyen la libertad palestina' (Verso Libros, 2026). Después viajará a Valencia, Barcelona y Madrid en una gira donde trata de poner el foco sobre la estrecha imbricación entre universidad e industria militar israelíes como pilares del proyecto sionista que, desde 1948, persigue la erradicación del pueblo palestino y de su cultura.

Dentro de La Sinsorga, la investigadora postdoctoral de la Universidad de California se acomoda en  un mullido sofá tostado del segundo piso. Los cojines amortiguan un poco los golpes mientras Maya habla del apartheid que sufre el pueblo palestino y de la manera de hacerle frente desde la academia, con una sonrisa que suena a “jo ta ke, Palestina askatu arte”. 

¿Te sitúas dentro o fuera de las torres de marfil que intentas desmantelar?
En 2004, diversos intelectuales y activistas de Palestina se reunieron para crear la PACB, la Campaña Palestina por el Boicot Académico y Cultural a Israel, y llamaron al boicot de las universidades israelíes, señalando “su complicidad con el sistema de opresión de Israel contra el pueblo palestino”. Desde la perspectiva de la academia y de las organizaciones de la sociedad civil palestina, estas torres universitarias israelíes (lo que  llamo “torres de acero y marfil”) son un pilar central del colonialismo de poblamiento, del apartheid de Israel y del dominio racial israelí. Desestabilizarlas era importante para su lucha de liberación hace veinte años, y ahora lo sigue siendo.

Sobre si yo estoy dentro o fuera: el proyecto que los palestinos están reclamando es de desmantelamiento, pero de un desmantelamiento orientado a reconstruir, porque ese es el trabajo de la descolonización. Sabemos, históricamente, por Estados coloniales de poblamiento y otros proyectos imperiales (y esto lo conocéis bien aquí en Europa), nunca se desmantelan desde dentro, desde la sociedad colonizadora, desde los colonos: son precisamente quienes se benefician del sistema de dominación. La descolonización tiene que comenzar con una fuerza externa.

Las universidades israelíes no son torres de marfil: son pilares del colonialismo de poblamiento y del apartheid. Desestabilizarlas es una parte importante de la lucha por la liberación palestina

Existe resistencia desde el pueblo palestino, pero lo que la sociedad civil palestina está pidiendo es que quienes formamos parte de la comunidad internacional (especialmente en Europa y América del Norte, los Estados que arman a Israel, que facilitan su impunidad en los tribunales internacionales y que mantienen lazos económicos, culturales y políticos con el Estado israelí y con el proyecto sionista) asumamos nuestra responsabilidad. Lo que los palestinos le están pidiendo a Occidente es que asuma su propia complicidad directa y que retire los obstáculos del camino hacia la liberación del pueblo palestino. Ese es el proyecto del boicot académico.

El BDS cumple veinte años. ¿Ha funcionado?
La convocatoria al boicot académico fue, de hecho, la convocatoria fundacional del movimiento BDS. El llamamiento general llegó en 2005, pero el boicot académico ya se había lanzado en 2004. Fue el núcleo del que nació todo lo demás. El movimiento BDS ha tenido un éxito enorme. No es una cuestión de opinión: es un hecho. Los avances conseguidos en dos décadas, y especialmente en los últimos dos años y medio de genocidio, son muy importantes.

Hoy Israel es un lugar distinto. Está mucho más aislado, mucho más desestabilizado. En particular, el boicot académico es uno de los ámbitos donde ese aislamiento se hace más visible. Se habla sobre ello en los medios israelíes, en los círculos académicos israelíes: la academia está cada vez más acorralada. En el sistema universitario israelí reina un pánico absoluto. Y la movilización de las universidades del Estado español es una buena muestra de ello.

¿Qué rol juegan los fondos europeos en este boicot?
Además de que Israel tiene acceso a convocatorias de las que muchos países fuera de la UE quedan excluidos, lo cual no es un privilegio menor, el fondo Horizon Europa es crucial para la financiación de las universidades israelíes. Desde la renovación de Horizon Europa en 2020, Israel ha recibido más de 1.100 millones de euros. Pero entre 2024 y 2025 se ha producido una caída del 68,5% en las subvenciones recibidas por académicos israelíes. ¿Cómo se explica semejante desplome en un país que era uno de los líderes en la captación de estas ayudas? Por el movimiento BDS. Quienes evalúan estas solicitudes son académicos de universidades europeas. No hay otra manera de explicarlo.

Israel ha recibido más de 1.100 millones de euros de los fondos Horizon Europe desde 2020. Pero entre 2024 y 2025 se ha producido una caída del 68,5% en las subvenciones recibidas por académicos israelíes.

El profesorado israelí está siendo excluido de estos fondos, y la financiación que parecía segura se está perdiendo. La academia israelí está en serios problemas porque depende, de manera crítica, de Europa y América del Norte para mantener su legitimidad y sus rankings internacionales. El movimiento BDS ha conseguido victorias extraordinarias en el ámbito cultural, político y económico. Pero es en el terreno del boicot académico donde los resultados han sido más contundentes.

¿Y qué puede hacer la ciudadanía para contribuir al BDS?
Todo lo que se pueda hacer importa, y lo necesitamos todo. La teoría del cambio del movimiento BDS es “lucha donde estés”. Y eso vale en un sentido amplio del términos: si formas parte del alumnado, investigas o trabajas en una universidad, tu tarea es hacer boicot académico. Si estás en un sindicato, te movilizas allí. Luchamos en todos los frentes allí donde estamos. Para el estudiantado y el profesorado, es esencial no parar de movilizarse.

En el Estado español ha habido victorias enormes, más que en casi ningún otro lugar. Muchas universidades han declarado oficialmente que van a cortar sus vínculos con las universidades israelíes. La academia israelí ha entrado en pánico. El Consejo de Rectores de Israel envió varias cartas de alarma a los rectores españoles para discutirlo y bloquear la decisión. Esto fue ampliamente cubierto por los medios de Israel, lo que demuestra el peso real de lo que ocurrido en este país. La academia israelí está muy molesta por la exitosa campaña de boicot de las universidades españolas, que fue resultado de la organización del estudiantado, el personal y el profesorado. Construyeron la presión desde la base.

Estuviste presente cuando la policía desalojó los campamentos de Columbia y de Ámsterdam. ¿Encontraste alguna relacion entre ambos sucesos?
Fui miembro de Students for Justice in Palestine en Columbia. Estudié allí y fui organizadora estudiantil en 2010. Conozco bien ese campus y su política sobre Palestina desde dentro. En Ámsterdam estuve presente durante el surgimiento de los campamentos. También estuve en los Países Bajos mientras los desalojaban. Pude ver de cerca lo que ocurría y conocer al estudiantado de varios países europeos durante esos días.

La represión violenta de los campamentos en Europa y en Estados Unidos mostró el poder de una movilización estudiantil sin parangón en su alcance. Llevábamos más de quince años trabajando en el boicot académico, construyendo campañas por el sistema universitario occidental y encontrando mucha resistencia. Íbamos ganando impulso, pero muy gradualmente.

La academia israelí está muy molesta por la exitosa campaña de boicot de las universidades españolas, que fue resultado de la organización del estudiantado, el personal y el profesorado. Construyeron la presión desde la base

Los campamentos fueron una explosión de apoyo y movilización en defensa de Palestina a una escala que nunca habíamos visto en las universidades occidentales. Fue muy poderoso y sacudió el status quo del sionismo, que es la posición hegemónica e institucional en el sistema universitario occidental. Lo perturbaron de manera radical. Y la intensidad de la reacción (de las instituciones, de los Estados, de las fuerzas policiales, la represión contra el estudiantado) solo demuestra lo poderoso que fue.

También revela qué papel juegan el Estado israelí y el proyecto sionista para el imperio estadounidense y el colonialismo europeo: todos estos Estados tienen interés en la continuación de este proyecto. Todo el mundo lo sabe: esto es un genocidio, y sigue en escalada. Y aun así, los israelís están comprometidos con ese proyecto. Están dispuestos a desatar la violencia contra su propio estudiantado para proteger y defenderlo. Eso es lo que estamos aprendiendo ahora.

Además, quedó al descubierto hasta qué punto las propias universidades europeas y estadounidenses son instituciones coloniales, algo que, por supuesto, ya sabíamos. Fueron construidas gracias al botín del comercio de esclavos, de la colonización y del imperialismo europeo y americano. Y siguen produciendo conocimiento que sostiene formas perdurables de ese imperialismo y ese colonialismo. Tanto en Estados Unidos como en Europa, las industrias militares trabajan muy estrechamente con las universidades locales. Son parte de esa enorme maquinaria de guerra, y los campamentos ayudaron a hacerlo visible. La represión que vino después lo reveló aún más y educó a mucha gente que antes no era consciente del alcance de todo esto. Ahí reside la importancia de ese momento.

Necesito preguntarte por la percepción del apartheid dentro de la sociedad israelí. ¿Por qué un movimiento de protesta estudiantil comparable al de cuando tú tenías dieciocho años no ha vuelto a producirse?
No lo sé. El movimiento estudiantil verdaderamente radical en las universidades israelíes siempre ha sido, en el fondo, el palestino. Ha habido momentos históricos con algo más de movilización de la izquierda judía israelí, pero siempre fue una minoría muy pequeña. Apenas existe movilización antisionista entre los judíos israelíes.

Pero desde el momento en que el estudiantado palestino entró en el sistema universitario israelí (algo por lo que, dicho sea de paso, tuvieron que pelear, porque fueron excluidos y vigilados precisamente por su capacidad de organizarse), su politización fue inmediata y su militancia fue real. En todas las universidades palestinas (Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este) se observó un activismo y un coraje extraordinario por parte de los sindicatos estudiantiles, que se movilizaron sin cesar pese a estar sometidos a torturas, secuestros y detenciones durante meses sin juicio por el gobierno militar israelí. Hubo una movilización formidable del estudiantado palestino en todos los territorios bajo control israelí.

Es una locura imaginar la situación. Me recuerda a esta frase de Chuck Palahniuk: “solo cuando hemos perdido todo somos libres para actuar”.
Es muy difícil de imaginar. El cuerpo estudiantil israelí es un microcosmos de la sociedad israelí y refleja fielmente su estado general. Ahora hay gente que dice: “La sociedad israelí se ha desplazado a la derecha”. Puede ser, pero no ha cambiado de manera fundamental. La sociedad israelí ha sido esencialmente la misma desde los orígenes del Estado: la inmensa mayoría de los judíos eran sionistas y siguen comprometidos con el proyecto de limpieza étnica de la tierra palestina y de sustitución de sus habitantes por judíos israelíes. Eso no empieza en 1948 ni termina con la fundación del Estado. En ese sentido, el estudiantado no es diferente.

De hecho, lo que estamos viendo es que muchos grupos estudiantiles se están movilizando ahora dentro de los campus para intimidar aún más a los organizadores palestinos. Grupos de estudiantes judíos israelíes participan en campañas de acoso y silenciamiento: siguen a compañeras palestinas en las redes sociales y las denuncian a la policía y a la administración, hostigan al profesorado palestino, organizan campañas públicas contra quienes se atreven a hablar contra el genocidio o simplemente sobre los derechos palestinos. Ellos también son parte de la maquinaria.

Grupos de estudiantes judíos israelíes participan en campañas de acoso y silenciamiento de compañeras palestinas en las redes sociales y las denuncian a la policía, hostigan al profesorado, organizan campañas contra quienes protestan contra el genocidio. Ellos también son parte de la maquinaria.

Y además, claro, muchos de ellos son soldados, soldados que cursan sus estudios como parte del servicio militar o soldados de reserva. Hay que entender que la mayoría de las fuerzas israelíes son reservistas, personas que no están en servicio activo obligatorio. El ejército israelí fue diseñado para poder expandirse a voluntad, y eso depende en gran medida de tener gente en reserva: veintitantos, treinta, cuarenta años, muchos estudiantado universitario. Durante los últimos dos años y medio, hemos visto estudiantes que iban a Gaza o al Líbano por la mañana y después volvían a sus aulas a las cuatro de la tarde. Esa es la realidad del estudiantado israelí.

A veces se habla de una sociedad que no mira. Pero tú describes algo más que la negación o el silencio.
Hay que recordar que este genocidio no lo comete solo el Estado israelí, lo comete también el pueblo israelí. Es una sociedad entera fundada estructuralmente sobre el genocidio, y esto no podría haberse sostenido durante dos años y medio sin la implicación activa de esa sociedad, incluidas todas esas instituciones que se llaman a sí mismas de la sociedad civil, incluidas las universidades. Ha sido un reclutamiento absoluto. Esto es algo peor que el silencio o el consentimiento pasivo. Hay una colaboración directa de los israelíes en este proyecto de eliminación. 

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La antropóloga Maya Wind presenta 'Torres de acero y marfil' (Verso Libros) junto al investigador Aitor Bikandi en Anti Liburudenda. Adur Galdos

En tu investigación has encontrado numerosos ejemplos de la conexión directa que existe entre universidad y sistema militar en Israel.
Una de las cosas que analizo en el libro es cómo las universidades israelíes adquieren las cualidades de una base militar, en el sentido de que también forman soldados para hacer el trabajo del apartheid y del genocidio. En la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Tel Aviv existe, por ejemplo, un programa de grado llamado Erez que te prepara soldados para ser comandantes de unidades de combate, incluidas las enviadas a Gaza desde 2023. En la Universidad Hebrea colaboran con el cuerpo de inteligencia en el departamento de Estudios de Oriente Medio para adiestrar soldados en conocimientos lingüísticos y regionales que después les permitan vigilar a los palestinos y a otras poblaciones de la región.

En la Universidad Hebrea colaboran con el cuerpo de inteligencia para adiestrar soldados en conocimientos lingüísticos y regionales que después les permitan vigilar a los palestinos y a otras poblaciones de la región.

Desde 2023, la unidad A200 —una de las unidades principales del cuerpo de inteligencia— participa además en lo que Israel llama «bancos de objetivos», es decir, la clasificación de edificios enteros y comunidades para su eliminación. Las universidades israelíes llevan dos años y medio haciendo esto, pero no es algo nuevo. Todas tienen múltiples programas en los que forman a soldados en sus campus o trabajan directamente al servicio del ejército. Esta participación en la formación militar es solo uno de los muchos ejemplos de esa imbricación y esa complicidad.

En el libro también hablas de la arqueología israelí como una disciplina atravesada por el proyecto colonial. ¿Puede alguien que trabaja en ese campo creer realmente lo que está haciendo?
Creo que es menos relevante preguntarse cómo se siente la gente o cómo narra su propio trabajo. Podemos analizarlo, pero lo que más importa es lo que hacen en la práctica. Por supuesto que hay muchas personas ideológicamente comprometidas entre los arqueólogos israelíes, también en las universidades, que creen en narrativas bíblicas y son sionistas religiosos muy convencidos. Pero eso me parece lo de menos. Lo que importa es la estructura.

Esto es una acusación a la arqueología como disciplina. Hay que entender que la arqueología en la academia israelí no podría haberse desarrollado sin el territorio palestino ocupado. Durante más de medio siglo de ocupación se puede ver cómo se inauguran esos institutos y cómo se expande el campo a través de excavaciones ilegales. Bajo el derecho internacional, realizar excavaciones en territorio ocupado es absolutamente ilegal. Israel lo hace constantemente. El robo y el expolio de artefactos palestinos son la base de ese desarrollo.

Hablo de una práctica que se remonta a variasr décadas atrás. Y se puede ver también desde el inicio del genocidio, en 2023: la Universidad Al-Azhar de Gaza tiene una colección enorme, miles de artefactos raros. El ejército israelí los tomó antes de volar el campus, y ahora están en manos israelíes. Es una apropiación continua, y esa es la base de la arqueología israelí. Están construyendo constantemente narrativas académicas pseudocientíficas para justificar la expulsión sistemática de comunidades palestinas de sus tierras, bajo la excusa de yacimientos o excavaciones arqueológicas, o fabricando la afirmación de que están encontrando restos de civilización judía. Y a través de eso expanden los asentamientos judíos. Todo esto forma un proyecto enorme, y la manera en que se produce ese conocimiento alimenta directamente la limpieza étnica.

¿Qué pasa con las universidades y los campus palestinos destruidos por Israel? ¿Siguen existiendo?
Existen, pero no sus campus. El estudiantado sigue haciendo su trabajo, y el profesorado sigue haciendo el suyo. Creo que todo el mundo debería seguir el trabajo de las universidades de Gaza –tienen una página web, se puede ver lo que hacen– y donarles. Yo estoy donando los ingresos de mi libro al comité de emergencia de las universidades de Gaza. Siguen educando a sus estudiantes, siguen dando titulaciones, pero lo hacen muchas veces en tiendas de campaña o en edificios bombardeados, porque sus campus han sido físicamente arrasados.

Hablas de las universidades israelíes y explicas que ya existían antes de la fundación del Estado de Israel en 1948. Visto desde hoy resulta irónico pensar que fue el mismo año en que se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. ¿Qué papel tuvieron esas universidades en la construcción del Estado?
Hay que entender que en el contexto israelí las universidades no fueron diseñadas simplemente como centros científicos. Fueron diseñadas como instituciones para la construcción del Estado, y eso empezó a gestarese incluso antes de que el Estado existiera. La Universidad Hebrea fue la primera, en 1918, y después el Instituto Weizmann en Rejovot y el Technion en Haifa, construidos en los años veinte y treinta. Son instituciones establecidas explícitamente para anclar el proyecto estatal. Y en los prolegómenos de la guerra de 1948, la Nakba, fueron reclutadas —sus estudiantes, sus laboratorios, su personal— para producir armas y tecnologías para la expulsión palestina. Desarrollaron y almacenaron armas en sus propios campus. Esas fueron las bases que utilizaron la Haganá y las milicias sionistas. Las universidades son parte fundacional del Estado de Israel.

Hablemos de una palabra con un significado horrible: escolasticidio. Un término que ha sido usado en distintos contextos a lo largo de la historia, también en referencia al Holocausto. Y ahora en tu libro.
El escolasticidio es un término acuñado por una teórica política y jurista palestina afincada en el Reino Unido, Karma Nabulsi. Describe cómo Israel destruye sistemáticamente los centros de educación palestinos como táctica de dominación colonial. Y tienes razón, precede también al Estado. Se remonta a los primeros tiempos del movimiento sionista. La educación palestina siempre fue vista como una amenaza para el dominio israelí. Israel ha atacado escuelas y universidades palestinas porque entendía esos centros como focos de resistencia. Por eso los ha reprimido, bombardeado y obstaculizado de manera sistemática.

La educación palestina siempre fue vista como una amenaza para el dominio israelí.  han atacado escuelas y universidades palestinas porque entendía esos centros como focos de resistencia.

Es lo que vemos ahora con la destrucción de todos los campus de Gaza, algo que la propia universidad, el Estado y el ejército israelíes no niegan. Lo anunciaron, lo mostraron ellos mismos, lo difundieron. Es un proyecto abierto de destrucción. No es algo nuevo. Es solo una escalada terrible de un proyecto que lleva décadas en marcha.

¿Cómo se explica el desarrollo de la destrucción israelí en Palestina?
Este proyecto de eliminación y de limpieza étnica de los palestinos viene del principio. Siempre que el Estado israelí ha entendido que tenía oportunidades de escalarlo con impunidad, lo ha hecho. Lo que ha ocurrido desde octubre de 2023 es que los países que arman directamente a Israel, lo financian y le dan cobertura política y jurídica (principalmente la mayoría de Europa y Estados Unidos) le dieron carta blanca. Y siguen haciéndolo. ¿Qué consecuencias ha tenido Israel? Dos años y medio, treinta y un meses de genocidio.

Europa y Estados Unidos lo están facilitando y permitiendo. La Naksa (la guerra de los Seis Días de 1967) fue un evento determinante, pero hubo un proceso continuo de eliminación, y cuando pudieron escalarlo, lo hicieron, y nadie les ha detenido todavía. Continuarán hasta que alguien lo haga. Por eso el movimiento BDS es urgente. Todas las personas de la sociedad civil internacional, especialmente en Europa y Estados Unidos, tenemos que movilizarnos: es nuestra responsabilidad construir desde la base para desmantelar el régimen y erosionar sus pilares.

Tu ciudadanía israelí y tu conocimiento del hebreo te dieron acceso a archivos estatales, militares e institucionales que son en gran medida inaccesibles para investigadoras palestinas e internacionales. ¿Crees que esa puerta sigue abierta para ti después de publicar este libro?
Es difícil saberlo. Han cambiado muchas cosas. Pero la manera en que lo pienso no ha cambiado desde mis inicios: me entiendo como una académica judía israelí que tiene la responsabilidad de usar sus privilegios para estudiar los sistemas de violencia de su propio Estado. Es mi responsabilidad como investigadora hacer ese trabajo, ponerlo al servicio de mis colegas palestinas y, junto a ellas, usar ese acceso para desenterrar y escribir sobre la violencia israelí. Ese va a ser siempre mi trabajo. Llevo haciéndolo toda mi vida adulta, desde mi primera entrada en la política como estudiante de bachillerato en 2008, junto a un grupo de jóvenes que se declararon públicamente objetoras de conciencia.

Tengo mucha curiosidad por saber cómo te politizas tan joven, dentro de un contexto tan complejo como la sociedad israelí.
Crecí en Jerusalén durante la segunda intifada y ese fue el contexto en el que me politicé. Después fui conociendo a gente palestina, fui a Cisjordania, participé en protestas y fui testigo de lo que el ejército hacía realmente. Me uní a ese movimiento y me negué a cumplir el servicio. Desde que salí de prisión y fui dada de baja en 2008, este ha sido mi trabajo. Entré en la universidad para continuar con él, no solo como activista sino también como investigadora y académica, poniendo al servicio de la investigación crítica las herramientas y los conocimientos que fui adquiriendo.

Estados Unidos tiene uno de los lobbies pro-israelíes más poderosos del mundo. ¿Cómo es posible investigar esto dentro del sistema universitario estadounidense?
Sin duda, también existe laay represión del trabajo crítico sobre el sionismo y sobre Palestina en la academia estadounidense. Eso está cambiando, y ahora hay una reacción violenta contra ese cambio. Pero se está haciendo investigación crítica muy seria sobre estos temas en las universidades americanas, y va a seguir haciéndose. No pueden detenerlo. Pero no es tanto que haya un lobby: Israel está integrado en el imperio estadounidense y cumple una función crucial dentro de él. Por eso está tan protegido por las instituciones de Estados Unidos, incluidas las universidades. Tengo compañeras y colegas, y todas continuamos con esta investigación. 

¿Puedes confirmar que Israel está usando a los palestinos como laboratorio de pruebas para tecnologías que después llegan a Europa y a Estados Unidos?
Sí, sin duda. Sabemos que una de las razones por las que Europa y Estados Unidos tienen tanto interés en Israel es que allí se prueban tecnologías, no solo israelíes sino también americanas y europeas. Los palestinos llevan mucho tiempo siendo una población sobre la que se ensayan armas y tecnologías que después se refinan y se venden en el exterior. En el caso de Estados Unidos, con grandes industrias militares como Raytheon o Lockheed Martin implicadas. La tecnología americana ha sido utilizada por el ejército israelí contra los palestinos, y después refinada y desarrollada en el campo de  batalla. Lo que durante años se llamó «ayuda militar» no era tal: eran contratos para comprar armas americanas. Israel fue la vía que encontró el gobierno de Estados Unidos para transferir dinero público —impuestos de las ciudadanas americanas— a las industrias militares privadas. La guerra es rentable para todas las industrias militares —europeas, americanas, israelíes— y hay un enorme interés en que el colonialismo y la guerra en Oriente Medio continúen.

Nieta de supervivientes del Holocausto, judía israelí, antisionista. ¿Cómo sostienes todo eso junto?
Como puedes imaginar, mis abuelos son todos de Europa. Sus familias fueron casi exterminadas y yo crecí con eso en casa. Especialmente los padres de mi padre, que me lo contaban. El genocidio estuvo muy presente en mi vida desde que era niña, era algo que conocía de cerca. Entender cómo es posible que una sociedad cometa un genocidio fue una pregunta que me interesó desde muy joven, aunque entonces miraba en otra dirección. Ahora es parte del trabajo que hago como investigadora: intentar entender cómo es posible en el caso israelí. Mientras crecía pensaba en los europeos. Ahora pienso en los israelíes. Pero es la misma pregunta: ¿qué hace falta para cometer un genocidio?

Hacen falta muchas cosas distintas. Pero una de las que estoy analizando ahora en el caso israelí es qué tipo de instituciones —universidades, escuelas— se necesitan. Cuando la gente piensa en el genocidio o en la guerra, piensa en el ejército, en la policía, en las empresas de armas. Pero es algo mucho más amplio que eso. En el caso israelí es una sociedad entera fundada sobre el genocidio, sobre la limpieza étnica de los palestinos. Requiere todas las instituciones del Estado y la implicación del pueblo israelí en ese proyecto.

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Maya Wind durante la presentación de 'Torres de marfil y acero' en Anti Liburudenda. Adur Galdos

Una reseña académica del libro dice que «presumes hablar en nombre de la sociedad civil palestina». ¿Lo haces?
No he visto ninguna crítica palestina al libro en ese sentido. No creo estar presumiendo de hablar por los palestinos. Nunca lo he dicho. Mi libro es una respuesta a una convocatoria palestina, y surge de mi trabajo en torno al boicot. Nunca he hablado en nombre de los palestinos. Lo que he hecho como israelí es responder a la llamada de mis colegas palestinas, que han exigido responsabilidad a las universidades israelíes por su violencia. La PACB y el BNC —el Comité Nacional del Boicot— lanzaron el llamamiento completo al BDS. Si lees sus convocatorias de 2004 y 2005, dicen explícitamente que están «llamando a la conciencia de los israelíes para que se unan a su lucha de liberación». Soy parte de Boycott From Within, un grupo de ciudadanas israelíes que se moviliza por el BDS y trabaja con la PACB y el BNC en campañas de boicot cultural y académico. Estamos respondiendo a una convocatoria de nuestras colegas palestinas. Este libro fue escrito como respuesta a esa llamada. Nunca presumo de hablar por nadie: es un diálogo con lo que los palestinos están haciendo y exigiendo. Eso es lo que le diría a esa reseña.

En Hordago estamos investigando la conexión entre las universidades del País Vasco y el Estado genocida de Israel. ¿Tienes algún consejo para tratar este tema?
Sería un desarrollo muy importante que las universidades vascas tomaran una posición institucional para cortar los vínculos con Israel. No solo anunciarlo, sino hacerlo de verdad. Hay universidades que lo declaran sobre el papel, para quedar bien y decirle a su estudiantado «lo estamos haciendo». Nuestro trabajo como movimiento es hacer el seguimiento para asegurarnos de que realmente implementan lo que dicen. Pero que lo anuncien ya es una buena noticia.

La Universidad Pública de Navarra ha tomado una posición institucional contra las relaciones con instituciones israelíes mientras trabaja con Frontex en un proyecto de vigilancia fronteriza con inteligencia artificial. ¿Ese doble vínculo encaja con el silencio liberal que describes en el libro?
Creo que es una pregunta excelente, porque no se trata solo de la implicación con el genocidio y la violencia contra los palestinos. Es parte de un problema más hondo. Frontex usa la violencia para perpetuar el colonialismo europeo, y el beneficio que obtienen las industrias militares europeas de la guerra es un problema continuo. Palestina es solo parte de una lucha más amplia por transformar nuestras universidades. No vamos a ganar si no atacamos todos esos vínculos —incluido Frontex, incluidas esas conexiones— porque nuestras universidades no deberían estar al servicio de la eliminación y la guerra contra otras poblaciones. La campaña por el boicot académico es parte de una batalla mucho mayor por la descolonización y la desmilitarización de la educación superior. Nuestro trabajo no habrá terminado aunque corten todos los vínculos con Israel. Es una campaña en curso. Va a llevar años, pero creo que ganaremos.

“Nuestras universidades deben dejar de ser infraestructuras de colonialismo y muerte para convertirse en infraestructuras de liberación colectiva y vida”

Una empresa vasca está construyendo el tranvía de Jerusalén a través de asentamientos ilegales. La Ertzaintza, formada por una empresa de seguridad israelí, detuvo en diciembre pasado a alguien que protestaba contra ese contrato en Bilbao. ¿Hasta dónde llega, en lo local, la complicidad de la que escribes?
Lo que puedo decir es que los movimientos estudiantiles y el profesorado (especialmente en Europa y en Estados Unidos, que son el núcleo imperial del que estoy hablando) tienen que entender nuestras instituciones y nuestras universidades como espacios de violencia enorme. Son instituciones violentas e imperiales. Y para quienes trabajamos o estudiamos en ellas, tenemos la obligación de enfrentarnos a esa violencia de frente. Necesitamos reimaginar radicalmente nuestras universidades. Los campamentos fueron parte de ese proyecto más amplio de reimaginación. Lo que tiene de apasionante estar en la universidad hoy es ser parte de ese proyecto.

Para intentar crear, no para destruir.
Para crear y para transformar nuestras universidades: de infraestructuras del colonialismo y la muerte, en infraestructuras de liberación colectiva y de la preciosidad de cada vida humana.

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