César Rendueles: “Estamos viviendo el reverso oscuro del Silicon Valley amable”

Redes vacías es el último libro de este sociólogo, que ha detectado el acelerado cambio que hemos hecho desde una visión entusiasta de la tecnología al actual cibercatastrofismo.
César Rendueles entrevista- 3
David F. Sabadell César Rendueles, autor de 'Redes Vacías'.

Hace trece años, César Rendueles (Girona, 1975) protagonizó un efímero éxito editorial. Sociofobia (Capitán Swing, 2013) delimitaba el alcance de la derrota de los movimientos emancipatorios y de la incapacidad para buscar soluciones a esa derrota. En las páginas de Sociofobia ya se colaban críticas al ciberutopismo, la creencia, en boga en aquellos años, que la política mediada por la tecnología lavaba más blanco; que, a través de soluciones técnicas era posible “hackear” el sistema, como se decía en aquel entonces, y salir de aquella derrota sin final. Varios años después, Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia (Anagrama, 2026), el último libro de este investigador del CSIC retoma las cuestiones acerca de la tecnología presentes en Sociofobia. El punto de partida, no obstante, da testimonio del brusco giro que gran parte de la sociedad ha dado desde el encandilamiento por las posibilidades de la tecnología y las redes sociales hasta el cibercatastrofismo actual. Pese a los distintos puntos de aproximación, las dos obras profundizan en el trabajo de Rendueles a la hora de detectar aquello que nos hace pensar que somos impotentes, que no podemos cambiar nada de lo que nos rodea, con el objeto de neutralizarlo.

¿Qué ha sucedido para que pasemos, en tan poco tiempo, de la confianza optimista en el poder revolucionario de las redes a verlas como una de las principales amenazas a la democracia?
Es increíble lo rápido que ha sido. Durante la pandemia hubo un aluvión digital gigante, que se ve muy bien en el campo de la educación. Se metieron pantallas y dispositivos por todas partes con la promesa de que iban a mejorar la educación tradicional. Cinco años después, se está proponiendo prohibir el acceso de los niños a los dispositivos en las aulas y también fuera de ellas, a algunas redes sociales. Es un cambio que responde al clima de época. Nos hemos deslizado a gran velocidad hacia un momento de pasiones tristes, de pasividad, de miedo y desconfianza. Y como pasaba antes, en la época heroica de la globalización, creo que la tecnología digital es un conjunto de objetos y procedimientos muy atractivos para depositar en ellos, simbólicamente, todas esas energías que antes eran positivas y ahora son negativas.

El problema está más en nosotros que en la tecnología.
Creo que damos demasiada importancia a la tecnología. Es importante verla como parte de procesos más amplios. Lo que ha pasado en nuestra relación con la tecnología no es diferente a lo que ha pasado con la experiencia política en general. Nos hemos deslizado hacia un clima muy reaccionario, muy pasivo, dominado por el miedo y el rencor. 

¿Ciberutopismo y cibercatastrofismo son dos extremos de una misma tendencia?
Esa es la tesis del libro. En ese paso de un tecnoutopismo exacerbado a un catastrofismo digital igualmente exacerbado, acabamos presos del mismo tipo de fetichismo, que otorga un poder desproporcionado a las máquinas y es incapaz de ver los procesos sociales que están por debajo de esas máquinas. Creo que desfetichizar algo no es negar el poder que tiene, sino ver en qué procesos sociales se inscribe ese poder, qué es lo que le da ese poder, y no pensar que son sus propios engranajes los que cambian nuestra vida. 

A día de hoy, estamos completamente seguros, al 99,99%, del próximo estallido de una burbuja especulativa descomunal en torno a la IA. Curiosamente, es de lo que menos estamos hablando

La inteligencia artificial actualmente es el mejor ejemplo de fetiche. ¿Qué es la IA hoy?
En Inteligencia artificial (Capitán Swing, 2024) Melanie Mitchell hace un recorrido histórico desde los años 50 del siglo XX hasta hoy, e insiste mucho en que hay una dinámica de picos y valles, que va desde momentos de euforia en torno a la inteligencia artificial a momentos de desánimo en torno a lo que esta puede hacer. Ahora claramente vivimos un momento de pico. Me gusta recordar las historias de fracasos de la tecnología. En el caso de las tecnologías digitales, hay una construcción de una historia de éxito y de avance, cuando la realidad es que ha habido una cantidad descomunal de blufs y de burbujas pinchadas. Somos muy miopes respecto a la tecnología.

¿En qué sentido?
Es muy difícil saber cuáles van a ser, en el medio plazo, las tecnologías que van a tener una implantación social amplia y un efecto transformador en las relaciones sociales. A veces digo, en broma, que la tecnología que más ha influido en España en los últimos 50 años probablemente es el hormigón pretensado, por el papel que tiene en las obras públicas. Creo que con la IA es muy complicado deshacer todo ese humo, intentar mirar más allá. A día de hoy, estamos completamente seguros, al 99,99%, del próximo estallido de una burbuja especulativa descomunal en torno a la IA. No sabemos cuánto va a arrastrar al resto de la economía, pero va a pasar. Curiosamente, es de lo que menos estamos hablando.

¿Por qué se producen estas burbujas tecnológicas?
Hay que recordar que, ahora mismo, la mayor parte de los usos de la IA son ornamentales, como el asistente de IA de WhatsApp, completamente innecesario. Mi sensación es que estas burbujas tecnológicas en torno a ciertos artefactos tienen que ver con que retroalimentan procesos que ya están en marcha. Es decir, prestamos tanta atención a la IA porque de alguna manera continúa una dinámica de precarización de los trabajos. Primero de los descualificados, y ya veremos si también de los cualificados. Lo que dice esa tendencia es que más nos vale conformarnos con lo que hay, porque si no va a llegar algo que va a ser más barato que nosotros. De este modo, la IA continúa una dinámica de desposesión de conocimiento y una dinámica de sumisión ante un poder frente al que estás inerme. Te dicen que hay algo mucho más grande, frente al que tú, individuo, no puedes nada, tienes que rendirte. Prestamos atención a esas tecnologías, mientras quedan de lado otras que nos cuesta trabajo imaginar. 


¿Hasta qué punto es casual que la IA, como principal fetiche de Silicon Valley y de los tecnoligarcas, venga después de la crisis del neoliberalismo?
El debate en torno al fin del neoliberalismo es complicado, porque ese declive se produce a través de una aceleración de las dinámicas de mercantilización. Se está produciendo una pérdida de legitimidad del imaginario neoliberal, que ya ni convence ni pretende convencer a nadie. Nadie espera sentirse ilusionado por esos procesos de mercantilización, ni que generen una visión del mundo más o menos esperanzadora. Estamos viviendo el reverso oscuro del Silicon Valley amable, lleno de nerds con sudadera con capucha que coleccionaban cromos. Esa gente que tenía problemas para relacionarse con sus semejantes humanos, ahora los sigue teniendo pero en formato nihilista y sociópata.

En pocos años hemos visto cómo cambiaban los señores más poderosos del mundo.
Hay una recomposición de las élites en este momento posneoliberal. No hablo de las relaciones de poder político-económico, sino de qué imaginarios necesitan poner en marcha para legitimar su poder. Ahí la IA genera imágenes muy potentes, culturalmente muy poderosas desde el punto de vista reaccionario. Porque son máquinas que aparentemente lo pueden todo, pero al mismo tiempo están tremendamente centralizadas, en manos de unas pocas compañías que tienen la tecnología para ponerla en marcha, y están muy vinculadas a esa coalición de élites post democráticas, post autoritarias, de Silicon Valley. 

Como decían Astra Taylor y Naomi Klein, es un fascismo del fin de los tiempos. 
Es una imagen que al final te acaba atrapando. Del mismo modo que el paradigma de la globalización neoliberal acabó atrapando también a los movimientos de izquierda, a los movimientos antagonistas, porque es el ambiente de época, en el que te tienes que mover. Eres incapaz de salir de ese marco de rencor, del fin de los tiempos.

Ahora, cuando nos jugamos algo muy importante en las batallas tecnológicas –en términos de seguridad, de democracia– es un buen momento para recuperar aquel proyecto de cultura libre

En el libro defiendes que asistimos a un proceso de desinstitucionalización digital. ¿Podrías explicar en qué consiste?
La idea de institución tiene que ver con que exista un conjunto de normas claras que regulan ciertos procesos sociales, que sean más o menos estables en el tiempo. Las instituciones se concretan en organizaciones. ¿Qué tipo de organizaciones colaborativas conocemos? Un montón, desde sindicatos, cooperativas o instituciones educativas como pueden ser las universidades. Son instituciones cooperativas, parcialmente cooperativas o colaborativas. Lo pensaba en los 2000, cuando surgieron los movimientos de cultura libre, y lo pienso ahora: el límite más importante de esos movimientos era una cierta incapacidad para imaginar la institucionalización de esos procesos. Para pensar cómo crear organizaciones que impulsaran la cooperación en torno a las tecnologías digitales, para que fuera estable, escalable, atravesada por dinámicas deliberativas, mediada por la deliberación política y no solo por protocolos técnicos. Y pensar qué papel podría desempeñar lo público, que no es lo mismo que lo estatal, para crear un contrapoder digital que se pudiera oponer de forma realista a esas enormes grandes potencias económico-tecnológicas.

¿Qué crees que falló?
Desde la cultura libre hubo cierto adanismo, muy influido por la propia imaginación tecnológica, que jugó en su contra. Ahora, cuando nos jugamos algo muy importante en las batallas tecnológicas –en términos de seguridad, de democracia– es un buen momento para recuperar aquel proyecto de cultura libre. Con todo lo positivo que tuvo, pero también haciéndonos cargo de esas limitaciones, para darle una vuelta a cómo sería un ecosistema público que no sea puramente estatal, donde haya espacio para las iniciativas privadas, incluso para las iniciativas mercantiles. Es crucial la idea de una institución pública como algo diferente de una organización estatal. Pongo el ejemplo de las universidades pero hay muchos más, pueden ser sindicatos, cooperativas, lo que se quiera. 

En el libro hablas también de una telaraña de micro dependencias que no nos permite salir de las redes sociales. Un ejemplo ha sido esta cosa medio fallida de irse de X (Twitter), en la que tenemos el riesgo de caer en un enfoque individualista, moralizante. ¿Cómo planteamos medidas que sean efectivas y no solo culpabilizadoras?
Con el abandono de plataformas como X hay una repetición de cosas que hemos vivido en el pasado. Durante un tiempo había propuestas muy enfáticas de migración al software libre y, efectivamente, muchas veces había una dimensión muy identitaria y moralizante. “Yo soy mejor porque uso Ubuntu, no como tú, pobre pringado, que usas Windows y eres prisionero del capital”. Con la salida de X el problema es que individualmente tiene costes de muy distinto tipo. Para algunos es de visibilidad, para otros es de perder relaciones, perder comodidad, o simplemente, es incómodo tener que volver a empezar desde cero. A la mayor parte de la gente le importa un bledo lo que pasa con la tecnología. Como decía Geert Lovink, no me siento más libre por poder modificar los drivers de mi impresora. Yo quiero que imprima y ya está. 


 ¿Cuál sería entonces la clave?
Hay que evitar entenderlos como procesos individuales y no colectivos. Es decir, vámonos todos y todas a BlueSky, o a donde sea. Y que funcione, claro. Porque, si no, es absurdo. Me parece interesante el papel que ciertos agentes institucionales, como medios de comunicación o universidades, tuvieron en el abandono de Twitter. Porque no te vas tú solo, sino que formas parte de algo más grande, con instituciones que representan o que llegan a cientos de miles de personas, que dan ese paso. Eso es lo que puede funcionar. No tanto ponerte como censor, sino formar parte de algo que podemos hacer entre todos, que es construir ecosistemas digitales más saludables.

Hablar del movimiento de familias que defienden una especie de ley seca de móvil para adolescentes. ¿Cuáles son los problemas de esta propuesta?
Creo que está extremadamente mal definido. No está muy claro cómo demonios se puede aplicar algo así, nadie lo sabe. No distingue entre chavales de 15 años y niños de ocho. Por ejemplo, ¿te imaginas que el único acceso a la información sobre feminismo, igualdad de género, diversidad sexual, o contraconcepción de una chica de 15 años tenga que estar filtrado por su padre? Es de locos. Rosa Luxemburgo empezó a militar con 15 años. Greta Thunberg empezó su huelga a los 15 años. Tratar a la gente de 15 años como si tuviese ocho es muy problemático. Luego, ¿qué es una red social? Parece que Instagram sí, TikTok sí, pero, ¿WhatsApp es una red social? Telegram, que es un pozo del infierno lleno de pederastia y nazismo, ¿no es una red social? Al final vas a tener que aceptar la definición de red social que den los propietarios de redes sociales. Estamos otra vez cayendo en aceptar que la única fuente de soluciones a los problemas de la tecnología es la que ofrecen los fabricantes de tecnología, y que hay que encargarles a ellos que solucionen esos problemas. 

¿Qué mensaje se lanza a la gente joven?
Por un lado, lo que le están diciendo con la prohibición es: tú no puedes. Les privas de cualquier tipo de agencia. Hay un mundo terrible ahí fuera al que tienes que, o bien rendirte y dejar que te contamine de cualquier manera, porque no es posible resistirse, o si no, métete en una habitación del pánico, haz un juramento de virginidad digital, porque es lo único que puedes hacer. Por otro lado, los adultos te privan de cualquier responsabilidad respecto a un mundo que han construido ellos. Y, como reflexión más general: gente de izquierdas que, en teoría, defendía bajar la edad de voto a los 16 años, ahora dice que a los 15 no pueden acceder a las redes sociales. Es una renuncia a plantear las tensiones en términos de libertad, privacidad, acceso libre a la información para gente que no son adultos, pero desde luego son sujetos de derecho. Me resulta muy inquietante, porque me parece una colonización más del marco reaccionario entre la izquierda. 

Creo que hay maneras de pensar esas tecnologías de una manera más positiva, pero ni siquiera lo estamos intentando. Hay una rendición absoluta a ese mundo gris

En este sentido, parece que las propuestas en relación con la tecnología se limitan a pedir que se prohíba, ya sea el acceso a redes sociales o la IA. Se abandona la posibilidad de abordar la tecnología de una manera liberadora. 
Es verdad que la IA está tan dominada por efectos catastróficos, colapsistas, negativos, que cuesta imaginar una resignificación. Pero no debería ser tan difícil. Echándole un poco de imaginación especulativa, imaginemos un sistema muy sofisticado de Big Data e IA en manos de un ministerio fiscal progresista. ¡Me cuesta más imaginar eso último que el fin del mundo! Pensemos que esas herramientas sirvieran para evitar la evasión fiscal, y que los que nunca pagan, porque tienen mil maneras de escaquearse, empezaran a pagar gracias a eso. O pensemos en una herramienta en manos de un ministerio de asuntos sociales que empezara a mandar cheques a la gente automáticamente, sin un solo formulario, porque cruza datos y sabe qué personas lo necesitan. Creo que hay maneras de pensar esas tecnologías de una manera más positiva, pero ni siquiera lo estamos intentando. Hay una rendición absoluta a ese mundo gris.

¿Cómo obtienen sus ganancias esas multinacionales tecnológicas? 
Es llamativo cómo apenas pensamos de dónde salen los beneficios de las grandes tecnológicas. Se da por hecho que dan dinero, pero nadie sabe muy bien de dónde sale ese dinero. Está claro en el caso de Airbnb o de Uber. Pero Whatsapp, ¿de dónde saca el dinero? De nuestros datos. Ya, pero, ¿qué hacen con esos datos? ¿Solo publicidad? ¿Qué es lo que está en juego? Estas preguntas nos enfrentan a la increíble dimensión especulativa y rentista que tienen todas esas tecnologías. Siempre la han tenido, incluso cuando creíamos que eran el futuro de nuevos modelos productivos. ¿Productivos en qué, exactamente? A veces es un incremento en la velocidad y la eficacia de los procesos productivos, pero otras veces no. Es una versión de las televisiones o de los periódicos que vivían de la publicidad, pero acelerada exponencialmente.

También señalas que la economía digital se apropia o parasita mecanismos sociales cotidianos.
Se ve muy bien en el caso de Uber o Airbnb. Se aprovechan de nuestros esfuerzos cotidianos para desplazarnos en la ciudad o para buscar alojamiento. Pero al final son todas así. No sé cuántos empleados tendrá WhatsApp en el mundo, pero sospecho que no muchos. Se aprovechan de nuestra necesidad de comunicarnos con nuestros círculos cercanos para obtener beneficios. Creo que es interesante aplicar esa visión de la acumulación originaria, de extracción de plusvalor, de los bienes comunes, de los espacios no mercantilizados, para generar valor y trasladarlo a otros espacios. Y creo que es interesante porque eso es reversible. 

¿Cómo se podría hacer?
Igual que se han desmercantilizado algunos espacios sociales introduciendo instituciones públicas, en este caso estatales, en el campo de la sanidad, la vivienda o la educación, ese proceso de desmercantilización se puede expandir. Se pueden desmercantilizar muchos procesos tecnológicos. Hay un montón de apps que en realidad son sistemas de mensajería súper sencillos. Tenemos ese fetichismo que nos hace depositar en aplicaciones como WhatsApp una capacidad simbólica enorme, pero realmente no sería tan complicado desmercantilizarlas. 

La pandemia trajo un conjunto de sentimientos de pasividad, de miedo, de rencor generalizados, que han transformado cómo nos relacionamos

Es difícil encontrar en los análisis actuales referencias a la pandemia y la importancia que tuvo socialmente, y nos gusta que el libro lo trate. ¿Qué supuso la pandemia? ¿Cómo influyó en la sociedad? 
Creo que no lo hemos pensado, ni en la academia, la sociología, la politología, ni en los movimientos de izquierda. Nos impactó tanto la pandemia que hemos querido pasar página y olvidarla. Sacó a la luz cosas que ya estaban en marcha, subterráneas. Pero ha sido un hito crucial en muchísimos lugares del mundo. En Argentina, por ejemplo, la explicación de por qué ganó Milei tiene mucho que ver con la pandemia. O lo que está pasando en Madrid, este agujero negro político que nadie entiende muy bien cómo es posible, tiene mucho que ver con eso. 

¿En qué sentido fue un hito crucial?
Fue un momento en el que los gobiernos pusieron en marcha el tipo de políticas que uno esperaría de un gobierno de la derecha radical. Seguramente no había alternativa. Pero te coloca en una posición imposible, porque, por un lado, estás haciendo exactamente lo que le gustaría hacer a la extrema derecha si gobernara. Y, por otro, la extrema derecha te puede acusar de liberticida, de dictador... La pandemia lo cambió todo porque fue una efervescencia de afectos negativos. Un conjunto de sentimientos de pasividad, de miedo, de rencor generalizados, que han transformado cómo nos relacionamos. De alguna manera, pasa lo mismo con la tecnología. El gobierno progresista propone la prohibición, que es lo que le gustaría hacer a la extrema derecha, pero al mismo tiempo se expone a ser acusado de liberticida. 

César Rendueles entrevista Pablo Irene - 6
César Rendueles, en un momento de la entrevista. David F. Sabadell


¿Cómo afectó la pandemia a nuestra visión de la tecnología?
Fue la materialización del sueño ciberutópico. Todo lo que nos decían que iba a pasar: que nos íbamos a relacionar con todo el mundo a través de videocámaras, que íbamos a descargar contenidos de bibliotecas virtuales, etc., pasó. Y fue horrible, una pesadilla. Hace falta algo tan horrible como una pandemia y que el gobierno te encierre en casa para que el sueño ciberutópico se cumpla. Eso cambió nuestra relación con la tecnología, en el sentido de que nos dimos cuenta de que era espantoso, pero al mismo tiempo, lo normalizó.

No existe la no mediación. Si no tienes un mediador, es que alguien está ejerciendo de mediador invisible 

Otras de las cuestiones que también explosiona con la pandemia es la conspiranoia. Una de las pasiones más tristes de nuestro tiempo, y también en el campo de la izquierda, es la conspiración.
El auge de la conspiranoia como gran ideología de nuestro tiempo tiene que ver con cierta individualización de las pasiones políticas. Es aplicar la idea del pensamiento crítico, que tenía que ver con la elaboración colectiva –entre todos y todas somos capaces de pensar algo que desafía las verdades más o menos establecidas–, y llevarlo al terreno individual. “Yo soy más listo que los demás, me he formado en YouTube y tú, borrego, te crees a los expertos del gobierno”. Es entender las ganancias en conocimiento como algo individual, que tiene que ver con el secreto que yo descubro. Eso tiene un efecto muy perverso: la desconfianza en el conocimiento experto y una perversión total de la idea de pensamiento crítico dirigida a la desconfianza en general de la ciencia. Tener que defender los conocimientos expertos mínimos es un horizonte muy oscuro. Desde la izquierda tenemos que hacer bastante autocrítica. En la pandemia había gente que aceptaba solapamientos monstruosos con la conspiranoia, con derivadas clarísimas hacia la extrema derecha. En la izquierda arrastramos una herencia complicada de tolerancia hacia cosas que a lo mejor no deberíamos haber tolerado. 

También señalas que muchas instituciones dedicadas a la mediación, como las editoriales o los periódicos, han ido entrando en crisis y se están sustituyendo por lo que llamas procesos de algoritmización social.
En los inicios del giro digital, cuando se empezó a extender el uso de internet, algo muy aceptado era el fin de la mediación. Con tu móvil eres un periodista; ya no necesitas editoriales porque puedes publicar tu novela directamente, etc. Se ensalzaba la relación directa entre el consumidor y el productor. Era algo que aceptaban, por supuesto, los partidarios del modelo propietario, que querían que las grandes tecnológicas se convirtieran en editoras y también en fabricantes de papel, en transportistas y en libreros. Pero también entre la izquierda, que lo veía como algo positivo porque acababa con las jerarquías. Me preocupa mucho porque creo que, en gran medida, es la raíz de nuestros problemas. No existe la no mediación. Si no tienes un mediador, es que alguien está ejerciendo de mediador invisible. Los procesos de mediación te permiten por lo menos visibilizar cuáles son esas dinámicas de selección y promoción, y plantear otras alternativas. No como el algoritmo, que es el ejemplo perfecto de mediación invisible monstruosa, donde parece que eres el dueño de tus decisiones, pero acabas consumiendo exactamente lo que quiere el dueño de YouTube o el de Twitter.

¿Podemos imaginar otro modelo?
Las instituciones de mediación no tienen por qué ser periódicos, editoriales, discográficas, o bibliotecas tradicionales, a lo mejor pueden ser otras cosas. Pero olvidar todos esos procedimientos, vinculados además a profesiones que tienen su tradición, sus dinámicas de aprendizaje y de autocontrol, me parece catastrófico. Ha habido una debacle de esas instituciones de mediación, alguna inducida por el mercado, pero otras creo que un poco creadas desde dentro, como en el caso de los medios de comunicación. Eso nos ha arrojado a este escenario que deberíamos combatir. 

“Tecnooligarca politoxicómano con infantilismo terminal”, “niños rata con supuestos superpoderes”, “millonario supremacista con delirios paranoides”, “ciberoligarcas que llevan el estilo de vida y aspecto de un proxeneta de Las Vegas”, “multimillonarios narcisistas con un deterioro cognitivo manifiesto”… Son solo algunos de los epítetos que dedicas en el libro a los millonarios de Silicon Valley y su camarilla. ¿Has decidido retomar la tradición marxista del noble arte del insulto?
Tenía ganas de insultar, retomando efectivamente esa noble tradición. Más en serio, creo que esa ridiculización tiene su importancia. Es asombroso el guante de seda con el que se ha tratado a estos billonarios narcisistas durante décadas, gente que juguetea a voluntad con cosas muy importantes para nuestras vidas, para la democracia, para la economía. Ese retrato como si fueran niños simpáticos, tímidos, millonarios casi a su pesar: “En el fondo les gustaría estar en un garaje jugando a un juego de rol, pero el destino les ha puesto al frente de una multinacional asesina”. Cuando salió Windows 95, mandaron a un reportero de El País Semanal a las oficinas de Microsoft y entrevistaron a Bill Gates. Contaba cómo en los cubículos de los programadores había colchones, porque les gustaba tanto su trabajo que se quedaban ahí a dormir. Me acuerdo de una cosa muy concreta: decía que Gates llevaba las gafas sucias. Probablemente acababa de llegar de la isla de Epstein, y probablemente varios de esos programadores se suicidaron por sobretrabajo. Por eso creo que está bien hacer ese esfuerzo, por higiene mental, de retratarlos como lo que son: una especie de nihilistas enloquecidos, incultos, de inteligencia cuestionable en algunos casos, pero con una imagen increíblemente generosa de sí mismos. Al margen de que yo tuviera ganas de jarana, creo que es bueno, a nivel colectivo.

Pensamiento
Marga Padilla
“Podemos crear una relación liberadora con la tecnología”
La inteligencia artificial se ha convertido en el gran tema económico-social de nuestra época. La programadora Marga Padilla ha querido bajar al terreno de lo real un concepto lleno de confusiones interesadas y cajas negras.
Inteligencia artificial
Inteligencia Artificial o la alucinación consensual masiva
Si tenemos claro que el uso de coches de gasolina o diésel, la sanidad privada, la compra de un iPhone, el turismo o los viajes en avión no son actos neutros políticamente, el uso de productos de Google, Microsoft, Amazon, Facebook o Twitter tampoco
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra na túa conta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...