Pensamiento
“Las ideas de Yarvin y demás son disparates, pero las recetas liberales del mundo van en líneas parecidas”
En su nuevo libro Contra la ilustración oscura (Arpa Editores, 2026), Carlos Fernández Liria se introduce en el pensamiento del filósofo Nick Land, de Curtis Yarvin y de otros referentes discursivos de la extrema derecha estadounidense. El autor parte de ese ideario para desarrollar una respuesta que se basa en una tesis de fondo: la ilustración oscura que anhelan no es un escenario futuro, sino que vivimos en ella desde que la burguesía derrotó a la Revolución Francesa, desde que los poderes económicos impidieron la liberación real de la ciudadanía. Los tecnoseñores de Silicon Valley y su brazo intelectual solo estarían dando nuevas vueltas de tuerca, desatadamente autoritarias y elitistas, a esta debacle.
Para combatirlo, Fernández Liria reivindica que completemos el proyecto truncado de la Ilustración, las separaciones efectivas de poderes, el despliegue de un sector público eficaz y fuerte, para impedir un futuro de dominio corporativo donde el grueso de la especie humana parece sobrante.
La ilustración oscura es una especie de propuesta político-filosófica ultraderechista que han defendido el vicepresidente estadounidense J. D. Vance o líderes de corporaciones tecnológicas. ¿Cómo la definirías brevemente?
Yo creo que es una ofensiva anarcocapitalista cuyos impulsores disponen de carteras de inversión infinitas que superan los límites de la imaginación. Son fortunas que tienen los medios para llevar a cabo su utopía y detentan el monopolio de los sistemas operativos que manejan los ejércitos, la policía, los estados y la propia población.
En el primer tramo de tu libro haces un pequeño repaso de las ideas y los planes expresados por los gigantes de Silicon Valley y su brazo filosófico. Muchas de sus ideas parecen ocurrencias ridículas, pero las grandes corporaciones tecnológicas pueden construir realidad. ¿La ultraderecha nos ha robado la capacidad de hacer práctica de la teoría?
Sí, efectivamente. Muchos de ellos se consideran filósofos. El Manifiesto tecno-optimista de Marc Andreseen [cofundador de Netscape] cita mucho a Nietzsche. Alex Karp [CEO de Palantir] se considera discípulo de Habermas. Peter Thiel [cofundador de PayPal y Palantir] es doctor en Derecho y es discípulo del filósofo René Girard. Y ellos se han erigido a sí mismos en una especie de nuevos reyes filósofos de la modernidad, fusionados con el Oráculo de Delfos porque pueden hacer cumplir sus utopías filosóficas al tener suficiente dinero para llevarlas a cabo. Y lo están consiguiendo.
Hace poco, la corporación tecnológica Palantir, muy involucrada en la automatización de la guerra, publicó un manifiesto al que probablemente hubieses aludido en el libro si todavía no lo hubieses publicado.
Efectivamente.
El texto evidencia que las corporaciones tecnológicas son conscientes que su tecnología no es neutral y que incide fuertemente en la realidad, mientras los legisladores y las instituciones transnacionales continúan tratándolas como si solo pudiesen ser un problema en el ámbito de la defensa de la competencia, en lugar de considerarlas una gran amenaza a las soberanías. ¿Te frustra esa inacción?
Claro, porque estamos ante reyes filósofos que están planeando un nuevo asesinato de Sócrates, un nuevo asesinato de la historia de la filosofía en general. Porque toda la filosofía habla de cómo conseguir que el pueblo razone, que el pueblo argumente. Es algo que se intentó resolver con la teoría general del Estado moderno: que hubiese una escuela pública, una independencia civil de la población que nunca se logró, una libertad de expresión, etcétera. Todo este proyecto político, que estaba en mantillas porque no se había alcanzado la verdadera modernidad, ha sido sustituido por la idea de convertir los países en empresas con su jefe ejecutivo que actúe como monarca en un mundo completamente desregulado.
Hay pasajes un poco inusuales en tu ensayo por el tono que empleas. Calificas a Yarvin de “mamarracho impresentable” que “dice cosas que otros hijos de puta mucho más poderosos que él están encantados de citar”.
Lo de Yarvin es verdaderamente sorprendente. No entiendo cómo tantos periódicos le han dedicado entrevistas a doble página. No entiendo cómo una persona que dice las cosas que dice puede ser tomada en serio en lugares relevantes como la Casa Blanca o el Pentágono. Y Land no para de citarlo en La ilustración oscura.
Al Land de escritos pasados se le veía cierto ingenio, pero precisamente parece haberse vuelto influyente para según qué sectores mediante textos más recientes que suenan a delirios de barra de bar.
Y se le entiende muy mal, además. Es un filósofo que hace halago de oscuridad. Pero lo poco que se le entiende son citas racistas de Yarvin y disparates que abogan por convertir el mundo en un archipiélago de macroempresas que hacen negocios.
Land y compañía van más allá de cuestionar el humanismo. A veces proyectan una especie de fanatismo autodestructivo, inmerso en la aceleración tecnológica, que está en contra del ser humano...
Sí, hace poco leí una entrevista a Thiel donde vacila cuando le preguntan si la especie humana debe sobrevivir o no. Estas personas han recurrido a Nietzsche y han hablado mucho del superhombre, pero toda la historia de la filosofía ha puesto al hombre más allá de sí mismo. Lo hacía Aristóteles, por ejemplo. Lo propio del ser humano ha sido intentar parecerse a los dioses. Y Sartre decía que el hombre al ser libre siempre estaba más allá de sí mismo. Estos señores toman la idea del superhombre en su acepción menos interesante, que es identificarla con el futuro tecnológico. El gran poeta Haine dijo que el proyecto pendiente era convertir la democracia en una democracia de dioses terrestres. Y la Ilustración había pensando los medios y los procedimientos para ello, pero había que dotar al ser humano de una independencia civil que le permitiese participar en el espacio público sin depender de nadie.
La verdadera herencia del proyecto político del superhombre recayó en las tradiciones socialistas, que intentaron reformar la propiedad para proporcionar una cierta independencia civil para la población
¿Por eso tiendes una especie de puente entre Nietzsche y Marx?
Sí, porque considero que la verdadera herencia del proyecto político del superhombre recayó en las tradiciones socialistas, que intentaron reformar la propiedad para proporcionar una cierta independencia civil para la población. Es lo que hacen ahora los defensores de la renta básica. Y es todo lo contrario de lo que tenemos bajo el capitalismo, donde no tenemos una humanidad de ciudadanos, sino una humanidad de proletarios que dependen a vida o muerte del mercado laboral. Donde todo el tiempo libre que genera la maquinaria es reinvertido en la aceleración turbocapitalista en lugar de ser reinvertido en la república. Marx decía que la república era el reino del desarrollo humano concebido como un fin en si mismo. Pero no se podía llevar a cabo bajo las actuales condiciones de dictadura de clase.
En este contexto nuestro, ¿los pensadores de la Ilustración nos considerarían hombres libres?
Ni la Ilustración de derechas ni la Ilustración de izquierdas nos considerarían ciudadanos. Unos optaron por la democracia censitaria de los propietarios y no otorgarían la condición de ciudadanos a proletarios que dependen del mercado laboral para substituir. Y la Ilustración de izquierdas señalaría que carecemos de condiciones materiales. Por ese motivo se impulsaron reformas de la propiedad, reformas agrarias y apropiaciones de los medios de producción para otorgar a la población la capacidad de votar sin pedir permiso a otro. Con la ilustración oscura se profundiza en la dependencia a vida o muerte en un mundo donde la especie humana comienza a sobrar en cierto modo.
Además de dialogar con Marx y con Nietzsche, también recuperas al crítico cultural Mark Fisher en esa etapa tardía donde superó su aversión a lo jipi para intentar tender puentes entre la izquierda contemporánea y las contraculturas de los años 60. ¿Qué podemos encontrar ahí?
Mucho. Creo que habría que volver a reflexionar mucho sobre el papel que jugaron los jipis en los años 60 y 70 del siglo pasado. No hay más que pensar cómo están los países que no tuvieron una revolución jipi, a los que les falta una revolución sexual y una revolución de las costumbres. Fisher estaba preparando un libro en el que, muy al hilo del pensamiento de Herbert Marcuse, tendía estos puentes. Los jipis tienen más importancia de la que se les ha dado. Nosotros nos quejamos de que vamos demasiado deprisa, pero Thiel dice que vamos demasiado despacio porque los jipis produjeron un estancamiento. Ese hombre teme un mundo ultraregulado por la mentalidad woke, podríamos decir también que por la mentalidad jipi. Es una cosa un poco de chiste, porque habla de un gobierno mundial liderado por Greta Thunberg, una dictadura de regulaciones que, a través de la democracia, retrasa el futuro y las posibilidades tecnológicas de la humanidad. Pero los jipis entendieron muy bien, por mucho que fuesen ridículos en otros aspectos, que había que inventar nuevos ritos y valores. Una alianza entre la izquierda y la contracultura jipi hubiese dejado las cosas más claras.
¿En qué sentido?
El comunismo recorría la senda estajanovista del trabajo excesivo y de la industrialización a todo precio, pero había otra posibilidad. La posibilidad de una abundancia roja, como la denominó Marcuse: que el desarrollo industrial se tradujese en el desarrollo de tiempo libre para la república.
Lo que tendría que haber hecho la izquierda es presentarse como la auténtica depositaria del programa político de la Ilustración e insistir en que la cosa marcha mal cuando el poder económico tiene más importancia que el poder político
También escribes en defensa de ciertas herramientas que deben ser potencialmente útiles, sea como mero freno o como palanca de cambio, porque la internacional del odio las quiere desvirtuar o eliminar: la separación de poderes, la función pública, los organismos reguladores... ¿No los hemos valorado suficientemente porque estaban ahí, aunque fuese de manera distorsionada?
Estaban ahí como una ficción, porque la modernidad nunca llegó a ser lo que pretendía ser. La separación de poderes, por ejemplo, es papel mojado en un contexto de dictadura de clase. Que estos dispositivos hayan sido una ficción explica por qué el marxismo no les ha tenido mucho respeto. Pero despreciar los productos de las mejores cabezas de la Ilustración ha sido un negocio nefasto, porque después había que inventar algo mejor. Y ha sido una tontería regalar al enemigo el pensamiento de Kant, de Montesquieu, etcétera, para traer el Libro rojo de Mao o los programas quinquenales de Stalin. Lo que tendría que haber hecho la izquierda es presentarse como la auténtica depositaria del programa político de la Ilustración e insistir en que la cosa marcha mal cuando el poder económico tiene más importancia que el poder político. Con todo, todo eso funciona algo incluso como ficción. Tenemos algo así como educación pública, algo así como sanidad pública, algo así como derecho laboral, etcétera. Y eso es lo que quieren borrar del mapa mediante la motosierra anarcocapitalista de los que han comenzado a gobernar, como Milei.
Siguiendo este hilo, lanzas algunos dardos a las izquierdas que desconfían fuertemente del Estado y lo consideran irreformable, que critican el ciudadanismo y lo consideran insuficiente. ¿Se pueden tender puentes de entendimientos cruzados en este estado de emergencia en el que fallan tantas cosas, incluido el clima?
Ahora estamos viviendo una derrota fenomenal, así que no estoy seguro de que sea posible tender esos puentes, pero no me cabe duda que debíamos haberlos tendido. Llevo toda mi vida reivindicando una lectura republicana e ilustrada de Marx. En mis libros con Luis Alegre, por ejemplo. Marx defendía la Ilustración, pero era consciente de que era palabra vacía bajo condiciones capitalistas. No creo que pensase como Foucault, quien dijo: “Primero lo destruimos todo y luego ya se nos ocurrirá algo”. La Ilustración pensó bien una maquinaria que ponía en la cúspide la razón y la libertad, pero teníamos que asegurarnos de que funcionase realmente, y esa es la cuenta pendiente. La Ilustración pedía ciudadanos, y la historia trajo proletarios. Y hablar de ciudadanos proletarios es una fórmula contradictoria, es como un hierro de madera. El ciudadano debe tener independencia civil, mientras que el proletario depende de otro para existir. La broma de mal gusto de la modernidad es que queríamos una sociedad de ciudadanos en una república cosmopolita, pero nos hemos encontrado con un humanidad proletarizada en un mercado global.
No hay otra manera de garantizar la libertad de la población que bajo la maquinaria estatal bien pensada por la Ilustración
En La ilustración oscura hablas mucho de la función pública. ¿Consideras que lo público puede ser un espacio de repliegue alrededor de algo parecido a un proyecto colectivo de resistencia?
Bueno, yo solo he conocido la libertad en tanto que funcionario del Estado en el ámbito de la educación. No soy un trabajador, sino un propietario de mi función. He dependido de los programas educativos decididos en el Parlamento, pero no he estado a las órdenes de ningún gobierno ni me he dejado chantajear por ningún soborno empresarial privado. Por eso los jueces son funcionarios vitalicios. No hay otra manera de garantizar la libertad de la población que bajo la maquinaria estatal bien pensada por la Ilustración. Lo que no ocurrió es que ese programa no podía funcionar desde que la burguesía derrotó la Revolución Francesa y, con ella, las esperanzas políticas de la modernidad.
Al final de tu ensayo te encuentras con economistas como Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI), por ejemplo. ¿La desigualdad es una de las bases de los malos funcionamientos institucionales y también de las frustraciones individuales que instrumentaliza la ultraderecha?
Al final del libro recurro a Piketty, pero también a Luigi Ferrajoli, para marcar el camino que debía haber sido posible. Piketty habla de gravar a las grandes fortunas. Y Ferrajoli habla de utilizar la ONU para definir una Constitución de la Tierra que civilice a unos poderes económicos que continúan en un estado salvaje porque jamás han cumplido con la ley. Estamos muy lejos de todo esto, cada vez más. Mientras Ferrajoli terminaba uno de sus últimos libros, Por una Constitución de la Tierra, Thiel y compañía puentean la ONU con su Junta de la Paz, Trump abandona decenas de instituciones reguladoras...
Los oligarcas de Silicon Valley dan una vuelta de tuerca al neoliberalismo y fantasean con emanciparse del resto de la especie humana, como explica Douglas Rushkoff en el ensayo La supervivencia de los más ricos. ¿No es extraño que los representantes de proyectos políticos tan radicalmente elitistas y excluyentes ganen mayorías electorales?
Sí, y no sé qué está pensando la población mundial, porque no es que esta gente se muerda la lengua con su elitismo. Thiel plantea dos opciones: o el Armagedón o el Anticristo. No parece que lo diga en broma, aunque uno duda porque afirma cosas muy delirantes. Y la tercera posibilidad, la más conveniente según él, es que una élite sensata que está formada por los jefes de Silicon Valley se apodere del control de la economía mundial y de los sistemas operativos que manejan todos los estados y todos los ejércitos. Es la utopía que se traen entre manos: sustituir los estados-nación por países digitales que concerten sus servicios a través de internet y que sean como clubes de golf gobernados por un CEO y supervisados por una junta secreta de pilotos de aerolíneas. Las ideas de Yarvin y demás son disparates, pero las recetas liberales del mundo van en líneas parecidas y ahí la cosa pierde la gracia, porque se trata de acabar con las regulaciones, con lo público, para dar carta blanca a una minoría para investigar la inteligencia artificial y para conseguir una especie humana inmortal que suponemos que estará formada por ellos.
No sé si te puede haber generado dudas dedicar un libro a hablar de una filosofía ultraderechista, aunque el grueso del volumen sea una respuesta. Y esta misma entrevista tratará de cuestionarla, pero no dejará de difundirla.
No creo que nos necesiten para divulgar su ideario. Tienen tanto dinero que no es concebible, y supongo que les es indiferente que les prestemos atención o no. [La especialista en política tecnológica] Francesca Bria ha estudiado sus prácticas y las entrevistas que concede ponen los pelos de punta. Dice que nos queda poco tiempo para evitar caer en manos de una élite que podrá controlarnos de una forma exhaustiva sin ninguna posibilidad de control democrático.
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