Hannah Proctor: “Si lo das todo en la lucha, estupendo, pero es probable que salgas un poco estropeado”

“La experiencia emocional de la derrota política” es el tema del ensayo 'Burnout', un ensayo en el que Hannah Proctor indaga en la historia de las luchas a través de las vivencias emocionales de quienes protagonizaron episodios heroicos.
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Hannah Proctor. Foto: Matthew Arthur Williams.
19 abr 2026 05:30

Hubo un tiempo en el que la unidad de quemados de la nueva política parecía el hospital al aire libre que se ve en una de las escenas más impresionantes de Lo que el viento se llevó (1939). Cientos de personas, que habían participado en las movilizaciones contra la austeridad que comenzaron a partir de 2011, salieron tocadas de esas experiencias. Vivencias de depresión, angustias, mobbing, remordimientos, duelo y distintos tipos de somatización de esos malestares fueron la moneda corriente en las conversaciones con las protagonistas de ese tiempo. Eso se tradujo en resentimiento, aislamiento y, en muchos casos, en un abandono abrupto y radical de los espacios de militancia. También en algunos textos en los que aquellos activistas o exactivistas trataban, desde posiciones más o menos honestas, de rendir cuentas, pasar facturas o justificarse por lo que hoy podemos llamar una derrota generacional.

Pero el libro Burnout. La experiencia emocional de la derrota política (Verso, 2026, traducido por Octavio Majul) no pertenece a ese género. Es, de hecho, algo mucho mejor. Su autora, Hannah Proctor (Middlesbrough, 1983) ha investigado sobre las dolencias emocionales asociadas a la lucha política. Para ello toma un concepto que hoy en día se asocia a la empresa como el de Burnout —traducido a menudo como agotamiento, como síndrome de desgaste profesional en el mundo de la salud laboral, pero que puede leerse también como quemazón o 'estar quemao'— y lo devuelve a sus orígenes sociales.

En el ensayo, Proctor bucea en la dialéctica entre lo común y lo personal, en cómo la lucha genera nuevas subjetividades, pero también deposita en los individuos preocupaciones que no estaban ahí. Esta investigadora, que desarrolla su trabajo en el Wellcome Trust en la Universidad de Strathclyde, en Glasgow, añade preguntas como si “¿es posible sobrevivir a la derrota sin sentir que se ha terminado el futuro?”, que apelan a nuestro tiempo de incertidumbre y temores fundamentados hacia la retórica (y la práctica) de la guerra, del fin de nuestro mundo y de la crisis climática.

Para ello, y tomando como patologías de referencia la nostalgia, la melancolía, la extenuación o la depresión, regresa a episodios esplendorosos de la emancipación humana como La Comuna de París de 1871, las huelgas mineras en el norte de Reino Unido en los años 80 del siglo pasado o las luchas anticoloniales de los años 60 de ese mismo siglo XX. A través de escritos, cartas y reflexiones, dota de volumen a algunas de las protagonistas y personas anónimas que enarbolaron las banderas de la justicia social en esos momentos, para mostrar que la lucha tiene un peaje, que la derrota tiene un coste, pero que merece la pena hablar de ello y transmitirlo, no para disuadir a nadie de movilizarse sino, al contrario, para sostener y apoyar a quienes lo están haciendo. Se trata, por tanto, de uno de los ensayos más importantes publicados últimamente en castellano.

Burnout es un título poco esperado para un libro hecho desde y para el activismo. ¿Por qué lo elegiste?
Usaba Burnout como el título provisional del libro desde el principio, pero también tenía dudas porque obviamente el concepto me remitía a los libros de autoayuda. En mi trabajo, por ejemplo, recibo a menudo correos electrónicos que dicen: “¿Te preocupa el agotamiento?”, y es obvio que forma parte de ese empeño por “ser mejor en el trabajo”, de una manera nada radical. Tampoco se me escapa que hay muchos libros que ya existen que se llaman Burnout, que no son como mi libro, sino mucho más parecidos a ese tipo de consejos para ser un trabajador productivo. Eso me hizo sentir un poco insegura con respecto al título. Hay otras razones que tienen que ver con el libro en sí, porque éste adopta un enfoque histórico sobre diferentes conceptos, no solo el agotamiento, sino también otros, como el trauma o el luto, por ejemplo. Cuando empecé el libro, no sabía cuál era la historia del concepto burnout. Así que pensé: bueno, voy a leer un poco sobre la historia del concepto.

Yo desconocía su origen.
Para mi sorpresa supe que el concepto se originó en el movimiento de clínicas gratuitas en Estados Unidos. Viene de un psicoanalista llamado Freudenberger, que se había ofrecido como terapeuta voluntario en la primera clínica gratuita de Estados Unidos, que se estableció en la costa oeste de San Francisco. Esa clínica gratuita se creó para ayudar a las personas que habían tenido malos viajes de LSD y ese tipo de cosas. Era a finales de los 60, en el apogeo del movimiento hippie y de la contracultura. Después de eso regresó a Nueva York, donde trabajaba como psicoanalista para clientes adinerados durante el día y, por la noche, iba al centro de la ciudad, a un lugar llamado St. Mark's Clinic donde trabajaba como voluntario. Era un centro de salud comunitario administrado por voluntarios donde las personas podían acceder a la atención médica gratuita en un entorno de no juicio. 

¿Qué le lleva a acuñar ese concepto?
Freudenberger describe cómo trabajaba con personas de comunidades marginadas, drogadictas, etc., y dice que el término burnout lo tomó de los consumidores de drogas. No fue un invento suyo, sino que ellos lo usaban para describir su tipo específico de sensación de agotamiento. Tomó ese término para describir la experiencia de los diferentes voluntarios de esta clínica. Se trataba de personas que estaban dedicando su tiempo a ayudar a los demás como parte de este tipo de proyectos que tenían objetivos más amplios en materia de justicia social, que a menudo estaban vinculados también a las luchas por la vivienda y otro tipo de campañas políticas. Luego él tuvo una trayectoria bastante típica, supongo, en la que se convierte en el tipo de persona que da consejos a miembros de juntas directivas.

Creo que ahora hay bastante énfasis en el cuidado en los círculos activistas, pero también que todavía existe una especie de cosa moralizante como de: “hay que darlo todo por la causa”

Es una triste ironía.
Supongo que es bastante típica para la gente de esa generación. Me alegró descubrir que la clínica en sí continuó existiendo y todavía existe de alguna forma en la actualidad, no en el mismo edificio. En la década de los 80 se convirtió en una de las primeras clínicas de la crisis del Sida porque había albergado una línea de ayuda para gays. Ese tipo de historia radical no terminó sin más, aunque el creador del concepto de burn out fuera en una dirección mucho menos radical. Por eso decidí conservar el título de mi libro, porque pensé: bueno, hay otra historia del concepto que tal vez la gente no conozca.

¿Cuál fue tu motivación para escribir un libro tan complejo?
Creo que cualquier persona que haya participado en algún tipo de organización política está muy familiarizada con los tipos de dificultades emocionales que tan a menudo surgen de esas experiencias. No son sólo las experiencias de la derrota, sino experiencias de dificultades interpersonales dentro de grupos políticos; no ser capaces de mantenerse estables porque las personas tienen muchas otras presiones en sus vidas, y cómo esto puede tener un impacto emocional enorme en las personas. No creo que sea una novedad para nadie, creo que todo el mundo lo reconoce, pero realmente no había visto ningún intento de unir de alguna manera ese tipo de experiencias a través de diferentes momentos históricos. 

¿El hecho de intentar no hablar de las dolencias para no poner “palos en la rueda” de las luchas nos ha impedido conocer esas otras historias de esos momentos a los que te refieres?
Siento que una y otra vez la gente se encuentra con estos problemas y creo que, cuando es la primera vez que lo experimentas, puede aparecer en forma de shock y de sorpresa, pero luego, por supuesto, hablas con la gente que ha estado involucrada en estos movimientos y ves que una experiencia muy familiar y típica. Creo que ahora hay bastante énfasis en el cuidado en los círculos activistas, pero también que todavía existe una especie de cosa moralizante como de: “hay que darlo todo por la causa”. Pero eso, a veces, es contraproducente, ya que se trata también de encontrar formas de hacer que las cosas sean sostenibles en el tiempo. Y obviamente, no es que la lucha sea solo una cuestión de emociones, hacen falta muchas, muchas otras cosas, pero creo que ese es uno de sus componentes. Quería pensarlo y tomármelo en serio.

El libro no trata sobre la ansiedad motivada por factores tan presentes en nuestra vida como la crisis climática o Donald Trump. ¿Dónde sitúas las dolencias respecto a estos miedos?
Es interesante, porque el libro no tiene un capítulo sobre la ansiedad, sino sobre otras emociones. Y sí pensé en la ansiedad, y la razón por la que no la incluí es porque creo que la ansiedad es un tipo de emoción que tiene más que ver con el futuro, mientras que la mayoría de las emociones que estaba viendo tienen más que ver con el pasado. Pero me parece interesante reflexionar sobre ello, específicamente en relación con la crisis climática. Ya estaba escribiendo el libro, que he trabajado en un periodo prolongado de tiempo, en la época de las primeras elecciones de Trump en 2016, cuando creo que hubo un cierto interés en la izquierda por teorías históricas sobre el atractivo psicológico del fascismo. 

¿Qué tipo de interés?
Surgieron este tipo de estudios que se publicaron en los años 30, 40 y 50, muchos de ellos relacionados con la Escuela de Frankfurt, como La teoría de la personalidad autoritaria, de Theodor Adorno, o La psicología de masas del fascismo, de Wilhelm Reich, que se publicó en la década de 1930. Era un intento de gente de la izquierda que básicamente se sintió impelida a recurrir al psicoanálisis, a Freud, porque el análisis exclusivamente económico no podía dar sentido a lo que estaba sucediendo. Existía la sensación de que se necesitaba algún tipo de explicación sobre algo que parecía irracional, para darle sentido, en particular, a la clase trabajadora que se volvía hacia Hitler en ese momento. En 2016 muchos de estos libros se estaban reeditando en inglés o se traducían por primera vez del alemán al inglés, y hubo un momento en el que se pensó que estas teorías podían dar sentido al momento que se vivía. 

Para centrarse en el futuro hay que tomarse en serio cuán graves son las pérdidas y dificultades del pasado

¿Cómo influyó eso en tu proyecto?
Me pareció que lo que le faltaba a eso era saber qué pasa con las experiencias psicológicas de la gente de la izquierda que intenta luchar contra estos procesos. Y no desde una perspectiva de patologización o para teorizarlo, sino más bien para tratar realmente de luchar contra estas circunstancias que pueden resultar tan abrumadoras y también tan desquiciadas. Porque creo que eso se repite, por ejemplo, con lo que está sucediendo ahora mismo en Irán. Puede parecer que somos impotentes y como si realmente no hubiera nada que pudiéramos hacer para evitar que las cosas se agraven. Me interesaban más ese tipo de experiencias, en lugar de pensar en la experiencia de una persona imaginaria que puede haber decidido votar por Trump.


¿Qué opinas de la pandemia y de cómo la crisis de la covid ha repercutido en los movimientos sociales, en ese tipo de sensación de vacío, ansiedad, etcétera?
Es gracioso, porque escribí el libro durante el confinamiento. Y se siente muy parecido a un producto de una época. Es un libro sobre experiencias de colectividad que escribí de forma aislada. Ha sido una experiencia mucho más agradable tener el libro en el mundo y hablar de ello con otras personas que el acto de escribirlo. En el epílogo hablo de un suceso en Glasgow, la ciudad en la que vivo. Hubo un acto de resistencia a una redada de inmigración que tuvo éxito. La gente llegó y bloqueó esa lechera, alguien se puso debajo e impidió que se marchara, y luego la comunidad entró, rodeó el furgón y, finalmente, la policía dejó ir a las personas a las que había detenido. Eso ocurrió en mayo de 2021. Fue justo cuando ese tipo de restricciones de confinamiento se estaban relajando. Se acaba de estrenar un documental sobre ese suceso llamada Everybody to Kenmure Street; lo fui a ver hace poco y me sentí extraña porque parece que ya estamos hablando de otra época, y fue hace cinco años. 

¿Extraña en qué sentido?
Todo el mundo estaba saliendo del confinamiento y eso ya era de por sí raro, pero también había algo, creo que se ve en la película, como que inmediatamente la gente se puso a traer bocadillos y a organizar la comida para el común. Se hizo mucho hincapié en la ayuda mutua. Incluso el hecho de que la gente de la comunidad se diera los números de teléfono entre sí, creo que el confinamiento hizo quizá que la gente se volviera más amistosa con sus vecinos. Era algo muy específico de esa época y también contradictorio, porque hay que recordar que es una época en la que mucha gente estaba sola en su habitación consumiendo cosas horrendas en internet. Doppelgänger, el libro de Naomi Klein, habla de manera muy convincente sobre cómo el del covid es el período en el que la gente se sumergió más profundamente en los agujeros de gusano de la extrema derecha.

Es una época de la que aun no se ha hablado lo suficiente.
Lo más común al pensar sobre esa época es la idea de que la gente haya desarrollado una especie de retención de memoria sobre toda la experiencia, es un poco como si nunca hubiera sucedido; así que sí, creo que es un momento un poco complicado de entender retrospectivamente. Pero en ese momento, al menos al ver esta película, me llamó la atención ver cómo, en realidad, había algunas cosas que hacían posible ese momento de resistencia, porque llegaba en un momento en el que todo el mundo estaba tal vez más en contacto de lo habitual con sus vecinos. Todo el canto de la multitud ese día fue: “Estos son nuestros vecinos, déjalos ir”. No quieres sobrerromantizar demasiado estas cosas, pero sí, me pareció que en ese caso había algo que lo hacía casi posible por el hecho de que la gente había estado mucho más tiempo en casa.

Estaba esa idea de que “saldríamos mejores” del shock.
Recuerdo un momento en los primeros días de la pandemia, quizás más o menos en abril de 2020, cuando en la conversación pública se introdujo la idea de que ser conscientes de manera colectiva de que el Estado puede pagar los salarios de todo el mundo iba a ser una llamada a despertar para todo el mundo sobre lo que puede y no puede hacerse, pero no lo fue. Este tipo de análisis ahora parece completamente extraño y, por supuesto, eso no pasó, pero sí lo recuerdo. Recuerdo que la gente tenía ese tipo de conversaciones. Es un momento extraño para encontrarle sentido.

Me encanta tu análisis de los movimientos históricos, como la Comuna de París, el movimiento Black Panther y cómo a través de ellos analizas las dolencias de la militancia, pero no puedo evitar pensar que si gente que llevó a cabo esos episodios heroicos terminaron pasando esos problemas lo nuestro, que no hemos hecho nada, ya no tiene remedio.
Sí, también me siento un poco fraude porque tampoco estoy en esas, en absoluto. Me interesó hacer hincapié en que, incluso para muchas personas que lo han dado todo de verdad por la revolución —todo, al 100% y no de manera retórica—, no es que haya sido algo fácil de hacer o que no haya tenido ningún tipo de impacto. Una de las cosas más tempranas sobre las que recuerdo haber escrito es acerca de Victor Serge y sus Memorias de un revolucionario. Serge fue uno de los que, habiendo participado en la Revolución de Octubre, sobrevivió a las purgas estalinistas y luego vivió para contarlo. Porque muchos de sus contemporáneos en esa lucha murieron. Por eso fue un ejemplo muy interesante para mí, porque realmente él creía en prácticas como la de ni siquiera usar su nombre para dejar de ser un individuo en el sentido burgués del término. Y, sin embargo, cuando está al final de su vida exiliado en México, escribe de una manera muy hermosa, en sus cuadernos de esa época, sobre su tipo de experiencias emocionales. Cosas como que durante el apogeo de su período revolucionario, su esposa fue ingresada en un hospital psiquiátrico y sufrió una crisis nerviosa. Nadie es inmune a estas cosas. 

Nuestra historia es una fuente de formación, pero cuando parece que se trata solo de mover páginas en este catálogo de derrotas, el peligro es que interioricemos la derrota como algo inevitable

¿Qué querías demostrar con esa investigación?
Me interesaba el tipo de conflicto que a veces existe entre una retórica en la que hay que darlo todo por la lucha, combinada con la idea de que, si lo haces, está estupendo, pero también es probable que salgas un poco estropeado. En ese epígrafe del libro uso un poema de Brecht, y tiene una línea que dice algo así como: “Nosotros, que queríamos preparar el terreno para la bondad, no pudimos ser bondadosos”, es decir, queríamos hacer un mundo hermoso para las generaciones futuras, pero el proceso de hacerlo fue malo y eso deja una cicatriz. 

¿Son equiparables las circunstancias de las personas que protagonizaron esos episodios heroicos con las de los europeos activistas de hoy?
Supongo que ahora es raro encontrar a un revolucionario profesional como los de antes, que dedicaron toda su vida a la política de esa manera. Siguen existiendo personas así, pero la mayoría de la gente está viviendo sus vidas y tratando de hacer cosas al mismo tiempo, y esa fue también la experiencia que estaba pasando yo. Especialmente para las personas que no están viviendo una especie de momento revolucionario creo que lo que está en juego es un poco diferente, porque en realidad, de lo que hablamos es de que simplemente abandonan el activismo por completo. Y eso también es una fuente de culpa o una especie de posición de privilegio. No todo el mundo puede simplemente decidir abandonar. Esas son las clases de contradicciones que me interesan.

Hay otro riesgo que destacas y es el de la nostalgia, de cómo se idealiza un momento concreto de lucha y se produce una visión reaccionaria de los propios movimientos y de la propia historia, que tal vez es un bloqueo para evitar que sucedan cosas nuevas. ¿Cómo afrontar eso?
Especialmente cuando parece que las cosas van tan mal es importante mirar al pasado como una fuente de inspiración y esperanza. La sensación de que las cosas podrían ser diferentes puede ser muy inspiradora. Nuestra historia es una fuente de formación, pero cuando parece que se trata solo de mover páginas en este catálogo de derrotas, el peligro es que interioricemos la derrota como algo que parece inevitable. En la introducción hablo de Alaa Abd El-Fattah, y su libro You Have Not Yet Been Defeated (“Todavía no habéis sido derrotados”), es uno de los presos egipcios encarcelados por El-Sisi que a finales del año pasado fue liberado. En ese libro, El-Fattah habla de la necesidad de no negar la gravedad de la derrota cuando se produce y que, en realidad, es importante hacerlo también desde el punto de vista político porque es peligroso el discurso de “tenemos que seguir adelante, olvidar todo eso, centrarnos en el futuro”. Porque para centrarse en el futuro hay que tomarse en serio cuán graves son las pérdidas y dificultades del pasado. Es un libro que trata sobre la derrota, pero que no quiere detenerse en la derrota y que no quiere decir que la derrota sea inevitable, sino que quiere que no puedas fingir que no existe y que no tiene un impacto importante material, no solo emocional.

La izquierda ha tendido a deshacerse de organizaciones fuertes como los sindicatos de trabajadores y los partidos comunistas, ¿crees que se ha ganado algo al hacerlo?
Creo que se trata de transformar las organizaciones, de transformar la cultura de las organizaciones, no de deshacernos de ellas. Por ejemplo, la izquierda no ha ganado absolutamente con la aniquilación de un movimiento sindical, y estoy hablando desde un país en el que eso ocurrió a una escala muy grave. No sé si has leído Si ardemos, de Vincent Bevins, sobre el tipo de movimientos de protesta de los años 10

Sí, lo conozco.
Uno de sus argumentos (si me permites la broma, chapado a la antigua) es que la razón por la que tantos de estos enormes movimientos fracasaron en tantos contextos diferentes fue precisamente por la falta de instituciones y organizaciones preexistentes. Pero, efectivamente, organizaciones como los sindicatos pueden ser muy jerárquicas y tienen otros muchos problemas: no quiero dejar de criticar ese tipo de instituciones y las maneras en las que también pueden convertirse, hasta cierto punto, en fuerzas del conservadurismo. Pero no puedo imaginarme argumentando que hay que librarse de ellos, para nada. Supongo que la pregunta entonces es cómo crear nuevas formas de organización que sean más o menos adecuadas para que funcionen. Si la forma en que se organiza el trabajo hoy en día es diferente, la forma de pensar las organizaciones y los sindicatos también tiene que ser diferente.


Las redes sociales han introducido o acelerado nuevas dolencias: como la culpa o la paranoia —a no tener un perfil digital lo suficientemente pulcro, a ser marginado de la conversación, etc— ¿Hasta qué punto son graves estos problemas de nuestro tiempo?
Creo que las cuestiones sobre la culpa y la paranoia son muy importantes, y en efecto, las redes sociales pueden ser máquinas para reproducir masivamente estos sentimientos. A menudo puede haber una sensación de: “oh, si no publico lo suficiente sobre este tema, la gente pensará que no me importa”. Al mismo tiempo dudo de que publicar mucho sea realmente útil. Me preocupa pensar en cómo de útil es generar el sentimiento de culpa en otras personas porque creo que, a menudo, la culpa puede ser bastante desmovilizadora, pero también considero que hay un lugar para hacer sentir vergüenza en la política. La vergüenza es la razón por la que alguien no puede cruzar una línea de piquete en una huelga, por ejemplo. Creo que es importante que las personas comprendan lo suficiente las consecuencias de lo que hacen como para que puedan sentir vergüenza por ciertas cosas. En términos personales, creo que sí, las redes sociales pueden ser muy nocivas para crear formas de culpa y paranoia, cuando en realidad, ya sabes, la razón por la que la gente debería estar paranoica es por temas como la infiltración policial en los colectivos, cosas así.

Citas a Mike Davis para coronar el libro: “Luchar con esperanza, luchar sin esperanza, pero absolutamente: luchar”. Entonces, ¿tienes alguna esperanza en este momento? 
Termino el libro con esta cita porque me pareció muy reveladora. Sentía que tenía que terminar mi libro con esperanzas, pero al mismo tiempo me sentía desesperada porque había dedicado mucho tiempo a escribir un libro sobre cosas realmente deprimentes. Lo cierto es que puedes encontrar fuentes de esperanza en muchos lugares pero, en un sentido global, puede resultar muy difícil tener una sensación de esperanza y puede ser que también necesites dejarte llevar por la desesperación, es importante y está bien. Lo que tomé de Davis es que hay que seguir luchando, tienes que actuar, ojalá desde la esperanza, pero que está bien ese reconocimiento de que puedes sentir desesperación. Tenía también presente la frase de Gramsci sobre el ”pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad", pero me desanima un poco toda esa retórica de la esperanza que no reconoce lo terribles que son las cosas. Creo que es posible mantener la esperanza y, al mismo tiempo, mirar a la cara los horrores de la coyuntura contemporánea, si es que eso tiene sentido.

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