La joven poesía en español en el siglo XXI: un estallido de versos en medio de una crisis permanente

Una antología reciente selecciona a 25 poetas que empezaron a escribir después del año 2000 para ofrecer una panorámica general, no generacional, en la que destacan la pluralidad, la heterogeneidad y la diversidad. Lo único que tienen en común, aseguran los antólogos, es habitar un mundo en estado crítico.

En un momento de la novela Poeta chileno (Anagrama, 2020), del escritor Alejandro Zambra, la voz narradora establece una curiosa analogía entre las recopilaciones que seleccionan obras de poetas jóvenes y las guías de teléfonos, aunque puntualiza que quizá los poetas jóvenes no entenderían la comparación porque “crecieron en un mundo en que las guías de teléfonos estaban dejando de existir”. Aunque marcan alguna distancia, los creadores de Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2015 (Cátedra, 2026), los académicos Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández, sí reconocen cierto parentesco de su vástago con esa guía telefónica de poetas jóvenes. Por el hecho de que todo estudio, toda cartografía, “siempre va por detrás del trabajo de sus protagonistas”; y también porque una guía de teléfonos es panorámica, no programática. “Esa noción de panorama ha sido uno de los objetivos de Un estallido”, confirman.

El resultado de su investigación es un muestreo de “las derivas y tensiones expresivas” en el campo poético a través de la obra de 25 poetas que nacieron entre 1984 y 2000, que escriben en castellano, han desarrollado sus carreras en el ámbito editorial español y tienen al menos dos poemarios publicados. Más que construir una guía de teléfonos, han intentado que su trabajo recoja “las leyendas del mapa de un territorio que ha sido muy complejo de cartografiar por los mismos motivos que la antología celebra: la pluralidad y heterogeneidad de sus propuestas poéticas y la reformulación de sus marcos de visibilidad y legitimación”. 

“Ahora no se puede hablar como tal de una generación, entendida como constructos en cuya conformación participan sus propios miembros y las instancias legitimadoras del campo”, dicen los antólogos de ‘Un estallido’

Ambos destacan que en el periodo estudiado se han publicado en España numerosos poemarios, “estética y temáticamente muy plurales”, que han renovado las expectativas de lectura y los registros expresivos del hecho poético. En estos años, además, se ha producido una ruptura “con las pautas tradicionales de análisis y aproximación a la poesía española”, se ha quebrado el análisis basado en el modelo generacional, “que privilegiaba y centralizaba una opción estética determinada, desplazando al resto hacia los márgenes”. Por este motivo, aseguran que su antología no tiene vocación de presentar a un grupo de poetas que comparten generación y gusto estético sino de dar cuenta de la diversidad y pluralidad del presente mediante una cronología de “la transformación última” de la poesía española así como analizar algunas coordenadas formales y temáticas de poetas que empezaron a escribir en el siglo XXI. “Ahora no se puede hablar como tal de una generación, entendida como constructos en cuya conformación participan sus propios miembros y las instancias legitimadoras del campo. El siglo XXI arranca, de hecho, con el fracaso del modelo generacional”.

Pese a la gran cantidad de compendios publicados sobre cómo era la poesía en español durante los años iniciales del nuevo milenio —el calendario dio una coartada perfecta para la taxonomía y el estudio en busca del descubrimiento—, Molina Gil y López Fernández argumentan que en el primer lustro del siglo XXI no existió una generación poética reconocible como tal y enfrentada a la de las décadas previas. Tampoco aprecian una gran revolución formal, pero sí señalan claras diferencias en los aspectos temáticos de la poética de esos años: por ejemplo, surge una reivindicación de la identidad, el cuerpo y las genealogías de género. Entre 2006 y 2010 se construyó un “campo poético sin centro definido”, mientras que la segunda década se caracterizó por la formación de dos núcleos expresivos tradicionalmente antagónicos: uno en torno al realismo figurativo y otro de perfil experimental. En 2011 se creó el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández, dotado con 20.000 euros, 30.000 en la actualidad, para autores menores de 31 años. De 2020 a 2025 se registra lo que estos investigadores califican como una “sólida hibridez”. También puntualizan que esta separación por etapas dentro del primer cuarto de siglo no es taxativa y que siempre hay excepciones que son difíciles de encajar. En cuanto al estilo, valoran que no existe uno privativo del siglo XXI, pero sí ha sido característica de este periodo la “permanente exploración del registro formal del poema”.

Aunque advierten que resultaría “tremendamente reduccionista” leer esta antología solo desde los nombres que aparecen —entre ellos, los de Elena Medel, Berta García Faet, Ángela Segovia, Bibiana Collado, Martha Asunción Alonso, María Salgado o Ben Clark—, saben que es inevitable que esto suceda y destacan que la única seña “verdaderamente común” de todas las autorías contenidas en el libro es la vivencia colectiva de más de 15 años de crisis sostenidas. “Desde la crisis económica en 2008 que modificó el panorama social y, con él, el campo artístico y cultural, se ha vivido en un estado de crisis permanente, que ha incidido en lo económico, lo sanitario y lo existencial e identitario, hasta condicionar la experiencia del sujeto. Sin sus efectos estaríamos ante otro escenario poético y social, y vital”. Así, explican, los poemas que se leen en Un estallido “se edifican desde una España en crisis —o, mejor, desde un mundo en estado crítico—, en múltiples frentes, y, como en todo marco de estas composiciones, trasladan las preocupaciones e impulsos de su coordenada histórica: el impacto del feminismo y las retóricas de la corporalidad, la necesidad de retomar los espacios rurales y urbanos, de reactualizar el sentido de comunidad, de ironizar y renovar con los referentes culturales, de preguntarse cómo materializar desde el lenguaje esas nociones de crisis, afectos y creación”.

Los antólogos señalan también que, en el primer cuarto de siglo, se ha vivido una transformación del mercado editorial y de los marcos de legitimación de la actividad poética, que no hubiera sido posible sin “la revolución de lo digital, la relevancia de las plataformas virtuales de difusión como nuevas vías de visibilidad horizontal y complicidad poéticas —pensemos que los textos de la antología Tenían veinte años y estaban locos, de Luna Miguel en 2011, están extraídos de Tumblr— y sin la creación y el trabajo de revistas y sellos editoriales independientes, a menudo dirigidas por poetas, que se han ido abriendo paso desde entonces, con desigual recorrido”.

Este nuevo escenario no implica, añaden, que las editoriales más emblemáticas ligadas a los sistemas de premios como Hiperión, Visor o Pre-Textos hayan interrumpido su actividad, pero sí quiere decir que “se ha ido rebajando paulatinamente su capacidad de incidencia y su capital simbólico como únicos sellos legitimadores”. En su opinión, la muestra más relevante de legitimación de una autoría emergente en la actualidad, más allá de la obtención de galardones posteriores a la salida del libro como el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández o El Ojo Crítico de Radio Nacional de España, parece “ligada” a su publicación en las nuevas editoriales de referencia como La Bella Varsovia, Ultramarinos, Letraversal, Cántico, RIL o Piezas Azules.

Una ausencia llamativa en las páginas de Un estallido es la de la poesía escrita y publicada en España pero no en castellano sino en las demás lenguas oficiales. Molina Gil y López Fernández asumen que se debe a sus propias limitaciones académicas y lingüísticas. “Somos muy conscientes —reconocen desde el correo electrónico— de la relevancia actual de la poesía en otras lenguas del Estado español y de la influencia que estas tienen, tanto en sus versiones originales como en sus traducciones, así como de la necesidad cada vez más acuciante de ofrecer compendios que las recopilen y las hagan dialogar entre sí. Sin embargo, creemos que un trabajo de este calado, mucho más amplio que el nuestro, debería realizarse de forma colectiva y coordinado por especialistas de cada una de las tradiciones literarias implicadas”.

Para completar el retrato de la poesía en español en el primer cuarto de siglo hay que preguntar por el lugar desde donde se escribe. Molina Gil y López Fernández afirman que la mayoría de poetas de su selección se dedica a profesiones relacionadas con la cultura —profesores, editores— y cuenta con estudios universitarios de grado, casi siempre ligados a las Humanidades y las Ciencias Sociales. En los últimos años destaca la presencia de doctores en Filología y Teoría y Literatura Comparada, lo que ha posibilitado “un afán ensayístico y teorizador de las posibilidades de la lírica y su capacidad de representación del mundo”. Este afán, precisan, no había sido tan palpable en la década previa y complementa “de una forma autoconsciente su trabajo creativo y su perspectiva situada de las problemáticas sociológicas en relación con la literatura y la precariedad del campo cultural”.

Y también hay que mirar al otro lado, a quien lee poesía en 2026. Estos investigadores se muestran optimistas y creen que se viven buenos tiempos para la lírica. Hay más lectores que en décadas previas “como revelan los datos de venta de poemarios, la cantidad de gente reunida en algunas presentaciones de libros, la apertura del mercado editorial o los debates que suscitan algunas publicaciones. El posicionamiento público en redes sociales y otras plataformas de visibilización digital, así como la mayor permeabilidad con otros géneros artísticos, han influido en esa apertura, aunque la poesía siga siendo un campo de atención limitada”, valoran.

Una de las razones que, en ocasiones, se ha esgrimido para no leer poesía es que es exigente, que se requieren unos conocimientos previos para entenderla y disfrutarla. Molina Gil y López Fernández han detectado autores y corrientes que proponen unas formas poéticas más accesibles y destacan dos nombres en ese sentido, presentes en la antología. “La poesía de Ángelo Néstore es tremendamente clara y directa. Ahí reside parte de su potencia. No en vano, toda su obra se articula desde una perspectiva queer, consciente del uso político y transformador del lenguaje y del discurso. Su estilo es directo, depurado, sociorrealista incluso, de registro conversacional y escenografías mínimas. De esta forma, materializa sin ambages la experiencia de un deseo no heteronormativo, el mestizaje cultural, la identidad transgénero y las distintas dimensiones de la corporalidad”, explican.

La segunda es Mayte Gómez Molina, cuyo poemario Los trabajos sin Hércules ganó el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2023 por “revisitar la mitología clásica integrando la tradición en una radiografía magistral de los problemas de la vida cotidiana”, según el jurado. Es una obra atravesada por una claridad parecida a la de Néstore y muy abrasiva, comparan los editores de Un estallido, que subrayan cómo en sus páginas la poeta denuncia “explícitamente los avatares de un presente marcado por la precariedad laboral y por la podredumbre de un sistema corrupto. A partir de la reformulación de las luchas de Heracles, transitamos por las existenciales batallas cotidianas de un sujeto desencantado, incapaz de construir una identidad propia dentro de un capitalismo donde todo ha sido reducido a nuestra capacidad de producción”.

Gómez Molina cuenta a El Salto que, para ella, fue muy potente mezclar poesía y denuncia de la explotación laboral porque le permitió “pensar sin sublimar la experiencia y sin darle una épica a estar en paro sino poder explorar las sensaciones que nos llevan a una total depresión —aparte de la falta de estructuras materiales y de sustento para una vida digna— y el lugar enorme que ocupa el trabajo en una vida. El hecho de que, en una sociedad en la que todo es producción, hiperproducción, hipercapitalismo, ferocidad, consumo, tú te quedes fuera de esa cadena es, por un lado y entre comillas, una salvación, pero también te lleva a la marginalidad y a desarrollar una serie de sentimientos como la pérdida de identidad. Para mí, la poesía ahí sí se convierte en una herramienta muy poderosa porque es algo muy pegado a la piel”. 

Artista audiovisual antes que poeta, Gómez Molina ha debutado en narrativa esta primavera con la novela La boca llena de trigo, publicada por Anagrama, en la que se acerca al mercado del arte y cómo afectan sus exigencias a quienes se dedican a la creación. Preguntada por esos tres lenguajes, dice que la novela le permite desarrollar las imágenes mientras que en la poesía hay algo analítico, “una postura casi científica, de descripción de un fenómeno que no es científico pero necesita el lenguaje totalmente certero de la poesía”. A ella le interesa la “cosa quirúrgica” de la poesía para acercarse a un fenómeno, a una experiencia sensorial. Y en lo audiovisual encuentra “esa especie de pulsera o de encadenamiento de imágenes, que también permite la poesía, por lo que no creo que estén tan lejos. El gusto por el cine y la poesía se acaban reflejando en la novela, que quizá es un camino intermedio. He intentado conservar en la novela esa cosa sintética de la poesía, casi como si hubiera versos dentro de los párrafos. Y, por otro lado, ese desarrollo narrativo que podría ser casi el desarrollo de imágenes de lo cinematográfico. Me interesa la novela como ese terreno intermedio”.

Mayte Gómez Molina dice que lo que intenta con su poesía es “esa cosa casi científica de análisis del mundo, más explícito en los mejores momentos y más redundante en los peores”

Gómez Molina duda que, en general, la poesía y la narrativa sean herramientas para lograr el mismo fin. Recuerda que existe una poesía “que trata las palabras como si fuesen objetos, hay buenísimos poemas en los que las palabras dejan de tener significado y empiezan a ser como materiales casi escultóricos con los que construir desde ahí, la palabra pierde la relación con la realidad y establece otra”. Esto le parece “interesantísimo”, pero reconoce que ella no lo hace tanto en su poesía porque lo que intenta es “esa cosa casi científica de análisis del mundo, más explícito en los mejores momentos y más redundante en los peores”. También señala que hay algo narrativo en sus poemas, “quizá porque mi primera idea siempre había sido escribir una novela, pero por mis circunstancias vitales la poesía ha sido algo que, pese a exigir mucho trabajo, he podido cuadrar con el trabajo que me da sustento”.

La concesión del Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández fue para ella una experiencia rara, “un shock extremo” que delata las condiciones precarias en las que se mueven quienes se dedican a la creación. Gómez Molina recuerda que vivía en Alemania, a donde había emigrado para trabajar porque llevaba mucho tiempo en paro, “y de repente me llamaron desde el Ministerio de Cultura para decirme que había ganado este premio que ni siquiera me había planteado que podía ganarlo. Me sentí muy contenta y agradecida, pero fue una experiencia violenta porque no entendía nada, yo no me había presentado al premio ni nada, luego me dijeron que no hay que presentarse… Lo del dinero fue muy extraño. Pensé en volverme a España porque era como tener ahorros de repente, aunque fuese para huir si lo necesitaba”. Y en cuanto a lo que significa un premio en términos de reconocimiento a su tarea, ella lo recibió con mucho agradecimiento, pero admite que, más que validación, se sintió casi una intrusa “porque era mi primer libro y hay muchos poetas jóvenes buenísimos en España con muchos poemarios publicados”.

“Muchos poemas que he escrito tenían en mente a mujeres racializadas, hijas de migrantes como yo, porque hay una ausencia muy grande de esto en la literatura española”, explica Paloma Chen

Para la poeta y comunicadora Paloma Chen, ganar el Premio Nacional de Poesía Viva L de Lírica 2020 supuso mucho, aunque entonces no tuviera una dotación económica. “Yo solo escribía poesía de forma privada y para mis amigas antes de presentarme al concurso, así que tener un reconocimiento significó para mí que quizá podía llegar a más personas y compartir, lo cual es muy hermoso”, explica. De algún modo, le ayudó a salir de un círculo íntimo para entrar en otro más amplio. Gracias al premio conoció a Ángelo Néstore, quien dos años después publicó en su editorial, Letraversal, el primer poemario de Chen, Invocación a las mayorías silenciosas. Ella considera que premios, subvenciones y becas son importantes para mantener una carrera artística porque “el trabajo artístico no está bien remunerado económicamente, es decir, es difícil que le dediques mucho tiempo si tienes que pagar facturas porque lo normal es que tengas otro trabajo”, pero también opina que “desafortunadamente muy poquitas personas pueden acceder, y algunas, incluso cuando accedes, se sienten un poco como limosna”. 

Chen es una de las poetas que ha quedado fuera de Un estallido —“la perversa lógica de cualquier antología es que lo que queda al otro lado siempre es mayor que lo incluido”, reflexionan sus autores—, pero ella se siente afortunada por la recepción de su obra poética publicada, para la que se nutre de poetas como June Jordan, Kaveh Akbar, Li-Young Lee o Marilyn Chin, y por haber encontrado una audiencia que la aprecia. Por su experiencia en recitales, dice que su público es relativamente heterogéneo, “pero es cierto que muchos poemas que he escrito tenían en mente a mujeres racializadas, hijas de migrantes como yo, porque hay una ausencia muy grande de esto en la literatura española”. Para ella, colaboradora de El Salto, la poesía está muy viva en la actualidad: “Hay experimentación y hay muchos creadores jóvenes interesantes, y me siento contenta cuando trabajo junto a otros poetas migrantes y racializados y de la poesía joven crítica, como los incluidos en las antologías Matria poética y Última poesía crítica. Jóvenes poetas en tiempos de colapso. Quizá en 2026, como dices, a veces sea difícil hablar de corrientes y movimientos concretos por toda la polifonía de las redes sociales y la sensación de multiplicidad”.

Sobre ese elemento ineludible en la comunicación en el siglo XXI, Chen entiende que las redes sociales han afectado a su lenguaje poético del mismo modo que han afectado a toda su vida. “Como mi poesía también parte mucho de mi cotidianidad y mis experiencias personales, es inevitable que las redes jueguen un papel, y que a veces lea o escuche algún poema en redes, o yo misma lo haga. Ahora bien, es cierto que no lo hago mucho y que en ese sentido sigo siendo muy clásica porque yo soy una súper enamorada del papel”.

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