Opinión
‘La constelación del perro’: pastoral para el apocalipsis

El veterano director británico Ridley Scott ofrece una visión peculiar del fin del mundo en esta adaptación de la novela homónima de Peter Heller.
The Dog Stars
Fotograma de la nueva película de Ridley Scott, ‘La constelación del perro’.

Todo el mundo ha visto alguna película de Ridley Scott, incluso si se desconoce su nombre. Scott se ha desenvuelto durante medio siglo con habilidad en el ámbito resbaladizo del cine popular de calidad, con hitos en su haber como Alien (1979), Blade Runner (1982), Thelma y Louise (1991), Gladiator (2000), El reino de los cielos (2005) y Marte (2015). Reconocido en principio por su talento para la creación de imaginarios pasados y futuros de impronta esteticista, estos han conformado con el tiempo un discurso autoral tan sutil como innegable, en el que juegan un papel destacado los conflictos de clase y el escepticismo en torno a la naturaleza humana. La constelación del perro no es una excepción.

En los últimos años, sin embargo, coincidiendo con el suicidio en 2012 de su hermano —el también director Tony Scott— y la entrada en una tercera edad que no le ha procurado el reconocimiento que siempre ha creído merecer, Scott ha descuidado las formas de sus películas. Las improvisaciones con los actores, el empleo de numerosas cámaras durante los rodajes y el encadenamiento apresurado de proyectos muy ambiciosos sobre el papel se han traducido en una agitación expresiva que ha hecho de sus películas más recientes —La casa Gucci (2021), Napoleón (2023), Gladiator II (2024)— casi parodias del cine comercial para adultos que siempre ha realizado y del que, hoy por hoy, puede considerarse un representante crepuscular.

El talante irónico de sus ficciones últimas no tiene en sí mismo nada de malo, es interpretable como una forma de autorreflexividad en torno a su labor en el Hollywood posmoderno, finiquitado con la Gran Recesión de 2008, y como un agudizamiento de su mirada inclemente sobre los simulacros de la civilización humana. Pero tiene el problema de que Scott nunca ha prestado una atención detallada a los guiones que caían en sus manos —por no hablar de que, en ocasiones, parecía no entenderlos—, lo que, sumado a las prisas, cuando no chapucería, de que hablábamos, desemboca en películas que cabe calificar, no de mordaces, sino de deformes. En ese aspecto, su adaptación de la novela homónima de Peter Heller que ahora se estrena es una de las propuestas más extrañas y, en última instancia, ridículas de su filmografía.

Sus protagonistas son Hig (Jacob Elordi), un piloto, y Bangley (Josh Brolin), un militar, supervivientes a una infección global que ha diezmado a nuestra especie. Hig y Bangley han creado en un aeródromo abandonado un microcosmos donde se protegen por todos los medios del ansia predatoria de otros supervivientes a la catástrofe. Bangley está contento con ese estado de las cosas, pero Hig aspira a descubrir si, más allá de la fortaleza improvisada en que se ha recluido con el militar, existen horizontes inéditos para el renacimiento de los seres humanos. ¿O esa curiosidad es un pretexto para sublimar su pulsión de muerte, destrozado anímicamente como está por la pérdida de seres queridos durante la pandemia? El caso es que, desatendiendo los consejos de Bangley, Hig se aventura periódicamente en el exterior con una avioneta y la compañía leal de su perro Jasper, lo que le aboca a una peligrosa aventura en la que contará como aliados imprevistos con Cima (Margaret Qualley) y su padre, Jack (Guy Pearce).

La constelación del perro es una película profundamente conservadora, una fantasía misántropa y libertaria. En ella, los maduritos hombres de verdad —militares, mecánicos…— siempre tienen razón en sus apreciaciones y, gracias a sus aptitudes especiales, se sitúan por encima de los jóvenes salvajes que pretenden acabar a golpe, cómo no, de asesinatos y violaciones, con los restos de la civilización occidental. Si hay una posibilidad de melting pot es con una comunidad idílica, anacrónica, ubicada en las proximidades del aeródromo donde se atrincheran Hig y Bangley. Por otra parte, Hig no es el primer personaje de Scott que intenta trascender la clase trabajadora a la que pertenece, solo para verse traicionado por las élites en el poder. El director británico vuelve a tratar el tema en base al contraste entre dos imaginarios contrapuestos: el salvaje de la pura supervivencia en entornos naturales o ruinosos, del que Hig se siente disociado —mascota domesticada incluida—, y el falsamente sofisticado del lugar al que se dirige con su avioneta tras captar una señal radiofónica de acogida. Por desgracia, el simulacro de raciocinio y orden que preside el refugio donde se presentan Hig, Cima y Jack tiene muy poco peso específico en el relato, por lo que las lecturas que se deducen del mismo son las justas.

‘La constelación del perro’ se sustenta en infinidad de situaciones y personajes sin entidad propia, vistos mil veces y desarrollados de una manera errática, sin convicción, desastrosa a nivel dramático

En cualquier caso, los debates que pudieran suscitar estos argumentos se quedan en casi nada ante la pobreza del guion escrito por Mark L. Smith. Si uno no ha visto otras películas posapocalípticas, apenas entenderá lo que se nos pretende contar. La constelación del perro se sustenta en infinidad de situaciones y personajes sin entidad propia, vistos mil veces y desarrollados de una manera errática, sin convicción, desastrosa a nivel dramático —atención al tosco paralelismo establecido entre los asedios a que se ven sometidos por separado Hig y Bangley—, con momentos tan grotescos como el del lanzamiento de las granadas o la reaparición de Bangley. En cuanto a Scott, su cámara opta casi siempre por ilustrar lo escrito por Smith, con escaso sentido del ritmo, limitaciones graves de planificación —véase la escena del enfrentamiento con visión nocturna, o la escalada de tensión entre Hig, Cima y Jack y la psicótica Darlene (Allison Janney)—, y decisiones tan bizarras como la banda sonora original y las canciones pastorales que ambientan musicalmente el filme, guiño a la western culture que solo resulta operativo durante sus contemplativos minutos iniciales.

Si a ello le añadimos un product placement abusivo en la primera mitad del metraje, del todo incompatible con la apuesta de la ficción por una arcadia comunitaria capaz de redimir los excesos del capitalismo tardotecnológico en el que nos hallamos confinados, no queda sino una película pueril, plagada de contradicciones, de espíritu tan jovial y a la vez retorcido que cabe pensar en una burla hacia el género del cine apocalíptico. Scott, sin embargo, ha manifestado que “La constelación del perro es mi mejor película desde Marte, una reflexión sobre cómo lidiar con el fin del mundo, sobre la necesidad de contar ante todo con las emociones, con la gente” (sic). Hemos de concluir que su desorientación boomer es equiparable, más allá de sus sesgos ideológicos contrapuestos, a la del Steven Spielberg de El día de la revelación (2026).

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