Opinión
‘Ramayana: el nacimiento de una leyenda’: cálculo comercial, políticas del gesto

Llega de puntillas a los cines españoles la película más ambiciosa jamás realizada en India, basada en un texto legendario de la cultura hinduista.
Ramayana

Si en julio de este año se estrenaba La Odisea, superproducción de Christopher Nolan basada en un texto atribuido a Homero que ha devenido con los siglos un pilar de la cultura occidental, ahora le toca el turno a Ramayana: el nacimiento de una leyenda, inspirada a su vez en una obra capital para entender la evolución del sistema de creencias hinduista a lo largo de 25 siglos, no solo en el país donde surgió, India, sino en el conjunto del sudeste asiático. El Ramayana, atribuido al erudito Valmiki y escrito en sánscrito, consta de 24.000 versos divididos en siete libros, que relatan la pugna cada vez más agria entre el virtuoso Rama —encarnación del dios Vishnu, protector del universo— y el rey demonio Ravana —adorador de la entidad destructora Shiva—; un enfrentamiento que abarca años y que incluye derrotas humillantes, victorias épicas, secuestros, venganzas, destierros, y alianzas impensables con el objetivo compartido de restaurar el orden cósmico y moral de lo existente.

Resulta significativo que, en un momento crítico para las concepciones tradicionales de la identidad nacional, cultural y hasta moral, surjan proyectos como La Odisea, Ramayana: el nacimiento de una leyenda, la producción china Blades of the Guardian: Wind Rises in the Desert (2026), la surcoreana The King’s Warden (2026) o la kazajo-uzbeka Tamerlán: el último conquistador (2026), que coinciden a la hora de poner en valor mitos fundacionales de sustrato histórico y/o fabuloso. Muchas de ellas, como puede observarse, no tienen su origen en los ámbitos de Hollywood o la industria europea, sino que participan de esa figura que hemos convenido en llamar blockbuster periférico; la superproducción realizada por industrias cinematográficas pertenecientes a países de economías emergentes a principios de siglo, hoy plenamente consolidadas —de China a Emiratos Árabes Unidos pasando por Brasil, Polonia o Corea del Sur—, dinámica que ha traído consigo un aumento del orgullo nacionalista y, en sintonía con ello, la legitimación interesada de los procesos históricos desembocantes en el presente del país correspondiente, aunque abunden en los discursos oficiales y sus réplicas las tensiones entre lo viejo y lo nuevo.

Todo ello se ve reflejado en cinematografías de marcado carácter comercial, que han recogido con descaro el testigo de fórmulas argumentales y motivos visuales desdeñados desde hace un tiempo por el audiovisual estadounidense, y a las cuales ha terminado por beneficiar la deslocalización de Hollywood por razones económicas y estratégicas de la producción de efectos especiales, así como un contexto altamente competitivo de poder blando y guerra cultural. En los últimos años, las alianzas de productoras locales con plataformas de streaming globales, que dan lugar a películas con sabor glocal, y el control y manipulación de la cultura del algoritmo y la economía de la atención, han hecho de las series y los blockbusters creados en las industrias periféricas —siempre desde nuestro punto de vista, por supuesto— agentes disruptivos de gran importancia frente a la hegemonía clásica de la televisión y el cine norteamericanos.

No hay mejor ejemplo del panorama descrito que el estreno simultáneo estos días a nivel mundial de Godzilla Minus Zero, del japonés Takashi Yamazaki, y de Ramayana: el nacimiento de una leyenda, ambos además en el marco de esa cultura del evento que exige por lo que respecta al cine todo tipo de anzuelos sensoriales: pantallas IMAX, sonido Dolby, butacas que vibran, cubos de agua arrojados sobre las butacas desde los palcos superiores… y, en el caso de la segunda, dos versiones, la original de 195 minutos en versión original subtitulada, y otra de 165 minutos y con alteración mediante IA de los labios de los intérpretes para ajustarse al doblaje en diversos idiomas. Los personajes y las situaciones descritos en el Ramayama no tienen al fin y al cabo para el público europeo o estadounidense el atractivo de Godzilla, aunque conviene recordar que, hoy por hoy, viven fuera de su país natal más de 37 millones de indios, un público potencial muy goloso para la película.

La definida por uno de sus productores, Namit Malhotra, como “la película más grande en la historia del cine indio, sin nada que envidiar a Avatar (2009) o La Odisea”, primera parte de un díptico de seis horas de duración que culminará el estreno de una segunda parte en octubre de 2028, representa en definitiva una escalada —quizá menos cualitativa que cuantitativa— en el camino del cine indio hacia la visibilidad en el mercado internacional de hoy. Para muestra, un botón: aunque en India se han producido infinidad de adaptaciones del Ramayana, esta es la primera que podrá verse en cines españoles.

El ansia por orientar la leyenda hacia otras sensibilidades ha generado en su país de origen algunas polémicas. Por una parte, el retrato inicial del villano Ravana —interpretado por Yash, estrella de la saga de acción K.F.G. (2018-)— como vengador y liberador de su pueblo, acorde a la preferencia del espectador occidental por los personajes complejos y comprometidos, ha disgustado a los fundamentalistas del texto original, así como a la India conservadora del norte, que ha depositado en el personaje venerable de Rama todo tipo de valores nacionales y morales; en cambio, la del sur, prefiere a Ravana en tanto protector de los desfavorecidos.

Por otra parte, no han faltado críticos que han denunciado de nuevo la sumisión creciente de las historias, las formas y las estrategias de producción y exhibición de Bollywood a lo ideado por Hollywood; un proceso que parte en su configuración actual de las copias informales y, más tarde, los remakes oficiales producidos en el periodo de entresiglos, y ha llegado a un punto tal de asimilación en los imaginarios propios que, a juicio del veterano actor Anupam Kher, “el cine indio sufre ahora mismo una grave crisis de identidad. Para mí ser cool no consiste en imitar lo occidental, significa ser auténtico y original”. Cabe recordar que Bollywood es la industria del cine asentada en el norte de India, mientras que las industrias de Tollywood y Kollywood, ubicadas en el sur, todavía logran éxitos comerciales apelando a las mitologías y las sensibilidades regionales.

Ramayana: el nacimiento de una leyenda ha tratado de sortear estas disyuntivas, estos debates, con un modelo hasta cierto punto novedoso, que abarca elementos de Bollywood —el director Nitesh Tiwari, el actor Ranbir Kapoor como intérprete de Rama—, los estudios del sur del país —Yash y la actriz Sai Pallavi, que encarna a la guerrera y princesa Sita, esposa de Rama— y la cofinanciación de compañías internacionales como el estudio Sony Pictures y la multinacional de efectos visuales DNEG. El fruto de esta hibridación es muy visible en pantalla. Véase la batalla inicial entre las estirpes cósmicas de los Devas y los Asuras para hacerse con el control del universo —origen de la rivalidad años después entre Rama y Ravana—, deudora evidente de Immortals (2011) o Dioses de Egipto (2016) en su tratamiento desprejuiciado de iconografías sancionadas por un acervo cultural de siglos, y de fantasías épicas como La brújula dorada (2007) y El Hobbit (2012-2014) en su combinación de cinéticas y efectos visuales al servicio de criaturas imaginarias.

Vuelve a suceder en la escena que enfrenta a Rama, su hermano Lakshmana (Ravi Dubey) y Sita con demonios gigantes en el bosque de Dandaka, y en el clímax de lucha aérea entre Ravana y el ave divina Jatayu; pero, antes, hemos asistido a loables ejercicios de síntesis narrativa y expresiva —pensamos en la victoria de Ravana sobre los guardianes de la ciudad de Lanka y el montaje musical posterior que condensa el ascenso al poder de sus tribus— evocadores del cine indio de acción más idiosincrásico. Nitesh Tiwari, director polifacético con éxitos a sus espaldas como la feel-good movie deportiva inspirada en hechos reales Dangal (2016) y el drama generacional Chhichhore (2019) intenta unir los registros dispares que conforman Ramayana: el nacimiento de una leyenda, una forma revitalizada del cine masala, con varias estrategias.

Los diálogos usan y abusan de lo informativo en un tono pausado, a fin de (sobre)explicar lo que está sucediendo, con una planificación propia del tableau vivant o la pintura devocional. La estética es ajena por completo a lo cotidiano, tanto en las escenas intimistas como en las de gran espectáculo, en línea con la teoría plástica de los rasas, que desdeña la imitación de la realidad y ambiciona que el espectador experimente emociones depuradas hasta lo desbordante a través de una combinación kitsch del color y las texturas en el vestuario, los ornamentos y las escenografías. Y, lo más importante, Ramayana: el nacimiento de una leyenda lleva al límite la política de los cuerpos y sus gestos. La aparición de cada nuevo personaje y las actividades que lleva a cabo, por anecdóticas que puedan resultar sobre el papel —acariciar una flor, envainar una espada, contemplar una puesta de sol— están potenciadas hasta el paroxismo por las posiciones de cámara y la atronadora banda sonora compuesta por A. R. Rahman y Hans Zimmer.

La película no deja de recordarnos en ningún momento que asistimos a hechos sustanciales, que estamos contemplando arquetipos y símbolos en movimiento, con una veneración escópica solo comparable al tratamiento de los superhéroes por parte de La Liga de la Justicia de Zack Snyder (2021). Por tanto, todo lo que tiene en muchas ocasiones de estático, monótono y torpe Ramayana: El nacimiento de una leyenda, es indisociable, para bien y para mal, de la aspiración de sus imágenes a la grandeza: escenarios monumentales, batallas de dimensiones colosales, absurdas criaturas mitológicas, efectos digitales que anteponen lo expresivo a lo perfecto, y actores de semblante severo y desplazamientos coreografiados.

Es algo perceptible, desde luego, en los momentos espectaculares, pero que encuentra su manifestación más brillante en el abandono por Rama, Lakshmana y Sita de la corte de Ayodhya, camino del destierro. Lo que durante las escenas previas había parecido un melodrama familiar de sobremesa —uno más de los registros abordados por Nitesh Tiwari— da paso a unos minutos que, gracias a la cámara lenta, la alternancia de los puntos de vista, la iluminación de las antorchas en espacios sumidos en la penumbra, y, como decíamos, una gestualidad y unos movimientos de los actores lindantes con lo ceremonial, precipita en una secuencia de intensidad emocional insoportable y belleza deslumbrante. Solo por ese momento vale la pena dar una oportunidad a Ramayana: el nacimiento de una leyenda, que, mucho nos tememos, va a pasar por la adocenada cartelera española con más pena que gloria, pese a su importancia como fenómeno y sus cualidades como película.

Cine
Cuando Bollywood habla de matar por la patria y de hacerlo bailando
El thriller de acción ‘Alpha’, nueva entrega de una saga de ‘blockbusters’ de acción geopolítica pasada de vueltas, ha llegado a las pantallas españolas con una cierta discreción.
Cine
Del pluralismo socialista al espectáculo nacionalista: la realineación actual en el cine de India
Las películas indias que halagan al poder circulan ahora con mayor facilidad, mientras que las voces disidentes se enfrentan a listas negras informales y a la invisibilidad algorítmica.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...