Opinión
'El final de Oak Street': vasos comunicantes entre pasado y presente

Vuelve a la cartelera uno de los directores más interesantes de la industria estadounidense, David Robert Mitchell, con una odisea familiar cuya aparente locura oculta una sabiduría considerable.
El final de Oak Street película
Fotograma de 'El final de Oak Street' (2026)

“Somos como mariposas que vuelan durante un día pensando que lo harán para siempre”. No tarda demasiado David Robert Mitchell en explicitar el argumento de El final de Oak Street, su cuarto largometraje en quince años y su regreso por la puerta grande a la actividad cinematográfica tras la fascinante —y fallida— Lo que esconde Silver Lake (2018).

La frase pertenece al científico Carl Sagan, citado a vuelapluma en El final de Oak Street para legitimar la delirante aventura que experimenta la familia Platt, cuya idílica urbanización suburbial sufre una dislocación espacial y temporal que la sitúa en el periodo Cretácico. ¿Sobrevivirán Denise (Anne Hathaway), Greg (Ewan McGregor) y sus dos hijos a las continuas amenazas representadas por los tiranosaurios rex y demás animales propios del Cretácico? ¿Serán capaces de hallar un portal de regreso a su época, los Estados Unidos de 1982? Y, sobre todo, ¿servirá la experiencia al objeto de salvar el matrimonio de Greg y Denise, atrapados en una red de secretos y mentiras, en una cotidianidad sin alicientes, incapaz de nutrir expectativas?

Para Mitchell, la solución a la crisis matrimonial de los Platt consiste en abocarles a una prueba de supervivencia extrema en un entorno salvaje, sin máscaras ni disfraces, para recordarles que nuestras existencias duran un instante, que la ilusión de permanencia es un espejismo; y que, por lo tanto, cada minuto de nuestras vidas constituye una aventura, incluso si nos han tocado en suerte escenarios desfavorables o relaciones decepcionantes. Es una visión de las cosas teñida al tiempo de optimismo y melancolía, cercana a los postulados existencialistas de Jean-Paul Sartre —“La felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace”—, que ha recorrido de arriba abajo la filmografía de Mitchell.

No existe en El final de Oak Street nostalgia forzada de ningún tipo, sino una conjugación gozosa del pasado en clave de presente y del presente como heredero tan fructífero como relativista del pasado

En efecto, la alienación de extrarradio, la concepción de un día a día percibido menos en vivo y en directo que en relación con las expectativas generadas por los medios de comunicación, la cultura popular y los cantos de sirena del consumo, hasta que un evento disruptivo nos permite asomarnos a la belleza y la fugacidad de cuanto nos rodea, es una constante discursiva en Mitchell desde su ópera prima, El mito de la adolescencia (2010), centrada en personajes cuya burbuja emocional se veía amenazada por la mayor de las catástrofes: la pérdida de la inocencia, el descubrimiento de que el universo de nuestra juventud es un decorado, el tránsito a la madurez.

Su segunda realización, It Follows (2014), la mejor película de terror de los últimos veinte años, ahondaba hasta el extremo en esa idea, mediada por El idiota (1869) de Fiódor Dostoyevski: “Si uno se enfrenta a una destrucción inevitable, uno debe sentir un gran deseo de sentarse, cerrar los ojos y esperar, pase lo que pase…”. En Lo que esconde Silver Lake, por último, Mitchell indagaba en la responsabilidad de la cultura de consumo y el consumo de la cultura a la hora de precipitar nuestro extrañamiento político del mundo. Como explicaba el siniestro personaje demiúrgico del Compositor (Jeremy Bobb), “no me importa lo que está de moda o lo que es guay, todo es una estupidez y carece de sentido (...) Todo lo que esperas, con lo que sueñas, de lo que formas parte, es artificial. Tu arte, tu escritura, tu cultura, son las fachadas de las ambiciones bastardas de otros seres humanos”.

¿Qué pensar entonces de una película como El final de Oak Street, que cifra el despertar a la vida de sus personajes y, por extensión, de la audiencia, en el recurso a infinidad de registros manidos, desde el cine comercial estadounidense de los años ochenta y noventa debido a Spielberg a los cuentos escritos en los años cincuenta por Richard Matheson y Ray Bradbury, pasando por el dino-pulp? La estrategia, de la que son cómplices evidentes el productor J.J. Abrams y el compositor Michael Giacchino, pasa por acelerar un relato de cien minutos hasta lo vertiginoso, por la colisión sin apenas explicaciones de imaginarios, por imprimir a las imágenes un sentido de urgencia que violenta los signos manieristas del simulacro para dar vía libre a los sentidos de la ficción. No existe en El final de Oak Street nostalgia forzada de ningún tipo, sino una conjugación gozosa del pasado en clave de presente y del presente como heredero tan fructífero como relativista del pasado, mediante el (re)establecimiento orgánico de vasos comunicantes entre tradiciones de la cultura pop que nunca han dejado —ni dejarán— de retroalimentarse en beneficio de la imaginación y la conciencia del público.


Resulta significativo al respecto el tratamiento cariñoso y al tiempo irónico en las imágenes, tanto de la acción filmada en interiores y exteriores a través de ventanas —David Robert Mitchell no deja de señalarnos que estamos contemplando una pantalla—, como del tropo agridulce de las fotografías familiares, que culmina en aquella irónica con Greg y dos dinosaurios que fornican, y esa última con la cual el director de la película homenajea a su padre. Son detalles de gran agudeza en el marco de un ejercicio de acción y suspense llevado en casi todo momento con mano de hierro, con un virtuosismo y una comprensión de los tiempos y los espacios que nos recuerdan hasta qué punto David Robert Mitchell ha sido, y es, uno de los mejores directores contemporáneos a la hora de filmar la noche y las amenazas a rostro descubierto.

Sin ir más lejos, nos hallamos ante una película mucho mejor realizada que los dos grandes éxitos de taquilla de esta temporada, La Odisea y Spider-Man: Brand New Day. Por lo tanto, si se entiende, si no se la menosprecia en tanto entretenimiento de verano —y muy orgulloso de serlo—, El final de Oak Street tiene el potencial de procurar al espectador uno de los visionados más gratificantes y lúcidos de 2026.

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