Cultura del atracón cultural

El panorama que se dibuja en el ámbito de la cultura, cada vez más ajeno al medio donde se celebra y se produce, parece indicar la necesidad de un cierto desapego hacia la gran industria cultural. Tanto en sus materializaciones en el entorno digital como en los eventos en directo, el modelo de ocio actual nacido en la Modernidad hace ya tiempo que se ha desprendido de los límites del mundo.
Bibliotecas - 6
Cuatro estudiantes pasan el tiempo en una zona de la biblioteca de San Fermín, llamada La Casita del Árbol. Elvira Megías
12 ago 2026 06:00

Novelas, ensayos, cómics, libros de todo tipo fruto de la sobreproducción editorial, de la velocidad desbocada con la que se renuevan las mesas de novedades en las librerías. Mucha prensa y mucha producción cinematográfica, y muchas salas de cine prácticamente vacías. Obras de teatro en escenarios grandes, pequeños y medianos. Una glotonería cultural irrefrenable como la que siente el bufonesco protagonista del espectáculo Gola. En la obra, el personaje de Oriol Pla, tras zamparse todo lo que va soltando una máquina expendedora, empieza con una retahíla interminable de números acrobáticos cada vez más exigentes físicamente, y al terminar cada uno de ellos pregunta al público: ¿más?

En los meses de invierno, maratones de series con sofá y mantita. En verano, más de lo mismo pero trocando la manta por el ventilador o el aire acondicionado. También en la temporada estival, aunque empiecen en primavera y se alarguen hasta otoño, proliferan los festivales de música. Durante todo el año, las recomendaciones algorítmicas de las plataformas copan nuestra atención, o al menos luchan a destajo por atraerla, por fragmentarla. Con nuestros cuerpos sumidos en un perpetuo estado de agotamiento y sobreestimulación, la industria cultural viene a llenar de contenido hueco un espacio y tiempo de ocio que también podrían configurarse desde el prisma de la emancipación.

Mundo digitalizado: plataformas, progreso, malestar

Cascos con cancelación de ruido para emular el silencio. Podcasts de entrevistas y de ficción guardados “para escuchar después”. Listas de reproducción casi infinitas en plataformas de streaming musical. Horas y horas de reproducción de ruido blanco. Miles de millones de horas reproducidas como “medicamento sonoro”, término de Andrea Gumes en la serie “Amigo internet” de Ciberlocutorio, dedicada a nuestra relación con las pantallas y el mundo digital. Preguntada sobre ese acto tan cotidiano de autorrecetarnos contenido algorítmico, Gumes sostiene que muchas veces “buscamos cierta anestesia y lo que recibimos es un buen chute de dopamina. Fantástico cuando llegas agotado del trabajo”. Pero el verdadero problema viene cuando el repiqueteo continuo de contenido provoca “malestar, insomnio, enganche durante horas y sensación de vacío”.

En realidad, el problema del malestar derivado de la tendencia al hiperconsumo viene de largo. El proyecto político de la Ilustración asentó sus raíces en una idea de progreso que estaba vinculada a una concepción de la cultura como algo ajeno a su entorno. Y este proyecto se siguió expandiendo a golpes durante el Romanticismo y durante todo el siglo XX. Así, el consumo empezó a ser promovido desde la industrialización del XIX y por la sociedad de consumo y de la información, en el XX, para luego dispararse con la sociedad del conocimiento, cuyo apogeo acompaña al surgimiento de internet de uso generalizado.

En la época contemporánea, parte del impulso que nos lleva hacia el hiperconsumo cristaliza en lo que llamamos a la ligera FOMO (fear of missing out), y que procede en buena medida de una vigorexia de aquel viejo deseo ilustrado de progreso constante, de ese deseo incontenible de pretender llegar a todo. Se trata de un miedo radicalmente contemporáneo que halla su origen, al decir de Juan Evaristo Valls Boix, en un “malestar específico y distintivo de una sociedad de capitalismo digital avanzado (la degradación empresarial de internet, la concentración de las plataformas y la explotación de la atención, etcétera) como la nuestra”. Aunque, como veremos, en respuesta a esta deriva tecnofeudalista están surgiendo sensibilidades afectivas que son contrarias al agotamiento, a la sobreestimulación, a la (auto)explotación, al estrés; y que abogan, en cambio, por decir no a todo ello.

En un mundo digitalizado, a menudo el hiperconsumo tiende a materializarse de la manera más pasiva posible que se les ocurra a multimillonarios tecnólogos, que dedican todos los recursos a su alcance para crear algoritmos que nos mantengan enganchados a la vertiginosa maquinaria del capitalismo de plataformas. Como sostiene Marta Peirano en su paradigmático trabajo El enemigo conoce el sistema (Debate, 2019), preferimos pensar que “somos unos tragaldabas sin un gramo de disciplina a creer que una de las industrias más poderosas y tóxicas del planeta mantiene equipos de genios […] cuyo único propósito es manipularnos sin que nos demos cuenta”. En este contexto, las creaciones culturales tienden a asimilarse a objetos de consumo, que, como cualquier otro consumible y siempre según las leyes del mercado, deben ser adquiridos y desechados cuanto antes. Que no pare la rueda, que no.

Mundo físico: macroeventos contra la comunidad

La lógica turbocapitalista y extractivista de sobreproducción para el hiperconsumo en el entorno digital se traslada igualmente a la esfera física, en parte porque “el problema de la compulsividad cultural es más sistémico”, según Andrea Gumes. Es decir, no atañe solo a internet, sino que más bien se nutre del afán por “aumentar nuestro capital social y cultural a base de consumo masivo”. En los cada vez más habituales macroeventos culturales se manifiesta este deseo hiperconsumista, y prueba de ello es que, en estos espacios, la música en directo se presenta a menudo “como guarnición de un acontecimiento mayor; la música de fondo en un entorno plagado de estímulos consumistas”, como escribe Nando Cruz en su libro Macrofestivales (Península, 2023).

Siguiendo el credo de que querer es poder, a los creadores culturales que pretendan hacer sus pinitos, ya sea en internet o en algún que otro festival, parece no quedarles otra que sudar por conseguir su minuto de gloria. Pero lo que se esconde detrás de este ímpetu es un empeoramiento palmario tanto de las condiciones materiales de los creadores como del resto de eslabones que sustentan el potente engranaje de la industria cultural.

Sin ir más lejos, en la reciente gira española de Bad Bunny, según un repartidor de cervezas en pista que prefirió mantenerse en el anonimato, durante uno de los conciertos en Madrid afirmaba cobrar por hora “diez con algo, en teoría, pero todavía no he cobrado nada”. A cada uno de los diez conciertos que dio el puertorriqueño en Madrid asistieron unas 60.000 personas, que pagaron un precio medio aproximado de 160 euros y uno máximo de 543 euros, sin incluir gastos de gestión y dejando al margen el mercado secundario en plataformas de reventa de entradas. El contraste salta a la vista antes de hacer cálculos. El trabajo gratis o mal pagado está a la orden del día en la industria cultural y las desigualdades entre quienes hacen posible que se celebren estos macroeventos no hacen sino aumentar.

No es en absoluto una rareza que artistas y creadores se entreguen incluso con entusiasmo a la servidumbre voluntaria, arrastrando consigo a toda una plétora de trabajadores precarios. Y tampoco es una anomalía que la vida cultural, tal como suele estar concebida en la actualidad, dependa de la perpetuación de este indecoroso modus operandi. Además, pese a las ventajas competitivas para montar saraos por costes relativamente bajos, a algunas promotoras no les tiembla el pulso a la hora de cancelar eventos si ven que no les salen las cuentas por falta de apoyo institucional o por escasa venta de entradas. Pero lo más alarmante es que a veces las cancelaciones conllevan impagos a proveedores y artistas. Por no hablar del trato abusivo que recibe desde hace años el público asistente a estos eventos, que se han ido encarecimiento mientras sus prestaciones son cada vez más low cost.

La industria del ocio musical lleva años alimentando la burbuja de los festivales y tal vez esta oleada de cancelaciones sea un indicador de que está a punto de estallar

La industria del ocio musical lleva años alimentando la burbuja de los festivales y tal vez esta oleada de cancelaciones sea un indicador de que está a punto de estallar. Al menos eso se lleva diciendo desde 2008, cuando estalló la otra burbuja, la inmobiliaria, antes de volver a hincharse a toda prisa. Para Nando Cruz, es cierto que “los costes de producción son cada año más elevados y que la única forma de cuadrar los presupuestos es atraer a más público, cobrar más a cada espectador u obtener más financiación pública o patrocinios. Pero aún es pronto para saber si el público se está desencantando de los festivales o si simplemente está concentrándose en unos y dejando de ir a otros”.

La destinación de dinero público para financiar eventos privados lleva un tiempo en el aire, por tratarse de un aspecto particularmente sangrante e intrínseco al actual modelo de ocio: es algo que parece ocurrir con especial ahínco en Catalunya, País Vasco y Madrid, aunque en mayor o menor medida ocurre por toda la península. En parte gracias a las subvenciones hay una serie de promotoras que monopolizan el sector de la música en directo y esto sucede, además, en connivencia con la industria turística y contra la comunidad de los lugares donde se celebran los eventos.

“Las ayudas para fiestas patronales o actividades de asociaciones culturales se reducen por falta de liquidez en los consistorios pero, de repente, un macroevento goza de una partida descomunal. Y no solo son ayudas económicas”, afirma Cruz. Obsesionada con los grandes eventos, la industria del ocio musical está consiguiendo que “cualquier gran ciudad considere imprescindible disponer de un gran recinto donde acoger macroconciertos o macrofestivales. Sin ello, el potencial turístico de esa ciudad, porque los macroeventos son principalmente industria turística, se resiente”. Una vez instaurado este imaginario y puesta en práctica la privatización de espacios públicos para construir festivalódromos, la contrapartida es que los habitantes de esas ciudades “deben asumir una molestia más, la del ruido y el colapso que generan esos macroeventos”, además de “tener que enfrentarse a las administraciones para preservar momentos y espacios de encuentro cultural”.

El imaginario de quedarse: por una ecología cultural

El panorama que se dibuja en el ámbito de la cultura, cada vez más ajeno al medio donde se celebra y se produce, e incluso siendo nocivo para él, parece indicar la necesidad de un cierto desapego hacia la gran industria del ocio cultural. Tanto en sus materializaciones en el medio digital como en los eventos en directo, el modelo de ocio actual que nació en la modernidad hace ya tiempo que se ha desprendido de los límites del mundo, por eso no es de extrañar que la sociedad se aleje de este modelo para apegarse a su contexto. De ahí la necesidad política, estética y afectiva de retirarse del modelo de consumo. Ante la pasmosa generalización del FOMO (fear of missing out), enésimo anzuelo de la industria tecnológico-cultural, nos queda la opción de soltar amarras. Ante la ansiedad generalizada por querer llegar a todo, también en el ámbito cultural, nos queda el gusto de perder.

El placer de la renuncia se basa en una respuesta a la agotadora conducta de pretender estar todo el tiempo en todas partes. Y esta reacción encuentra su manifestación sociocultural en el JOMO (joy of missing out), “que puede encontrar una traducción ecológica, porque cuestiona el crecimiento ilimitado, la aceleración y la conversión de toda experiencia en consumo”, en palabras de Valls Boix. Se está produciendo una fractura estética con respecto a la Ilustración, y será porque nos queremos sentir bien. Así que hagamos que todo suene diferente, como canta Charly García. Estamos empezando a asimilar que somos cuerpos y que “no hay cuerpo que aguante tanto estímulo”, como defiende Valls Boix en su libro JOMO, el gusto de perder (Anagrama, 2026). Y precisamente a causa de ese agotamiento por sobreexposición se produce un “aborrecimiento a la ideología del éxito, la ganancia y el crecimiento” constante, añade. En ese sentido, “no hay nada de ‘progreso’ en el JOMO: no es una forma de avanzar, antes bien es una forma de quedarse”.

“La cultura puede ser un campo de pruebas donde tantear con autonomía, porque ahí la imaginación está menos encorsetada y podemos jugar a ser lo que queramos”, opina el periodista Nando Cruz

Entonces, contra la deriva del empacho cultural, ¿cómo podemos desarrollar hábitos culturales que no estén tan descaradamente sujetos al desaforado hiperconsumo de la industria del ocio, para así llevar una vida más vivible en un mundo más habitable? En respuesta al monocultivo de los macroeventos, Nando Cruz aboga por la autogestión frente al capitalismo más constringente, por remar contra la conversión acelerada del ser humano en homo consumidor y contra “un modelo de ocio cada vez más dirigido, alienante y exclusivo”. Cruz es firme defensor de que hay otros escenarios posibles —véase su libro Microfestivales (Sílex, 2025)— y asume que el primer paso para autogestionar la vida es la autogestión del ocio: “La cultura puede ser un campo de pruebas donde tantear con autonomía, porque ahí la imaginación está menos encorsetada y podemos jugar a ser lo que queramos”.

Para Andrea Gumes, que “el algoritmo nos está achicharrando el cerebro es una obviedad”, pero “internet no deja de ser una partida que estamos jugando contra nosotros mismos, contra nuestra capacidad por controlarnos, por resistirnos a todos esos estímulos”. En internet hubo un tiempo, hace no mucho, en el que adoptábamos una actitud más activa, de búsqueda. Siempre podemos “volver al hiperlink, a navegar, a buscar esos rincones todavía interesantes y estimulantes que nos ofrece el ciberespacio”.

Precisamente la actitud de navegantes de la red, propia del internet de los años 2000, tenía mucho más de autogestión, de crear microcomunidades, de compartir sin mayores pretensiones, de lo que tienen las actuales plataformas. El juego era la norma y puede volver a serlo. Y puede ser así, de hecho, sin ser cooptado por las tragaderas de las propias plataformas digitales, que ya prevén un cierto movimiento de retirada con respecto a la sobreestimulación: según Gumes, cada vez la gente tiene “más aplicaciones que te invitan a tener un jardín donde regar plantitas mientras el resto de aplicaciones quedan bloqueadas”.

Resignificar nuestra manera de acudir al medio digital en busca de una comunidad, en busca de una forma anterior de hacer, es en cierto modo un retorno. Y conviene ir precavidos, pues basar este regreso en el afecto de la nostalgia entraña riesgos, ya que tras la nostalgización de productos culturales de tiempos pretéritos se esconde una posibilidad más de explotación mercantil para la industria cultural y para la apatía y el consumo pasivo. Por decirlo con Valls Boix, “una línea importante del pensamiento materialista contemporáneo —Mark Fisher et al.— ha reivindicado la melancolía como afecto de resistencia. Esta relación con el pasado, que lo entiende como un archivo de futuros no ejecutados antes que como un dato positivo, puede producir, a mi juicio, una relación casi mesiánica con el futuro. En la sociedad de consumo estas proclamas políticas suelen conducir a la nostalgia, a la inacción, o al resentimiento”.

Contra este enfoque de inicios del milenio, surge la transición del FOMO al JOMO, vinculada a un cambio de sensibilidad o una “reorientación de nuestro deseo” que, en la formulación de Valls Boix, nos brinda “una oportunidad para articular un proyecto político disidente con las estructuras capitalistas, aunque por sí sola no garantiza que esa transformación política llegue a producirse”. En ese sentido, esta transición responde a un “proceso de toma de conciencia del malestar psicosocial que es inherente a las sociedades de consumo y las promesas neoliberales de felicidad”. Por eso, de lo que se trata es de “politizar el malestar, de entender nuestro dolor aquí y ahora no como algo individual, sino como algo estructural y colectivo”. Ya hay varias esferas de la vida pública en la que se está definiendo la “calidad de la vida por diversas formas de parar, como el activismo por el derecho a la vivienda, que defiende poder ‘quedarse’ en las ciudades”.

No es tan descabellado pararse y desandar parte del camino para volver a transitarlo deteniéndonos en consolidar formas de acceso a la cultura que no pasen por la ansiedad algorítmica, ni por la angustia ante la posible pérdida de determinadas experiencias gratificantes, ni por la conexión constante ni por la pasividad. Siempre podemos hacer recular nuestro modelo de consumo para que parta de una concepción de la cultura como bien común, y desde ahí generar lugares más respetuosos y en diálogo con los entornos en que se genera. Se trata, en suma, de concebir la cultura desde una perspectiva ecológica.

Al final del documental Morente & Barcelona (2023), a la pregunta de qué hará próximamente el cantaor granaíno responde con que va a “ver una serie de esas superficiales, un programa de estos que te dejan hecho cachos en el sofá”. El descanso es una máxima que contemplaba este sabio maestro del cante, y en la tranquilidad, la desconexión y el buen vivir se halla el núcleo de la reorientación del deseo que nos lleva a decir basta a tanto crecimiento ilimitado, a tanto entusiasmo y versatilidad y superación, propios de un universo simbólico anterior. La base del nuevo imaginario radica en la actitud de quedarse.

No podemos estar en mil sitios a la vez, consumiendo mil cosas a la vez, aunque eso es lo que quisieran quienes lideran la insaciable industria tecnológico-cultural. Esa deriva es tan agotadora como insostenible

No podemos estar en mil sitios a la vez, consumiendo mil cosas a la vez, aunque eso es lo que quisieran quienes lideran la insaciable industria tecnológico-cultural. Esa deriva es tan agotadora como insostenible. Pero el mundo lo construimos nosotros y son nuestras propias decisiones de acción y consumo las que determinan cómo se conforma nuestro entorno. Así que en nuestras manos está aprovechar los resquicios que nos brinda la cultura, en su vertiente digital y fuera de ella, para lograr un acceso al saber que sea verdaderamente comunal y autónomo.

Estamos a tiempo, siempre lo estaremos, de hacer con nuestros hábitos culturales lo que nos dé la gana. Por mucho que la industria apriete en la dirección contraria, en nosotras está la potencia de convertir el impulso de consumir en deseo de no hacerlo. O en deseo de hacerlo a nuestra propia manera. Mediante una escucha activa y en estéreo, atenta a aquello que de verdad necesitamos o nos sienta bien. Cultivando un jardín propio.

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