Serbia
Vucic promete irse para seguir gobernando
El pasado 27 de junio, ante decenas de miles de simpatizantes reunidos por el gobernante Partido Progresista Serbio (SNS) bajo el lema “Serbia, One Family” (“Serbia, una familia”, en español), el presidente serbio, Aleksandar Vučić, anunció que dimitirá “en las próximas semanas” y que Serbia celebrará elecciones presidenciales y parlamentarias anticipadas.
El anuncio, aunque recibido con aplausos por sus seguidores, ha sido acogido con recelo tanto por la oposición como por el movimiento estudiantil que, desde hace ya 18 meses, protagoniza las mayores protestas contra el Gobierno desde la caída de Slobodan Milošević en el año 2000.
Y es que, aunque el líder del SNS haya dicho que dimitirá en las próximas semanas, no ha especificado cuándo y ha aclarado que pretende encabezar las listas de su partido. Por lo que esta decisión podría no significar el fin de la era de Vučić, quien lleva en el poder catorce años.
Tras ejercer como viceprimer ministro entre 2012 y 2014, se convirtió en primer ministro entre 2014 y 2017. En 2017 fue elegido presidente de la República y revalidó el cargo en 2022, consolidando un modelo político en el que, pese al carácter principalmente ceremonial que la Constitución atribuye a la Presidencia, ha seguido concentrando el poder real del Ejecutivo y del partido gobernante.
Es más, no es la primera vez que el todavía presidente serbio convoca elecciones anticipadas, más bien todo lo contrario; desde que llegó al poder en 2012, cinco de las siete elecciones parlamentarias celebradas en Serbia han sido convocadas de forma anticipada (2014, 2016, 2020, 2022 y 2023). La estrategia ha permitido al SNS aprovechar momentos de fortaleza política para renovar su legitimidad y descolocar a una oposición tradicionalmente fragmentada.
Serbia ha funcionado durante años como un sistema altamente presidencializado, pese a ser formalmente una república parlamentaria
Durante el mismo acto dejó claro que seguirá dirigiendo la campaña electoral y deslizó la posibilidad de convertirse en primer ministro tras los comicios, si es que “su partido se lo pide”. De esta manera, aunque cambiaría de despacho, seguiría en el poder, dentro del sistema político que ha construido durante la última década.
En 2017, Vučić abandonó el cargo de primer ministro para asumir la Presidencia, y el Ejecutivo pasó entonces a estar encabezado por Ana Brnabić —y posteriormente por Miloš Vučević y Đuro Macut—. Sin embargo, Vučić nunca dejó de ejercer el liderazgo efectivo del Gobierno. Como presidente del SNS hasta 2023 —y, después, como figura indiscutible del partido y del recién creado Movimiento por el Pueblo y el Estado— ha mantenido el control sobre la mayoría parlamentaria, el Ejecutivo y las principales decisiones estratégicas del país. En la práctica, Serbia ha funcionado durante años como un sistema altamente presidencializado, pese a ser formalmente una república parlamentaria.
Así, este movimiento del todavía presidente serbio parece responder a una reorganización del poder diseñada para garantizar su continuidad política en un momento en que está afrontando la mayor contestación social desde la caída de Slobodan Milošević hace ya un cuarto de siglo.
Dieciocho meses de protestas estudiantiles sin descanso
Y es que son ya 18 meses en los que los universitarios serbios han ocupado las calles y las universidades todas las noches. Unas movilizaciones que ya se conocen como el “Movimiento Estudiantil de Serbia” (Studentski protesti) o, más popularmente, “Blokade” (“Los Bloqueos”), consecuencia del desplome de la marquesina de la estación de tren de Novi Sad, en noviembre de 2024. Una tragedia que dejó 16 muertos y que destapó años de denuncias sobre corrupción en la contratación pública, obras ejecutadas sin controles suficientes y una red de intereses políticos y empresariales que atraviesa buena parte del Estado serbio.
Desde entonces, los estudiantes llevan más de un año y medio exigiendo la publicación íntegra de toda la documentación relacionada con la reconstrucción de la estación de Novi Sad; la depuración de responsabilidades políticas y penales por el derrumbe; el procesamiento de quienes hayan agredido o intimidado a manifestantes durante las protestas; el archivo de las causas abiertas contra estudiantes y activistas detenidos durante las movilizaciones; y un incremento de la financiación pública de las universidades y de la educación superior. Más allá de estas demandas concretas, las protestas han acabado convirtiéndose en una impugnación más amplia del sistema político construido por Aleksandar Vučić, al que acusan de haber erosionado la independencia de las instituciones, favorecido la corrupción y restringido el pluralismo democrático.
A diferencia de anteriores protestas, el movimiento evitó construir liderazgos visibles. Esa ausencia de una cabeza reconocible ha dificultado tanto la represión como la cooptación política. Sin embargo, el movimiento ya se ha convertido en una plataforma ciudadana con la que pretendían presentarse a las elecciones.
Para cuando se cumplió un año desde la tragedia de Novi Sad, los estudiantes ya tenían diseñados los siguientes pasos: su lista de candidatos para las próximas elecciones, sean anticipadas o no. Sin embargo, no se presentarían como un partido político, sino como un “grupo de ciudadanos” (en serbio, grupa građana). La ley electoral serbia permite que las listas electorales sean presentadas por un partido político, una coalición o, como en este caso, una agrupación de ciudadanos —deben reunir un umbral mínimo de firmas de ciudadanos para apoyar la lista—. La fórmula que han usado los estudiantes ha sido sencilla: cada facultad ha elegido sus candidatos —que no son estudiantes— y se ha conformado la lista que formará este grupo ciudadano, la cual no anunciarán hasta que se sepa la fecha de las próximas elecciones.
“Lo peor que nos ha ocurrido no ha sido la corrupción, ni el crimen, ni siquiera la violencia. Lo peor es que hemos dejado de escandalizarnos por todo ello”, protestaba un estudiante este domingo
Una vez presentada, “tendrán la responsabilidad de crear una plataforma anticorrupción para limpiar el desastre y, finalmente, hacer justicia a las víctimas de la caída de la marquesina. Será [un grupo] específico, con el objetivo de recuperar la democracia parlamentaria y las elecciones periódicas. Esto es importante porque no somos un movimiento ideológico; nuestro objetivo es la lucha contra la corrupción y una reforma judicial”, explicaba entonces Luka Marković, estudiante de Derecho y parte del movimiento estudiantil, quien ha formado parte de las protestas desde sus inicios.
Ahora bien, a pesar de que Vučić anunciaba elecciones anticipadas este pasado sábado —sin especificar la fecha—, las convocatorias de marchas se han mantenido. El mismo domingo desde Belgrado, un estudiante de la Facultad de Agricultura decía en un discurso durante la marcha: “¿Qué representa hoy realmente un peligro para el Estado? ¿Los estudiantes que exigen responsabilidades? ¿O el hecho de que vivimos en un país donde los ajustes de cuentas de la mafia se comentan durante el café de la mañana, mientras los escándalos se suceden con tanta rapidez que ni siquiera tenemos tiempo de recordarlos, y mucho menos de que alguien responda por ellos? [...] Lo peor que nos ha ocurrido no ha sido la corrupción, ni el crimen, ni siquiera la violencia. Lo peor es que hemos dejado de escandalizarnos por todo ello. Nos hemos acostumbrado a aceptar como normal aquello que jamás debió convertirse en normal. Que sea el ciudadano honrado quien tema a los tribunales y a la policía, y no el delincuente. Que el partido esté por encima del Estado”.
Un discurso que reflejaba cómo los estudiantes miran con recelo el anuncio de Vučić, ya que no reclaman únicamente un cambio de presidente; cuestionan un modelo político entero.
Serbia o cómo mueren las democracias
Desde que llegó al poder en 2012, Vučić ha consolidado un modelo político que numerosos observadores internacionales describen como un régimen híbrido: elecciones competitivas, pero celebradas en condiciones profundamente desiguales.
Las organizaciones de derechos humanos llevan años denunciando la concentración de medios de comunicación en manos afines al Gobierno, el uso partidista de los recursos públicos, la presión sobre periodistas independientes y el debilitamiento del poder judicial. Expertos llevan años denunciando cómo Serbia supone un régimen completamente clientelista.
Freedom House ya no clasifica Serbia como una democracia, sino como un “régimen híbrido”. Los informes de la Comisión Europea repiten, año tras año, las mismas advertencias sobre independencia judicial, libertad de prensa y corrupción sistémica.
En este contexto, el anuncio del 27 de junio parece responder menos a una retirada que a un cálculo político. La Constitución impide a Vučić seguir acumulando mandatos presidenciales, pero nada le impediría regresar como primer ministro si su partido obtiene una mayoría suficiente, tal y como dejó entrever durante el mitin.
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt escriben en su libro Cómo mueren las democracias: "Las democracias pueden fracasar a manos no ya de generales, sino de líderes electos, de presidentes o primeros ministros que subvierten el proceso mismo que los condujo al poder. [...] En la actualidad, el retroceso democrático empieza en las urnas”, y Vučić parece haberse aprendido esta lección.
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