Sevilla
Acampada por la vivienda de Sevilla: día cinco, día quince
Es la noche del quinto día de acampada. Núcleo Nacional, la organización neonazi que ya había llamado a desalojar la acampada en la Puerta del Sol por la fuerza, ha amenazado con intentar hacer lo mismo en las Setas de Sevilla. Cientos de sevillanos se desplazan hasta el Ayuntamiento para impedir que se manifiesten. El aire es denso, como lodo caliente. El frío solo se siente en las venas. Reina un “¿Y si…?” ¿Y si se saltan el cordón policial? ¿Y si se cuelan? ¿Y si no son “cuatro locos” como se anda diciendo por ahí? Hay cientos de personas listas para defender pacíficamente la vivienda pero, ¿y si hay el doble de nazis a nivel nacional? Ante el miedo solo queda más remedio que la realidad: la noche va a ser larga, algún ojo tendrá que permanecer abierto y, por ahora, no hay nazis.
La mañana del quinceavo día, Lucas, Irene, Pablo y Marina están sentados en sillas plegables cerca del puesto de información de la acampada, charlando. Llevan aquí desde el primer día. El día anterior Califato ¾, Juventude, Quentin Gas y otros artistas dieron un concierto por la vivienda en la misma acampada. “Eso lo llevó el comité de actividades”, explica Pablo. “Creo que a través de un contacto personal. También son grupos de aquí bastante comprometidos.” La acampada ha repartido el trabajo en grupos. Pablo y Lucas, por ejemplo, ambos estudiantes de periodismo en su cuarto año, son del comité de comunicación. Marina es del comité de seguridad. Se pasean alrededor de la acampada vigilando que no haya ningún problema. Ella es de Bellas Artes.
El comité de seguridad se reforzó de voluntarios la noche del cuatro de octubre. Cada turno contaba con no menos de quince personas, sorprendiendo incluso a algunas de las organizadoras. “Vaya con el turno de las cuatro, ¡no veas cuánta gente!”, exclama. “Nada, genial. Repartíos bien por esa zona.” El plan de acción es claro y se repite una y otra vez: “nada de acciones individuales, aquí nadie es un héroe.” Nada de violencia tampoco. “Si vienen los nazis, se levanta todo el mundo y grita “AQUÍ ESTÁN LOS ANTIFASCISTAS”. La organizadora palmea suavemente a modo de ejemplo antes de continuar. “Pero no se separa nadie. Todo el mundo juntito.”
Vida y acampada
“Estar aquí, al final, en un mismo espacio, que si talleres, que si asamblea… está bien volverlo un poco ocio un día.” Lucas sonríe. “Además, es que vinieron grupazos.” Los asistentes a la acampada compaginan sus vidas como pueden. Marina aprovecha que tiene su facultad cerca para pasar las noches vigilando y luego va a la facultad por la mañana. La ruptura de los horarios de sueño es algo generalizado. Los cuatro llevan quince días durmiendo en tiendas de campaña y, cuando les preguntan por su cansancio, intercambian miradas de complicidad y se ríen. “Al principio, me levantaba a las 7 de la mañana quisiera o no“, cuenta Pablo. “Ahora creo que me podría dormir en el suelo.” “Tengo amigas que llevan varios días sin dormir,” apunta Irene. A pesar del agotamiento, hacen todo lo que pueden para continuar con sus responsabilidades diarias. “Ahí atrás hay gente teletrabajando también” dice Marina, señalando hacia un par de mujeres algo más mayores mirando las pantallas de sus portátiles con aire exhausto.
“La vivienda es un derecho, lo que no puede ser es que qué yo pueda estudiar dependa de que suba o no el precio de una VPO”, expone Pablo, estudiante de la US.
Irene es estudiante de biología en su cuarto año. Trabaja además en un gimnasio, cobrando alrededor de quinientos euros. Vive con sus padres y no espera que la situación cambie pronto. Pablo vive en un piso facilitado por el programa “ConvivamUS”, un programa de alquiler bajo para promover la convivencia entre alumnos con algún tipo de discapacidad y alumnos no discapacitados. Es un piso pequeño y solo tiene un compañero de piso. Paga ahora mismo alrededor de doscientos euros. Sin embargo, apunta que, sin este programa, él no podría permitirse estudiar. “Aun así, en los últimos años se ha ido poniendo más caro. La vivienda es un derecho, lo que no puede ser es que qué yo pueda estudiar dependa de que suba o no el precio de una VPO.”
Lucas ha estado en dos pisos en los últimos tres años y dice que, en ese sentido, no puede quejarse. “Hay gente que ha estado en muchos más, mucho peor.” Dice haber estado quince días sin luz y que el cuarto que tiene alquilado en su piso compartido no tiene ventana. Paga trescientos euros al mes junto a otros tres compañeros de piso. Marina vivió un tiempo en Barcelona. “Allí la cosa está peor incluso,” dice. Estuvo en dos pisos. Por el primero, antiquísimo, viviendo junto con otros cinco compañeros de piso y durmiendo en una habitación de menos de dos metros cuadrados, pagaba casi quinientos euros. “Las otras eran un pelín más grandes, pero creo que rondaban los setecientos euros”, cuenta. En el segundo, eran cuatro, su cuarto no tenía ventana y pagaba algo más de cuatrocientos cincuenta euros.
El grupo de las cuatro recorre de arriba abajo el perímetro de la acampada más cercano a la carretera. No ha habido nazis antes, y no parece haber nazis ahora. La fauna nocturna de la ciudad se cruza con ellos. Dos estudiantes griegas, juntas como dos lechuzas, llevan varias horas sentadas en las escaleras de las Setas. Simpatizan con la acampada. Dicen que en Grecia están igual. Un chico, con aire de encontrarse en paz con todo y todos, se acerca al grupo de las cuatro. “¿Puedo acercarme a charlar con vosotros? No de política ni nada, es que me encanta hablar.” Aunque parece algo confuso, es amable y educado. No hay nazis, pero alguien se ha quedado charlando con un muchacho que vino a discutir sobre la vivienda. Asiente mucho con la cabeza al cabo de un rato. A los quince minutos, el curso de la conversación ha cambiado tanto que parece responder con más ímpetu al colega que tiene a su izquierda que al joven acampado que se paró a responderle.
Llegan las siete de la mañana del día cinco. El grupo de las cuatro lleva una hora durmiendo. Núcleo Nacional no vendrá hoy. De hecho, no vendrá. Pero si ha venido otra gente. Gente a preguntar, interesados por las reivindicaciones de la acampada, que ha hecho enormes esfuerzos por presentar su mensaje de la forma más clara y accesible posible. Gente que, aunque no puede acampar, viene a ayudar con comida, a vigilar, con powerbanks para el móvil, con cuerdas para los toldos, a dar una charla por la vivienda, a tocar música por la vivienda o a montar las propias tiendas. El sol se alza lentamente sobre las Setas y la actividad en la acampada empieza a revivir.
Por la justicia social
Marcos se acerca al grupo pasado un rato. Estudió politología en Venezuela, su país de nacimiento. Nos quedamos los dos solos hablando. Su abuelo era originalmente de Almería pero se exilió durante la guerra civil a Latinoamérica. “Mi abuelo murió triste,” cuenta Marcos con los ojos enrojecidos de llorar. Está emocionado por el nivel de implicación que ha visto por parte de la gente. Emigró tras el terremoto en La Guaira, donde su familia lo perdió todo. Al tener la nacionalidad, vino a España para trabajar en la recogida de la aceituna. “El primer mes no me pagaron, igual que al 90% de los compañeros. Pagaba doscientos cincuenta euros por vivir en el piso que me ofreció mi jefe con otras diecisiete personas. Teníamos un solo baño.”
“Creo que se puede convertir en la cuna de la verdadera justicia social en Europa", expone Marcos, sobre las acampadas por la vivienda.
A pesar de todo, Marcos cree en este país. “Creo que se puede convertir en la cuna de la verdadera justicia social en Europa. He visto a gente venir a donar alimentos, artículos de limpieza, bolsas, carpas… con la esperanza de que la lucha siga, nos miran y nos dicen “no abandonen, no lo dejen,” dice emocionado. “Me hace darme cuenta de que son miles. De que quizás no puedan, el sistema no les deja, pero quieren. Quieren lo mismo.” “No es por ser incitador,” añade, “pero creo que debería haber acción en más sitios. En la calle, en las universidades, en los barrios… suave, sin molestar a nadie, pero veo a mucha gente que quiere ayudarnos aquí. Quizás también se pueden mover no solo aquí, sino en más lugares. Sí no, no va a trascender. Se quedará en la acampada y cuando se fatiguen, porque están fatigados, terminará.”
Cuando la conversación parece haber terminado, Marcos lanza una única pregunta. “¿Tú crees que hemos mejorado? En general, en el siglo veintiuno. ¿Lo crees?” Le contesto sinceramente y él sonríe. Aunque todavía parece algo afectado, la determinación está empezando a volver a sus ojos. Asiente y pasea la mirada por las Setas. Por la gente que pasea por la calle, mirando el móvil o, algunos, la acampada. El sol del mediodía atraviesa los huecos de la estructura pero se topa con los toldos. “Opinamos igual, pues. Creo que hemos estado distraídos.”
Andalucía
Las acampadas por la vivienda de Andalucía se organizan para la huelga general
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!