Activistas sierraleonesas reclaman el fin real del matrimonio infantil a más de un año de su prohibición

La aprobación de una ley esperada durante décadas supuso para muchas mujeres sierraleonesas una conquista. Sin embargo, la medida está lejos de materializarse en las zonas rurales del país.
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Nieves Pallarés Colomina Clase de la primaria en la escuela Our Lady of Guadalupe, Lunsar.

Es domingo. Todo transcurre como de costumbre en Calaba Town, un suburbio de la capital sierraleonesa, Freetown. Los fuegos en el rellano de las casas y el olor a plasas —un guiso local elaborado a base de hojas verdes— invaden las calles. El barullo de los chicos que, peligrosamente, sacan sus cuerpos por la puerta de los poda-poda anunciando a todo pulmón las paradas de estos emblemáticos microbuses públicos. Las carreras de los okada, moto-taxis que se intentan colar entre la multitud de coches. Niñas y niños cruzando en todas direcciones con sus uniformes verdes, y mujeres vendiendo todo tipo de snacks, son el lienzo que pinta una ciudad que está a punto de presenciar lo que se presenta como un hito histórico: La prohibición del matrimonio infantil.

Bajo el lema “We are equal” Fatima Bio, primera dama y mujer de Julius Maada Bio, presidente de la República de Sierra Leona, anunciaba el 2 de junio de 2024, en el Centro de Conferencias Internacional de Freetown, la aprobación de la ley que pondría fin al matrimonio infantil en el país. Días después, la noticia estaba en el centro de la conversación pública. Las ONGs locales celebraban la victoria por la que tanto habían luchado. Las asociaciones de mujeres jóvenes universitarias se abrazaban a la salida del Aberdeen Women Center. La noticia aparecía en todas las pantallas de los locales de la capital, a través del famoso noticiario AYV Media News.

Sin embargo, cuando el 01 de enero de 2026 –más de un año después— preguntamos a Aminata D. Kamara, de 17 años, no sabía de lo que le hablábamos. Pues, para ella, así como para muchas otras mujeres y niñas sierraleonesas que viven en zonas rurales alejadas de la capital, todo llega demasiado tarde.

Puntos ciegos

Sierra Leona, en África Occidental, vive un fenómeno que afecta a la mayoría de los estados del continente: el crecimiento de las ciudades a costa de la población proveniente del ámbito rural. Un denominador común que genera una suerte de frontera, una brecha que puede parecer invisible, pero que es perfectamente percibida por quienes la sufren. El abandono del medio rural por una parte importante de la población, deja atrás aldeas empobrecidas donde las personas deben de lidiar con sus propias circunstancias más allá de lo que se decida en Freetown. 

La joven Aminata D. Kamara, explica su realidad en krio, el criollo sierraleonés derivado del inglés: “Yo solía ir a la escuela, como todas mis compañeras, pero cuando fui a hacer el NPSE (National Primary School Examination) mi madre no tenía dinero. Un día llegué a casa, y me dijo que había un hombre interesado en mí, y que venía de lejos para verme. No tuve elección. Yo no me quería casar, quería seguir yendo a la escuela. Me gustaba mucho ir”. De un día para otro, Aminata ya no era tratada como una niña, sino como una mujer casada.

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Carretera de Masiaka-Yonibana. Nieves Pallarés Colomina

Labour Camp es una aldea perteneciente al municipio de Marampa, en el distrito de Port Loko, situada a 130 km de la capital. En esta comunidad, los árboles de mango son refugio de los rayos de sol y se respira el olor a aceite de palma. Trocitos de hierro salpican los áridos caminos de tierra que llevan hasta las minas. Mientras, se escucha a niñas y a niños jugar, y a ancianos debatir en temne, una de las cuatro lenguas oficiales. Labour camp es de color verde, por estar en medio de los múltiples y frondosos bosques que se extienden por el país. De color marrón, por el adobe con el que la mayoría de las casas están construidas. Labour camp es de colores debido a la diversidad de telas que llevan las mujeres atadas a la cintura.

Como muchas otras poblaciones adentradas en la selva, Labour Camp, es una de las grandes olvidadas en las políticas públicas sierraleonesas

La aldea también tiene una particularidad que afecta, sobre todo, a sus niñas: es uno de los lugares con el mayor índice de matrimonios infantiles del país. Como muchas otras poblaciones adentradas en la selva —o, como se le suele decir en krio, el bush- es una de las grandes olvidadas en las políticas públicas sierraleonesas. Las familias que residen allí, presencian diariamente la grieta social, económica, y jurídica que les aleja de tener una seguridad material, y de poder salir del círculo de empobrecimiento en el que gran parte de la población se ve sumida. En consecuencia, muchas niñas se ven obligadas a casarse como única solución por parte de sus familiares ante situaciones económicas insostenibles, y la falta de oportunidades laborales para superar la escasez.

“Crecemos escuchando por parte de nuestras profesoras que la escuela es lo más importante. Que los estudios son la única salida al círculo de pobreza en el que nos vemos envueltas muchas familias que hemos nacido y crecido en zonas rurales. Que estudiar nos permitirá tener acceso a puestos de trabajo con salarios más altos. Sin embargo, nada más acabamos la escuela —en ocasiones, ni eso— a muchas de nosotras, ya nos han buscado un marido. Y, de un día para otro, nuestra vida cambia. Nuestro hogar cambia. Nuestra rutina cambia”, explica Aminata.

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Aminata D.Kamara, sentada en el patio de la casa de su marido. Fotografía: Osman Maxwell Kamara.

Mismo país. Mismas leyes. Diferentes derechos

Según los últimos datos reflejados por UNICEF, en 2019, en Sierra Leona vivían 800.000 niñas casadas, de las cuales 400.000 habían contraído matrimonio antes de los 15 años.

El contraer matrimonio, además, conlleva un mayor riesgo de quedarse embarazada, a una edad en el que las condiciones físicas y psicológicas de la niña, no están preparadas para la maternidad. Además, ante el estigma social, muchas niñas que quedan embarazadas, dejan de ir a la escuela, abandonando los estudios, explica la activista y fundadora del Amazonian Initiative Movement, Rugiatu Turay, quien añade: “el matrimonio infantil conduce a un aumento de los embarazos adolescentes que, junto con los problemas asociados a la Mutilación Genital Femenina, provocan un incremento considerable de la tasa de mortalidad materna”.

En el marco de la agenda 2030, Julius Maada Bio anunció su compromiso con la eliminación del matrimonio infantil. Ya en 2018, Fatima Bio inició una campaña al lema “Take your hands out of our girls”, en la que promulgaba el acceso a una salud sexual y reproductiva de calidad, y abogaba por la eliminación del matrimonio infantil y la práctica de la mutilación genital femenina, llevada a cabo en el país por las sociedades secretas, conocidas con el nombre de Bondo.

El inventario sobre las diferentes propuestas de ley, y leyes ratificadas a lo largo de los años para la eliminación de esta práctica, no es novedad en Sierra Leona. Sin embargo, la puesta en práctica se diluye en un camino de horizontes infinitos, allí donde las niñas de las áreas rurales no tienen cabida. Ni ellas, ni sus derechos. “Si tuviésemos la oportunidad de acceder a este tipo de información, si quien nos tiene que explicar nuestros derechos, nos los explicase, y si quien verdaderamente nos tiene que proteger, nos protegiese, estas cosas no pasarían”, señala Aminata.

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Cartel sobre la cultura Bondo, y la eliminación de la mutilación genital femenina. Nieves Pallarés Colomina

Una decisión que ahoga

Sierra Leona fue uno de los países más afectados por el virus del ébola, que entre 2014 y 2016 dejó a su paso entre 3.500 personas muertas y 8.000 infectadas. Dora, la madre de Aminata, aún lo recuerda: “Si el ébola entraba en casa, y contagiaba a alguno de tus familiares, no tenías nada que hacer. Sabías que era cuestión de tiempo que se infectase toda la familia”. Tras el ébola, el país se sumió en una nueva crisis económica, agravando la situación que en la década anterior, había dejado la mal llamada “Guerra de los diamantes de sangre”, en referencia al filme protagonizado por el famoso actor sierraleonés Idris Elba, y el estadounidense Leonardo DiCaprio.

En aquellos años, muchas niñas y niños se quedaron huérfanos, y la economía de gran parte de la población se vio afectada, especialmente en las zonas más rurales del país, allí donde la ayuda humanitaria y la información siempre va con retraso, y, en ocasiones, ni siquiera llega. A su vez, y pese a que las consecuencias del Covid-19 no afectaron notoriamente en esta zona del continente, el desplazamiento de la ayuda internacional hacia los esfuerzos contra aquella pandemia, se dejó sentir en el país.  Una tormenta perfecta que ha forzado a algunas familias de Labour Camp a recurrir al matrimonio de sus hijas. 

“Aminata se casó en el Bush. No queríamos que nadie supiese lo que estaba pasando”. La madre de la joven, Dora, atribuye a esta situación de escasez la decisión de casar a su hija: “A veces no tenemos dinero ni para comer. Somos muchos en casa”. La mujer muestra su desasosiego ante el hecho de haber casado a Aminata con un hombre que la niña no conocía, al no poder ni siquiera cubrir los gastos de escolarización. Aunque el matrimonio infantil sea una decisión común en zonas en las que las familias carecen de recursos económicos, la misma práctica sigue siendo un tabú, lo que dificulta aún más la cotidianidad de las adolescentes casadas: “Al principio, cuando nadie lo sabía, me pasaba el día en mi casa, y cuando anochecía, iba a dormir a casa de mi marido. Ahora, ya lo sabe todo el mundo. Ya no es un secreto”. Aunque no esté socialmente bien visto, la falta de alternativas económicas lleva a muchas niñas a asegurarse el sostén económico que los estudios no les garantizan, a través de un marido, por lo que en la aldea es frecuente ver madres adolescentes.   

¿Y nosotras, qué?

Emmanuel Largah, uno de los líderes comunitarios pertenecientes a la aldea de Labour Camp, sabe de primera mano lo que significa vivir aislado; pues tanto él, como todos sus antepasados, nacieron y crecieron en la aldea y sus alrededores. “Cuando hay un problema en el país, somos los primeros afectados. Sin embargo, somos los últimos a los que se nos comunica cualquier cosa. Parece que, si no vives en Freetown, Makeni o cualquier otra ciudad grande, seas invisible para los políticos”, dice.

No es difícil llegar a Labour Camp, ya que, si no es período de lluvias, el camino puede hacerse perfectamente en okada. Sin embargo, y debido a la inflación que ha provocado que los precios de la gasolina estén por las nubes, cada vez menos motos quieren acercarse a recoger pasajeros a la aldea, y las dos horas y media de ida que alejan a cualquier residente de Labour Camp de Lunsar, provocan una brecha no sólo informativa, sino de acceso a derechos en la vida de sus habitantes. Algo que afecta también a las niñas.

“Necesitamos que los gobiernos establezcan una concienciación comunitaria y educativa sobre las consecuencias de esta práctica”

El agenda de igualdad propuesta por Fatima Bio y celebrada por las feministas sierraleonesas, parece haberse disipado en algún lugar cerca de la capital, allí donde muchas familias contemplan el matrimonio infantil como única solución a la pobreza que envuelve sus vidas y las de sus hijas. Activistas locales por los derechos de las mujeres y niñas en el país, como Neneh Rugiatu Turay, llevan años haciendo hincapié en la necesidad de llevar esas leyes en la práctica, a través de la sensibilización comunitaria y el acceso a la información en zonas en las que esta se resiste a llegar, como afirma Rugiatu Turay: “Los pueblos están mal informados. No saben que casar a sus hijas, no solo las priva de tener un futuro, sino que también pone en riesgo su salud. Necesitamos que los gobiernos establezcan una concienciación comunitaria y educativa sobre las consecuencias de esta práctica”.

Mientras que el país saludó el avance que supuso en junio de 2024 la prohibición del matrimonio infantil, activistas y organizaciones reclaman que para que realmente tenga efecto, la medida legislativa debería aplicarse en igualdad de condiciones en todas las zonas del país, independientemente de pertenecer al barrio más ostentoso de la costa de Aberdeen en Freetown, o a la humilde aldea de Labour Camp.

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