Siria
El monumental esfuerzo del pueblo sirio por reconstruir la convivencia
–Durante la guerra, teníamos miedo de los vecinos. Nos encerrábamos en casa, echábamos la llave y no podíamos dormir temiendo que vinieran a por nosotros. Y seguro que ellos también temían lo mismo.
Salma Ali es profesora de arte en Tiberspiye, una ciudad del noreste de Siria, en la frontera con Turquía, habitada por kurdos, como ella, además de cristianos y árabes. Fue una de las primeras poblaciones en las que tomaron el control los kurdos después de que en 2012 Bashar Al Assad retirase sus tropas del norte del país para concentrarlas en el occidente y el centro, donde había comenzado la revolución un año antes. Cuando en 2015, el 43% del territorio sirio cayó bajo el control de Estado Islámico, Tiberspiye siguió resistiendo, pese a que cientos de sus habitantes perdieron la vida combatiéndolo.
Kurdos, pero también muchos árabes, así como miembros de otros grupos minorizados, lograron vencer a los fundamentalistas luchando conjuntamente en las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), lideradas por las YPG —las milicias kurdas—, y apoyadas por Estados Unidos. Aún así, como explica Ali, kurda de treinta y cinco años, la desconfianza y el miedo entre comunidades quebró la convivencia hasta hoy. Algo que han agravado los ataques con drones que lleva lanzando Turquía contra las poblaciones de mayoría kurda desde 2019, y que ha provocado el rechazo de otros grupos étnicos y religiosos. Este fue el polvorín que empujó a Ali a convertirse en entrenadora de The Hope League, un proyecto que emplea el fútbol infantil para reunir y generar relaciones personales entre familias de comunidades enfrentadas durante la guerra. La iniciativa está impulsada por la ONG catalana NOVACT en colaboración con la kurda DOZ, cuenta con el apoyo de la Fundación Barça y contó con la formación inicial a sus entrenadores de Oleguer Presas, basada en la metodología de su Escola de fútbol La Caserna.
“Es habitual que los niños se peleen jugando al fútbol y que, rápidamente, se griten cosas como “¡Este árabe no me pasa el balón!” y viceversa. También que haya familias árabes a las que les cuesta enviar a sus hijos porque haya tantos kurdos o a sus hijas porque nuestros equipos son mixtos. Nuestro trabajo es crear relaciones de amistad en una sociedad tan diversa y tan fragmentada como la nuestra, así como crear estrategias para que vengan y terminen siendo parte de la iniciativa. Por eso, creamos un equipo de niñas y ahora ya se relacionan con todos”, explica Salma Ali, quien no tenía ningún conocimiento ni interés por el fútbol hasta que descubrió que el deporte puede posibilitar lo difícilmente imaginable. Como que una exintegrante de Estado Islámico lleve a sus hijos a jugar con quienes su marido combatió hasta morir.
El estadio municipal de Raqqa se hizo mundialmente conocido cuando Estado Islámico lo convirtió en un centro de tortura y de exterminio
Ese es el caso de Hanan (nombre ficticio), viuda de un combatiente del grupo fundamentalista, que explica que en The Hope League ha encontrado el espacio seguro que sus hijos necesitaban cuando fue liberada, mediante un plan de reinserción, del campo de detención de Al-Hol, donde llegaron a vivir más de 70.000 mujeres y menores vinculados con Estado Islámico. “Cuando salimos en libertad me di cuenta de que mis hijos tenían mucha agresividad dentro, estaban siempre enfadados. Y no querían relacionarse con otros niños. Ahora, gracias a las entrenadoras, están más tranquilos, confían más en los demás y están aprendiendo a relacionarse”, cuenta Hanan, cubierta por un niqab negro, mientras los críos juegan al fútbol en la pequeña cancha en la que la ONG DOZ organiza la actividad en Raqqa, otra de las ciudades implicadas en la iniciativa, y uno de los bastiones de ISIS durante su autoproclamado califato.
Alrededor, esqueletos de hormigón en los que siguen viviendo cientos de personas con telas y plásticos haciendo las veces de paredes y puertas. En un lateral, aún colosal pese a su estado decrépito, el estadio municipal de Raqqa, que se hizo mundialmente conocido cuando Estado Islámico lo convirtió en un centro de tortura y de exterminio. Y en medio de un escenario con tanta carga simbólica, Hannan dejándose arropar por la amabilidad de Baraa Alshamry, una veinteañera kurda que además de entrenar a sus hijos con pasión y cariño, se vuelca en que ella se sienta acogida. “Yo también he encontrado en este proyecto un lugar en el que me siento segura. Pero fuera de aquí, sé que la gente me sigue teniendo miedo”, confiesa Hannan al final de la entrevista. Y es cierto.
Una década después de que Estado Islámico fuese expulsado de Raqaa, Redab al Hasan, árabe y madre de otros dos niños participantes en el proyecto, confirma que el temor sigue latente. “Fuera de este entorno, me daría miedo acercarme a las madres del Estado Islámico. Pero aquí tenemos relación con ellas y, además, buena. También nos hemos hecho amigos de familias kurdas, vamos a sus casas para que los niños jueguen y estudien juntos. Mi hija está aprendiendo palabras kurdas con su amiga, con la que se envían canciones. Queremos que nuestros niños vuelvan a vivir unidos como sirios, sin dividirse por religiones o identidades étnicas”, afirma esta mujer risueña cuando un avión cruza sobre nuestras cabezas provocando un estruendo. Ella y otros padres y madres que bromeaban entre sí haciendo gala del afinado sentido del humor sirio miran al cielo, desconcertados ante un sonido que, insisten, llevaban sin escuchar meses y que les retrotrae a la peor de sus pesadillas.
Cuando en diciembre de 2024 cesaron las bombas y el dictador huyó a Rusia, afloraron los restos de un país en el que el 85% de los edificios e infraestructuras están destruidos o dañados y en el que un 90% de su población vive bajo el umbral de la pobreza
Para llegar por carretera hasta Raqqa, en el norte de Siria, desde la capital del país, Damasco, hay que conducir casi diez horas atravesando decenas de pueblos y ciudades sumidos en tal grado de destrucción que su visión inevitablemente recuerda a las imágenes que, desde hace tres años, llegan a diario del genocidio de Gaza. En el caso de Siria es el resultado de los bombardeos que no dejaron de sucederse durante los catorce años de una guerra que se encuentran entre las más mortíferas de las últimas décadas: entre 300.000 y 470.000 personas muertas según estimaciones de las Naciones Unidas y de organismos como Syrian Centre for Policy Research; entre 130.000 y 300.000 desaparecidas, según la ONU y la Comisión Nacional de Personas Desaparecidas, respectivamente; más de 6 millones de personas refugiadas en otros países y 11 millones de desplazadas en su interior. Cifras mastodónticas que se tornan aplastantes cuando se contextualizanen la población de Siria antes de la guerra: 22,5 millones de personas. Una contienda que comenzó con unas manifestaciones que pedían más libertad y menos corrupción a un régimen, el de Bashar Al Assad, que las aplastó sin piedad, empujándolas así en una revolución que en apenas unos meses mutaría en un conflicto internacional que terminaría implicando a una veintena de países. Cuando en diciembre de 2024 cesaron las bombas y el dictador huyó a Rusia, afloraron los restos de un país en el que el 85% de los edificios e infraestructuras están destruidos o dañados y en el que un 90% de su población vive bajo el umbral de la pobreza. Muchos de quienes desean volver, no tienen dónde o temen a lo que pueda pasar.
Autocrítica y aceptación del nuevo escenario
Siria es uno de los países con mayor diversidad étnica, cultural y religiosa del mundo. Una riqueza que el régimen de Bashar Al Assad, así como el resto de países y actores armados que se involucraron en la guerra espolearon e instrumentalizaron para enfrentar a las distintas comunidades y favorecer así a sus propios intereses.
Cuando en 2024, tomó el poder Ahmed Al Shara, el líder de las HTS, la coalición de milicias islamistas que derrocó al régimen de al Assad a finales de 2024 y exlíder de la rama siria de Al Qaeda —de la que se desvinculó en 2016—, sobre la alegría que provocó entre buena parte de la población siria la liberación del país de uno de los dictadores más sanguinarios de las últimas décadas, sobrevolaba para muchos el temor de cuales serían las medidas adoptadas por un Ejecutivo islamista y, sobre todo, que las ansias de venganza por todo lo sufrido desatase una ola de violencia sectaria. La guerra en el norte del país continuaba. Las tropas de Al Sharaa, apoyadas por milicias turcas, lanzaron una ofensiva contra las Fuerzas Democráticas Sirias, después de que Washington les retirara su apoyo. En enero de 2026, tras tomar buena parte de Raqqa y Deir Ezzor, el Gobierno alcanzó un acuerdo con los líderes de Rojava, que llegó a controlar un cuarto del territorio sirio, para la integración de sus soldados en el Ejército nacional y la unificación administrativa en la Administración Central.
“Lo que ha ocurrido con la Administración del Norte y Este de Siria ha sido desgarrador, especialmente para quienes, como yo, estuvimos implicados en su fundación y crecimiento desde el principio”, explica en Qamishlo, capital de facto de Rojava, Kino Gabriel, excomandante de las Fuerzas Democráticas Sirias. “Debemos analizar qué hemos hecho mal en la última década. Por supuesto que ha habido factores externos como Estados Unidos, Turquía o el nuevo gobierno sirio. Pero yo me centro en por qué tuvimos que evacuar todas esas grandes áreas [de Rojava] sin que la gente nos apoyara. Impusimos la ideología del Partido de la Unión Democrática, sin dejar apenas margen a las poblaciones locales para su autogobierno. Si la gente hubiese tenido más capacidad de participar políticamente y de autogobierno en zonas como Deir Ezzor o Raqqa, habrían opuesto más resistencia a la toma del Gobierno sirio”, expone este hombre de treinta y pocos años que ha pasado toda su vida adulta construyendo el Estado que llegó a ser Rojava, a la vez que combatía en las peores batallas contra el ISIS.
El Consejo Nacional Levantino “persigue el reconocimiento constitucional de todos los grupos étnicos y culturales de Siria”
“La segunda mala decisión fue haber destinado muchos más recusos a lo militar que a atender las necesidades de la población y a mejorar los servicios públicos”, concluye este asirio que ahora se dedica a reunificar a la comunidad cristiana, conformada por ortodoxos, melquitas católicos, siríacos ortodoxos y católicos, armenios, maronitas y evangélicos. Para ello, han conformado el Consejo Nacional Levantino, que explica, “persigue el reconocimiento constitucional de todos los grupos étnicos y culturales de Siria, así como que puedan practicar su idioma, su cultura y su identidad sin ser perseguidos, reprimidos ni eliminados”. Esta iniciativa participa en la Agenda de Unidad Nacional, la hora de ruta para la transición aprobada por el Gobierno sirio.
“Aunque el cambio que ha ocurrido en Siria no es el que quería todo el pueblo sirio, es infinitamente mejor que lo que teníamos durante el régimen de Assad. Ahora, al menos, las distintas comunidades y los diferentes grupos políticos, culturales o religiosos pueden hablar, expresarse, reunirse para trabajar juntos, ya sea con o contra la actual autoridad en Siria. Y eso es cien veces mejor a lo que teníamos antes, cuando la gente tenía terror de hablar de cualquier cosa”, concluye quien confía en que se pueda construir políticamente una Siria en la que la convivencia pacífica sea una realidad. Como lo hace Nousha Kabawat, quien lleva trabajando en cómo reconstruir su país desde que tuvo que huir de él poco después de que comenzase la Revolución de 2011.
Dialogar, escuchar, entender al otro
El Centro Internacional de Justicia Transicional (ICTJ, por sus siglas en inglés) es una ONG con experiencia en más de 50 países en sus 25 años de historia. Sin embargo, ha sido con Siria la primera vez que ha comenzado a trabajar el postconflicto antes de que acabase la guerra. En concreto, durante una década, desde 2014, cuando resultaba difícil verle un final a la contienda, al régimen de Assad y al autoproclamado califato de Estado Islámico. A pesar de ello, Kabawat se puso al frente del proyecto, tras fundar una ONG que ha brindado el derecho a la educación a más de 10.000 niños y niñas sirios refugiados en Líbano, Jordania y Turquía. Durante todo este tiempo, el ICTJ ha trabajado de la mano de siete organizaciones de la sociedad civil siria; ha documentado las desapariciones forzosas, los casos de más de 200.000 encarcelados, los bombardeos de hospitales y escuelas, entre otros crímenes de lesa humanidad, con la mirada puesta en que el día que pudieran juzgarse, tuvieran todas las pruebas en las manos.
Nousha Kabawat: “Habíamos entrevistado a víctimas que habían huido de Siria, pero no sabíamos qué entendían por justicia quienes se habían tenido que quedar en sus casas”
“Durante estos años, ha sido difícil explicar que estábamos trabajando en temas de justicia para Siria cuando un criminal seguía estando en el poder, matando y encarcelando. Pero si perseveramos fue gracias a la sociedad civil que estaba determinada a no permitir que el régimen, como hacen todos los autoritarios, reescribiese la historia y negase sus crímenes. Incluso si no podíamos derrocarlo ni hacer justicia, estábamos determinados a rendir memoria a las historias de las víctimas para que sus vidas no hubiesen sido en vano”, explica por videcoconferencia desde el Líbano.
Después de que Al Sharaa conformase su Gobierno en Damasco en diciembre de 2024, Kabawat fue una de las primeras personas en reunirse con algunos de sus miembros para asesorarles sobre cómo debían construir el proceso de justicia transicional. Poco después, Kabawat y un equipo de colaboradores viajarían a Siria para conocer qué entendían por justicia quienes se habían quedado durante la guerra en el país. Organizaron sesiones con cuestionarios elaborados por expertos en salud mental y justicia transicional, explica esta licenciada en Ciencias Políticas especializada en resolución de conflictos y equidad por diversas universidades. “Hasta entonces, habíamos entrevistado a miles de víctimas que habían huido de Siria, pero no sabíamos qué entendían por justicia quienes se habían tenido que quedar en sus casas mientras la guerra continuaba, mientras sus hijos permanecían encarcelados o desaparecidos. Hay que recordar que durante el régimen, si una familia tenía tres hijos pero uno estaba encarcelado, decían solo tenían dos por temor. Así que queríamos darles un espacio seguro en el pudieran sentirse escuchados, algo que no habían tenido nunca, pero no para revivir sus traumas, sino para que pudieran reflexionar sobre lo vivido al mismo tiempo que pensar en el futuro”, explica con una energía y una convicción que atraviesan la pantalla del ordenador.
En el último año han realizado más de 120 diálogos, cuyas conclusiones comparten con la Comisión Nacional de Justicia Transicional y la Comisión Nacional de Personas Desaparecidas, además de con los Ministerios de Justicia, Educación y Economía, entre otros
Kabawat describe aquella primera fase como catártica. Lo ejemplifica con una de las primeras reuniones que celebraron en Damasco. Para no violentar a las víctimas, ofrecían post-its por si preferían manifestarse por escrito. Ninguna lo quiso. Las veinticinco personas presentes alzaron la mano para hablar. “Ya no tenemos miedo. Queremos contarles lo que hemos vivido, queremos que lo sepan”, cuenta Kabawat que les decían. Tras aquella experiencia, formaron como facilitadores a miembros de las organizaciones con las que habían trabajado desde el principio. “Hay que preparar muy bien las sesiones porque si se hacen mal, pueden generarse nuevos conflictos”, subraya. En el último año han realizado más de 120 diálogos, cuyas conclusiones comparten con la Comisión Nacional de Justicia Transicional y la Comisión Nacional de Personas Desaparecidas, además de con los Ministerios de Justicia, Educación y Economía, entre otros.
Se trata de hacer partícipe de las demandas de la ciudadanía a los actores claves en el desarrollo y la aprobación de la ley de Justicia Transicional. Y, precisamente, esa es una de las principales críticas que le ha hecho al actual Gobierno el Centro Sirio para la Justicia y la Rendición de Cuentas, otra de las ONG que ha hecho seguimiento y documentación de los crímenes cometidos en Siria, y recogidos en las convenciones de Ginebra, desde 2012. En su último informe, publicado en mayo de 2026, advierte de los riesgos de que se estén celebrando juicios contra algunos victimarios sin una ley de justicia transicional, lo que dejará impunes algunos de los delitos. Además, sus informes denuncian que hasta ahora, los procesos judiciales se estén concentrando en unos pocos altos cargos del régimen de Assad, la mayoría de ellos, además, huidos en el extranjero, incluido el expresidente.
“En un principio, las víctimas solo querían que los responsables de los crímenes fuesen juzgados y pagaran por lo hecho. Un año después, empiezan a querer también reparación, apoyo para sus hijos a los que la guerra les provocó una discapacidad, ese tipo de cosas”, explica Kabawat, quien se emociona al recordar a un hombre al que sus familiares tuvieron que llevar en brazos a uno de los diálogos porque había perdido la movilidad de sus piernas tras diez años en prisión. Fue en una de las reuniones celebradas en Homs, uno de los enclaves más castigados por el régimen por su implicación en la revolución de 2011, llegando incluso a lanzar varios ataques con armas químicas. El hombre, destaca Kabawat, permaneció en silencio toda la sesión. Hasta que ella le preguntó directamente qué necesitaba Siria y qué necesitaba él para sentir que se estaba avanzando. “Necesitamos coexistir”, le respondió. Kabawat sonríe agriamente antes de compartir su reflexión: “Es hermoso porque hay tantos sirios que no viven en el país, que no han perdido nada en comparación con gente como este hombre y que solo hacen difundir odio contra tal comunidad o tal religión, y va este hombre que ha sufrido lo inimaginable y dice que lo que necesitamos es coexistir, construir juntos”. Kabawat hace una pausa, toma aire, continúa: “Lo que necesitamos que se entienda es que los sirios estamos cansados de sufrir, es como si estuviéramos en cuidados intensivos. Y la venganza y el odio no nos llevará a ninguna parte. Por eso creo tanto en las sesiones de diálogo, porque son la vía para entender las experiencias de los otros, por qué piensan así, para después poder decidir cómo reconstruimos el país”.
La cuestión de la comunidad alauita, que representa entre un 10 y un 12% de la población siria —la segunda minoría más importante tras la suní, que supera el 70%— es uno de los desafíos para el futuro de Siria
A continuación, la coordinadora del proyecto para Siria del ICTJ señala uno de los quiebres más profundos de la sociedad siria, la relación de la comunidad alauita con el régimen de Assad. “Existe la idea de que todos los alauitas apoyaban a Assad, que todos vivían como reyes y se beneficiaban del régimen. En la zona costera, hay pueblos alauitas en los que sus habitantes viven en la extrema pobreza, con niños sin zapatos. Hay que pensar en el miedo que este hombre les infundió, cuánto sufrieron porque tampoco tenían dónde ir ni a quién recurrir. Y de nuevo, la única respuesta es el diálogo para que la gente lo entienda”, apunta antes de ahondar aún más en lo que para muchos es un anatema en una Siria que sigue dimensionando la profundidad de su herida: “Tenemos que ser claros en esto: no todos los que estaban a favor de Bashar tienen que pagar un precio. Hay niveles de responsabilidad”.
La cuestión de la comunidad alauita, que representa entre un 10 y un 12% de la población siria —la segunda minoría más importante tras la suní, que supera el 70%— es uno de los desafíos para el futuro de Siria que también destaca Friedrich Bokern, coordinador de Reconciliation and Relief. Tras diez años apoyando a la población refugiada siria en varios países, en 2025 esta ONG abrió el Centro de Paz Kadesh, en el pequeño pueblo de Tell Nabi Mendo, para atender a quienes están volviendo a esta zona de la Gobernación de Homs, donde más del 85% de las viviendas e infraestructuras están destruidas. “El doble que en Berlín tras la Segunda Guerra Mundial”, subraya Bokern.
“El régimen de Assad no era solo alauita. Había tantos suníes y cristianos activos en las estructuras opresivas como alauitas. Pero es cierto que los Assad se apoyaron en la lealtad de su propio grupo étnico para controlar el Estado policial secreto y para cerrar filas en su entorno. Existía el temor de que si no eran fieles al régimen, serían asesinados”, comienza explicando este activista que visitó por primera vez Siria en 2008 para hacer una tesis doctoral. Entonces, conoció al padre Paolo Dall'Oglio, reconocido por su trabajo de mediación entre grupos enfrentados durante la guerra, perseguido por el régimen de Assad por denunciar sus crímenes y secuestrado y desaparecido por Estado Islámico en 2013. Dall’Oglio fue uno de los miembros fundadores de Reconciliation and Relief, y su filosofía de que la paz se construye posibilitando la convivencia en lo cotidiano sigue guiando la metodología de esta organización.
“En Siria se han cometido crímenes con intención genocida como estamos viendo ahora en Gaza. Y sus responsables tienen que rendir cuentas para que su país pueda sanar. La decisión de cuánta rendición de cuentas, trabajo judicial y perdón se necesita la tiene que tomar, de manera inclusiva, el pueblo sirio. Pero no se puede convertir a una sola comunidad en el chivo expiatorio. Eso solo conseguiría alimentar el siguiente ciclo de conflicto e injusticia”, añade Bokern.
El Centro de paz de Kadesh es un lugar de encuentro intercomunitario en una región donde la guerra terminó enfrentando a suníes, alauitas y chiíes, algunos de ellos procedentes de Líbano o vinculados con Hezbolá, que apoyó a Assad. Para restituir la convivencia, profesionales sirios y voluntarios internacionales imparten clases diarias a un centenar de menores, formación profesional a adolescentes y adultos, además de ofrecer apoyo psicosocial a quien lo requiera y apoyo en la reconstrucción de las viviendas de quienes están retornando.
Iniciativas vecinales de paz para convivir en la cotidianeidad
La paz se construye implicando a todos los estamentos de la sociedad, desde las más altas instituciones hasta la actividad vecinal. A la vez que la comunidad internacional tiene que acompañar, apoyar y exigir a las nuevas autoridades para que emprenda procesos de verdad, justicia y reparación que cumplan los más altos estándares del derecho internacional, las instituciones deben emprender una transición política que incorpore a todas las comunidades y confesiones religiosas en sus gobiernos —con capacidad real de participación y toma de decisiones— y la sociedad civil. Se debe desarrollar una red tentacular de actividades que, desde la vida cotidiana, permitan vehicular el ingente esfuerzo que está llevando a cabo buena parte de la población siria para reconstruir física, política, cultural y emocionalmente su país.
Y de hecho, así está ocurriendo. En Siria está floreciendo una pléyade de iniciativas cuyo objetivo final es convertirse en espacios de encuentro. Coros, equipos de running, de ciclismo, y clubs culturales como el Sahnaya Cultural Forum, creado en 2013 por un grupo de amigos que terminaron, en su mayoría, en el exilio y que fue relanzado por uno de ellos tras la masacre que tuvo lugar en esta ciudad en 2025. En abril de ese año, se difundió un audio falsamente atribuido a un clérigo druso en el que supuestamente se mofaba del profeta Mahoma. El odio acumulado durante el conflicto se desató: milicianos vinculados con grupos afines al Gobierno comenzaron un enfrentamiento contra los drusos de esta ciudad, cometiendo incluso ejecuciones extrajudiciales. Por su parte, el Gobierno de Netanyahu —que avanza en su ocupación en Siria—, ha llevado a cabo 57 ataques contra este país entre enero y agosto de 2026, y tiene como objetivo declarado la partición del territorios. Netanyahu ha estado bombardeando posiciones de las fuerzas gubernamentales, presentándose como defensor de los drusos. Todo esto ocurrió después de que en marzo milicianos alauitas atacasen puestos de control gubernamentales en la zona costera. La respuesta fue una matanza que se cobró la vida de, al menos, 1.500 civiles de la comunidad alauita, según datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Y cuatro meses después, en julio, tropas progubernamentales intervinieron en los enfrentamientos que se habían desatado entre grupos beduinos y drusos. Según la Comisión de Investigación Internacional de la ONU, la operación rápidamente se tradujo en un conflicto sectario que acabó con la vida de unas 1.700 personas, de las cuales más de 1.300 eran drusas.
Para impedir que esta espiral de violencia desembocase en una guerra civil, el Gobierno de Al Sharaa tomó distintas medidas, como la inclusión de oficiales drusos en la policía de Suweida, la creación de una comisión de investigación que publicó sus conclusiones en octubre y el fortalecimiento de una narrativa oficial enfocada en la creación de una identidad nacional que incorpore a todas sus identidades étnicas, religiosas y culturales. Sin embargo, hasta ahora, apenas se han dictado sentencias por las masacres.
Qusai Alazroni: “Queremos que la memoria sea una vía de encuentro entre quienes siempre vivieron aquí, que puedan contar cómo era, y quienes han llegado de otros sitios y sienten que no pueden participar en cómo va a ser a partir de ahora”
“Las comunidades originarias de Sahnaya, que son drusas y cristianas, no se implicaron en la revolución, pero eso no significa que apoyaran al régimen. Fue su forma de proteger vidas. Durante los siguientes quince años, fueron ellas las que mantuvieron los servicios de la ciudad porque no había Estado. También pusieron en marcha hospitales, policlínicas, un registro civil, panaderías públicas… Mientras, llegaron decenas de miles de personas desplazadas de otras comunidades, algunas de las cuales el régimen consideraba enemigos. Pero cuando ocurrió el ataque de marzo, [los drusos y los cristianos] no sintieron solidaridad por parte de los otros grupos, así que decidieron dejar de ser activos y quedarse en casa, sin importarles lo que ocurría a su alrededor”, explica Qusai Alazroni, que tras exiliarse de Siria, trabajó en el Comité Internacional de la Cruz Roja en diferentes destinos. “Mi mujer y yo estábamos en Sahnaya de visita, vimos lo que estaba ocurriendo y decidimos volver porque sentimos que si no se hacía nada esta comunidad podía desaparecer en 10 o 15 años”. Pocos entonces entendieron su decisión.
Los drusos y cristianos no suman más de 10.000 habitantes en Sanhaya, una ciudad cercana a Damasco que en la actualidad, con las poblaciones colindantes, reúne a más de 600.000 personas. “En tal solo quince años, las comunidades originarias se han convertido en la minoría entre la minoría”, explica Alazroni, quien espera que el Sanhaya Cultural Forum, además hacer la cultura accesible a todo el mundo y ofrecer un lugar de intercambio y reunión a los artistas locales, contribuya a darles a todos un sentido de pertenencia. “Queremos que la memoria sea una vía de encuentro entre quienes siempre vivieron aquí, que puedan contar cómo era, y quienes han llegado de otros sitios y sienten que no pueden participar en cómo va a ser a partir de ahora”, expone a unos días de firmar el contrato de alquiler de su primer local. Hasta ahora, convocaban sus actividades en cafés y otros espacios públicos. “Para mucha gente, les puede resulta difícil reunirse para discutir sobre la convivencia y la reconciliación, pero la cultura es otra vía para juntar a personas de orígenes distintos. Los puedes convocar en torno a la proyección de una película o un concierto y que, a partir de ahí, empiecen a conocerse y a desmontar prejuicios”, concluye.
Muhanad Sharabati: “Quienes formamos parte de la revolución, lo hicimos porque soñábamos una Siria para todos los sirios, independientemente de su etnia, religión o ubicacion geográfica”
Mientras, dentro y fuera de sus fronteras, miles de sirios siguen trabajando para lograr el sueño con el que muchas y muchos de ellos salieron a las calles en 2011: “Quienes formamos parte de la revolución, lo hicimos porque soñábamos una Siria para todos los sirios, independientemente de su etnia, religión o ubicacion geográfica”, explica desde Suiza Muhanad Sharabati, jurista sirio y miembro del Centro Sirio para los Medios de Comunicación y la Libertad de Expresión, que también ha elaborado informes sobre los enfrentamientos protagonizados por las fuerzas gubernamentales contra las minorías drusas y alauitas en 2025. Esta ONG, creada en 2003 en la clandestinidad, puesto que el régimen no permitía su registro, ha desarrollado la mayor parte de su trabajo en el extranjero, como la mayor parte de la sociedad civil siria, que siguió trabajando de manera coordinada tras exiliarse por la represión. Ese es el caso de Sharabati, que a la vez que se especializaba en Derecho Internacional en una Universidad en Suiza, militaba en distintas organizaciones hasta hoy: “Seguimos soñando con un Estado de derecho que respete los derechos humanos. Una Siria en la que todas sus víctimas sean reconocidas y se les haga justicia. Todavía no lo hemos visto, pero es para lo que seguimos luchando”
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