Huelga vivienda mani - 2
Manifestación en defensa de la vivienda. Alberto Astudillo
18 oct 2026 05:00

La reunión se convocó en un lugar al aire libre. Uno de esos sitios que, en las ciudades, a menudo, aparecen despojados de gente aunque, en realidad, podrían servir para que distintas personas, con o sin un propósito común, se junten. 

Se había pedido permiso para hacer la reunión porque aunque en la Constitución se recoge que “Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará de autorización previa”, la realidad no es tan simple. Siempre está la coletilla de que ese derecho está sujeto a ciertos controles y regulaciones para proteger los intereses y derechos de la sociedad y de otros ciudadanos y, por eso, las organizaciones que convocaron sabían que podría aparecer la policía a pedir explicaciones. Cosa que, efectivamente, sucedió. Explicaciones a pesar de no estar en un lugar de tránsito. Explicaciones de por qué un grupo de vecinas se junta en uno de los espacios públicos de su barrio. Explicaciones que, cuando una autoridad exige que se den, resuenan a otra época pasada.

La reunión tenía como objetivo crear comités de barrio para preparar la huelga general, la convocatoria fue un éxito. Entre las asistentes había una mujer con una camiseta verde y el pelo recogido en una coleta. En la ronda de presentación dijo su nombre y añadió que vivía de alquiler unas calles más allá. Luego escuchó, atenta y, casi al final, tomó el turno de palabra para explicar por qué estaba allí.

Contó que cuando empezó a vivir en su casa el casero era un particular, una persona de la que conocía el nombre. Luego ya no. Lo vendió a una empresa que compró todo el edificio y dejó de haber un casero con nombre propio. Contó que viajó a su país el mes pasado y que, cuando estaba allí, unos hombres aparecieron en su casa e intimidaron a su hijo. Le dijeron que tenía que firmar unos papeles y él lo hizo. Le dio miedo decirles que no. Unos papeles que decían que se irían de su casa a final de mes. Una casa que es la suya, la única que tiene, con un alquiler que nunca dejó de pagar. “Vengo aquí porque la trabajadora social me dijo que en esta reunión a lo mejor podrían ayudarme”, “Yo me iré de mi casa cuando encuentre otra en la que vivir, mientras tanto me quedo”.

Todo el grupo la mira. Se nota que es fuerte. Que tiene la dignidad colocada en un lugar que le anima a no rendirse.

Y entonces, como una cascada, empiezan a escucharse voces desde distintas partes del círculo  que formaron para hablar. “Tú no te vayas de tu casa, te vamos a ayudar”. “Aquí entre todas buscamos soluciones”. “Hay más gente con conflictos parecidos al tuyo y nos apoyamos unas a otras para que nadie pierda su casa”. “Las personas que estamos aquí nos hemos juntado justo para que esto que te está pasando a ti no siga sucediendo, que no le pase a nadie más”. “El próximo lunes hay otra reunión, te paso mi teléfono para que estemos conectadas”. “No vamos a dejar que te echen”. “Ya no estás sola”.

Ya no estás sola.

Y, entonces, cuando notas en la piel el efecto de esas palabras, comprendes que ese es el instante preciso en el que todo cambia.


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