Opinión
Sillas en la calle
Aunque ya son muy pocas las que lo hacen, cada vez que las vemos en nuestros paseos por el pueblo, mi padre me habla de ellas como un recuerdo de infancia. Evidentemente no son las mismas, aquellas mujeres que él recuerda ya han muerto hace tiempo pero, según dice, la imagen es casi idéntica. Mujeres sentadas cerca de la puerta de sus casas, vecinas de la misma calle que sacan las sillas y las colocan en corro o en semicírculo, según cuántas sean esa tarde, para compartir un rato al final del día. La luz es siempre la del atardecer y nunca es invierno ni el final del otoño, por eso el aire que corre se agradece sin excepción. Mujeres que se sientan a compartir un rato de charla en sillas que guardarán dentro de sus casas un rato después. Mujeres sentadas ocupando ese espacio que, de no ser por ellas, probablemente estaría siendo utilizado por los coches.
Sacar la silla a la puerta de la casa. Ese gesto sencillo pero imposible en la mayoría de los barrios de las ciudades. Una forma de transportar un trozo del salón o de la cocina a esa parte del espacio público. Un modo de agrandar las viviendas y de convertir lo público en común. Sacar las sillas para hacer de la calle un lugar de encuentro.
Antes, y también ahora, en este pueblo y en otros donde se hace el mismo ritual, sacar las sillas a la calle no es solo una forma de terminar el día disfrutando del fresco del atardecer. Compartir ese lugar es, también, un acto de resistencia frente al aislamiento. Una forma de romper el cerco de la propiedad privada para definir la calle como un espacio vivo donde los afectos se hacen piel con piel, donde se comparten anécdotas, risas, saberes, silencios, formas de resolver los conflictos de la vida. Un modo de trenzar el apoyo mutuo, de construir vecindario.
En esos rincones del pueblo que se llenaban de conversaciones mientras se compartía el agua del botijo, en ese espacio entre las sillas, era donde se forjaban los recuerdos del día a día mientras se construía comunidad. Esas mujeres sentadas unas junto a otras urdían la memoría colectiva mientras hacían una crónica social diaria de lo que ocurría en las casas, en el pueblo, en el mundo.
No se trata de defender que todo tiempo pasado fue mejor, en esa época en la que se sentaban en la calle había una dictadura que obligaba a bajar la voz para hablar de casi todo lo importante. Se trata solo de recordar que las calles, todas las calles, son nuestras.
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