Opinión
Todas las rosas
El galpón lo habían construido entre la gente del barrio. No sé bien de dónde sacaron el dinero para los ladrillos ni para la chapa del techo. Pero sé que las manos para poner un bloque de cemento sobre otro eran de muchas de las personas que estaban ahí en ese momento. Para poner losas en el suelo no llegó la plata. En las casas de la gente que tiene que elegir qué materiales comprar porque el dinero no llega para todo, se prioriza lo que te cubre por arriba y después, si acaso, lo que pisan tus pies.
Era un espacio grande, diáfano, con tablones de madera que se colocaban sobre borriquetas metálicas en distintas partes según se fueran a usar para una cosa o para otra. A veces servían para hacer las clases de la escuelita popular, que aplicaba la pedagogía que estaba escrita en los libros de Paulo Freire. Otras, se colocaban apoyados en las paredes para dejar el espacio diáfano para sentarse en círculo y hacer asambleas. Y, cada día, se usaban para sostener las ollas y los platos para dar de comer a decenas de niñas y niños del barrio que iban a ese lugar para calmar, por un rato, el hambre.
Pero si hay algo que movilizara a las mujeres de ese barrio era saber que, con la barriga vacía, era imposible que sus hijas e hijos pudieran aprender en la escuela
Conseguir que el gobierno diera lotes de pasta y botes de tomate para el comedor popular fue un proceso largo. Difícil. Pero si hay algo que movilizara a las mujeres de ese barrio era saber que, con la barriga vacía, era imposible que sus hijas e hijos pudieran aprender en la escuela.
Hicieron muchas cosas para conseguir que el gobierno se responsabilizase (un poco al menos) de la alimentación de las niñas y niñas del barrio. Ellas ponían el trabajo pero necesitaban algo de materia prima con la que poder cocinar. Marchas hasta el centro de la ciudad. Cortes de ruta. Quema de neumáticos o madera o lo que fuera. Todo para conseguir alimentos con los que llenar las ollas enormes que ponían al fuego.
Se sentaban o permanecían de pie charlando, como si los relojes no importasen, la llegada de un camión que nadie sabía exactamente cuándo aparecería
La mercadería llegaba en un camión que se tambaleaba de un lado a otro por las calles de tierra hasta llegar al galpón, que tenía en la entrada un cartel que ponía “Centro comunitario”. Este evento ocurría cada dos o tres meses. Y siempre, de una descarga de alimentos a otra, tenían que seguir haciendo presión para que el gobierno, de memoria frágil, no olvidase su compromiso con las mujeres que organizaban el comedor.
En esos finales de tarde en los que llegaba la mercadería, el galpón se llenaba de gente. Muchos brazos dispuestos a descargar los kilos de harina, pasta y botes de tomate. Se sentaban o permanecían de pie charlando, como si los relojes no importasen, la llegada de un camión que nadie sabía exactamente cuándo aparecería. Mientras, la bajada del sol hacía que las pupilas se fueran agrandando en esa calle sin farolas que solo quedaba iluminada por una bombilla que colgaba de un cable en la entrada del Centro comunitario.
Cuando alguien escuchaba que el camión aparecía por el principio de la calle, dejaban sin alboroto de tomar mate y de charlar y se juntaban en la entrada del galpón. A nadie parecía importarle el polvo que revolvía el camión y, como una coreografía perfecta, los sacos y las cajas de alimentos iban pasando de unas manos a otras y se iban apilando en el almacén con un orden que, solo las mujeres que iban a utilizarlos para cocinar, tenían el derecho de elegir.
Ese sentimiento de comunidad que te hace sentir que perteneces a ese lugar. Que te da la certeza, contra pronóstico, de que tú también tienes derecho a existir y tener una vida digna
Lo que sucedía en ese rato no estaba en las palabras. Tampoco exactamente en los gestos. Estaba en otro lado. Lo empapaba todo. Ese sentimiento de comunidad que te hace sentir que perteneces a ese lugar. Que te da la certeza, contra pronóstico, de que tú también tienes derecho a existir y tener una vida digna.
Luego, después de que todo estuviera descargado y ordenado. Después de que el suelo hubiera sido barrido, aunque al ser de cemento desgastado nunca dejaba de soltar polvo, cantaban una canción. Empezaba como una tarde de lluvia, primero unas gotas, unas notas por parte de algunas de ellas y, poco a poco, se sumaban las demás, hasta formar un torrente, un coro de voces que encontraban en ese lugar su mejor escenario. Cantaban como una forma de cerrar el vínculo, de soldarlo, de hacer lumbre.
A las mujeres de ese barrio no les bastaba solo con el pan, querían también rosas. Todas las rosas.
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