Análisis
El estado de las cosas (1)

Análisis de la coyuntura política y de las posibilidades de acción antisistémica.

Es editor de la New Left Review en español.

27 nov 2022 14:50

0. Las características de la actual fase de caos sistémico del ciclo sistémico de acumulación estadounidense y la especificidad de la crisis sistémica del capitalismo histórico, esto es, de este sistema plurisecular, dotado de una lógica sistémica de funcionamiento, reproducción, expansión y dominación de clase, imponen condiciones y restricciones específicas, por un lado, sobre el contenido de lo político de las formaciones sociales contemporáneas, occidentales y no, y sobre las dinámicas de comportamiento de sus sistemas políticos y de sus sistemas de partidos, que definen la configuración de sus respectivos campos políticos dichos nacionales, así como, por otro, sobre sus formas Estado, que dotan de consistencia más o menos democrática, autoritaria o violenta al funcionamiento real de los mismos, cuya operatividad afecta y condiciona al mismo tiempo al conjunto del sistema-mundo capitalista (Arrighi et al., 1994, 1999). 

La guerra de Estados Unidos y la OTAN en Ucrania contra Rusia ofrece un excelente banco de pruebas para validar estas hipótesis. Los actuales regímenes de producción de ideología y los prototipos de producción de posverdad han funcionado con toda pertinencia para convertir un enorme acontecimiento geopolítico complejo, ligado a colosales transformaciones de las relaciones de poder de clase globales, que se hallan a su vez vinculadas a la crisis sistémica del capitalismo histórico y a la propia del ciclo sistémico de acumulación estadounidense, en un banal conflicto de agresión por una potencia regional media a un Estado independiente en torno a la creación de una zona de seguridad buscada por el Estado agresor, que se produce en el vacío de un decisionismo político desquiciado carente de genealogía y de constricciones geopolíticas estructurales, descripción esta contenida en las versiones más sofisticadas del asunto, que en la más banales simplemente explican el conflicto bélico actual y la panoplia de comportamientos y tendencias sistémicas en curso con categorías psiquiátricas más adecuadas en realidad para ser aplicadas a quienes así lo explican que a los protagonistas de esta guerra, que marca el fin del largo siglo XX, siglo político por antonomasia, siglo de la política proletaria como vector antisistémico decisivo de las clases trabajadoras y pobres contra la violencia, la guerra, el hambre y la miseria impuestas secularmente como realidad de masas por el capitalismo histórico (Tronti, 1966, Negri, 1979).

1. ¿Cómo puede explicarse, pues, la unanimidad de la práctica totalidad de los sistemas políticos occidentales –y en especial europeos– ante el comportamiento geopolítico de Estados Unidos durante las últimas tres décadas, que se declina de modo inmediato en la aceptación e imposición del modelo de gestión de la crisis sistémica de 2008, más allá de las divergencias entre la robusta opción expansiva estadounidense desde 2009 y el programa de austeridad contraintuitivo impuesto por la Unión Europea desde 2011, y durante los últimos meses?

¿Cómo puede entenderse la absoluta aceptación de las opciones geoestratégicas y bélicas estadounidenses, del marco de su estrategia, cuyos orígenes se remontan a las decisiones cruciales tomadas al hilo de la desintegración de la URSS por las potencias occidentales, y de las consecuencias derivadas de todo ello para la Unión Europea y para sus clases trabajadoras y pobres, así como la aquiescencia ante sus supuestas soluciones y el plegamiento absoluto, por consiguiente, de los países europeos al proyecto de hegemonía estadounidense materializado en la guerra de elección y por delegación librada en Ucrania por la OTAN?

¿Por qué las clases dominantes y las clases dirigentes europeas y sus sistemas políticos no han logrado ver que el vector militar era el producto de la aceptación del neoliberalismo como proyecto social?

¿Cómo es posible que los sistemas políticos europeos y por ende sus sistemas de partidos y sus opiniones públicas dominantes no perciban ni estén dispuestas a analizar en absoluto la conexión existente entre (1) la guerra librada por la potencia hegemónica global por intermediación de la OTAN contra Rusia en Ucrania y el juego geopolítico irresponsable y destructivo que ello trae aparejado a medio plazo en el intento de prolongar inalterada la hegemonía global estadounidense durante este siglo y (2) la situación económica actual y la extrapolación de su hipotético régimen de producción de valor y acumulación de capital, que, tras la gestión de la crisis sistémica de 2008, supone el corolario de la implementación del diseño global neoliberal por parte de las potencias occidentales durante las tres últimas décadas y la destrucción del modelo democrático por mor de la devastación de los derechos constitucionales fundamentales, hecho mayor que se halla localizado en el núcleo de la gestión de la crisis de la hegemonía estadounidense en esta fase de caos sistémico de su ciclo sistémico de acumulación de capital por parte de Estados Unidos y el bloque occidental?

¿Cómo leer, por otra parte, la calidad democrática de los sistemas políticos europeos, la sustancia de sus clases dirigentes y la ceguera de sus clases dominantes, que pueden aceptar e imponer soluciones tan irracionales al conflicto bélico actual apostando por la prolongación e intensificación del mismo, la elusión de toda evaluación de las consecuencias ecosistémicas y sociales de las disrupciones energéticas y económicas en curso y la indiferencia absoluta al crecimiento exponencial de la desigualdad y la insostenibilidad, además obviamente de la muerte, la desolación y la miseria intrínsecas a la guerra?

¿Qué nos dice esta brutalidad estratégica y esta indiferencia por la suerte de sus ciudadanías de estas clases dirigentes europeas y de sus sistemas políticos cada vez más autoritarios y de estas clases dominantes cada vez más crueles y moralmente indiferentes e intelectualmente ineptas ante las consecuencias de sus decisiones, como demuestras su absoluta falta de crítica y reacción durante las últimas tres décadas ante la minuciosa creación de las condiciones geopolíticas de la actual invasión rusa de Ucrania y ahora ante el desencadenamiento de la guerra de la superpotencia estadounidense y de la OTAN en su territorio y a fortiori ante la desestabilización del sistema-mundo capitalista por medios sistémicos y militares, primordialmente en Oriente Próximo y Asia Central y ahora en Asia Oriental, en el torpe intento de reedición por parte del establishment estadounidense –y de modo penosamente subalterno occidental– de un nuevo ciclo de hegemonía global de Estados Unidos durante este siglo, supuestamente fáustico, pero lamentable políticamente por la obvia inexistencia de las condiciones prometeicas de su apuesta geopolítica, macroeconómica, monetario-financiera y medioambiental, que ante la vista de todos se encaminaba, de modo evidente durante las últimas dos décadas, a una situación de violencia cada vez mayor no solo militar, sino también constitucional, económico-financiera, laboral y ecosistémica, que el conjunto de las clases dominadas y trabajadoras digamos globales (entendiendo que el adjetivo no homogeniza sino diferencia en la especificidad del desarrollo desigual consustancial al capitalismo histórico) no pueden permitirse en términos de una mayor destitución, privación de derechos, oligarquización de los sistemas políticos, incremento de la desigualdad y aniquilación de los ecosistemas, la biodiversidad y la superación irreversible de los límites ecosistémicos planetarios (Rockström y Blum, 2015; Rockström y Gaffney, 2021)?

¿Qué nos dice este cuadro de la potencia estadounidense y del conglomerado de aliados voluntarios o renuentes, esto es, de las clases dominantes del denominado bloque occidental, que no son solo occidentales, pero que en su componente europea afectan integralmente al funcionamiento de los respectivos campos políticos dichos nacionales y por ende a la constitución del campo político de la izquierda para sobredeterminar posibles salidas de este desastre?

Dilucidar la relación existente entre la crisis sistémica del capitalismo histórico, la crisis del ciclo sistémico de acumulación estadounidense y la crisis de la hegemonía global de la actual potencia hegemónica resulta crucial para comprender hoy el concepto de lo político

¿Por qué las clases dominantes y las clases dirigentes europeas y sus sistemas políticos no han logrado ver que el vector militar, dotado de sus características actuales, era el producto y se hallaba inherente e intrínsecamente ligado, al tiempo que suponía su corolario, a la aceptación del neoliberalismo como proyecto social, que debía imponerse y que todavía debe hacerlo después de 1988-2022 (IPCC), de 2001-2003 (Afganistán e Iraq), de 2008 (crisis financiera), de 2020 (crisis bioecológica) y, trágicamente, después de 2022 mediante la legitimación democrática espuria de su violencia o mediante la violencia de su forma democrática, esto es, mediante la esterilización de cualquier opción política respecto al mismo y ahora respecto a la guerra?

¿Y por qué estas clases dominantes y estas clases dirigentes europeas y sus sistemas políticos no han podido ver que esta nueva reestructuración del capitalismo y del ciclo sistémico de acumulación estadounidense concebidas para intentar reeditar el modelo secular de transición de la hegemonía global del capitalismo histórico, desde el siglo XVI siempre implementado mediante la financiarización y el conflicto bélico, en la presente coyuntura únicamente podía conducir al uso de la guerra y al despliegue de la violencia armada a escala sistémica en el corazón de Europa, en Oriente Próximo y en el sudeste asiático con la precisión astronómica vinculada a los procesos sistémicos del capitalismo y al comportamiento histórico monótono de sus clases dominantes hegemónicas globales entre las que se incluyen obviamente las actuales?

¿Cómo explicar, a partir de estas hipótesis, la reacción de unanimidad ante la crisis ucraniana de todos y cada uno de los sistemas políticos europeos y de la práctica totalidad de sus respectivos sistemas de partidos, salvo contadísimas excepciones, las cuales por otra parte han sido objeto de cotas de hostilidad y ostracismo político, mediático e institucional realmente apabullantes desplegadas con una intensidad inusitada por lo políticamente absurda e intelectualmente lerda?

¿Cómo no ver en esta unanimidad obtusa el debilitamiento de la sustancia democrática de los sistemas políticos actuales y la corrosión del concepto de lo político y de la práctica política democrática y emancipadora conformados por el impacto nítido de la lucha de clases durante los largos siglos XIX y XX en lo que se denomina modernidad?

La crisis bélica de 2001-2003, la crisis financiera de 2008, la crisis climática de 1988-2022, la crisis biopolítica de 2020 y la crisis militar de 2022 han generado pautas de comportamiento y respuestas prosistémicas verificadas en sistemas políticos cuya configuración, lógica de funcionamiento y sujetos políticos se han conformado (1) al hilo de la crisis sistémica del capitalismo durante las últimas cuatro décadas de reestructuración neoliberal de las relaciones de producción gestionadas por las clases dominantes occidentales globales dirigidas por la potencia hegemónica estadounidense y (2) por el diseño decidido por esta para lidiar con su crisis de hegemonía global derivada de la crisis de su ciclo sistémico de acumulación de capital y por ende de sus modalidades de comportamiento económico organizadas mediante la subordinación de una cuota cada vez mayor de los recursos y bienes comunes globales a la consecución de un pretendido new american century.

Esta estrategia ha impuesto un modelo de comportamiento específico a la totalidad de los sistemas políticos a escala global —y en nuestro caso a escala europea en la concreta configuración institucional decidida por la Unión Europea, que traduce a su vez el impacto de ese modelo en cada uno de los Estados miembros—, así como a sus sistemas de partidos, ambos concebidos y reorganizados ahora de acuerdo con un específico perfil funcional reorientado para hacer posible que la persistencia de la hegemonía estadounidense se asegure mediante la delimitación de un rango restringido de variación del contenido democrático sustantivo de estos sistemas políticos, que han de ser incapaces de perturbar los actuales modelos de acumulación de poder de clase y de acumulación de capital, así como capaces de garantizar el uso de la totalidad de los recursos sistémicos de las respectivas formaciones sociales, del sistema-mundo capitalista y por ende del sistema-tierra producido por la reproducción de este para lograr tal proyección secular de la hegemonía estadounidense y a la postre occidental durante el siglo XXI.

2. Dilucidar, pues, la relación existente entre la crisis sistémica del capitalismo histórico, la crisis del ciclo sistémico de acumulación estadounidense y la crisis de la hegemonía global de la actual potencia hegemónica resulta crucial para comprender hoy el concepto de lo político, lo cual resulta primordial a su vez para comprender cómo funciona hoy la política en los campos políticos nacionales y para dilucidar la acumulación de sus lógicas en las denominadas «relaciones internacionales», así como para construir una política, generada por definición en el campo político de la izquierda, capaz de intervenir en la crisis sistémica actual del modo más democrático posible para desequilibrar la gestión de la misma por las clases dominantes hegemónicas globales occidentales. Esta gestión implica un carácter cada vez más autoritario de estos sistemas políticos dichos nacionales por parte de estas últimas y por parte de las clases dominantes regionales (europeas en nuestro caso), que han ligado su destino a la suerte del capitalismo estadounidense actual y que apuestan por que el nuevo siglo americano asegure tanto la reproducción de las clases dominantes estadounidenses como la de las correspondientes clases dirigentes nacionales y regionales, que representan o creen representar mediante su gestión del respectivo campo político nacional o eventualmente regional, como sucede en el caso de la Unión Europea durante las últimas seis décadas y sobre todo durante las tres últimas.

Conviene no olvidar que la crisis de la hegemonía global estadounidense, es secundariamente la crisis de la hegemonía derivada del bloque de poder geopolítico occidental construido durante el ciclo sistémico de acumulación estadounidense durante el largo siglo XX

Idénticamente autoritaria es la gestión de las respectivas formas Estado involucradas en el doble circuito de su acción consistente en la legitimación democrática o bien en la represión autoritaria o violenta del actual modelo neoliberal de reproducción social y ecosistémica, por un lado, y en la subordinación de los recursos públicos a la mejor funcionalidad de la estrategia de las clases dominantes estadounidenses y de la concreta articulación de esta con las clases dominantes regionales, por otro. Incidentalmente conviene indicar que esta aproximación elude todo funcionalismo en la descripción del comportamiento de los distintos actores prosistémicos implicados en una coyuntura, la actual en nuestro caso, y postula, por el contrario, una teorización de la dominación de clase y por definición de la lucha de clases constituida por los desplazamientos verificados en la capacidad de la utilización de los recursos sistémicos, públicos y comunes, comenzando crucialmente por el uso del poder político, entre las distintas clases para garantizar tanto el ciclo sistémico de acumulación de capital vigente, como la extrapolación de su lógica en términos estratégicos, que en la historia del capitalismo implica por definición el uso primordial y diferencial del poder financiero y militar para intentar lograrlo, como estamos comprobando durante las últimas tres décadas de modo cada vez más intenso.

El elemento fundamental para comprender la crisis de la política en esta coyuntura histórica en los países occidentales, especialmente en Estados Unidos y la Unión Europea, pero también en el Sur global y en las áreas respectivas de las grandes potencias regionales, y de comprenderla en rigurosos términos de clase es el análisis de la ligazón existente entre las hipótesis y opciones que manejan las clases dominantes estadounidenses y occidentales en esta crisis de la hegemonía global estadounidense, que es simultáneamente una crisis sistémica del capitalismo como sistema histórico, y el conjunto de funcionalidades y transformaciones que la estrategia de prosecución de esta hegemonía global ha introducido en los sistemas políticos nacionales en los que se deciden las políticas que sirven para legitimar la subordinación de la reproducción de las formaciones sociales discretas a este diseño de defensa a ultranza de la hegemonía global de la potencia hegemónica estadounidense, que las clases dominantes tienen a bien denominar, de modo absolutamente impreciso, orden liberal internacional (Ikenberry, 2018) y que, en realidad, supone la codificación de un conjunto dado de estrategias de comportamiento de los actores estatales y geopolíticos conmensurable con el despliegue de la estrategia neoliberal en el ámbito de la estructura económica, productiva y monetario-financiera, doméstica e internacionalmente, como horizonte de destrucción minuciosa de la modernidad democrática.

Si la producción de valor es hoy ya de hecho producción negativa de valor, los sistemas políticos deben ser por definición producción negativa de democracia

Conviene no olvidar, por otro lado, que la crisis de la hegemonía global estadounidense, es secundariamente la crisis de la hegemonía derivada del bloque de poder geopolítico occidental construido durante el ciclo sistémico de acumulación estadounidense durante el largo siglo XX. El hecho, tan fascinante como autoritario y brutal, que debe servirnos de punto de partida para efectuar este análisis es, como decíamos, la doble respuesta a la crisis de 2008 y de 2003/2022 por parte de las clases y elites dominantes occidentales y de los sistemas políticos que hegemonizan, respuestas sintetizadas en la contundencia de su unanimidad a la ahora de optar por la profundización de las causas sistémicas que generan la crisis de la hegemonía estadounidense y del propio ciclo sistémico de acumulación de capital organizado por esta durante el último siglo largo. La crisis de la hegemonía global estadounidense es tan manifiesta, objetiva e intratable, como grave el no reconocimiento por las clases dominantes de la crisis sistémica del capitalismo histórico en su funcionamiento multidimensional como modelo de producción de valor, como matriz de intercambio de inputs y outputs materiales, bioquímicos y energéticos con el entorno natural y como patrón de impacto sobre el conjunto de las estructuras y la reproducción de toda formación social constitutiva del sistema-mundo capitalista y a la postre del sistema-tierra, el cual es un coproducto del anterior.

3. La crisis del proyecto social sistémico y del ciclo sistémico de acumulación de las clases dominantes occidentales actuales presentan hoy una profundidad tal y unas características sistémicas tales que lo hacen por definición no universalizable ni social, ni política, ni ecosistémicamente, lo cual coloca al capitalismo como sistema histórico en una situación objetiva de peligro, que las clases dominantes no pueden tolerar que se convierta en el objeto político privilegiado en el seno de los respectivos sistemas políticos nacionales a partir de los que las clases dirigentes actuales deben producir niveles de consenso lo suficientemente amplios como para que el tambaleante proyecto hegemónico estadounidense actual pueda absorber cantidades de recursos sistémicos cada vez más ingentes a costa de la destrucción de todos y cada uno de los equilibrios sociales, políticos y ecosistémicos, que permiten la producción de (plus)valor en este momento histórico.

Si la producción de valor es hoy ya de hecho producción negativa de valor, los sistemas políticos deben ser por definición producción negativa de democracia y por ende producción positiva de oligarquización de la reproducción social y ecosistémica y, en consecuencia, deben contemplar la destrucción y la aniquilación de las clases dominadas, comprendido el termino esta vez en un sentido objetivamente lato, como un daño colateral respecto al proyecto geopolítico y geoeconómico de aseguramiento de la hegemonía global de la actual potencia hegemónica y de las clases que se hallan o se autoperciben ligadas a su suerte y, simultáneamente, respecto al proyecto de perpetuación del capitalismo como matriz sistémica de producción de valor, que como hemos indicado ya ha dejado de cumplir los criterios mínimos de rentabilidad sistémica, incluso comprendiendo esta en el sentido más miserablemente neoclásico o neoliberal de término.

Este comportamiento sistémico de la dominación de clase global ha provocado y continúa provocando la reestructuración de los campos políticos nacionales para dotar de factibilidad al actual modelo de hegemonía

La operatividad de estas tendencias sistémicas de la dominación de clase con la que concluye el ciclo sistémico de acumulación estadounidense ha tenido un impacto devastador sobre los sistemas políticos nacionales democratizados durante el largo siglo XX por el antagonismo de los movimientos de las clases trabajadoras globales en su desarrollo desigual, porque la reestructuración de las relaciones de poder, dominación y explotación impuestas sistémicamente durante las últimas tres décadas han afectado a la producción del contenido de lo político y por ende a la materialidad misma de la política y del conjunto de políticas implementadas mediante las respectivas formas Estado realmente existentes en el centro, la semiperiferia y la periferia del sistema-mundo capitalista, cuya productividad ha debido adaptarse a la subordinación tendencial de todos los recursos y procesos de producción de valor social al ciclo sistémico de acumulación de capital estadounidense, que los utiliza en sus procesos de producción negativa de valor por la economía-mundo capitalista actual y de producción negativa de estabilidad geopolítica por parte de la potencia hegemónica.

Estos dos procesos simultáneos de producción negativa de valor y de producción negativa de estabilidad geopolítica han generado por ende la imposibilidad de conceptualizar y menos aún de implementar la política y las políticas que podrían abordar la crisis sistémica del capitalismo como sistema histórico durante los próximos treinta años por los sistemas políticos realmente existentes, cuyas consecuencias devastadoras son por todos conocidas por lo sucedido durante las ultimas dos décadas y cuyas consecuencias catastróficas se hallan por todos previstas de extrapolarse las tendencias sistémicas actualmente activas durante las dos siguientes, como el despliegue y el impacto multidimensional de la crisis financiera, de la pandemia de coronavirus, del calentamiento global y de la guerra en Iraq, Afganistán, Libia, Siria y Ucrania demuestran hasta la fecha de modo incontrovertible.

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Si la potencia global hegemónica, que representa por definición un modelo de poder de clase global históricamente dinámico, es incapaz de dilucidar y trazar un modelo de comprensión epistémica y política de las propias condiciones de la merma de su poder, y si su proyecto de extrapolación de hegemonía global debe articularse, como está sucediendo de modo cada vez más claro de durante las tres últimas décadas, mediante la concentración cada vez más colonial, imperial y oligárquica de una cantidad exponencialmente mayor de recursos, activos y procesos sistémicos, hasta el punto de introducir disfunciones cada vez más peligrosas en todos y cada uno de los macroprocesos políticos y ecosistémicos del sistema-mundo capitalista y las formaciones sociales que lo constituyen, entonces por definición los sistemas políticos dichos nacionales deben subordinarse a la producción de subprocesos que sean funcionales a este sometimiento de la microfísica y la macrofísica de la productividad social y por ende de las correspondientes formas Estado a este proyecto hegemónico paulatinamente menos universalizable y, por consiguiente, cada vez más oligárquico, colonial y racista, y políticamente cada vez menos democrático.

Este comportamiento sistémico de la dominación de clase global, rearticulado por mor del funcionamiento y la operatividad de la hegemonía de la potencia hegemónica estadounidense, ha provocado y continúa provocando la reestructuración de los campos políticos nacionales –y su inevitable reproducción transnacional e internacional– para dotar de factibilidad al actual modelo de hegemonía, que pierde cada vez más su vertiente consensual e incrementa especularmente su vertiente violenta de depredación oligárquica de los recursos públicos y los bienes comunes locales y globales, de los derechos constitucionales fundamentales y de las condiciones de reproducción ecosistémica.

Los campos políticos nacionales y sus clases dirigentes han comprendido bien el grano de estas transformaciones y han gestionado esta mutación en el curso de las últimas décadas, definidas por la derrota de las clases trabajadoras y pobres y la destrucción temporal de su realidad política, asegurando que la operatividad de la denominada política nacional reproduzca diferencialmente el mismo proceso de destrucción de las condiciones de posibilidad de la constitución sujetos políticos y de producción de políticas capaces de poner en tela de juicio los procesos domésticos que concentran los recursos, la renta y la riqueza nacionales en manos de las oligarquías del respectivo bloque histórico de poder nacional y de los actores transnacionales que extraen y absorben valor de las dichas economías nacionales, dado que el proyecto político primordial es que la funcionalidad de los procesos de organización de la desposesión constitucional nacional doten de operatividad a la canalización del mayor volumen de recursos hacia los procesos que transnacionalmente aseguran la factibilidad tendencial del carácter no universalizable del proyecto de la hegemonía estadounidense en esta coyuntura histórica.

Los sistemas políticos nacionales deben desdemocratizarse, porque el proyecto de la hegemonía global de la actual potencia hegemónica es tendencialmente cada vez menos universalizable y menos sostenible, porque la crítica del capitalismo histórico como modelo cada vez menos eficaz y torpe para garantizar la posibilidad de la producción de valor y por ende como fundamento cada vez menos funcional para reproducir siquiera la hegemonía de la vieja potencia hegemónica debe ser suprimida y elidida como objeto político de los respectivos sistemas políticos nacionales y a fortiori transnacionales. El desencadenamiento de la guerra de Ucrania por la invasión rusa, cuidadosamente conformada por las decisiones estratégicas tomadas por la potencia hegemónica estadounidense y sus socios atlánticos durante los últimos treinta años, así como la respuesta a la misma, demuestran, tanto en sus antecedente como en lo sucedido después de febrero de 2022, la pertinencia de esta hipótesis analítica de la especificidad de la dominación de clase en esta coyuntura, dado que las condiciones de posibilidad del desencadenamiento de esta guerra, así como las inevitables consecuencias sucesivas de la misma, no podían ser sometidas a un tratamiento democrático por parte de los sistemas políticos dichos nacionales, ni convertirse en objetos políticos genuinos, ni someterse siquiera a un debate racional y público de sus condiciones de emergencia y de sus inexorables consecuencias a escala nacional, regional o global y ello aun a costa de la consolidación y materialización de los procesos más destructivos que racionalmente podían fácilmente preverse de este corrosivo curso de acción tanto en Europa como a escala global.

4. La crisis sistémica del capitalismo como sistema histórico se manifiesta hoy, pues, como la crisis del ciclo sistémico de acumulación estadounidense y precipita en la crisis epistémica y sistémica de lo político, así como de los sistemas políticos nacionales actuales en la medida en que estos encuentran enormes dificultades (1) tanto para tratar como problemas políticos y por ende como objetos políticos primordiales de los respectivos campos políticos nacionales los procesos, las tendencias, los efectos y las decisiones tomadas por las clases dominantes hegemónicas globales y por las clases dirigentes que gestionan las formas Estados nacionales, (2) como para evitar la subordinación de las dinámicas de los regímenes de acumulación supuestamente nacionales, impuestos por el modelo neoliberal, al diseño de las mencionadas clases dominantes hegemónicas globales, como demuestran el deterioro constante de las políticas sociales y de la infraestructura del welfare y la depredación de los derechos fundamentales (vivienda, educación, sanidad, protección de la pobreza, calidad medioambiental, etcétera) y de los recursos públicos en la práctica totalidad de las formaciones sociales actuales. Esta noción de «modelo neoliberal» es un concepto débil e inconsistente si se mide con la pertinencia teórica del concepto de «ciclo sistémico de acumulación de capital», pero transmite plásticamente la tensión ahora mismo indicada entre la crisis de lo político y la crisis sistémica del capitalismo expresada durante la presente coyuntura de caos sistémico.

A fin de comprender esta crisis de lo político inmanente a la crisis de ciclo sistémico de acumulación estadounidense y del propio capitalismo es preciso trazar los contornos teóricos y prácticos de lo que constituye el núcleo esencial del capitalismo como sistema histórico para contribuir a disipar los obstáculos epistemológicos que impiden pensar y organizar una política antisistémica capaz de revertir los procesos sistémicos de crisis actuales y los marcos de catástrofe, destrucción e incremento del caos sistémico que las clases dominantes occidentales, estadounidenses y, fruto de procesos complejos de mediación y eficacia estructural, aliadas a ellas en las periferias y la semiperiferias del sistema-mundo capitalista actual, consideran consecuencia ineluctable, pero asumible, del mantenimiento de su modelo de desarrollo y de su régimen de dominio de clase.

La actual crisis del capitalismo histórico y la crisis estructural de la política y de los sistemas y campos políticos actuales que aquella produce de modo inmanente, se manifiesta en la esterilización cada vez más intensa de su contenido constitucional-democrático y en la neutralización del funcionamiento coherente de la forma Estado y del conjunto de dinámicas político-normativas y administrativas en torno al núcleo residual de la constitución material fordista, a medida que las clases dominantes estadounidenses y occidentales comprendieron con toda claridad estratégica desde mediados de la década de 1970 que la continuidad del vigente ciclo sistémico de acumulación organizado por la actual potencia hegemónica, así como la hegemonía global de esta, generaban costes tan exorbitantes y tan irracionales que únicamente podrían imponerse (1) mediante la intensificación de la eficacia sistémica de las relaciones de poder y dominación generadas por el proceso de producción y redistribución del valor producido, (2) mediante la subordinación de todos los recursos colectivos y comunes no estrictamente producidos por el capital privado a los procesos de acumulación privada de capital, (3) mediante la destrucción de todo vínculo democrático existente –o potencialmente existente en su complejización– entre los derechos de las clases trabajadoras y pobres y el puro fetichismo de un proceso de acumulación que en la ideología dominante era y es el único motor de orden social y la única posibilidad de proyecto civilizatorio viable, y (4) mediante la neutralización o destrucción de lo político como vector democratizador de la reproducción social, lo cual, enunciado por las clases dominantes occidentales y dado su historial, debería haber invitado al menos a la cautela de la mente liberal, que sin embargo, optó por extremar su contenido reaccionario resucitando las formas más espurias y lamentables del liberalismo conservador, que ahora se presentó bajo los oropeles de la forma neoliberal de neutralización de lo político, primero, y de destrucción tout court de la subestructura política tras la autodisolución de la Unión Soviética y el sueño del fin de la historia en un mundo unipolar. Estas tendencias, por otro lado, si hicieron sonar todas las campanas de alarma de la mente marxista posterior a 1968, que por definición era ya antirracista, anticolonial, antipatriarcal y ecocomunista, y que percibió con total nitidez desde finales de la década de 1960 que el ataque contra el sujeto productivo proletario era el germen de un proyecto social de consolidación reaccionaria tan ciego como rizomático.

El capitalismo es un sistema que progresa mediante la transformación de los procesos de apropiación de los recursos no producidos por el mercado y de la riqueza producida por sujetos y procesos no ligados ni a la lógica y la actividad económica privadas, ni a la racionalidad mercantil

5. La crisis de la política actual y la respuesta zombi de los sistemas políticos y de las formas Estados democráticas o autoritarias ligadas a los mismos ante la serie de crisis-señal asociadas a la crisis del ciclo sistémico de acumulación estadounidense y de su hegemonía global verificadas durante las últimas dos décadas (1990-2022/IPCC, 2001-2003/guerras de Afganistán e Iraq, 2008/crisis financiera, 2020/pandemia de coronavirus, 2022/guerra ucraniana) remite, pues, al corazón mismo de lo que resulta genuinamente específico del capitalismo como sistema histórico, cuya comprensión es crucial para dilucidar la crisis del concepto de lo político y de la política actual, que en el capitalismo remite por definición a una epistemología y a campos epistémicos de clase. La especificidad del capitalismo no radica ni en la existencia de mercados competitivos articulados y jerarquizados en su eficacia, ni en la competencia entre unidades empresariales específicas virtuosas microeconómicamente a partir de estructuras de precios y modelos de organización de sus procesos productivos y distributivos, ni en la innovación tecnológica como vector de reordenación consecutiva y primordial de las relaciones sociales, productivas, políticas y culturales, ni tampoco en la supuesta destrucción creativa del conjunto de las relaciones y procesos sociales como expresión concomitante de la creatividad intrínseca de los espíritus animales de un modelo de empresarialidad que goza de una inventiva inagotable fruto de la competencia vehiculada por un sistema de precios infalible, ni, en fin, en la invención de un funcionamiento original e innovador de la forma monetaria y de la financiarización de los procesos productivos y de los circuitos de inversión y gasto públicos o privados, así como de las relaciones sociales gracias a la propulsión de los circuitos de consumo mediante el uso virtuoso del endeudamiento. El núcleo sistémico y estratégico del capitalismo como sistema de producción y acumulación de capital y de poder de clase –y por ende de explotación y dominación– radica, por el contrario, en la expropiación, subordinación y vectorialización productiva mediante la utilización de la forma Estado y de su productividad sistémica específica de todo proceso social, productivo, natural o ecosistémico creado o producido al margen del sistema de precios vigente, que rige la asignación de recursos a través del mercado, para la producción de valor estrictamente privado, lo cual permite simultáneamente la acumulación de capital y de poder sistémico por las clases dominantes sobre el conjunto de activos y procesos implicados en la reproducción socia.

Esta dinámica permite, por un lado, la canalización de la práctica totalidad del valor producido al conjunto de procesos de producción y acumulación privados y, por otro, garantiza la acumulación de poder de clase para decidir sobre las potenciales opciones y bifurcaciones productivas y políticas ligadas a un determinado ciclo sistémico de acumulación de capital, lo cual explica, por otro lado, por qué la relación existente entre este sistema histórico y el concepto de lo político es absolutamente crucial y esencialmente antinómica y antagonista. El capitalismo no es, pues, fundamentalmente un sistema de innovación de los procesos de acumulación de capital y de crecimiento económico, ni un sistema dotado de una enorme inventiva tecnológica y organizacional microeconómica y macroeconómicamente hablando, sino un sistema que únicamente progresa mediante la transformación de los procesos de apropiación de los recursos no producidos por el mercado y de la riqueza producida por sujetos y procesos en absoluto ligados ni con la lógica y la actividad económica privadas, ni con la racionalidad mercantil intrínseca del proceso económico, ni con la racionalidad del proceso productivo y del ciclo de reproducción social a él aparejados, la cual desde la madurez del fordismo es consustancial, por otra parte, a la propia fuerza de trabajo productora de valor, riqueza e innovación, que opera mediante la categoría socioestructural de lo que Marx denominó general intellect.

El capitalismo es fundamentalmente un sistema que logra apropiarse o acceder a las fuentes primordiales de riqueza mediante la apropiación e incorporación al propio metabolismo productivo de un determinado ciclo sistémico de acumulación (el estadounidense en nuestro caso) de la productividad social y ecosistémica media generada por la fuerza de trabajo colectiva, dada la nueva composición técnica, intelectual y política de clase incorporada al mismo, dinámica que el ciclo sistémico de acumulación estadounidense, contemplado desde el punto de vista inmanente del antagonismo del sujeto productivo proletario, ha dotado de su definitiva madurez histórica como consecuencia de las luchas antisistémicas desencadenas en su seno, esto es, de la madurez subjetiva, intelectual, moral, política y tecno-productiva de los sujetos productivos, que han transformado irremediablemente las relaciones existentes entre la fuerza de trabajo considerada como capital variable y su capacidad tanto de constituir en términos políticos su potencia productiva autónoma (las fuerzas productivas forman parte ahora del general intellect del cerebro social proletario), como de definir democráticamente las relaciones que la forma Estado establece o debe establecer con los propietarios del capital y con el sujeto productivo de clase para no permitir la expropiación de las condiciones infraestructurales políticas y ecosistémicas de producción y su subordinación a la implementación o el relanzamiento de un nuevo ciclo sistémico de acumulación de capital privatizado capaz de eludir los criterios de justicia, igualdad y sostenibilidad afirmados por el constitucionalismo democrático fruto del antagonismo de clase durante el largo siglo XX y provisoria y limitadamente puesto a punto por el fordismo. Esta capacidad del nuevo sujeto productivo proletario para establecer un nuevo tipo de relación con el funcionamiento operativo de la forma Estado y con la potencia constituyente del constitucionalismo democrático situado en su ritmo de producción normativo y político-administrativo, ha alterado completamente el concepto de ciudadanía y ha desestabilizado definitivamente la incorporación de estos procesos de subordinación y explotación sistémica de la forma Estado desdemocratizada a las condiciones de equilibrio del ciclo sistémico de acumulación estadounidense y de su crisis de hegemonía, al tiempo que ha abierto el camino para convertir en objetos políticos primordiales el conjunto de procesos y relaciones de poder que permiten la subordinación de lo político a la producción privada de valor y riqueza, así como a su apropiación y distribución, tanto primaria como secundaria, hacia el decil superior de la población global y por ende hacia el decil superior correspondiente de la respectiva nk-formación social considerada.

Este conglomerado de procesos de absorción y subordinación máximas de la potencia de lo político al diseño e implementación defectuosos del proyecto de un nuevo ciclo de hegemonía y por ende de un nuevo ciclo sistémico de acumulación, dirigido por la actual potencia hegemónica estadounidense y su actual bloque de poder occidental, es lo que explica tanto la estrategia seguida en esta guerra por delegación librada en Ucrania por esta última, como el absoluto escamoteo del tratamiento tanto de su lógica como de sus condiciones y consecuencias por los respectivos campos políticos democráticos nacionales de las formaciones sociales europeas, así como de la subordinación de las n-formas Estado nacionales y supranacionales a esta nueva productividad económica, bélica y financiera totalmente desastrosa por los efectos derivados del intento de gestionar la crisis de la potencia hegemónica, que impone su lógica de poder de clase al conjunto de los procesos de acumulación de capital en su actual forma financiarizada, ecológicamente desastrosa y socialmente destructiva. Estas tendencias constituyentes potenciales de la actual composición de clase, torpemente expresadas todavía por la proliferación de luchas de nuevo tipo (de los movimientos alterglobalización a las nuevas formas de sindicalismo, pasando por las luchas y prácticas feministas, medioambientales, anticoloniales, antiimperialistas y antipatriarcales) y la emergencia de nuevos sujetos políticos capaces de insertarse en la gestión de la forma Estado, cuyo horizonte de constitución política lidia con esta complejidad del modelo de la dominación hegemónica global y con la articulación de lo político en las formaciones sociales dichas nacionales, son los procesos que los actuales campos políticos reaccionarios de las formaciones sociales formalmente democráticas europeas, pero no solo, intentan por todos los medios abortar mediante el cierre y la regresión del contenido democrático de los actuales sistemas políticos realmente existentes.

Al hilo de estos nuevos procesos constituyentes potenciales estos nuevos sujetos o protosujetos políticos ligados a la nueva composición de clase del sujeto productivo proletario no pretenden la mera intervención en la regulación de los procesos de producción y del régimen de acumulación de capital o la corrección del reparto del valor total producido mediante el reajuste del ciclo tributario, sino, por el contrario, abrir un campo político de izquierda capaz de transformar radicalmente el campo político tout court, que se halle en condiciones de concebir la impugnación, reversión y reinvención de la incorporación de la potencia de la productividad de la forma Estado como un conjunto de procesos habilitadores para conseguir cerrar, esto es, producir y realizar todo proceso de actividad económica que la doxa dominante sitúa exclusivamente en el denominado sector privado y en lugar de ello imaginar una potencia de lo político que revierta y destruya este constante proceso de unanimidad de los sistemas políticos y de partido realmente existentes en torno al deterioro de los derechos fundamentales y la organización de ese deterioro desde la propia forma Estado, que además implementa la subordinación de la totalidad de la riqueza producida al apuntalamiento de la actual hegemonía de las clases dominantes globales y de su ciclo sistémico de acumulación de capital y producción negativa de valor.

En torno a este conjunto de procesos se verifica, pues, el tratamiento por los sistemas políticos dichos democráticos occidentales de la crisis-señal de la guerra de la potencia hegemónica estadounidense librada en Ucrania contra Rusia, que señala inequívocamente la crisis sistémica irreversible del ciclo sistémico de acumulación estadounidense y, por las características históricas de la misma, la crisis del capitalismo como sistema histórico incapaz de no producir de ahora en adelante valor negativo como horizonte máximo de su productividad sistémica.

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