Opinión
Españoles por ley, extranjeros por piel

Existe una racialización sistémica de la segunda generación de migrantes en el Estado español. Una racialización que conduce a la discriminación.
Internacionalista e investigadora en sociopolítica migratoria
27 ago 2026 06:00

¿Un español racializado es tan “español” como uno blanco? Esta pregunta debería hacernos reflexionar, pero sobre todo tendría que ocupar un espacio de debate político. Los últimos datos disponibles en el informe del Consejo Económico y Social de 2025 revelan que el 34% de los menores en España, alrededor de tres millones de niños, son hijos de madre o padre de origen migrante, una cifra que la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas) eleva a 4,5 millones al sumar a quienes llegaron en su temprana infancia. Sin embargo, cuando el sistema demanda el NIE en lugar del DNI a un ciudadano nativo, la burocracia se convierte en un acto de segregación y se asiste a la continua negación de la nacionalidad en función del color de la piel.

El conflicto radica en cómo la sociedad categoriza a inmigrantes y extranjeros, bajo estatus completamente opuestos. El inmigrante es aquel al que se le achacan posturas negativas sobre su conducta, cultura, religión o clase social fundamentadas en prejuicios y estereotipos que se alinean con nuestro concepto estatal de la geopolítica mundial y la brecha norte-sur. El extranjero, en cambio, es el huésped bienvenido, proveniente de economías avanzadas o de países con estructuras similares a la nuestra. Así, mientras un marroquí, un ghanés o un cubano son sentenciados bajo el estigma de la inmigración, un noruego, un británico o un australiano habitan el estatus limpio de lo extranjero; un doble rasero que heredarán sus hijos nacidos aquí.

Cuando la piel es blanca, el origen no se cuestiona ni la “españolidad” se pone a prueba

El hijo de un inmigrante siempre cargará con la etiqueta de inmigrante de segunda generación, mientras que el hijo de un extranjero será visto como un ciudadano español de pleno derecho, cuyos rasgos jamás serán exotizados ni sometidos a interrogatorio. Cuando la piel es blanca, el origen no se cuestiona ni la “españolidad” se pone a prueba. No es lo foráneo lo que incomoda, la verdadera frontera la levantan el racismo, el clasismo y la aporofobia que deciden quién pertenece sin preguntas y quién debe justificar eternamente su lugar.

En esa grieta, imposible ya de ocultar, resuena una frase que se repite cada vez con más fuerza en las calles: “la España que se nos está quedando”. Quizá la cuestión no sea qué país queda, sino quién se adjudica el derecho de decidir quién cabe en él. Se acusa desde el mantra del “es que no se integran”, pero nadie tiene que pedir permiso para habitar su propia casa. Los españoles racializados son, efectivamente, racializados, pero también son españoles. No hay contradicción en ello, salvo en la mirada de quien se empeña en verla.

No tienen que integrarse en ninguna parte: ya forman parte de la sociedad, aunque se les empuje a los márgenes, sean invisibilizados y se les haga sentir constantemente que no encajan. Y, sin embargo, cuando ocupan el espacio que siempre ha sido suyo, estallan las reacciones. El acoso viral a varias falleras negras este pasado marzo desnudó la rabia de quienes se aferran a una estampa congelada de la nación que se niegan a actualizar.

Porque cuando alguien habla valenciano perfectamente, conoce la tradición al detalle y la vive con orgullo, y aun así se le niega el lugar, ya no se pide integración: se ejerce rechazo. A estas alturas, resulta evidente: hagan lo que hagan, hay quien nunca aceptará que también son de aquí, condenándolos a escuchar día a día la eterna e interminable pregunta: “¿Oye perdona, pero tú de dónde eres?” Al responder “de Granada”, el interlocutor insistirá: “ya, pero… ¿de dónde son tus padres?”. No buscan conocer su nacionalidad; buscan descifrar por qué su piel y sus rasgos no encajan en su imaginario de patria. Ante esa miopía social, la españolidad se niega al quedar reducida a una lectura racial del cuerpo fruto de una mirada incapaz de comprender que raza, etnia y nacionalidad son tres categorías distintas que conforman la complejidad humana.

Este rechazo sistemático empuja a muchos españoles a una crisis de identidad, donde, perdidos en el ¿y yo a dónde pertenezco? interiorizan un discurso excluyente que los obliga a cuestionarse, con dolor, cuál es realmente su hogar. Según un estudio de la Dirección General para la Igualdad de Trato y Diversidad Étnico-Racial, el 47% de la población afrodescendiente ha nacido en el país; sin embargo, solo un 12% se define como “afroespañol” y un demoledor 60% confiesa no sentirse español a causa del racismo estructural que sufre. Esta realidad la respalda el Ministerio de Igualdad, señalando que el 78% ha sufrido discriminación por su color de piel.

Dicha cínica exclusión, golpea incluso cuando la pertenencia está escrita en la vida: alguien que ha crecido en el mismo barrio, estudiado en las mismas escuelas y vivido los mismos códigos culturales, es, por ser racializado, un eterno cautivo de su piel condenado a ser un inmigrante perpetuo en su propia tierra. El contraste es flagrante con los miles de centroeuropeos y rusos asentados en sus propias colonias en la provincia de Alicante: sus comercios en inglés ignoran el castellano, mientras asfixian el mercado inmobiliario local, bendecidos por instituciones que financian su atracción en lugar de agitar el fantasma de la “invasión”. Su presencia se normaliza porque la blancura diluye el discurso antiinmigración, evidenciando que el verdadero sesgo no es la frontera, sino la piel y la clase social.

Pero, ¿cómo le explicas a George, británico asentado en Torrevieja, el orgullo que azotó a todo un país cuando allá por el 2005 un chaval de diecinueve años y pantalones pirata conocido como Rafa Nadal conquistaba por primera vez la tierra batida de Roland Garros? ¿La fiebre de la primera edición de Operación Triunfo? ¿O el eco de Amaral invocando aquello de “Son mis amigos, por encima de todas las cosas” en las fiestas de pueblo de tantas generaciones? Son códigos que no se explican: se habitan, se heredan, se respiran. No obstante, mientras la opulencia blanca vive exenta de entender el suelo que pisa, el racismo estructural somete a los españoles racializados a mendigar el derecho a pertenecer a su país.

Emerge entonces la distinción entre nacional y ciudadano. Estos españoles, hijos de al menos un progenitor de origen migrante, son nacionales porque cuentan con los derechos y obligaciones que trae implícita la nacionalidad española, pero al no ser observados como iguales son tratados como ciudadanos de segunda, perpetuando una clara “ciudadanía frágil”. Nacionalidad y ciudadanía entran en una tediosa confrontación donde la Constitución y la realidad chocan frontalmente cuando la prometida igualdad se convierte en papel mojado en las calles. La cuestión es clara cuando observamos la cotidianidad: ¿Alguna vez has visto a un español de origen magrebí dirigiendo un banco, a una mujer con hijab presentando el telediario o a un juez negro en un tribunal? ¿Cuántos políticos racializados de alto rango puedes nombrar? O, más sencillo todavía: ¿has tenido un profesor que no fuera blanco, te ha dado los buenos días un conductor negro al subir al autobús? Haz memoria: ¿quién te atiende en la farmacia, quién te recibe en las inmobiliarias, quién está detrás del mostrador en la biblioteca?

Es evidente que la igualdad formal dista mucho de la igualdad real: una disparidad que no es casual sino el reflejo de un relato antiinmigración cada vez más feroz

Es evidente que la igualdad formal dista mucho de la igualdad real; Una disparidad que no es casual sino el reflejo de un relato antiinmigración cada vez más feroz. Las cacerías contra inmigrantes durante los terribles acontecimientos de Torre Pacheco el pasado año, el indisimulado rechazo a repartir 4.400 menores del Sahel frente a los 71.253 niños ucranianos acogidos en tiempo récord o las descarnadas propuestas de deportaciones masivas de Vox, que incluyen a segundas generaciones, no constituyen episodios aislados, sino que responden a un fenómeno mucho más amplio.

Un marco que incorpora también la siniestra aprobación del “ICE Europeo”, la nueva doctrina de “prioridad nacional” importada del modelo de Le Pen, el lamentable “Francia sin franceses” de Mariano Rajoy, amparado por el silencio cómplice de su partido, o la crudeza con la que más de 72.000 personas pudieron ser instrumentalizadas como arma de guerra híbrida por el régimen de Mohamed VI en Ceuta. Son fenómenos constantes que por su progresiva normalización, suscitan muchos interrogantes. Quizás el primero que habría que afrontar sería ¿de dónde procede todo este miedo colectivo? ¿Acaso reside en la mediática y demonizada imagen de unas pateras que apenas representan el 6% de la migración irregular o en los españoles racializados que, nacidos aquí, reescriben con sus venas mestizas la faz del “español medio” obligándonos a mirarnos al espejo?

El avance de la España mestiza es un río irreversible que desafía la moral de una nación empeñada en medir la patria en gotas de melanina

Tal rechazo ha sido históricamente respaldado bajo el mito de una “pureza de sangre” falaz. El ser humano nació en África como un migrante continuo, mucho antes de que esa palabra fuera foco de envenenamiento y deshumanización. Los propios españoles somos un mosaico de íberos, cartagineses, romanos, visigodos, judíos sefardíes, gitanos y poblaciones árabe-bereberes que han dejado su huella en nuestra genética. Los griegos que hoy rechazan a los refugiados sirios descienden de otomanos y bizantinos, mientras que británicos, franceses y alemanes están diluidos entre indoeuropeos, celtas y vikingos, todos portadores de genes africanos originales. Entonces, ¿qué orígenes pretenden recuperar? Esa nostalgia no busca la pureza biológica, sino restaurar jerarquías coloniales y una supremacía blanca que alienta la hostilidad contra las mal llamadas “segundas generaciones”: una frontera de palabras esculpida para separar a los “verdaderos españoles” de los eternos “otros”.

El avance de la España mestiza es un río irreversible que desafía la moral de una nación empeñada en medir la patria en gotas de melanina. Ante este escenario, el activista y escritor afroamericano James Baldwin nos devuelve un espejo incómodo que, lejos del pesimismo, desarma la falsa inocencia de la ignorancia: la palabra “negro” bien podría ser sutituida por cualquier comunidad racializada y el reflejo no cambiaría. Ninguna sociedad se transforma mientras persista en negar lo que sostiene en silencio. Y ahí cuando se rompe toda coartada, Baldwin despliega una arrolladora sentencia: “Si sabes que no querrías ser negro aquí, ya sabes suficiente”.

Racismo
Coordenadas de una rebelión contra la islamofobia y la criminalización
La sospecha hacia lo árabe y musulmán impregna el discurso sobre las migraciones, alterizando y criminalizando a miles de personas migrantes y a sus hijos e hijas.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...