Opinión
“Bismillah la maranza invasora!”: sobre la política del enemigo que allana el camino al fascismo
Piel oscura, pelo corto, ropa como la que llevaría cualquier joven de la misma edad sin motivar sorpresa alguna. Quizás algún peinado moderno, quizás una gorra, una kufiya, una sudadera con capucha. El retrato robot ya está hecho y es el de un joven “invasor”, aunque muy probablemente haya nacido o crecido en el mismo país que le señala como elemento extraño. Cualquiera medianamente moreno, que lleve sobre su cuerpo algunos de los elementos mencionados podría pasar por ese otro que desde hace tiempo gobierna el imaginario europeo de la amenaza, recibiendo por ello criminalización y violencia.
El pasado día 17, uno de los cientos de soldados del bulo que campan por las redes sociales, tomó la imagen de dos chavales catalanes y a partir de su cara de “enemigos culturales”, decidió asociarles al homicidio de una mujer de 83 años durante un robo en Burgos. En una pieza periodística los jóvenes refieren ansiedad y colapso después de ver sus fotos viralizadas. La máquina racista de criminalizar funcionó a todo trapo, al lobo solitario islamófobo, le tomó el relevo una célula de comunicación difamadora que se presenta como medio digital nacionalista e independiente.
No se necesita mucho más para volar en las redes que una combinación de imágenes de jóvenes morenos, tipografías de alerta, y la acusación a los protagonistas de haber cometido alguna fechoría salvaje: matar a una anciana, comer gatos, violar mujeres, vandalizar tiendas de lujo, quemar mobiliario urbano. Cada tuit, cada post, cada portada sensacionalista se suma a la lista de agravios cometidos por aquellos a quienes se considera o invasores o quinta columnistas, sin más agenda personal en su vida que la voluntad colectiva de romper desde dentro o desde afuera la civilización occidental.
“Bismillah, c’est les tenebres!”
A la juventud francesa, se le lleva tanto tiempo alterizando en base a su dotación de melanina en piel y a sus orígenes culturales, que ya hacen mofa de ello. De eso va, de reírse de la caricatura que han hecho de su identidad, el lema Bismillah, c’est le tenebres! que se ha visto en las pancartas de las chicas y chicos que luchan por dejar de ser las víctimas de una gobernanza neoliberal que les despoja de derechos sociales, y especialmente el de la educación, mientras les culpa de no merecerse las mieles de la ilustración.
Bismillah, una expresión islámica que significa “en el nombre de Dios”, se usa coloquialmente antes de encomendarse a cualquier acción, al modo de un “vamos a ello”. Como pasa habitualmente con el lenguaje, Bismillah trasciende su origen religioso para secularizarse en el habla, así como trasciende su origen cultural para formar parte del idioma común de una juventud nutrida de diversos orígenes y lenguas.
Pero para el probable infiltrado policial que intentó averiguar cuáles serían los próximos movimientos de la chavalada en pie entrando en sus grupos de snapchat, Bismillah, c’est des tenebres “En el nombre de dios, está oscuro”, debió de parecerle suficiente pasaporte para ingresar en el club de nativos expulsados del estado social y nietos de las excolonias que nunca fueron del todo invitados a la fiesta. Estos últimos representa, en definitiva, una parte enorme de la juventud francesa, la que más motivos tiene para cabrearse, la que Francia no quiere asumir como propia.
La criminalización de la juventud de origen árabe y africano lleva décadas siendo el principal activo de toda una clase política que está cada vez más cerca del poder
Caracterizados en masa a veces como delincuentes, otras como una carga que los franceses desouche (como se define coloquialmente a la población blanca) no tendrían por qué soportar, otras como extremistas religiosos o terroristas, y en definitiva, como una amenaza ante la que proteger la identidad francesa, la criminalización de la juventud de origen árabe y africano lleva décadas siendo el principal activo de toda una clase política en plena hegemonía.
“Está oscuro”, dice en Snapchat el brazo armado de un país que se reivindica como faro de la civilización sin aceptar que esa supuesta luz esté manchada por un pasado colonial sangriento, por una gobernanza presente que ha decidido abandonar a sus propios ciudadanos, por su complicidad con un estado genocida, cuyos más ilustres criminales dice ser las fuerzas de la luz peleando con las tinieblas.
No es casual que de Francia venga la cada vez más mainstream teoría del reemplazo, un espectacular ejercicio de proyección formulado inicialmente por el escritor francés Renaud Camus, y que se ha extendido como la pólvora por las antiguas metrópolis (pero también en países como Túnez o Sudáfrica). Como herramienta es sensacional, convierte a las personas que impugnan con su sola presencia o con su acción política un régimen global basado en el expolio y la injusticia en culpables. Culpables no solo de su propia suerte, sino también de la suerte de los estados beneficiarios de este despojo. Una reversión de las cosas que alerta contra amenazas tan flipantes como el “genocidio por sustitución” (el culmen de la amenaza demográfica), o la “colonización de Europa”.
Maranza y criminalización
Un término ha ascendido entre los medios italianos y su conversación estigmatizadora, el de “maranza”, vocablo al que algunos atribuyen como origen la mezcla de las palabras marocchino [marroquí] y zanza [carterista en dialecto milanés]. Si bien la etimología está bajo discusión, el racismo avanza sin escrúpulos lingüísticos y el calificativo, fonéticamente potente, está sirviendo para deslegitimar las protestas juveniles italianas, alimentadas por la lucha por la vivienda en España y por la lucha por la educación en Francia, y que han motivado la revuelta de una generación que se ve más excluida que nadie en el contexto de una Europa cuyo estado del bienestar decae al ritmo en el que progresan su industria armamentística y securitaria.
Por alguna razón las calles comerciales de las bellas ciudades europeas entregadas al consumo internacional de lujo no despiertan ningún sentimiento de respeto o pertenencia a quienes no pueden soñar con tener un techo seguro que albergue su futuro, quienes transitan la ciudad sintiendo miradas de desconfianza y sospecha sobre sus cuerpos, quienes sienten su derecho a estar en el país cuestionado en tertulias televisivas, columnas de opinión, charlas de sala de espera, o mítines políticos. Poco se habla de la violencia simbólica que supone ver expuesto un bolso en un escaparate con un precio que iguala a dos veces tu sueldo, cuando vas camino al restaurante donde entregas infinitas horas para pagar un alquiler estratosférico a cada vez más kilómetros de allí.
En Italia, gobernada por una mujer, madre y cristiana, que apuesta fuerte por limitar la entrada del prójimo (madres, hijos y cristianos incluidos) en el país, también se preocupan por preservar su luz civilizatoria de elementos considerados extraños. Es una pulsión que comparten incluso antiguos referentes de la izquierda, como la galardonada periodista Oriana Fallacci, con su aún resonante: “... además admitámoslo, nuestras catedrales son más bellas que sus mezquitas”.
Frecuente mezquitas, iglesias o bares, Italia se cuida de la maranza racializada con leyes que les dificultan el derecho a la nacionalidad mientras acoge capitales y ricachones de toda condición. Y por si la estigmatización en masa no surte el suficiente efecto, al relato de extranjeros descontrolados siempre se le puede dar otra vuelta de tuerca criminalizadora: introducir el factor terrorismo.
La foto vuelve a ser la de un chico joven y moreno, pelo corto. Y el nombre ya tiene algo de incriminación, es árabe. A Youssef Siher, estudiante de Ciencias Políticas y licenciado en periodismo, se le acusa de terrorismo en Italia. Su delito: haber creado un grupo de chat llamado 17 di ottobre que, según los jueces que lo mantienen en prisión, estaría detrás de los destrozos en Milán. El discurso estigmatizador se mantiene así sobre una contradicción: Quienes están detrás de la violencia son bárbaros que aprovechan el caos para expandir su naturaleza salvaje que destruirá el jardín europeo. Y al mismo tiempo, quienes están detrás de la violencia son terroristas organizados que operan en las sombras de manera clandestina para destruir el jardín europeo.
De Ceuta a Barcelona
Impugnada la legitimidad de gran parte de la juventud europea para ser tratados y escuchados como sujetos políticos en el país donde residen, sus demandas pasan a segundo plano, y el objetivo inmediato es detenerles. Por ello, el ejército ha cobrado un rol fundamental en Francia e Italia como instrumento para enfrentar la amenaza de elementos presentados como extraños. Podría trazarse un paralelismo: del mismo modo que España ha desplegado en la ciudad fronteriza de Ceuta al ejército ante lo que ha sido caracterizado como una invasión, con su despliegue de militares en las calles, los gobiernos francés e italiano traen las fronteras a sus ciudades que consideran ya invadidas.
Como “invasores” o “quintacolumnistas”, quienes quieren vivir en dignidad y para ello migran desde sus países no europeos, o luchan en su país europeo por una educación digna, son conceptualizados como un enemigo a batir, mediante este ejercicio el poder se sirve de dos enfoques que vienen resultando muy exitosos: de un lado criminaliza al “otro” racializado para desplazar la disputa de la clase a la raza, de otro lado criminaliza la protesta para desplazar la disputa del terreno de los derechos al terreno de la seguridad. La receta es simple y huele al mismo plato hasta en Barcelona.
Cabe poner la mirada en otra cosa: las resistencias de quienes en las ciudades o las fronteras se ayudan y acompañan durante esta gran ofensiva contra sus vidas
Los recientes disturbios en Barcelona han dejado a mucha gente consternada, no parece haber una agenda política clara, a no ser que la destrucción de la ciudad marca en la que no se cabe sin dinero, sea aceptada como tal, algo que quizás convendría plantearse. En todo caso, la puesta en marcha de todo el engranaje de estigmatización con influencers, medios de mierda y medios mierdificados contribuyendo al relato de una “quinta columna” que no pertenece y de la que solo cabe deshacerse, sí que permite encontrar un sentido en medio de la consternación, el de allanar la normalización de políticas y prácticas fascistas, leyes y acciones violentas hacia los mismos sujetos que están en la mira en nuestros vecinos del norte.
Paralelamente, la centralidad mediática de grupos de mensajería en los que se mezclan múltiples voces y se llama a romper las ciudades, suponen un espacio fértil a la infiltración policial o redes de la extrema derecha para la instrumentalización de la rabia juvenil, pero también un revulsivo para que chavales muy jóvenes decidan construir identidad performando colectivamente su rabia y su capacidad de violencia contra las mismas ciudades que los expulsan.
Junto a esta saturación de alarmismo contra los “chicos morenos” de afuera y de adentro, existe también cierta fascinación ante la existencia de chats y grupos de mensajería en los que se estaría preparando la próxima invasión o el próximo asalto al jardín europeo. Fascinación reforzada por las sospechas de que dichos espacios estén infiltrados por policías, agentes de extrema derecha o países extranjeros, según el caso. Mientras aclaramos la mirada ante el desconcierto, cabe poner el foco en algo que sí sabemos que está pasando, pues llevamos semanas constatándolo: un resurgir de las resistencias de quienes en las ciudades o las fronteras se ayudan y acompañan durante esta gran ofensiva contra sus vidas que es el expolio neoliberal. La presencia por todas partes de activistas y migrantes, estudiantado europeo blanco y no blanco, compartiendo bando, trinchera y análisis ante escenarios invivibles.
Opinión
Las cruzadas del siglo XXI
Opinión
¿Y si el próximo homicida se llama Mohamed?
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!