Análisis
Japón, un paso por delante en el declive en el capitalismo tardío

Japón no es un caso peculiar o atípico, es, simplemente, una sociedad que comenzó su declive capitalista antes. Y ese declive parece surreal.
Ilustración Japón
Cómo identificar una "empresa negra": falta de personal, salarios bajos, largas jornadas laborales, acoso. (Traducción)
14 feb 2026 05:07

Uno de los incidentes más extraños y traumáticos de la cultura pop japonesa fue cuando la integrante del grupo de música AKB48 Minami Minegishi se afeitó públicamente la cabeza como penitencia por haber roto una norma de la banda. ¿El crimen? Tener un novio a los veintitantos.

Los rituales de humillación pública son un castigo típico en la industria 'Idol' japonesa. Muchas aspirantes a estrellas del pop son brutalmente ridiculizadas por lo que no son más que comportamientos de una mujer adulta normal. La humillación de Minegishi simplemente ha sido el primer incidente que ha sido lo suficientemente chocante para que Occidente informase de él. La maquinaria de la industria de ídolos fue expuesta, así, al mundo en toda su crudeza: su organización en torno a la pureza sexual forzada, la exigencia parasocial y el fetichismo infantilizador hacia la mujer.

La noticia fue presentada como una peculiaridad japonesa: Japón como poseedor de una cultura centrada en una grave y rigurosa disciplina en la que la crueldad es aceptada, el resultado del sentido común por haber roto las normas. Pero esto no es más que un pensamiento existencialista que exotiza la disfunción simplemente por ser extranjera.


Más que la cultura, creo que esta “rareza” puede atribuirse mejor al hecho de que Japón fue una de las primeras naciones en adentrarse en el declive del capitalismo tardío. El estancamiento cultural que ahora vemos en los Estados Unidos fue anticipado décadas atrás por Japón. EEUU vive ahora bajo la misma precariedad estructural y presión económica que produjeron la “extrañeza” de Japón en las percepciones occidentales.

El motor económico: el capitalismo tardío

La economía japonesa quedó arrasada por la Segunda Guerra Mundial. Sus principales ciudades fueron destruidas con bombas incendiarias, la población quedó traumatizada, la escasez de alimentos azotó al país. Los zaibatsu (conglomerados industriales) anteriores al conflicto fueron desmantelados por las autoridades de ocupación estadounidenses para debilitar al militarismo. Japón estaba al borde de la hambruna.

Tras la guerra, EEUU supervisó las profundas reformas económicas, políticas e institucionales para reconstruir Japón y transformarlo en una nación capitalista liberal. Se redistribuyó la tierra a los agricultores, se legalizaron los sindicatos, se quebró el monopolio del poder y el Plan Dodge (1949) estabilizó la divisa.

Luego estalló la Guerra de Corea en 1950 y Japón se convirtió en el centro de producción clientelista favorecido por los estadounidenses. Esta inyección de demanda fue el pistoletazo de salida del resurgir industrial de Japón.

Desde este período hasta bien entrados los setenta, Japón mantuvo un crecimiento sostenido de dos dígitos de su PIB durante prácticamente dos décadas y, cuando llegaron los ochenta, Japón se había convertido en la segunda economía mundial.

El rápido crecimiento y la desregulación condujeron a una descomunal especulación en el mercado de valores y el yen se apreció considerablemente. El índice Nikkei se multiplicó por cinco y los valores inmobiliarios se dispararon. Los hogares contrataron créditos agresivamente para financiar activos inflados. El país creció y se acomodó en una sensación de invencibilidad económica.

Mientras la respuesta japonesa a la crisis financiera fue lenta y fragmentaria, los estadounidenses inundaron la economía agresivamente con liquidez

En 1991 el Banco de Japón endureció su política monetaria, enfrió la especulación y precipitó un gigantesco crash bursátil. Los valores en bolsa se desplomaron más del 80% y los bancos se descubrieron en posesión de préstamos incobrables. Este acontecimiento marcó el comienzo de la Década Perdida, un período de increíble estancamiento que habría de llamarse mejor Las Décadas Perdidas, ya que persigue al país hasta el día de hoy. Los salarios tocaron techo en el 97, el yen se depreció y el consumo de los hogares se estancó.

La “Década Perdida” de EEUU comenzó con la crisis inmobiliaria de 2008, en la que las hipotecas subprime y la financialización depredadora de la deuda privada licuó al sistema financiero por completo.

Karoshi (“muerte por sobretrabajo”) se convirtió en una causa de muerte reconocida en los ochenta e incluye ataques al corazón, embolias y suicidios vinculados a los abusos en el puesto de trabajo

Mientras la respuesta japonesa a la crisis financiera fue lenta y fragmentaria, los estadounidenses inundaron la economía agresivamente con liquidez. Rescates financieros, el Programa de Alivio de Activos Problemáticos (TARP), expansión cuantitativa (quantiative easing, QE), tasas de interés del cero por ciento, y la recapitalización forzada de los bancos ayudaron a que Wall Street se recuperase, pero no el estadounidense de a pie. La inflación de los activos benefició a los ricos y al resto del mundo se lo dejó con una increíble desigualdad económica.

En Japón, tras 1991, el empleo “irregular” devino algo corriente. Los trabajadores a media jornada y los trabajadores temporales quedaron atrapados en ciclos de empleos de bajos salarios y poca seguridad, sin beneficios. En EEUU hemos visto el auge de la economía de plataforma (gig economy), los contratos de cero horas y la dependencia entre los adultos de trabajos ocasionales, temporales, a media jornada y sin beneficios, para ir tirando. Los trabajos estables de clase media se convirtieron en un lujo, accesibles, con suerte, con una cara titulación universitaria.

Las consecuencias sociales que ha causado han sido significativas.

Consecuencia social 1: 'trabajos negros'

El japonés tiene un término para este tipo de empleos: black kigyo, o 'trabajo negro'. Estos empleos imponen a los trabajadores cuantiosas horas extras, trabajo no remunerado camuflado como “servicio fuera de horario”, vigilancia y cuotas. Los trabajadores internalizan esta obediencia y el abuso laboral porque la alternativa es el desempleo y el estigma social. Las “empresas negras” comprenden una parte significativa de los puestos de trabajo disponibles a quienes acceden al mercado laboral, alterando drásticamente las normas de trabajo para los jóvenes adultos.

Los análogos estadounidenses son ahora también visibles. El pasado mes de noviembre el sector privado perdió 32.000 puestos de empleo. La burbuja de trabajo de cuello blanco de la pandemia ha pinchado, y lo ha hecho con fuerza. La contratación se ha desplomado para los licenciados en 2026 a medida que los despidos aumentan y la IA asume los trabajos de cuello blanco más rutinarios. El trabajador estadounidense se ve empujado a la explotación de la economía de plataforma y a condiciones laborales que violan la dignidad humana. Incluso las industrias que eran vistas como relativamente estables –la sanidad y la educación– están experimentando un destacado burnout entre sus trabajadores.


Se ha normalizado el exceso de trabajo. Karoshi (“muerte por sobretrabajo”) se convirtió en una causa de muerte reconocida en los ochenta e incluye ataques al corazón, embolias y suicidios vinculados a los abusos en el puesto de trabajo y la mala calidad de vida. Si visitáis Japón veréis signos de este absurdo normalizado: salarymen tendidos en todo tipo de lugares públicos, konbini (tiendas de conveniencia) que venden duchas-en-lata y personas que obtienen la mayoría de sus calorías en máquinas de autoservicio y kissaten (cafeterías) en las estaciones de metro.

El estadounidense medio, que no está familiarizado con las normas sociales o la historia cultural de Japón, acostumbra a pensar que todo esto es algún tipo de reflejo de los valores japoneses premodernos o de tradiciones de suicidio ritual. No lo es. El fenómeno de karoshi encuentra paralelismos directos con las emergentes tendencias en EEUU de muertes por burnout y el desplome de la salud mental. Amazon, por ejemplo, hubo de disculparse públicamente por denegar a los conductores de sus furgonetas de reparto el derecho a ir al baño.

Consecuencia social 2: atomización

Japón tiene una tasa increíblemente alta de hogares en los que solo vive una persona: un 34%. Los vínculos generacionales se desintegran a un ritmo alarmante.

No existen terceros espacios. El trabajo domina la vida social. Las amistades son difíciles de mantener para muchos y la socialización está vinculada con frecuencia al trabajo. Se estima que 1,5 millones de japoneses han elegido retraerse por completo de la sociedad, un fenómeno conocido como hikkikomori, y viven como reclusos en sus hogares, que rara vez abandonan.

Los Estados Unidos experimentan algo parecido. Hay un sinfín de artículos de opinión sobre la epidemia de soledad en EEUU. La cifra de estadounidenses sin amigos se estima entre un 8% y un 12%. El Survey Center on American Life (Centro de Encuestas sobre la Vida Estadounidense) recoge que la cantidad de tiempo que el estadounidense medio pasa con sus amigos se ha desplomado a la mitad en comparación con los datos de hace una década.

Además, la tasa de natalidad de Japón ha permanecido por debajo de la tasa de reemplazo. El matrimonio es económicamente prohibitivo. Las expectativas de trabajo por género (y la presión del doble salario) fuerzan a las mujeres a abandonar por completo las perspectivas de tener hijos, y los hombres lo hacen debido a la precariedad económica. El matrimonio y los hijos se han convertido en símbolos de estatus que la mayoría de adultos jóvenes no puede conseguir.


La tasa de natalidad en EEUU ha alcanzado mínimos históricos. La gente se casa más tarde e incluso entonces la suma de dos salarios no alcanza para sostener económicamente un hijo. La progresión típica de matrimonio, vivienda e hijos se ha atascado en el primer paso. La vivienda requiere dos salarios sólo para acceder a ella, la deuda estudiantil hace que sea arriesgado compartir finanzas y los costes de la sanidad ascienden con el número de personas dependientes. Los hijos son, económicamente hablando, una pérdida neta. ¿Acabas de tener un hijo? Entonces tienes que pagar la factura de los cuidados, la educación, la sanidad, el tiempo de trabajo perdido y la vivienda. Los padres no reciben ningún apoyo del Estado, tampoco cuidados, e insignificantes protecciones laborales. La consecuencia racional es que la gente escoge no reproducirse o expandir una familia.

Consecuencia social 3: el auge de las tiendas de conveniencia

Antes he mencionado los konbini, que son filtrados por una visión romántica en los reportajes de viajes como un objeto cultural del tipo “wow, Japón es tan cool”.

Las cultura de las tiendas de conveniencia no es una forma de ocio. Es un sustituto para la vida doméstica en una sociedad en la que la gente carece del tiempo para cocinar, descansar o socializar. EEUU tiene sus equivalentes —Sweetgreen, Chipotle, Uber Eats, Amazon Fresh— todos los cuales reflejan el mismo desplazamiento hacia la externalización de funciones domésticas.

Incluso estos lugares para una pasajera comida laboral están acusando un declive de mercado. Los consumidores de la Gen Z ni siquiera pueden permitirse un bowl de Chipotle. Salir a tomar algo no tiene ningún sentido a menos que tengas un paladar acostumbrado por completo a Sysco, el distribuidor alimentario que domina la industria de la restauración. Los negocios locales luchan por mantenerse a flote a medida que la población pierde los ingresos disponibles para salir, y los que quedan abiertos se limitan a poner en el microondas lo que sea que les deje el camión de reparto de Sysco.

La gente escoge estas opciones porque carece del tiempo y los recursos para cocinar con regularidad. El mercado les proporciona en su lugar plataformas de comida a domicilio y platos precocinados.


En 2022, los estadounidenses tenían una media de 8,2 comidas a la semana preparadas en casa. Visto así no suena mal, pero imagínese el lector diciéndole esto a sus abuelos. Imagínese explicándoles que esto sucede porque la gente no tiene tiempo. Personalmente, los míos se quedarían asombrados. Y hay algo que me genera curiosidad, ¿cuántas de estas comidas están de veras cocinadas en casa? ¿Cuántas de ella son en realidad alimentos congelados de Sysco?

Desde luego, la supervivencia se ha vuelto algo aproblemático. Todos los inconvientes logísticos han desaparecido. ¿Pero nos permite tener más tiempo de ocio o es un parche para una sociedad que ha perdido su tiempo personal?

Consecuencia social 4: unos medios hipersexualizados y parafílicos en una sociedad sin sexo

La actividad sexual ha declinado espectacularmente. Sospecho que no hay nada controvertido en decir que la intimidad sexual es una necesidad humana normal y un elemento de una vida feliz.

Japón es una sociedad sin sexo. Como señalaba el artículo que llevaba esa frase por título, “Japón tiene la menor frecuencia sexual en el mundo y es el único país donde el porcentaje de gente que no está feliz con su vida sexual es mayor que el de quienes lo están.”

En el informe arriba citado, la ausencia de vida sexual se define por tener sexo menos de una vez al mes. Un 19% de los encuestados con pareja en los treinta se adscribieron a esta definición. Casi la mitad de los millenials japoneses (18-34) eran vírgenes en 2016.

La parasociabilidad emerge porque las relaciones reales exigen estabilidad y una inversión de tiempo, nada de lo cual es accesible para el trabajador japonés medio

Llamadme promiscua, si queréis, pero siempre he visto el sexo como un comportamiento prosocial normativo. Si hay personas interesadas en tener sexo pero son incapaces de tenerlo, ello típicamente indica un importante déficit social. Se pierden hitos relacionales y vitales normales. Casi uno de cada tres estadounidenses aseguró no haber tenido actividad sexual en 2020. La Gen Z tiene miedo de tener sexo. Un 24% de los estadounidenses de entre 18 y 29 años afirma no haber tenido sexo en un año.

Para encontrar pareja han de darse unos cuantos factores: ingresos disponibles, un horario estable y privacidad. Las condiciones del capitalismo tardío producen horarios laborales irregulares, costes elevados de la vivienda en relación a los salarios y que mucha gente haya de vivir con sus padres o compañeros de piso hasta bien entrada la mediana edad. Una relación, o incluso sexo casual, se convierte, en su logística, en desgaste.

La parasociabilidad se convierte en una válvula de presión para las necesidades de intimidad insatisfechas. Los ídolos musicales funcionan como sucedáneos emocionales en una sociedad en la que la intimidad entre adultos no solamente es difícil de conseguir, sino estructuralmente inacessible. Estas mujeres monas, engalanadas con volantes, no son como las estrellas del pop estadounidenses que buscan apelar a una base de seguidores femenina adolescente. Sus groupies son más bien hombres de edad más avanzada que se atrincheran en una obsesión parasocial con cantantes jóvenes, a menudo menores de edad. La norma de “no tener citas” que estos grupos y sus sellos musicales obliga a cumplir a sus cantantes tiene como objetivo mantener la ilusión de disponibilidad y pureza sexual a hombres solitarios.

La parasociabilidad emerge porque las relaciones reales exigen estabilidad y una inversión de tiempo, nada de lo cual es accesible para el trabajador japonés medio.

Tradicionalmente las celebridades existían detrás de una barrera. La participación de los fans se limitaba a comunicados de prensa, entrevistas en revistas y actuaciones ensayadas. Había un flujo limitado de información personal al público. La cultura 'Idol' rompe ese límite y, francamente, la cultura de los influencer en Estados Unidos también lo hace. Los seguidores ahora pueden acceder a un torrente continuo y sin filtrar de contenido personal en el que la celebridad es a la fuerza un personaje ficticio en su vida cotidiana.

El sistema 'Idol' monetiza la privación emocional: los eventos para estrechar la mano de la estrella, los gastos de fidelización y las exhibiciones de microintimidad como mercancía. Los influencers reproducen este sistema a través del vlogging diario, las preguntas y respuestas en livestream, los mensajes directos, los vídeos personalizados y los niveles de suscripción en Patreon. En los Estados Unidos a veces puedes incluso comprar el sexo de tus influencers favoritos a través de sus cuentas en Onlyfans. La intimidad es por completo transaccional y el ser humano –el cuerpo, la mente y su vida cotidiana– se convierten en productos de consumo.

Así como los seguidores de la cultura 'Idol' determinan cuándo sus estrellas pueden salir con alguien, casarse, divorciarse o tener relaciones íntimas, los influencers experimentan lo mismo con una cadena de bajas o el acoso en redes tras anunciar que están en una relación. El ídolo japonés no es admirado por su arte, su personalidad es el producto, y esa misma economía se ha desarrollado en los Estados Unidos bajo una forma diferente.

¿Valor predictivo?

Las condiciones de Japón proporcionan un mapa para saber a dónde se dirige EEUU a menos de que se produzcan significativos cambios estructurales. Estamos viendo una cultura del sobretrabajo intensificada en un mercado laboral estancado, la intimidad parasocial convirtiéndose en un sucedáneo de la conexión humana, y las tiendas de conveniencia reemplazando la vida doméstica. Hay un lento desplome de las relaciones amorosas, un descenso de las tasas de fertilidad y un patrón de jóvenes adultos que abandonan la vida social por completo bajo la presión económica.

Japón no es un caso peculiar o atípico, es, simplemente, una sociedad que comenzó su declive capitalista antes. Y ese declive parece surreal.

En una sociedad funcional, los hitos básicos de una vida se incentivan. Uno quiere formar relaciones humanas, encontrar pareja, una casa, tener planes para el futuro. En el capitalismo tardío estos hitos se han convertido en un castigo, financiera y logísticamente imposibles. La estructura que los habría de incentivar ha degenerado en un absurdo: lo que debería ser recompensado es castigado, y lo que debería ser desincentivado se ha vuelto adaptativo. Los comportamientos sociales malsanos parecen fruto de la inadaptación o irracionales hasta que uno se detiene a ver la realidad material: no poseer nada, vivir en una cápsula y comer insectos es lo racional en una economía irracional.

Drops in the ocean
Elika Imanaga es la autora del blog Drops in the ocean en Substack.Traducido por Àngel Ferrero con permiso de la autora.
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