Análisis
Trump, del totalitarismo invertido al neofascismo: la responsabilidad geopolítica de Europa (II)
En el artículo anterior, abordamos la deriva autoritaria de Occidente como fenómeno estructural y no coyuntural: el tránsito desde lo que Sheldon Wolin definió como totalitarismo invertido hacia formas cada vez más explícitas de neofascismo, encarnadas hoy en figuras como Donald Trump, pero gestadas durante décadas de neoliberalismo, financiarización extrema y vaciamiento democrático. Mostramos cómo la ruptura reiterada del derecho internacional, la erosión de los contrapesos institucionales y la mercantilización de los derechos básicos no son anomalías del sistema, sino síntomas de su agotamiento histórico. En paralelo, analizamos, siguiendo a Emmanuel Todd, el colapso moral, social y geopolítico de un Occidente que ya no ofrece un horizonte universal creíble y que, ante la pérdida de hegemonía, responde con nihilismo, violencia y repliegue autoritario.
Sin embargo, comprender la crisis no basta. La pregunta decisiva es por qué Occidente eligió este camino, el de la confrontación, la militarización y el autoritarismo, cuando existían alternativas históricas reales. La historia no estaba escrita de antemano. Tras la crisis financiera global de 2008 se abrió una ventana de oportunidad excepcional para reformar la arquitectura económica y política internacional, avanzar hacia un orden verdaderamente multipolar y evitar la escalada de conflictos que hoy define el panorama global. Que esa oportunidad se haya desperdiciado no fue fruto del azar, sino de decisiones políticas concretas, especialmente en Europa.
Es en este punto donde cobra centralidad la figura, hoy injustamente olvidada, de Franck Biancheri. Mientras las élites occidentales optaban por rescatar el viejo orden y aplazar cualquier transformación estructural, Biancheri desarrolló una metodología de anticipación política que permitió identificar con sorprendente precisión los escenarios que ahora vivimos: o bien una transición cooperativa hacia un mundo multipolar equilibrado, o bien una deriva hacia el caos geopolítico, impulsada por una potencia hegemónica incapaz de aceptar su declive. Su diagnóstico fue claro: el papel de Europa sería decisivo. O asumía una autonomía estratégica real y actuaba como puente entre bloques, o quedaría subordinada a la agenda anglosajona, arrastrada a conflictos ajenos y a su propio debilitamiento interno.
La negativa europea a emanciparse tras 2008 condujo directamente al escenario de confrontación actual
Esta segunda parte del ensayo se sitúa, por tanto, en el paso siguiente del análisis: del diagnóstico interno del colapso occidental a la responsabilidad geopolítica de Europa en la configuración del nuevo orden mundial. A través del pensamiento de Biancheri, y en diálogo con autores como Todd o Johan Galtung, exploraremos cómo la negativa europea a emanciparse tras 2008 condujo directamente al escenario de confrontación actual: Ucrania, Oriente Próximo, la fractura con el Sur Global y el declive económico del propio continente. Al mismo tiempo, examinaremos cómo este fracaso estratégico alimenta el auge del neofascismo, cerrando el círculo entre crisis externa e involución interna.
La cuestión que atraviesa todo mi análisis es, en última instancia, profundamente política y moral: ¿está Europa condenada a repetir los errores de los años treinta, o aún puede elegir otro camino? Las líneas que siguen no pretenden ofrecer certezas cómodas, sino recuperar una reflexión estratégica que fue silenciada cuando más falta hacía. Porque si algo nos enseña la anticipación política es que los futuros no se predicen para resignarse a ellos, sino para evitarlos cuando aún hay margen de acción.
Franck Biancheri y la “anticipación política”: cooperación multipolar vs. caos global
El nombre de Franck Biancheri quizás no resulte familiar para el gran público, pero este intelectual y político francés (1961-2012) fue un visionario cuyos análisis resuenan poderosamente hoy. Fundador del grupo de reflexión LEAP (Laboratoire Européen d’Anticipation Politique) y figura clave en la creación del programa Erasmus, Biancheri se especializó en “anticipación política” –es decir, en prever escenarios futuros para orientar la toma de decisiones en el presente. En 2010, en pleno estallido de la Gran Recesión, publicó el libro The World Crisis: The Path to the World Afterwards (Anticipolis, 2010), en el cual dibujó dos posibles rumbos para la década 2010-2020. Dichos rumbos eran: (a) un escenario de cooperación en un mundo multipolar, y (b) un escenario de confrontación geopolítica liderada por Estados Unidos negándose a ceder su hegemonía. Biancheri advirtió que la opción entre cooperación o caos dependía en gran medida de Europa: si la Unión Europea lograba emanciparse de la tutela anglosajona (EEUU y Reino Unido) y actuaba de puente con las potencias emergentes, podría construirse un orden mundial equilibrado; pero si Europa seguía subordinada a Washington, el mundo se encaminaría a conflictos graves.
Desafortunadamente, tal como advirtió el mismo Biancheri, tras la crisis financiera de 2008-09, Europa desaprovechó la oportunidad de cambiar de rumbo. En lugar de reformar el sistema financiero internacional, y volcarse hacia un multilateralismo genuino, los líderes europeos optaron por salvar el statu quo existente (rescatando bancos, aplicando austeridad) y por alinearse con la geoestrategia estadounidense. Este seguidismo “genuflexo” quedó patente en años posteriores, por ejemplo, cuando la UE apoyó sin mucha reflexión todas las iniciativas de EEUU en Oriente Medio (a pesar de los fracasos en serie en Irak, Libia, …) y, especialmente, cuando en 2022 adoptó sin autonomía propia las sanciones contra Rusia por la guerra en Ucrania, incluso a costa de causar un daño económico severo a Europa misma.
Europa debía haberse deshecho del yugo anglosajón tras la crisis de 2008 e impulsar una reforma profunda de la arquitectura global
Según Biancheri, Europa debía haberse deshecho del yugo anglosajón tras la crisis de 2008 e impulsar una reforma profunda de la arquitectura global. Él proponía un acercamiento político y económico de la UE con los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) y los países emergentes; creación de un nuevo sistema monetario internacional que sustituyera la dependencia casi exclusiva del dólar; y democratización de la gobernanza global (ONU, FMI, etc.) para reflejar el mundo multipolar. De hecho, Biancheri fue tan audaz que, en marzo de 2009, en vísperas de la cumbre del G-20 en Londres, publicó una carta abierta dirigida a los líderes mundiales (como anuncio a página completa en Financial Times) titulada “Última oportunidad antes de la dislocación geopolítica global”.
Esa misiva instaba a adoptar tres medidas estratégicas inmediatas: (1) crear una nueva moneda de reserva internacional basada en una cesta de divisas (un “Global” administrado por un Instituto Monetario Mundial) para sustituir el sistema centrado en el dólar; (2) establecer controles financieros globales y nacionalizar bancos insolventes para frenar la especulación descontrolada; y (3) realizar una auditoría independiente (a cargo del FMI) de los sistemas financieros de EEUU, Reino Unido y Suiza –los epicentros de la crisis– para hacer transparentes las pérdidas reales. Biancheri advertía que, de no tomarse tales decisiones antes de mediados de 2009, la crisis financiera derivaría en una “dislocación geopolítica general”, socavando la estabilidad de grandes potencias. Sus palabras resultaron proféticas: los líderes del G-20 no implementaron esas reformas de fondo, limitándose a parches. En consecuencia –tal como predijo Biancheri–, el mundo entró en una década de convulsiones: la segunda mitad de la década de 2010 estuvo marcada por tensiones crecientes entre potencias, guerras regionales y crisis políticas internas en Occidente.
Biancheri anticipó con notable precisión varios conflictos que hoy dominan los titulares. Por ejemplo, sugirió que, si prevalecía el escenario de confrontación, veríamos guerras proxy y crisis graves en regiones donde chocaran los intereses de EEUU, Rusia y China. Ucrania es un caso paradigmático: ya en 2010 Biancheri identificó a Ucrania como un posible foco de conflicto Este-Oeste en ausencia de un entendimiento entre la UE y Rusia (recordemos que él abogaba por integrar a Rusia en un sistema de seguridad paneuropeo para evitar justamente lo que terminó ocurriendo en 2022). De hecho, Biancheri predijo, con más de 10 años de antelación, muchas de las crisis recientes, entre otras la de Ucrania, así como las convulsiones en Oriente Próximo. Su metodología de anticipación política, basada en análisis sistémico de tendencias de largo plazo, demostró ser bastante acertada.
¿Por qué, entonces, Europa no siguió las recomendaciones de Biancheri? En parte por inercia y por presiones externas. Durante unos años, pareció que líderes europeos continentales sí coqueteaban con cierta autonomía: Jacques Chirac y Gerhard Schröder se opusieron a la guerra de Irak en 2003 desafiando a EEUU; más tarde, Angela Merkel mantuvo una política de acercamiento económico a Rusia (Nord Stream) y de cooperación con China en inversiones. Es decir, había indicios de esa “vía europea” multipolar.
Sin embargo, varios factores la descarrilaron: la crisis del euro debilitó a la UE políticamente; Reino Unido (siempre más atlantista) obstaculizó proyectos de defensa europea autónoma; y Estados Unidos, viendo peligrar su influencia, actuó para “disciplinar” a Europa. La crisis de Ucrania en 2014 fue un punto de inflexión: EEUU apoyó decididamente el giro prooccidental de Kiev tras el derribo del gobierno prorruso, y esto tensó la relación UE-Rusia. Desde entonces, Washington ha logrado que la UE endureciera su postura contra Moscú, a veces en contra de los intereses económicos europeos (como la dependencia de energía barata rusa).
Analistas como Eduardo Luque señalan incluso que la destrucción del gasoducto Nord Stream en 2022 –saboteado en el mar Báltico– buscó romper definitivamente los lazos energéticos entre Alemania y Rusia, para así “hundir económicamente a Alemania y la UE” y subordinar aún más a Europa a la agenda angloamericana. La guerra de Ucrania, en esta lectura, ha servido a EEUU para “disciplinar a sus vasallos europeos”, aun a costa de dañar la economía europea. El resultado ha sido el inicio del declive económico del norte y centro de Europa, muy especialmente de Alemania, que pierde competitividad industrial por los altos costes energéticos y la desvinculación de mercados como Rusia y China.
Europa cometió un error histórico al renunciar a una política exterior independiente: al final, la senda seguida por Europa nos encamina a un mundo en conflicto
En este contexto, vale recordar un episodio clave: en abril de 2022, cuando Rusia y Ucrania habían celebrado rondas de negociación de paz en Estambul, el entonces primer ministro británico Boris Johnson realizó una visita sorpresa a Kiev. Diversas fuentes sostienen que Johnson presionó a Zelenski para que no ceda ni firme acuerdos con Moscú, prometiéndole en cambio apoyo militar ilimitado de Occidente. Si bien la existencia de un acuerdo inminente es debatible, estudios posteriores confirman que la promesa de ayuda occidental, y la expectativa de una victoria ucraniana con respaldo de la OTAN, minaron la voluntad negociadora de Ucrania en ese momento. Victoria Nuland, figura influyente de la diplomacia estadounidense, también dejó claro en esos días que EEUU no vería con buenos ojos una paz prematura que implicase concesiones a Rusia. Así, las gestiones de paz se truncaron y el conflicto escaló a una guerra de desgaste, cuyo peso económico recae en gran medida sobre Europa. Este hecho ilustra cómo los halcones anglosajones intervinieron para asegurar que se cumpla el escenario de confrontación previsto por Biancheri y no el de cooperación. Para Biancheri, no cabe duda, Europa cometió un error histórico al renunciar a una política exterior independiente: al final, la senda seguida por Europa nos encamina a un mundo en conflicto, que Biancheri predijo con más de 10 años de antelación.
En suma, Franck Biancheri nos legó un diagnóstico y unas recomendaciones que hubieran podido evitar “la derrota de Occidente” en curso. Sus propuestas de multilateralismo renovado y reforma monetaria siguen siendo relevantes. Él concebía, por ejemplo, un nuevo Bretton Woods donde el dólar fuera remplazado por una moneda internacional compartida, anticipando debates actuales sobre la necesidad de diversificar las reservas globales (no por casualidad, los BRICS discuten desde 2023 la idea de una moneda para transacciones intra-BRICS). Del mismo modo, su idea de democratizar la gobernanza global resuena en los llamamientos del Sur Global a dar más voz a países emergentes en foros como la ONU o el FMI. Lamentablemente, la generación de líderes europeos de los 2010 careció de la visión o el valor para seguir ese camino. En lugar de convertirse en “tercer polo” estabilizador entre EE.UU. y China/Rusia, Europa se replegó bajo el paraguas estadounidense, adoptando una posición de genuflexión, incluso cuando ello implicaba pegarse tiros en el pie. Ahora, como consecuencia, Europa afronta inflación alta, riesgo de recesión y pérdida de relevancia, mientras EE.UU. ha conseguido reafirmar su control militar sobre la OTAN y llenar de gas natural americano el vacío del gas ruso. Irónicamente, China ha salido beneficiada del desatino occidental: la desindustrialización europea (por elevados costes energéticos) fortalece la posición exportadora china, y muchos países del hemisferio sur se acercan más a Pekín al ver a Occidente en crisis.
La historia parece pues validar las predicciones de Biancheri y también las del sociólogo noruego Johan Galtung, quien pronosticó hace años la “caída del Imperio Americano” para esta década de 2020, advirtiendo que durante ese proceso de decadencia EE.UU. atravesaría una fase de “fascismo” reaccionario debido a su enorme aparato de violencia global y a una mentalidad mesiánica de guerra entre el bien y el mal. Es exactamente lo que atestiguamos con el fenómeno Trump y sus posibles continuadores. Galtung incluso fechó la pérdida de poder global de EE.UU. alrededor de 2025, y sugirió que los aliados de Washington empezarían a distanciarse (algo que, incipientemente, se observa con Arabia Saudí acercándose a China, países latinoamericanos con gobiernos no alineados con Washington, etc.). El panorama delineado por Biancheri y Galtung es sombrío, pero no fatalista: aún hay opciones de reconducir la situación hacia la cooperación, aunque la ventana se estrecha
¿Qué podría hacer Europa, específicamente, para corregir el rumbo? La respuesta nos lleva a la sección final, donde discutiremos la responsabilidad de los europeos ante el auge del neofascismo y qué pasos concretos podrían tomarse para evitar repetir los errores de los años 1930.
Europa frente al fascismo contemporáneo – la hora de la autonomía y la democracia
La lección más importante que nos brinda este recorrido es que Occidente se encuentra en una encrucijada histórica. Las tendencias que hemos descrito –deriva neofascista, colapso neoliberal, confrontación geopolítica– no auguran nada bueno si se las deja avanzar sin control. En particular, Europa, epicentro de dos guerras mundiales en el siglo XX, corre el riesgo de verse atrapada de nuevo en una dinámica belicista contraria a sus propios intereses y valores. La analogía con los años 1930 es cada vez más mencionada: entonces, las democracias liberales vacilaron ante el fascismo naciente (Chamberlain en Reino Unido y Daladier en Francia buscaron apaciguamiento con Hitler) y esa indecisión facilitó la catástrofe. Hoy, el fascismo adopta nuevos ropajes (no es idéntico al de los años 30, pero comparte el culto al líder, el nacionalismo xenófobo, el desprecio por la legalidad y los derechos humanos). Trump y sus imitadores europeos representan esa amenaza. ¿Qué debe hacer Europa?
La única respuesta sensata de Europa sería afirmar su autonomía estratégica. Esto implica construir puentes con el resto del mundo, el Sur Global, en lugar de seguir encerrada en el atlantismo
En primer lugar, no repetir la pasividad ni la complicidad con fuerzas antidemocráticas. Así como los Aliados tuvieron que plantarse contra el Eje en 1939-41, ahora los demócratas deben plantarse contra las tendencias fascistizantes internas y externas. En el caso de Trump, esto significa que Europa no puede simplemente acomodarse a sus dictados ni legitimar sus atropellos. Ante el regreso de Trump al poder, Europa se enfrenta a situaciones extremas: desde la erosión de la OTAN como alianza defensiva colectiva (Trump ya insinuó retirar a EEUU si los europeos no obedecen), hasta presiones para alinearse en una postura de confrontación total con China. La única respuesta sensata de Europa sería afirmar su autonomía estratégica. Esto implica construir puentes con el resto del mundo, el Sur Global, en lugar de seguir encerrada en el atlantismo. Por ejemplo, retomar diálogos serios con potencias como China, India, Brasil, Sudáfrica y también con socios tradicionales como América Latina y África, sobre la base del respeto mutuo y la cooperación económica. Solo así Europa podría diversificar sus alianzas y no depender exclusivamente de Washington (que bajo un gobierno neofascista sería un aliado poco fiable y peligroso).
Un área crítica de emancipación es la infraestructura financiera y tecnológica. Hoy, Europa es dependiente de EEUU en sistemas como el SWIFT (mensajería interbancaria para transacciones internacionales), las grandes plataformas de internet (dominadas por empresas estadounidenses), las tecnologías de inteligencia artificial y también, en gran medida, en su arquitectura de seguridad (OTAN, armamento). Esta dependencia se traduce en vulnerabilidad: EEUU puede ejercer coerción financiera (sanciones secundarias, bloquear transacciones en dólares) y control de flujos de información. Si Europa quiere una política exterior independiente, deberá diluir esas dependencias: apoyar el desarrollo de sistemas de pago alternativos (como iniciativas euro-chinas para pagos internacionales en monedas locales), invertir en soberanía digital europea (nubes propias, regulación de big tech, fomento de campeones tecnológicos europeos) y, por supuesto, robustecer su propia defensa de manera coordinada para no verse arrastrada a aventuras ajenas. En definitiva, avanzar hacia la visión gaullista de una “Europa europea” que coopere con todos los bloques sin ser satélite de ninguno.
La única forma de derrotar al neofascismo es restableciendo la confianza en la democracia, lo cual requiere que la democracia funcione, es decir, que provea seguridad económica y justicia social
Pero la autonomía externa de Europa será hueca si no hay renovación interna. El caldo de cultivo del neofascismo es la injusticia económica y la desafección democrática. Por tanto, la mejor vacuna contra Trump (y equivalentes) es que Occidente, y Europa en particular, reconozcan los errores del neoliberalismo y emprendan un viraje hacia un nuevo pacto social. Hacen falta políticas que reduzcan la desigualdad, restituyan la dignidad del trabajo, y limiten el poder desmesurado de las oligarquías financieras. En otras palabras, se necesita una “gran ola de izquierdas” (o progresista) en el sentido amplio, similar a la que en los años 1930 y 1940 salvó a las democracias mediante el New Deal de Roosevelt, el Frente Popular en Francia o la posguerra con Estados de bienestar en toda Europa. Aquellas políticas domesticaron al capitalismo para ponerlo al servicio de las mayorías, y aislaron políticamente a los fascismos. Hoy habría que hacer algo análogo, actualizado al siglo XXI: invertir en servicios públicos universales (sanidad, educación, vivienda asequible) para que los bienes esenciales dejen de ser mercancías escasas y vuelvan a ser derechos; revertir la privatización de sectores estratégicos mediante nuevos modelos de colaboración público-comunitaria; regular los mercados financieros para evitar la especulación destructiva (e imponer impuestos progresivos que financien el bienestar); y cerrar las puertas giratorias entre el poder político y los grupos corporativos que capturan el Estado. Esto último es crucial para restablecer la soberanía popular en las democracias occidentales. Como denunció el propio Franklin D. Roosevelt en 1936, “sabemos ahora que un Gobierno controlado por el dinero organizado es tan peligroso como un Gobierno controlado por el crimen organizado”. Si hoy nuestras instituciones están infiltradas por lobbies financieros y corporativos que dictan leyes en beneficio propio (casi siempre contra el interés general), entonces no es de extrañar que la ciudadanía pierda la fe en la democracia y se sienta atraída por partidos autoritarios que prometen limpiar el sistema a su manera. La única forma de derrotar al neofascismo es restableciendo la confianza en la democracia, lo cual requiere que la democracia funcione, es decir, que provea seguridad económica y justicia social.
En conclusión, desde que Trump rompió la legalidad internacional en Venezuela (y en otros ámbitos), el mundo ha entrado en una fase peligrosa de transición. Occidente deja atrás su orden liberal triunfante y enfrenta sus propios fantasmas de autoritarismo. Sin embargo, la historia no está escrita de antemano. Aún es posible encauzar el cambio hacia un resultado pacífico y justo. Para ello, Europa –como heredera de las luces de la Ilustración y de las sombras del fascismo– tiene un papel decisivo que jugar. Debe oponerse frontalmente a cualquier deriva fascista, venga de Washington, de Moscú o surja dentro de sus propias sociedades. Debe también tender la mano al resto del mundo para construir un multilateralismo equilibrado, donde ninguna superpotencia imponga su ley por la fuerza. Y puertas adentro, debe emprender una renovación democrática y socioeconómica de gran calado, recuperando el espíritu del New Deal que supo identificar al enemigo: “los viejos enemigos de la paz –el monopolio empresarial y financiero, la especulación, la banca imprudente, el odio de clase”. Aquellos enemigos de 1936 vuelven a acechar hoy bajo nuevas formas; habrá que vencerlos de nuevo si queremos evitar que los próximos años repitan lo peor del siglo XX.
Si Europa fracasa en esta tarea, el declive de Occidente se acelerará y el vacío será llenado por otras potencias y –peor aún– por el caos. La última frase del libro de Todd advierte que “el nihilismo hace posible cualquier cosa”. No podemos permitir que “cualquier cosa” suceda. La alternativa a la acción decidida sería, en último término, una nueva guerra mundial contra el fascismo –una contienda que nadie en su sano juicio desearía, dada la destructividad de las armas modernas. Por eso, la hora actual exige lucidez, valentía y cooperación internacional. Retomando el símil histórico: estamos en 1938, aún hay tiempo de frenar al monstruo; Munich no debe repetirse. En lugar de apaciguamiento o resignación, es hora de que las fuerzas democráticas globales se movilicen. Europa, con todos sus problemas, sigue siendo un espacio donde la democracia puede revitalizarse y desde donde puede irradiar un mensaje distinto. Hacerlo es su responsabilidad con la historia y con el futuro de la humanidad.
Análisis
Trump, del totalitarismo invertido al neofascismo: crisis de Occidente y perspectivas globales (I)
Economía
Europa, ¿última defensora del liberalismo o cómplice de un orden fracasado?
Análisis
Neoconservadurismo, multipolaridad y la decadencia de las democracias occidentales
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!