Bolivia
La minería mantiene abiertas las venas de América Latina
Hasta hace pocos años, el lago Poopó, situado en el altiplano boliviano, era el segundo lago más grande del país. Constituía una reserva de biodiversidad, de agua dulce y de recursos para las comunidades locales. Hoy el Poopó se reduce a unos charcos en medio de un desierto. Por un lado, la subida de las temperaturas aceleró la evaporación de sus aguas, por otro los desechos de la Huanuni (la mina de estaño más grande de Sudamérica) que bajan por los ríos hasta depositarse en el lago, han terminado de secarlo.
Los habitantes de San Agustín de Puñaca, población que estaba situada a orillas del Poopó, vivían de la pesca, el pastoreo y la agricultura. Todo eso se acabó: los químicos usados para aunar el estaño se han extendido por la cuenca calcinando la tierra y envenenando a los animales. Además, los estudios y monitoreos de los técnicos del Centro de Comunicación y Desarrollo Andino (CENDA) han probado que la empresa minera, al remover cantidades enormes de tierra, libera a los ríos metales pesados que han enfermado a los pocos habitantes que aún no habían emigrado por la falta de recursos.
El CENDA le encargó al abogado extremeño Antonio Sánchez redactar una demanda contra dicha contaminación. “La contaminación no procede solo de la empresa Huanuni, que es estatal, hay decenas de centros coperativistas y también mineras transnacionales vertiendo esos desechos por toda la cuenca del Poopó -explica este abogado a El Salto- y todo ocurre sin control alguno por parte del Estado”. La sentencia del Tribunal Constitucional Boliviano, con la que finalizó el litigio, reconoció que esa falta de fiscalización viola los derechos al agua y la salud de los habitantes de San Agustín de Puñaca, y ordenó su reparación. “Pero todavía no se ha llevado a cabo” puntualiza el abogado.
Durante su estancia en Bolivia, el extremeño acompañó a varios de los opositores a proyectos extractivos por otros territorios del país, comprobando que la debacle ambiental y la emergencia sanitaria se replicaban por los Andes, la Amazonia o el Chaco. Ahora ha recogido ese periplo en Remover la tierra, un libro de crónicas que erigen un atlas del despojo tejido por las voces de los damnificados. Desde las polvorientas procesadoras en las montañas a los armatostes de chatarra en la selva, los ingenios mineros se esconden como un virus en una naturaleza majestuosa pero infectada. Incursionando por momentos en la narrativa y en otros en el ensayo, Sánchez propone un descenso al infierno extractivista: nos adentra en las minas de Llallagua, acercándonos a las mujeres palliris que muelen lo secretado por las industrias. “A pesar de las épicas luchas sindicales, las condiciones laborales apenas han cambiado en el último siglo”.
Remontando el río Beni, este relato nos lleva hacia los campamentos mineros clandestinos, en el norte amazónico, donde grandes dragas remueven el lecho para extraer oro del fondo y amalgamarlo con mercurio, para después seguir el rastro de ese metal tóxico hasta las comunidades ribereñas envenenadas y abandonadas, porque “legal o ilegal, la minería siempre se desentiende de los pasivos ambientales y del reguero de enfermedad que deja a su paso”.
Otra práctica común que vemos en Remover la tierra es la persecución y criminalización de los defensores de los territorios donde se asientan las mineras. “Aún así, la oposición de la población afectada por estos proyectos es cada vez mayor. El mito de la minería que trae prosperidad ha caído y las comunidades saben que no les reporta beneficios y que acaba imposibilitando sus medios de vida tradicionales y les cierra otros, como el turismo”.
Precisamente las resistencias sociales que la minería ha suscitado conforman un capítulo del libro, a través de encuentros con cocaleros de los Yungas, escritoras periféricas y protagonistas de la Guerra del Agua y la Guerra del Gas, conflictos estos que siguen vigentes. Un repaso a la historía reciente de Bolivia por el que sobrevuela el fantasma de Simón Patiño, barón del estaño, pero también la CIA, el nazi Klaus Barbie, el Che Guevara, o Mónica Ertl, la joven que vengó la muerte del guerrillero. Esta es una mirada foránea sin lentes de exotismo, que enfoca la Nación Clandestina del cineasta Jorge Sanjinés, no exenta, sin embargo, de sátrapas brutales, libertadoras silenciadas, milenarios pueblos visionarios y una ciudad de La Paz plagada de malditismos, “porque en Bolivia todo tiene imbricaciones con la minería”. Y no parece que vaya a dejar de tenerlas con la demanda mundial de oro en alza, el precio del estaño en records para la fabricación de chips electrónicos y la abundancia en Latinoamérica de minerales críticos tan vitales hoy para el capitalismo.
“Justo en el momento en que es más necesaria la regularización para poder responsabilizar a las grandes mineras, algunos gobiernos de la región han emprendido reformas para ponérselo más fácil” explica Sánchez. “El gobierno de Ecuador acaba de flexibilizar los controles ambientales; el de Argentina quiere permitir la minería en los glaciares; el de Bolivia ha aprobado una tramitación exprés de los proyectos mineros y el gobierno entrante en Chile ha prometido favorecimiento absoluto a los mismos. Si pensamos que la minería está en manos de transnacionales, estos cambios legislativos van a hacer a estas naciones menos soberanas, más subalternas del Norte Global”.
En su anterior trabajo, Derrotero, Antonio Sánchez abordaba las mismas tensiones entre transnacionales y defensores de territorio desde la ficción. Ahora despliega un ejercicio de periodismo narrativo vívido, sin imponer una presencia propia, dando espacio a las hojas de coca, la challa, los vaivenes y el abigarramiento. El libro funciona además como mapa del litigio ambiental, mostrándonos sus entresijos: las recogida de pruebas por la arrasada cuenca del Poopó, la socialización con la comunidad, la construcción del relato jurídico, basado en los derechos de la naturaleza, lo cual en Bolivia es fácil porque “es uno de los pocos países que cuenta con un constitucionalismo ecológico, aunque también esto podría entrar en retroceso”.
Acompañan este artículo, fotografías del interior de las minas, de valles amenazados por hidroeléctricas o de los menonitas, que junto a los barones de la soya, deforestan el oriente boliviano. Pero también asoman recurrentemente prácticas opuestas a esos desmanes: huertas espirituales, medicina kallawaya, depuraciones ecológicas de ríos y microcentrales eléctricas que llevan la luz a comunidades aisladas y nos recuerdan que las alternativas existen, que solo hay que impulsarlas.
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