Ceuta
Ceuta como crisis de salud mental: “Romper a la gente física y mentalmente es una estrategia para que se vaya”
Ya han pasado tres meses desde que las imágenes de cientos de personas llegando a la playa del Tarajal irrumpieran en mitad del verano haciéndose con la atención de los medios, de la población del país y de la agenda internacional. Desde aquellos convulsos días de finales de julio, las noticias se llenaron de acusaciones políticas, teorías sobre quiénes eran responsables de la multitudinaria entrada, análisis geopolíticos, acciones de solidaridad o campañas racistas. Mientras tanto, miles de personas de las que llegaron a Ceuta en aquel momento han permanecido ahí, entre la incertidumbre y un entorno hostil.
Mariam (se ha cambiado su nombre por seguridad) llegó a Ceuta poco después del cruce multitudinario de la frontera. Esta periodista especializada en el continente africano se encontró con una realidad que si bien conocía por haber cubierto en otras coordenadas del sur global, le resultó nueva en territorio europeo: “Ya no estamos hablando de una cuestión que esté a las puertas de Europa o que esté a 800 kilómetros de la frontera europea, sino que lo estamos viendo desde dentro de Europa. Quiero decir, estamos permitiendo esta deshumanización constante en territorio europeo”, explica la periodista, quien señala la hipocresía de que, mientras se habla de derecho internacional, o protección de la infancia o de las mujeres “ahora que tenemos que lidiar con todo esto, una situación de un contexto complicado con miles y miles de personas, se nos hayan olvidado esas teorías. No las estamos poniéndolas en práctica”.
Toparse con esta realidad desde el principio de la crisis humanitaria, potenciada por “discursos terriblemente fascistas, racistas y xenófobos”, llevó a Mariam a un estado de desesperanza, tristeza y enfado. Escuchar y sentir la deshumanización de las personas migrantes de manera continua “duele mucho”, explica la periodista, que relaciona la libertad con la que circula este discurso racista con la violación constante de los derechos humanos de las personas migrantes.
“Me dicen: ‘¡además de periodista, mora!, ¡vuélvete a tu país!, ¡eres como ellos!’, y una retahíla de comentarios más”
Aunque gran parte del discurso racista consistía en señalar a las personas migrantes como invasoras, como una amenaza, Mariam subraya que no ha sentido nunca ningún peligro entre quienes entraron en Ceuta. Lo que sí ha vivido, por parte de algunos ceutíes, es un “hostigamiento absoluto”, sobre todo en el centro de la ciudad, pero no solo, puntualiza. Personas que la increpan y cuestionan para quién está escribiendo.
La periodista considera que todas estas situaciones derivan en “la pérdida de libertad de expresión”, una tendencia que se está acentuando. Mariam, además, no solo recibe agresiones por su condición de periodista, sino también por su origen marroquí. De hecho, eso marca, en gran medida, la naturaleza de los insultos. “Me dicen: ‘¡además de periodista, mora!, ¡vuélvete a tu país, eres como ellos!’, y una retahíla de comentarios más”.
“Ellos”, son las personas migrantes, cuya salud mental ha sido profundamente erosionada durante estos tres meses, como explica Léa (se ha cambiado su nombre por seguridad), voluntaria de la organización No Name Kitchen, que ha elaborado durante este periodo un informe sobre la situación de salud de quienes se han encontrado varados en la ciudad autónoma.
Una violencia sistemática
La activista de NNK aterrizó en el enclave en junio, semanas antes de que estallara la crisis. Lo que encontró, narra, ya era una situación difícil para las personas migrantes que permanecían en la ciudad: esperar sin saber qué hacer, buscando pequeños trabajos para ir sobreviviendo. Una realidad cotidiana que muchos chicos enfrentaban con grandes dosis de sufrimiento: personas que ya habían sufrido abusos, menores que acababan huyendo de los centros, chavales que navegaban el dolor y la incertidumbre, a veces cayendo en consumos nocivos o en la autolesión.
Aunque Léa había ido a Ceuta con la intención de hacer una tesis sobre las relaciones de apoyo en las ciudades de frontera, la situación sobrevenida a finales de julio, y su participación en el punto de salud de NNK la llevó a centrarse en este último ámbito. Durante estas semanas ha presenciado distintas fases en la situación.
Primero, describe, había entre las personas que llegaban a Ceuta un clima de celebración, pues habían conseguido cruzar. Pero en medio de ese ambiente ya se manifestaba el estrés con “gente buscando recursos a lo que dirigirse e intentando comunicarse con sus familias, muchas personas habían perdido sus teléfonos en el cruce”. A este primer caos se añadieron problemas de otro orden que enseguida mostraron que la situación iba a ser difícil, asegura Léa: “Cortaron el agua de las duchas, de las fuentes, no había forma de hacerse con agua en medio del calor, no podían comprar comida. Después empezaron a perseguirles las fuerzas de seguridad, los vecinos, y grupos de extrema derecha”.
“No encontré una sola persona que no hubiese tenido experiencias de violencia o racismo con cuerpos de seguridad o vecinos”
Léa habla de violencia sistemática, algo que constató en su labor en las calles de la ciudad: “No encontré una sola persona que no hubiese tenido experiencias de violencia o racismo con cuerpos de seguridad o vecinos”. En este contexto, dice, cada vez son más las personas que piden atención por problemas de salud mental, y quienes, aunque no lleguen a solicitarla explícitamente, “se ve que no lo están pasando bien”. La activista habla del trauma de la experiencia vivida en todas las fases de la migración, antes de atravesar la frontera, pero también durante el cruce, y a la llegada: “Hay mucha ansiedad, mucho insomnio, gente que dice que se está volviendo loca”.
Y también hay gente que ya tenía problemas de salud mental y que no consigue acceder a ningún tratamiento, personas que van a urgencias y a quienes muchas veces ni se les llega a visitar, o si les llega a visitar, después no tienen acceso ni a seguimiento ni a tratamiento, explica la activista. El sufrimiento psicológico, añade Léa, es patente: “En estos meses he visto el cambio en la cara de los chicos. Pasadas las semana se transformaban. Eran ellos, pero ya no eran ellos”.
La frustración de Léa es grande, y en NNK, explica, hacen lo que pueden: a veces cuentan con un psicólogo, y a parte, las propias voluntarias, aportan escucha, facilitan el acceso a profesionales en colaboración con Médicos del Mundo. Pero muchas veces no se lo ponen fácil: “En muchas ocasiones hay gente que es atendida por Médicos del Mundo y tiene los papeles para una derivación a psiquiatría, pero no los aceptan”, explica. Además, denuncia, mantener el punto de salud accesible cada vez les resulta más complicado por el hostigamiento por parte de las fuerzas de seguridad, los vecinos, o en su momento, los ultraderechistas.
“Agosto fue catastrófico, teníamos que escondernos en sitio poco higiénicos para hacer curas”. Recuerda que incluso llevando a migrantes a Médicos del Mundo ha tenido problemas: en una ocasión les obligaron a detener el coche y a salir. El terror se extendió entre las personas migrantes, que durante unos minutos pensaron que iban a ser deportadas. Léa narra cómo les hablaron de manera racista, mientras se negaron a llamar a Médicos del Mundo para comprobar que, en efecto, se dirigían allí, en lugar de retenerles.
Un “contexto torturante”
Paola Rossi colabora con el Instituto Novact de no violencia y es responsable de varios informes sobre la salud mental de las personas migrantes. Respecto a la situación en Ceuta, apunta al choque al que se refería Mariam, la periodista que tras cubrir las migraciones fuera de Europa, mostraba su sorpresa ante las vulneraciones de derechos ejercidas en la ciudad autónoma.
“En el terreno lo que decían muchas personas de colectivos, de entidades o de la administración es que aquí no te esperas una cosa así”. Por “una cosa así”, esta psicóloga se refiere a la situación de hambre, de abandono, de violencia. “Esto es algo adrede, hay una planificación. Cada cosa que pasa en Ceuta es una decisión política y administrativa”, expresa la psicóloga.
Para Rossi, hay una decisión de obstaculizar el camino migratorio en base a un eje racista, valiéndose de normativas discriminatorias como la Ley de Extranjería “que determina la falta de igualdad de acceso a derechos, pero también a oportunidades”. Cuando se lleva la frontera “en la propia piel”, el camino migratorio no termina nunca. “Uno persigue ese ideal blanco, europeo, donde piensa que todo es un paraíso y que ningún mal existe. Se arma toda esa fantasía de la integración: salté la valla, crucé a nado o pasé migraciones en el aeropuerto y ya está”. No es así: “a veces nos encontramos con personas para quienes lo peor justamente es esta frustración respecto a sus expectativas”.
En este marco, la colaboradora de Novact considera que no se puede separar salud mental y derechos humanos: “el sufrimiento psicosocial nunca ocurre en un vacío: Está vinculado a las condiciones materiales, jurídicas, institucionales y de ejercicio o vulneración de derecho de las personas en general”, explica. Y, en el marco actual, las personas en movimiento se encuentran en una situación que les vulnerabiliza. “No ser reconocido como un sujeto de derecho, es decir, como un ser humano, tiene un impacto muy fuerte y profundo”.
Rossi quiere dejar claro que no se trata de patologizar ni homogeneizar a una gran diversidad de personas, sino de insistir en la necesidad de condiciones de vida digna, garantías jurídicas o protección ante la violencia. “Las respuestas institucionales no deben ya de base producir daño y agravar el ya existente. No necesitamos un diagnóstico o una patología para reconocer un daño”.
También apunta a que las personas, incluyendo aquellas que pertenecen a colectivos más vulnerabilizados como son niñas, niños y adolescentes o personas LGTBIQ+, consiguen sobreponerse mejor cuando se dan ciertas condiciones: “si el contexto comunitario va a ser un contexto racista, de exclusión, de hacerles saber que no queremos que estén aquí, que no pertenecen… no se están dando las condiciones para seguir adelante después de una experiencia traumática”.
“No podemos hablar de salud mental, sin hablar de las condiciones políticas, materiales e institucionales que están provocando este sufrimiento”
Así pues, la psicóloga considera esencial favorecer los vínculos y un entorno solidario, pero, recuerda, no basta con que la sociedad civil apueste por esa vía: de ninguna manera se puede sustituir las obligaciones de garantía que tiene el Estado y las administraciones sobre todo lo que refiere a estos grupos especialmente vulnerabilizados. No podemos hablar de salud mental, sin hablar de las condiciones políticas, materiales e institucionales que están provocando este sufrimiento”.
Paola considera que tanto la incertidumbre como las condiciones en las que se ha obligado a vivir a estas personas responden a una decisión: la apuesta por un “contexto torturante generado por el abandono institucional”. Y en relación a este abandono, apunta a la necesidad de “no deslegitimar el sentimiento de la población de Ceuta”, al tiempo que se reflexiona sobre qué significa ser ceutí, en un marco en el que se han evidenciado grandes diferencias entre la población del territorio.
Siguiendo el hilo del abandono institucional la psicóloga se pregunta: “¿en qué cabeza cabe que en cualquier lugar de la península las administraciones iban a abandonar de esta manera las necesidades básicas de una crisis humanitaria?” Este abandono, además, explica, deja la sensación a las personas migrantes de que su vida depende de la voluntad de la administración, que están viviendo “de favor”.
Vecinos y aliados
Sobre cómo se pueden encontrar los vecinos y vecinas de Ceuta en este contexto, ha reflexionado la psicóloga Teresa Jaúdenes, quien hace unas semanas compartía su mirada con el Salto. La terapeuta valoraba los efectos de la crisis en la población: “que se duplique exactamente la población de una ciudad en poco tiempo como ha sucedido, ha podido provocar un choque psicológico y social profundo”. Un “colapso del entorno vital o una crisis de habitabilidad”, explica la experta, que se traduciría en una serie de sensaciones, entre ellas, sentir que el territorio no les pertenece, el estrés y la ansiedad ante la percepción de estar compitiendo por recursos, o la “agorafobia urbana y aislamiento: Al ver las calles colapsadas, muchas personas optarían por recluirse en sus casas para evitar la sobreestimulación y el miedo a lo desconocido”, explica.
La psicóloga también reflexionaba sobre la consecuencia la crisis en forma de dinámicas colectivas, identificando una sensación de reducción del espacio vital ante la condensación de población que incrementarían irritabilidad y hostilidad. También señala la polarización resultante de esta situación, que abundaría en una lógica del “nosotros contra ellos” que entraña una “profunda xenofobia o rechazo hacia los recién llegados, viéndolos como una amenaza directa a su supervivencia”.
De la mano de esa hostilidad hacia el otro vendría el miedo al crimen y al desorden, una “erosión de la confianza social que acaba por romper el tejido comunitario, haciendo que los vecinos sospechen incluso entre sí”. Por último, aunque en los primeros días pudiera haber más apoyo, la psicóloga apunta a la emergencia de la “Fatiga por compasión: la saturación del sistema provocaría una rápida apatía y deshumanización hacia la personas migrantes”. Con todo, vecinas y personas migrantes compartirían la desesperanza generada por la incertidumbre sobre el futuro.
Frente a este escenario a la defensiva, Léa, la activista de No Name Kitchen, también evoca historias de personas migrantes que crean comunidad y se ayudan entre ellas, como la de un chico joven que encontró un niño que había sido víctima de abusos y lo cuidó hasta que entró en un centro. Léa ha sacado alguna conclusión en base a su experiencia: “El apoyo mutuo o la ayuda de los vecinos necesita espacios estables como lo fueran en su momento la Playa Trampolín o las Naves”. Actividades como cocinar y comer juntos crean comunidad, sostiene.
Pero ahora no hay sitio o tiempo para ello: la persecución, que se ha vuelto a agravar en las últimas semanas, con redadas y devoluciones de personas, afectan a los grupos de personas que se ayudaban entre sí, rompen relaciones de apoyo mutuo, la gente se aísla aún más durmiendo sola. A esta soledad se suman las dificultades para dormir, el miedo a perder el móvil o las pertenencias… “además, todo el tiempo están recibiendo información diferente, no pueden estar nunca seguros de nada. Quieren saber dónde pueden ir, pero hay mucha desinformación: les mandan a un centro, duermen y luego les echan”.
“Se sienten solos, se sienten tratados como animales, como ratas. Es una estrategia para que la gente se vaya, romperles física y mentalmente”
Se le suma a esto la segregación, el hecho de tener que hacer colas específicas para comprar o ir al hospital. Además, sin saber si al final de la espera podrán conseguir lo que necesitan. “Se sienten solos, se sienten tratados como animales, como ratas. Es una estrategia para que la gente se vaya, romperles física y mentalmente. No son casos aislados, es sistemático”, insiste Léa.
Nadwa (nombre cambiado por seguridad) ha estado unas semanas en Ceuta como parte de las Brigadas de Apoyo Mutuo. Conoce bien la ciudad, aunque no reside allí, sí lo hace parte de su familia. “He sentido mucha impotencia y desconcierto durante mi estancia. Es muy doloroso ver tantas injusticias”, comparte a El Salto. La joven intenta entender qué ha pasado, y explica cómo, después de sentir un orgullo inicial cuando los ceutíes echaron a agitadores y ultraderechistas como Vito Quiles y Núcleo Nacional, o ante el impulso de muchos vecinos de ayudar ante la emergencia, la situación se ha ido volviendo cada vez peor, en gran medida por el abandono que sintió la población en las primeras semanas, y la mala gestión de las instituciones de la crisis humanitaria: “La gente se ha visto desamparada. El odio ha escalado tanto que llegas a sentir miedo de que te hagan algo tus propios vecinos por posicionarte o ayudar. Es tremendo”.
La joven explica que su familia residente en la ciudad está sufriendo “ansiedad y agobio”, no por la presencia de personas migrantes o porque se haya alterado su vida cotidiana, sino por “escuchar comentarios racistas y violentos, incluso de tus propios compañeros de trabajo. La violencia y el odio ha escalado muchísimo. La sensación es estar un polvorín que puede estallar en cualquier momento”. Ante esta situación hay quienes se meten en su burbuja e intentan tirar para adelante, pero también quienes se han organizado desde el principio, “generando redes de apoyo mutuo, habilitando espacios para las mujeres y menores, dando comidas, etc”.
De su participación en las brigadas se lleva la convicción de que es muy necesario que haya gente auto organizada que apoye ante la crisis humanitaria, llegando donde la administración no ha llegado. Pero comparte la sensación de desborde e impotencia de la que hablaba también Léa: “estás en un estado de urgencia donde todo va muy rápido, atiendes primeros auxilios, llevas a gente al hospital, se hacen repartos diarios de comida y agua y documentas la violencia. Es bastante duro, sobre todo al volver, asimilar todo lo que has visto. Porque se está torturando a gente en Ceuta”, reafirma Nadwa.
La brigadista compara la violencia constante contra las personas migrantes en un marco de absoluta impunidad, con un escenario bélico: “incluso me recordó a los vídeos que ves del ejército israelí. Es duro para los que estamos siendo testigo pero mucho más para las personas que están sufriendo esa violencia y aún así deciden resistir”. De sus conversaciones con las personas migrantes durmiendo en la intemperie se lleva la sensación de una desesperación generalizada.
“Psicológicamente ¿cómo puedes estar cuando no te permiten dormir porque te echan de un lado a otro, estás expuesto a agresiones o tan solo comes una vez al día?”
“Psicológicamente, ¿cómo puedes estar cuando no te permiten dormir porque te echan de un lado a otro, te gasean, estás expuesto a agresiones, apenas comes una vez al día, no tienes acceso a agua potable o a necesidades básicas?”, pregunta retóricamente la voluntaria, quien explica que ante este clima hay quienes se acaban marchando, pero también quienes deciden resistir, e intentar hacer red con otras personas en la misma situación.
La joven también apunta a que muchas vecinas de Ceuta desconocen la situación real porque la violencia contra las personas migrantes ocurren cuando nadie mira, lejos del centro. Junto a lo que se desconoce está lo que se normaliza: militares en los accesos a supermercados haciendo perfiles raciales. “Si no tienes papeles no puedes entrar a comprar comida. Otro problema es que no hay posibilidad de alojamiento”
Al clima de tensión, explica Nadwa, se suma la presión sobre las personas activistas, a través de bulos o difundiendo datos personales en grupos de extrema derecha: “Cuando estuve allí algunas compañeras tuvieron que marcharse ante los riesgos. Luego han vuelto. En un momento dado yo temí por represalias ya que mi familia es de Ceuta”, comparte Nadwa. Al miedo se une la desesperanza entre quienes intentan ayudar con los procedimientos legales como la solicitud de asilo: “Ver cómo no se cumple el derecho genera una gran frustración”.
Frontera sur
Ceuta: pequeños infiernos dentro del purgatorio
Ceuta
Amnistía Internacional denuncia torturas a las personas migrantes en Ceuta por parte de las autoridades
Ceuta
La intensificación de redadas y expulsiones en Ceuta extiende el miedo entre las personas migrantes
Ceuta
La intensificación de redadas y expulsiones en Ceuta extiende el miedo entre las personas migrantes
Ceuta
El racismo asalta Ceuta: agresiones a menores, gas pimienta y ataques contra vecinos
Ceuta
Ceuta: persecución de la solidaridad y abandono de las personas migrantes a tres meses del inicio de la crisis
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!