Feminismos
Esto no es un cuadro
Clara entró en la fiesta con mala cara. Me pidió que la acompañara a fumar un piti y, en cuanto salimos, se puso a llorar. Yo no entendía nada. Era un día de celebración. Entonces me lo contó.
De camino había recibido una foto por WhatsApp. Era un lienzo a tamaño real de ella misma, semidesnuda. Estaba preciosa. El cuadro parecía una fotografía de lo realista que era. Y lo era: partía de una imagen que se había hecho hacía más de quince años. Una fotografía que nunca autorizó a publicar.
Ahora estaba convertida en cuadro y expuesta en una galería.
No me costó entender su dolor. Clara y yo somos íntimas amigas, pero nunca hasta ese día supe que había sufrido acoso. Y que este último episodio no era un hecho aislado: era la guinda.
Clara me recordó a las musas de Picasso. A esa relación tantas veces romantizada entre artista y musa, donde él crea y ella inspira. Pero cada vez resulta más difícil sostener esa narrativa —gracias, feminismo—. Porque ¿en qué momento una mujer deja de ser sujeto para convertirse en posibilidad? ¿En qué instante pasa de persona a territorio?
Spoiler: el patriarcado.
Esa estructura que convierte nuestros cuerpos en algo disponible. Que transforma a la mujer en objeto y, por tanto, en materia apropiable. Cuando una mujer es cosificada, su consentimiento deja de importar. O peor: se da por supuesto.
Clara no lloraba solo por lo que ocurrió cuando tenía 25 años, cuando se sintió invalidada, utilizada, menospreciada. Lloraba porque quince años después seguía sin ser libre. Él conservaba el control. A pesar de la falta de consentimiento, había mostrado su cuerpo al mundo como quien exhibe una presa tras la caza.
La consiguió. Ese gesto no era arte. Era poder.
El desprecio tranquilo de quien sabe que puede hacerlo y no tendrá consecuencias.
Aunque el patriarcado se resista, le estamos echando un pulso. Hay herramientas legales que nos liberan de la culpa y de la humillación. Clara lo hizo. También me lo contó aliviada. Denunció. Reclamó. Exigió que su consentimiento importara también quince años después.
Y entonces, mientras me explicaba aquel proceso legal —liberador—, recordé, otra vez, las musas de Picasso. Cómo sus caras se quebraban cuando él se alejaba, cómo sus cuerpos se volvían angulosos, casi amenazantes. Freud — otro que tal— habló en referencia a esas deformaciones como “vaginas dentadas”: el miedo a ser devorado por aquello que no se domina.
Y pensé que tal vez no era una amenaza, sino una respuesta.
Imaginé esas vaginas saliendo del lienzo y arrancándole la cabeza de un mordisco.
Por equilibrio.
Porque el problema nunca fue el cuerpo de las mujeres. El problema fue que ese cuerpo tuviera voluntad.
Clara no es una excepción. Hay muchas Claras, mujeres convertidas en lienzo mientras otros decidían por ellas y daban su consentimiento por hecho.
Y cuando una deja de ser objeto, algo cambia.
Cuando muchas lo hacen, deja de ser una historia aislada.
No somos musas.
Somos sujeto.
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