Opinión
Pánico en las élites occidentales: ¿ha llegado la hora de la ofensiva ciudadana?

Si ellos tienen sus centros de datos, nosotros tenemos la capacidad de organización. Si ellos tienen sus algoritmos, nosotros tenemos la solidaridad. Si ellos tienen el capital, nosotros tenemos los números.
Montaje Del Pino Botín Pérez
Rafael Del Pino, Ana Patricia Botín y Florentino Pérez.
29 may 2026 07:00 | Actualizado: 29 may 2026 18:34

Pareto sostenía que los “zorros”, astutos, calculadores y flexibles, y los “leones”, conservadores y partidarios de la fuerza, se alternaban en el vértice de la pirámide social en un ciclo incesante. Cuando quienes mandan pierden su energía, su “virtud” maquiavélica, degeneran y son sustituidos, casi sin excepción, por una contra‑élite que trae consigo nuevas habilidades y otras fuentes de riqueza. La renovación, por tanto, no altera la estructura del privilegio, sino que la revitaliza: cambian las caras, los discursos y los estilos, pero la lógica profunda de dominación y desigualdad queda intacta.

Occidente se halla justamente en uno de esos momentos de mutación, y las élites tradicionales, acostumbradas a manejar todos los resortes, muestran signos evidentes de pánico. Los últimos acontecimientos (guerras abiertas o congeladas, turbulencias financieras, una reconfiguración acelerada de los medios de comunicación de masas) no son más que la fachada visible de ese temblor pavoroso. Dos son los miedos que están dictando la agenda de los poderosos y que, al mismo tiempo, catalizan un recambio generacional en su seno.

La historia demuestra que los regímenes más íntimamente conectados con los intereses empresariales son proclives a iniciar hostilidades, pero evitan el choque directo con otras élites entrelazadas en los mismos circuitos globales

El primero es económico, y es el más visceral. Las élites occidentales no temen la guerra en sí; la guerra de baja o media intensidad ha sido, y sigue siendo, un extraordinario negocio para determinados sectores. Lo que verdaderamente las desvela es que una escalada descontrolada de los conflictos, desde Ucrania al Mar de China Meridional, pasando por Oriente Medio, convierta la actual economía de guerra permanente en un colapso financiero sistémico que volatilice su propia base patrimonial. La historia demuestra que los regímenes más íntimamente conectados con los intereses empresariales son proclives a iniciar hostilidades, pero evitan el choque directo con otras élites entrelazadas en los mismos circuitos globales; nadie quiere matar a la gallina de los huevos de oro.

Así, la verdadera pesadilla en las cumbres de Davos o en los consejos de administración de los grandes bancos no es un intercambio nuclear, que sí asusta a la ciudadanía, sino que la inflación, la deuda privada y soberana desbocada (para hacer frente a la deuda soberana existe la Teoría Monetaria Moderna que las élites jamás permitirán que se enseñe a la ciudadanía) o el desplome de las bolsas destruyan los cimientos económicos sobre los que han edificado su hegemonía desde 1945.

El segundo temor, más difuso y por ello más corrosivo, es la pérdida de legitimidad. Los ciudadanos perciben hoy la política como una función que se representa para beneficio exclusivo de los que ya están arriba. La desigualdad material, la sensación de “permacrisis” y la convicción de que las reglas de juego están amañadas erosionan la confianza en las instituciones. Sin esa confianza, el poder se ejerce a palo seco, lo cual resulta caro y frágil. Las élites saben que una sociedad que deja de creer en sus gobernantes es una sociedad que, antes o después, busca alternativas fuera del sistema. De ahí su nerviosismo y, sobre todo, de ahí la urgencia con que se está operando el relevo en su cúpula.

El recambio de élites en Occidente

Siguiendo con la analogía de Pareto, lo que estamos presenciando es el ocaso de los “leones” que dominaron la segunda mitad del siglo XX y el ascenso de una nueva generación de “zorros” tecnocráticos. Las viejas élites (forjadas en la industria pesada, la construcción, la banca tradicional y los otrora grandes monopolios energéticos) están siendo desplazadas por una nueva clase de empresarios y gestores cuyo poder no se asienta sobre el acero o el hormigón, sino sobre el dato, el silicio y la inteligencia artificial. No se trata de un cambio meramente sectorial; es un cambio de paradigma que arrastra consigo una transformación de los valores, los discursos y las lealtades que hasta ahora habían sostenido el orden occidental.

La pugna entre Florentino Pérez y Enrique Riquelme por la presidencia del Real Madrid ha dejado de ser una mera anécdota deportiva para convertirse en el símbolo de esa fractura generacional y sectorial

Esta circulación de élites es particularmente visible en España, un país que, como ha documentado el profesor, y buen amigo, Andrés Villena en su obra fundamental Las élites que dominan España. Una historia del poder desde 1939 (Libros del K.O., 2026), ha mantenido desde el final de la Guerra Civil una asombrosa continuidad de las redes clientelares que conectan el capital con el Estado. Villena demuestra que, pese a los cambios de régimen político, el poder “ni se crea ni se destruye: se transmite, se negocia y se protege”. Sin embargo, incluso esta sólida red está siendo sacudida por la irrupción de nuevas fortunas que no se criaron al calor de los contratos públicos de obra civil.

La pugna entre Florentino Pérez y Enrique Riquelme por la presidencia del Real Madrid ha dejado de ser una mera anécdota deportiva para convertirse en el símbolo de esa fractura generacional y sectorial. Florentino Pérez (Madrid, 1947) es la encarnación perfecta de la vieja oligarquía española. Ingeniero de Caminos, máximo accionista y presidente de ACS, su fortuna se ha forjado en el triángulo formado por la gran banca, la obra pública y las concesiones administrativas. Desde la pequeña burguesía franquista, Pérez ha construido un imperio de autopistas, líneas de AVE y aeropuertos mediante una estrategia basada en la maximización del beneficio privado, el cultivo de redes clientelares y una relación privilegiada con los centros de decisión pública. Su modelo de negocio depende, en última instancia, de la cercanía al poder político, sea del signo que sea, y de la capacidad para capturar rentas públicas.

Frente a él emerge Enrique Riquelme (Cox, Alicante, 1989). Con solo 37 años, este empresario representa a la nueva élite que ha prosperado en los márgenes del viejo capitalismo de amiguetes. Fundador de Cox Energy, una “Utility global” de agua y energía que cotiza en bolsa desde 2024, Riquelme ha desarrollado su negocio mirando más a América Latina y al futuro digital que a los despachos de la Moncloa. Su propuesta de valor no se basa en el ladrillo, sino en las energías renovables y, de forma creciente, en la infraestructura que sostiene la inteligencia artificial: los centros de datos.

La nueva élite digital es, en términos climáticos y de presión sobre los bienes públicos, igual o más destructiva que la vieja oligarquía del ladrillo

Los centros de datos se han convertido en el “nuevo petróleo” de la economía del siglo XXI. Son las catedrales industriales de la era digital, imprescindibles para entrenar los modelos de IA, almacenar la información y prestar servicios en la nube. España, con su suelo barato, su alta irradiación solar y su posición como puente entre Europa, América y África, se ha transformado en uno de los polos mundiales para esta industria. Quien controle el suministro energético y las infraestructuras que alimentan estos centros, y ahí Cox Energy está llamada a desempeñar un papel estratégico, controlará los recursos básicos del poder futuro. El desafío de Riquelme a Pérez, más allá del palco del Bernabéu, es el desafío del dato frente al hormigón, de la energía limpia frente al petróleo, de la globalización financiera frente al clientelismo estatal. Sería un error, sin embargo, interpretar este relevo como una transición hacia un modelo más benigno con el planeta o con los recursos comunes. La nueva élite digital es, en términos climáticos y de presión sobre los bienes públicos, igual o más destructiva que la vieja oligarquía del ladrillo.

Mientras el hormigón ocupaba suelo, el dato devora agua y electricidad a una escala sin precedentes. Un centro de datos de tamaño medio consume tanta agua como una ciudad entera, y la mayor parte de ella es potable. Con los embalses bajo mínimos y la emergencia climática declarada, el oligopolio tecnológico solicitará ampliar, cada día más, la disponibilidad de agua, compitiendo directamente con la agricultura y el abastecimiento humano.

El coste energético tampoco es menor. La patronal del sector prevé multiplicar por seis la potencia instalada de centros de datos en España antes de 2030, hasta alcanzar un consumo equivalente al de varias comunidades autónomas juntas. A escala global, la Agencia Internacional de la Energía estima que el consumo eléctrico de estos centros se duplicará en ese mismo horizonte, impulsado sobre todo por la inteligencia artificial. Y aunque el relato oficial insiste en que esa electricidad será renovable, la realidad es tozuda: la construcción de macroplantas fotovoltaicas está ocupando suelos de alto valor agrícola (el 69,6 % de las plantas solares en España se asientan sobre terrenos con buena capacidad productiva), desestructurando ecosistemas y expulsando a la agricultura tradicional.

A la ocupación del territorio se suma la captura de recursos públicos. Las mismas administraciones que recortan en sanidad o educación despliegan incentivos fiscales y subvenciones millonarias para atraer a los gigantes tecnológicos. Los beneficios se concentran en manos privadas, se estima que hacen falta 39 millones de euros de inversión para crear un solo empleo en un centro de datos, mientras la factura ecológica y social se socializa entre el conjunto de la ciudadanía. El resultado es un modelo de acumulación que, bajo la coartada verde, reproduce los mismos esquemas extractivos y clientelares que la vieja oligarquía: acaparamiento de bienes comunes, dependencia de las ayudas públicas y externalización de los costes.

El pánico es real y su objetivo claro: acabar con el Estado del bienestar

La salida pactada de figuras mediáticas consagradas (Angels Barceló o Carlos Alsina), la irrupción de nuevos perfiles empresariales en los espacios de poder tradicionalmente reservados a unas pocas sagas familiares son síntomas de un mismo fenómeno. No vivimos una simple crisis de audiencia o una renovación generacional cualquiera; asistimos a un reacomodo sísmico en las estructuras de dominación occidentales.

Por primera vez en décadas, las élites (las viejas y las nuevas) no controlan todas las variables. El miedo a un colapso económico que las despoje de su patrimonio y el temor a una revuelta social que les arrebate su legitimidad caminan de la mano

La pregunta que flota en el ambiente no es, por tanto, si habrá o no cambio, sino cuál será su profundidad. Por primera vez en décadas, las élites (las viejas y las nuevas) no controlan todas las variables. El miedo a un colapso económico que las despoje de su patrimonio y el temor a una revuelta social que les arrebate su legitimidad caminan de la mano. Y en ese interregno de incertidumbre, los “zorros” y los “leones” pelean por ocupar el trono antes de que caiga la noche. La historia, como decía Pareto, es un cementerio de aristocracias. La nuestra está cavando su propia tumba sin saber aún quién la ocupará.

Pero hay algo más, algo que ni siquiera los medios de comunicación que les sirven de correa de transmisión se atreven a verbalizar con claridad. En ambas circunstancias, tanto en el miedo al colapso económico como en el pánico a la pérdida de legitimidad, el objetivo final, la jugada maestra que unifica a viejos leones y nuevos zorros, es el mismo: acabar con el Estado del Bienestar.

En plena guerra económica global y con la inteligencia artificial amenazando con dejar a millones de personas sin trabajo, ese pacto se ha convertido en un estorbo

El Estado del Bienestar, ese pacto social nacido de la sangre y el sudor de la clase trabajadora tras la Segunda Guerra Mundial, es el último obstáculo que se interpone entre las élites y la acumulación ilimitada. La sanidad pública, la educación universal, las pensiones dignas, la protección frente al desempleo: todo eso son conquistas que, para ellos, representan un coste insoportable y un freno a su tasa de ganancia. Durante décadas lo toleraron porque necesitaban la paz social y el consumo de masas. Pero ahora, en plena guerra económica global y con la inteligencia artificial amenazando con dejar a millones de personas sin trabajo, ese pacto se ha convertido en un estorbo.

El miedo a una crisis financiera no lleva a las élites a pedir más regulación bancaria o mayor protección social. Al contrario, las lleva a exigir “reformas estructurales”, que en su lenguaje significa recortes, privatizaciones y flexibilización del mercado laboral. La guerra, o su amenaza, es la coartada perfecta para desviar recursos hacia el complejo militar-industrial mientras se congelan las inversiones en servicios públicos. La pérdida de legitimidad, lejos de impulsarles a democratizar las instituciones, les empuja a vaciarlas de contenido, a convertirlas en meras fachadas mientras el poder real se desplaza a instancias no elegidas: bancos centrales, fondos de inversión, grandes corporaciones tecnológicas y tribunales de arbitraje.

Quieren que aceptemos como inevitable lo que no es sino un proyecto de clase: un mundo donde la sanidad sea un seguro privado que solo los ricos puedan pagar, donde la educación sea un negocio y no un derecho, donde la vejez sea sinónimo de miseria para quien no haya podido ahorrar, y donde la precariedad sea la norma. Quieren que nos resignemos a que el algoritmo decida quién merece un préstamo, quién merece un trabajo, quién merece un tratamiento médico. Quieren, en definitiva, que nos creamos que no hay alternativa.

Pero la hay. Y la historia nos enseña que los castillos de naipes, por muy altos que lleguen, se derrumban cuando el viento sopla con suficiente fuerza. Esa fuerza somos nosotros, la mayoría social que sostiene el mundo con su trabajo, con sus cuidados, con su energía. Si ellos tienen sus centros de datos, nosotros tenemos la capacidad de organización. Si ellos tienen sus algoritmos, nosotros tenemos la solidaridad. Si ellos tienen el capital, nosotros tenemos los números.

Frente a su proyecto de demolición del Estado del Bienestar, nuestra bandera debe ser su defensa radical y su ampliación

No nos llamemos a engaño: la circulación de élites que describe Pareto no nos salvará. Que Riquelme sustituya a Florentino Pérez, que BlackRock desplace a ACS, que los centros de datos sustituyan a las autopistas, no es nuestra victoria. Es solo un cambio de guardia en la fortaleza enemiga. Lo que está en juego no es quién manda, sino si seguimos tolerando que una minoría decida el destino de la mayoría.

Por eso, frente al pánico de las élites, nuestra respuesta no puede ser el miedo, sino la acción. Frente a su proyecto de demolición del Estado del Bienestar, nuestra bandera debe ser su defensa radical y su ampliación. Frente a su guerra económica, nuestra propuesta es la justicia social. Frente a su inteligencia artificial al servicio del lucro, nuestra inteligencia colectiva al servicio de la vida.

A las barricadas de la solidaridad internacional, porque esta lucha no tiene fronteras. A las barricadas, en definitiva, de la vida frente al capital

Que tiemblen en sus consejos de administración, en sus cumbres de Davos, en sus palcos del Bernabéu. Que sepan que estamos observando, que estamos aprendiendo, que estamos tejiendo redes. Porque cuando las élites pierden el control y recurren a la fuerza bruta, cuando quieren hacernos pagar a nosotros la crisis que ellas han provocado, la respuesta no puede ser otra.

¡A las barricadas! A las barricadas de la sanidad pública, de la educación universal, de las pensiones dignas. A las barricadas de la democracia real, la que se construye en las calles, en los barrios, en los centros de trabajo. A las barricadas de la solidaridad internacional, porque esta lucha no tiene fronteras. A las barricadas, en definitiva, de la vida frente al capital.

La historia, como bien sabía Pareto, es un cementerio de aristocracias. Hagamos que la nuestra entierre definitivamente a esta, pero no para sustituirla por otra, sino para construir, por fin, un mundo donde no hagan falta ni leones ni zorros. Donde el poder, simplemente, sea de todas y todos.

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