Juan Andrés Rodríguez Lora. Profesor en el Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio. Escuela Técnica Superior de Arquitectura, de la Universidad Sevilla
14 sep 2026 07:00

La Convención sobre los Derechos del Niño, ley internacional de obligado cumplimiento por parte de los Estados firmantes, fue aprobada en noviembre de 1989 y entró en vigor en septiembre de 1990. Su lectura y defensa se torna hoy en día más necesaria que nunca, en un momento donde el uso de siglas (que no van a aparecer en este texto debido a la fatiguita que da su existencia) por parte de ciertos grupos sociales, que cada vez elevan más la voz y el brazo, busca deshumanizar y despojar de derechos a niñas y niños con graves riesgos pa su integridad. En paralelo, buscan ocultar la dura realidad social que provoca el sistema que defienden en todo tipo de personas, también en esta etapa inicial de su vida. El cumplimiento de buena parte de los artículos que componen el citado documento depende, entre otras muchas cuestiones, de las características que presenta el hábitat en que estas personas menores desarrollan su vida. En este caso: las ciudades y pueblos de nuestro entorno.

Recientemente, se ha inaugurado en Sevilla, específicamente en el seno del parque del Prado de San Sebastián, la que han denominado “Ciudad de los niños”; aunque en pleno 2026 hubiera estado bien usar un lenguaje más neutro, llamándola “Ciudad de la infancia”, por ejemplo (que, además, hubiera servido pa ventilar una mijilla más el lenguaje de lo que se suele hacer en la RAE). Esta supuesta miniurbe es realmente, en palabras del consistorio, un espacio “tematizado en torno a la identidad festiva de Sevilla”. En lo ejecutado por el momento (pues amenazan con que hay más) pueden apreciarse: un elemento central que se inspira en la antigua Pasarela de la Feria (ver imagen), una agrupación de minicasetas de feria con el nombre de diferentes distritos de la ciudad a un lado y, al otro, una serie de elementos que surgen del suelo inspirados, por lo visto, en la Semana Santa.

Los juegos que se incluyen son totalmente guiados: “sube por aquí-baja por aquí”, que no dejan apenas espacio al desarrollo de la creatividad y desarrollo cognitivo infantil, ni a la experimentación de lo espontáneo en estos lugares de socialización. Pero dejando a un lado este tema, aparecen una serie de problemas.

Uno de los principales al ver la Pasarela es el de los materiales utilizados. En este objeto en conjunto, especialmente en las rebaletas o toboganes que lo componen, predomina el uso de metales que se encuentran a pleno sol durante horas; en una ciudad donde, en los últimos años, debido a la emergencia climática se viene batiendo récord de días a más de 40º constantemente. Poner árboles de sombra junto a esta estructura, ¿pa qué? Ante este panorama, hubiera sido interesante que una de las minicasetas fuera la de Asistencia Sanitaria; por darle más realismo al ferial, y por ser más consecuente con las quemaduras que puede provocar en niñas y niños jugar (o más bien, jugársela) con esos materiales tan perfectamente adaptados a nuestro clima. Eso sí, han tenido el detalle de señalar en la cartelería el Virgen del Rocío como hospital más cercano.

Pero eso no es todo. Una de las cosas más ridículas que se ha puesto de moda, en este y en otros muchos municipios, es el artificializar con caucho y plástico los suelos de plazas y jardines. El nivel de lache aumenta cuando, además, se realiza en un parque en el que lo predominante es el suelo natural y que hasta el momento no había sucumbido a una intervención de “plastificación” de este calibre. Y el problema no es solo estético o de taponar un suelo de material que acumula y emite menos calor y con cierta capacidad de filtración, sino que, desde hace años, materiales como el caucho y el césped artificial están bajo análisis científicos porque contienen compuestos tóxicos, además de micro y nanoplásticos (que ya tenemos en nuestros cuerpos) que pueden llegar a ser cancerígenos y, en general, nocivos pa la salud de las personas (y de la Naturaleza en su conjunto), cuanto más pa unas criaturas cuyos órganos aún no están terminados de formar. La industria petroquímica (y sus ganancias millonarias a salvaguardar) debe seguir contenta a toda costa (también de nuestra salud). Además, se las saben toas y lo venden como que es caucho y plástico reciclado, ¿quién se puede negar a esta supuesta sostenibilidad? Pues resulta que el caucho de neumáticos reciclados es más nocivo que el sintético.

En un momento donde la propia Unión Europea parece dar pasos en la reducción del uso de plásticos (insuficientes, eso sí), no parece tener lógica abogar por el uso de estos materiales. A ello se le suma que la comercialización del relleno granular que componen muchos de estos suelos está prohibido por directivas europeas, si bien se ha dado una moratoria hasta 2031; es decir, tenemos ayuntamientos colocando a día de hoy un material que en 5 años va a tener definitivamente prohibida su comercialización por su afección a la salud (si la presión de quienes mandan sin pasar por las urnas no consigue otra moratoria, claro). ¿No se debería proteger, desde ya, a niñas y niños y evitar el contacto con estos materiales y no solo no ponerlos, sino quitar todos los que hay?

Por lo visto, pedir una zona infantil que no sea un armatoste metálico y con suelos tóxicos, sino que sea un árbol de gran porte (con el tiempo) como hito en torno al cual, junto a otros de sombra y suelo natural, desarrollar todo el espacio de juego con materiales más amables, primando la madera, parece ser que es casi de ciencia ficción en esta ciudad, algo inconcebible. Pero bueno, seguramente sea porque la infancia sevillana ha debido portarse mu malamente y merece este castigo. Sin embargo, más allá de las cortas miras de esta y otras ciudades y pueblos en esta materia, se encuentra el caso de Finlandia. Allí, según datos arrojados en investigaciones realizadas en patios de guarderías, si hay algo que es beneficioso pa la salud de menores (refuerzo del sistema inmunitario, aumento de la diversidad de la microbiota, prevención de alergias y enfermedades inflamatorias, etc.) es, precisamente, mancharse las manos jugando con materiales naturales. A raíz de los resultados obtenidos y publicados en una revista científica en 2020, tienen en marcha un gran número de proyectos de eliminación de materiales nocivos de patios de centros infantiles y espacios públicos de juego, naturalizándolos con madera, tierra, vegetación, etc. ¿Por qué en 2026, 6 años después, aquí se sigue yendo por el camino equivocado? Una vez más, cabría revisar el lema habitual de la actual corporación municipal: “Sevilla está en marcha”. Y así es, pero en la dirección totalmente opuesta.

Suele ser bastante habitual la cantinela del menor gasto en mantenimiento como justificación de todo este estropicio. Y es que, como todo el mundo sabe, estos materiales metálicos y plásticos son de balde en su fabricación, instalación y reposición cuando se degradan y desprenden contaminantes. Ante este tipo de afirmaciones habría que formular una pregunta: ¿cuál es el precio de la salud de la infancia (y del resto de la sociedad y seres vivos que también sufren las consecuencias de los derivados del petróleo)?

A propósito del mantenimiento de los espacios de juego, no se puede olvidar que suelen ser características de los barrios más empobrecidos tanto la falta de espacios verdes de socialización como la mayor falta de mantenimiento. Sin embargo, en este caso concreto, al localizarse dentro del Conjunto Histórico de la ciudad y formando parte de los itinerarios turísticos, seguramente corra mejor suerte y participe de la “ciudad-producto”. En ella, las corporaciones municipales, más parecidas a agencias de viaje y de publicidad, venden y banalizan la ciudad, si bien procuran mantener en buenas condiciones materiales estos espacios generadores de imágenes de redes sociales que contribuyen a atraer más gente y saturar más la ciudad.

Estos oasis de plástico, a modo de parques anti-infantiles, surgen incluso en entornos rurales donde el juego en cualquier otro rincón alejado de ellos es mucho más beneficioso para el bienestar de niñas y niños. La artificialización de zonas de juego se ha instalado como una lógica que parece de todo menos eso.

Pero la ciudad de la infancia no puede reducirse a la mínima expresión que suponen estos espacios de juego, en muchos casos delimitados con vallas como si se fuera a encerrar ganao (que, en caso de ponerlas, bien podrían ser realizadas, por ejemplo, con vegetación aromática combinadas con bancos lineales para el descanso de quienes acompañen, en lugar de más plástico). La ciudad de la infancia debe ser la ciudad completa, no el mínimo porcentaje de esta posible. “Es por seguridad y por evitar atropellos”, dicen, pero el peligro no son las niñas y niños que están en el espacio público (y por eso hay que encerrarlas), sino los coches que son quienes atropellan. La infancia estaba en las ciudades mucho antes que los coches. Miles de años, de hecho. Pero han hecho un buen trabajo de lavao de cerebro pa echar la culpa a las personas más vulnerables. En el Estado español, la infancia no produce bajo la lógica capitalista (no así en otras partes del mundo) y, además, no vota. A ver si va a ser por esto y no por portarse mal por lo que quienes gestionan lo urbano les dan tan poca importancia. Como resultado, la porción de ciudad con la que se responde a sus necesidades vitales se reduce a la mínima expresión (esto sin entrar en adolescentes y jóvenes, que da pa otro texto). Una superficie exigua que está siendo cada vez más reducida por la privatización del espacio público de calles y, sobre todo, plazas, donde si no consumes no puedes estar; mucho menos jugar.

La calidad de la ciudad, en general, y del espacio público y las posibilidades de uso que este permita a los distintos grupos sociales es uno de los indicadores de lo democrática que es esa sociedad. La expulsión de parte de la sociedad del mismo, no hace más que abundar en una degradación democrática que no puede perderse de vista, pues tienen derecho a la ciudadanía plena y esta puede estarse viendo menguada por el modelo urbano. La infancia, dentro de la interdependencia que tenemos las personas, tiene derecho a su autonomía, seguridad y participación en la vida comunitaria. La ciudad es el ecosistema donde, junto a otras especies, habita el ser humano, que debe poder desarrollarse en todas las fases de su vida, también en la infancia. El problema es que ha sido planificada (y parece que sigue siendo) pa un perfil específico y atendiendo a la ciudad productiva en lugar de la reproductiva, como ya han demostrado ampliamente las compañeras que trabajan sobre urbanismo con perspectiva de género, con documentos de referencia en Andalucía, como el de la Junta de 2004 redactado por Inés Sánchez de Madariaga. También es referente lo trabajado sobre urbanismo e infancia, con especial mención a lo realizado en 2014 en Andalucía, en el marco de “La Ciudad Amable”, por las compañeras de Ecotono.

En ciudades como Pontevedra y París están peatonalizando los entornos escolares, convirtiendo calles en plazas donde estar, propiciando desplazamientos y el juego sin depender de la constante supervisión adulta, evitando atropellos de menores y bajando los niveles de contaminación del aire que se respira en estos lugares. Cabe señalar que en la totalidad de centros escolares de Sevilla, analizados por Ecologistas en Acción en el curso 2025/2026, los niveles de contaminación de NO2 sobrepasan ampliamente lo recomendado por la OMS; también se superan en las medias anuales de toda la ciudad medidas por ISGlobal, tanto en calidad del aire (niveles de NO2 y de PM2,5) como del ruido del tráfico rodado, con unas 561 muertes al año evitables, ¿no se piensa hacer nada al respecto? Mientras tanto, con la excusa de la vuelta al cole (y las elecciones en el horizonte, como puede apreciarse con el acelerón a esta especie de “asfaltocracia”, donde poner más asfalto en lugar de quitar sigue, tristemente, dando votos), la respuesta de este ayuntamiento a esta problemática urbana es autofelicitarse en redes sociales por el gasto de dinero público realizado en poner en las calles escolares señales verticales, de tamaño y tipografía dudosa, y pintar un círculo con un “20” en el asfalto junto a pasos peatonales también repintaos. Así, confían todo al buen hacer de quienes van en coche, sin cambiar absolutamente nada de la fisionomía y diseño material de la calle, manteniendo todo tal como está, también las peligrosidades señaladas previamente. Sinceramente, no parece una gestión seria.

Los caminos escolares seguros, un compromiso del III Plan de Infancia y Adolescencia de la Ciudad de Sevilla 2023-2027 junto a objetivos que no parecen ser alcanzables con la política urbana habitual, no pueden reducirse a pintar cartelitos en las aceras y calzadas, como hacen muchos ayuntamientos. Una ciudad de la infancia es la que tiene itinerarios completamente peatonales que propician el encuentro intergeneracional; con predominancia de suelo natural y vegetación: espacios por los que poder caminar, estar y socializar sin espicharla por la calor; libre de contaminación de todo tipo y que configure una red continua de caminos; con aceras que, sin cambiar ni de material ni de cota, atraviesen las calzadas (cuando no quede más remedio que cruzarse con coches): accesible de verdad, que sea el coche quien invade un territorio que no es suyo. En definitiva, tomarse en serio la salud de la infancia y alejar lo máximo posible el paso de coches y sus contaminantes de los lugares donde más tiempo pasan: calles, parques, plazas, centros escolares, etc. Además de, entre otras cosas, restringir lo máximo posible el uso de coches de tipo SUV y sensibilizar a la sociedad del problema que suponen. Ya no solo por el despilfarro de materiales en su fabricación pa hacer prácticamente el mismo trabajo que otro de menor tamaño en la mayoría de los casos, o por el mayor consumo de combustible pa mover su mayor tonelaje, sino que, tras evidenciarse mediante un estudio que su altura reduce la visibilidad y aumenta escandalosamente, hasta un 82%, las probabilidades de muerte por atropello de menores, no hay excusa pa no proteger al máximo estas vidas.

El entorno en que se desarrollan los seres vivos, incluidas todas las especies que habitan las ciudades, condiciona su correcto desarrollo y su salud (que no es solo la ausencia de enfermedad). Por eso, este asunto no atañe solo a madres, padres y personas cuidadoras de la infancia en general, sino a toda la sociedad, puesto que vivimos en comunidad. Además, no puede perderse de vista ni nuestra ecodependencia ni la emergencia climática y cómo debe abordarse la ciudad de la infancia desde este prisma como se viene demandando desde hace tiempo, con documentos de referencia, entre otros, la Observación general número 26 del Comité de los derechos del niño (ONU).

Todo lo aquí expresado no es una entelequia. De hecho, “la ciudad de los niños” remite, además de al parque sevillano con el que se inicia este texto, a una publicación de los años 90 (ya ha llovío) de Francesco Tonucci, cuyos principios y conceptos han sido aplicados desde ese momento en la ciudad de Pontevedra, entre otras. Han hecho de la ciudad galega un espacio más seguro y caminable, al tiempo que gozan de unos niveles de contaminación del aire y acústicos cercanos a lo recomendado. Por eso, comparar la ciudad (sin apellidos) de Pontevedra con “la ciudad de los niños” de Sevilla da, además de envidia, bastante coraje.

Una vez mostrado parte del largo camino de décadas recorrido desde el ámbito teórico y conceptual, así como las ventajas de su aplicación ratificadas por la ciencia, puede afirmarse que el no aplicarlas se debe a la falta de voluntad política por parte de los consistorios, quienes tienen competencias sobre el ámbito urbano. Por ello, no hay más tiempo que perder en la puesta en marcha de los cambios que son necesarios, contando con procesos participativos reales en los que esté toda la ciudadanía, incluida la infancia, con el fin mejorar su calidad de vida. La construcción del espacio colectivo tiene que diseñarse en colectivo. Se hace necesario que la sociedad abogue por la “profanación” desde el enfoque del filósofo Giorgio Agamben, tal como invita su homólogo de origen coreano, Byung-Chul Han (sí, el que le puso la cara colorá a más de una y de un neoliberal en Oviedo el día que recibió el premio de Comunicación y Humanidades). En su texto de la conferencia inaugural de la Trienal de Ruhr en 2015 dice: “Hoy habría que profanar el trabajo, la producción, el capital, el tiempo laboral, y transformarlos en tiempo lúdico y festivo”. Justo lo que hay que hacer con el espacio público que responde al modelo socioeconómico dominante: profanarlo y, con ello, transformar el uso que hacemos de nuestro espacio urbano, de nuestro hábitat, sin cejar en la búsqueda de la buena vida de toda la sociedad.

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Realidades jurídicas, sociales y económicas desde una perspectiva transformadora. Coordinado por Autonomía Sur Cooperativa Andaluza.
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